Capítulo 19 #2
Myriam acababa de tutearlo al tiempo que revelaba haber conservado toda su correspondencia luego de una larga y penosa década.
Eso lo desarmó por completo. De no ser porque en base a su condición se sentía obligado a mostrar entereza y hombría, se habría derrumbado allí mismo, a los pies de esa gran mujer.
¿Cómo había osado él infravalorar el sentimiento y el corazón de la muchacha de apenas diecisiete años de otrora cuando acababa de demostrarle una constancia y una lealtad de la que él mismo había carecido?
¿Cómo había sido tan estúpido de menospreciar la grandeza de aquel valiente corazón femenino?
¿Cómo no había percibido que en ella habitaba una tenacidad de la que él carecía, una constancia como la del mar que, no tan lejos de allí, se movía sin distinguir el día de la noche?
—¿Cómo pudiste hacerlo? —La voz de él también sonó convulsa y vacilante—. ¿Cómo fuiste capaz de encontrar dentro de ti el valor y el corazón para conservar lo que te había provocado tanto daño? —Su voz sonó seguida de un quejido—. ¿Por qué quisiste guardarlas, Myriam?
Una lágrima solitaria descendió la ardorosa mejilla femenina. La barbilla principió a temblar en la ardua contención del llanto, así que, de pronto, tratar de contenerlo resultó por completo impensable.
De ese modo el alma de Myriam se desbordó a través de los ojos anegados.
—No lo sé —admitió entre lágrimas—. Simplemente no podía tirarlas. Si lo hacía sería como olvidar todo lo que hubo entre nosotros. Conservar esas cartas me ayudó a comprender que había sido real, tan real como el dolor que después me desgarró el alma.
—Fue real, Myriam, muy real…
Myriam se llevó las manos a los labios para tratar de contener los sollozos sonoros que le sobrevinieron, a tropel y en ascenso, desde lo más profundo de su ser.
—Nosotros lo éramos, de igual forma que lo era también todo cuanto sentíamos…
—Entonces, ¿por qué te fuiste? —sollozó—. ¿Por qué dijiste que ya no me querías? ¿Por qué me dijiste que tu corazón pertenecía a otra parte?
—Ya te confesé que mentí. —Marcus se llevó la mano al cuello para aflojar con brusquedad el nudo del cravat .
Sentía que se ahogaba de puro nervio y que el aliento convulso le quemaba el pecho—.
Debía mentirte, debía hacerlo para que te resultara más sencillo olvidarme, olvidarlo todo.
Si conseguía que me odiaras, sería más fácil y más rápido para ti.
Myriam boqueó como pez arrojado fuera del agua. Las lágrimas seguían corriendo y deslizándose por su rostro como un manantial desbordado del cauce.
—Te equivocaste —le retrucó. Los hombros descendieron de golpe, el alma entera cayó hasta sus pies—. No fue sencillo, ni tampoco rápido.
Fue tiempo de que Marcus replegara los labios al interior de la boca y tragara las lágrimas silenciosas que principiaron a surcarle rostro.
—Fui un estúpido —repitió—. Merezco que me odies.
—Te he odiado durante tantas noches que casi llegué a olvidar todos los días que te amé.
La oscura mirada, velada por las lágrimas e inclinada hasta el momento, se alzó hacia Myriam.
—Yo nunca dejé de amarte, Myriam.
Ella sollozó tan hondo y sentido que casi se quebró.
—Fuiste dolor, Marcus, tanto dolor que pudiste doblegarme.
Quise morirme todas y cada una de mis noches, cuando el corazón despertaba del letargo diurno y los recuerdos afloraban.
—Trató de mantenerse en pie, aunque resultaba complicado disponer de una cierta entereza o siquiera de la dignidad necesaria después de semejante declaración.
Por eso quizás perdió pie un segundo antes de recuperarse y abrazarse a sí misma en un intento de sostenerse—.
No entiendo nada… —jadeó, negando con la cabeza al borde del desvanecimiento—. ¿Por qué…?
Marcus, consciente de la debilidad de la muchacha, dio un paso al frente para tomarla de las manos y de ese modo enlazar su mirada. Esas pupilas, negras y brillantes, consiguieron sostenerla y mantenerla a salvo del insondable abismo al que se había asomado.