Capítulo 19 #3
—No puedo culpar a nadie de algo que solo debiera atañerme a mí; al fin y al cabo, yo contaba con veintidós años por aquel entonces; no era ningún niño: debí comportarme como un hombre —empezó relatando Marcus.
Myriam permanecía atenta a su mirada y a sus palabras—.
Pero dependía por completo del anciano Bailey.
Él costeaba mis estudios. Todavía no había terminado mi carrera en aquel tiempo.
Sin su apoyo económico yo jamás hubiera prosperado.
Y necesitaba terminar la carrera para forjarme un futuro, de otra forma, ¿qué podría hacer con mi vida?
—Marcus jadeó, recobrando arrojo para continuar, aunque reconocer su dependencia económica en el pasado y, de algún modo, admitir que había cambiado su relación con Myriam por un futuro acomodado lo retrataba más que nunca como un completo y soberano cobarde.
Una persona de la que hoy en día él mismo se avergonzaba profundamente—.
Él sabía de nuestra relación y, simplemente, me sugirió ponerle fin.
Dijo que se trataba de una chiquillada, de un completo sinsentido, que a mí me esperaba un futuro brillante en el mundo de la abogacía, que encontraría mejores oportunidades allá fuera y que tú eras demasiado joven para que la ruptura supusiera una afrenta tan grave.
Dijo que me olvidarías rápido y que retomarías tu vida sin el menor problema, que aparecería cualquier muchacho proponiéndote matrimonio y todo quedaría atrás.
Myriam negó con la cabeza, ceño fruncido a severidad.
—Ya ves que se equivocó…
—Nos equivocamos los dos.
Myriam aspiró una honda bocanada. Trataba de recuperar la lucidez y ordenar los pensamientos que se atropellaban dentro de la cabeza. Había cosas que escapaban por completo a su raciocinio.
—Pero, el anciano Bailey… se llevaba bien con mi padre. No lo comprendo. Yo creía que era amigo de nuestra familia.
—Todo el mundo se lleva bien con el pastor Everglott —admitió Marcus—.
Una cosa, sin embargo, es mantener una relación correcta y cordial; otra es emparentarse, unir lazos familiares, blasones y apellidos.
Él deseaba algo más que la hija de un humilde pastor rural para quien sería su único heredero.
—Y tú le hiciste caso.
Marcus inclinó la mirada. Cerró los ojos, aplastando bajo los párpados todas las lágrimas allí acumuladas. Eran muchas.
Tras una profunda inhalación, Myriam liberó las manos y se soltó, aunque sin brusquedad alguna en su gesto.
De alguna forma, supo que necesitaba concederse espacio para pensar con claridad; no obstante, no se alejó.
Continuó de pie ante Marcus, observándolo con fijeza, tratando de leer en su alma a través de las pupilas de brea empañadas por las lágrimas allí asentadas.
Marcus reaccionó a ese gesto mirándola con aceptación.
Myriam debía de sentirse terriblemente decepcionada de él.
Era justo. Antes, lo habría imaginado, ahora por fin tenía la certeza de que había sido un cobarde y de que no había sabido luchar por su amor, relegándolo a un segundo plano, anteponiendo profesión y futuro a su propia historia, la que los dos habían forjado.
—¿Crees que puedes hoy perdonar a aquel joven cobarde e inexperto de veintidós años, Myriam Everglott?
Ella continuó mirándolo, desgranando sus sentimientos y emociones, deseosa de profundizar en las de él. Ahogada en su propia sensibilidad.
—Si pudiera, yo mismo regresaría atrás y le propinaría una soberana paliza por estúpido, pero no puedo hacerlo, ya lo ves. Lo único que puedo hacer es, como hombre que soy hoy, asegurarte que mi corazón sigue sintiendo con la misma intensidad que lo hacía entonces.
Myriam exhaló. ¿Podía perdonarlo?
Él ya no era el muchacho de antaño, ya no era aquel chico que le había roto el corazón después de habérselo entregado ella con absoluta devoción.
Tampoco ella deseaba continuar siendo la mujer resentida y encenagada en un rencor profundo que llevaba existiendo diez largos años, cuando a día presente se sabía poseedora de un corazón que todavía palpitaba por y para Marcus Bailey.
¿Por qué negarlo?
Siempre había sido por él. Siempre para él.
—¿Es demasiado tarde para nosotros, Myriam? ¿Crees que tu corazón puede aún corresponder al mío?
De nuevo, Myriam exhaló; remató la exhalación con un gemido.
—Quise olvidarte, quise odiarte, de verdad que lo intenté con todas mis fuerzas…
No terminó. La emoción se apoderó de ella y la silenció de golpe con un sollozo abrupto.
Sin mediar palabra, Marcus se acercó lentamente, con timidez, con miedo a ser rechazado, consciente de que un paso en falso podía destrozar lo que pretendía recuperar tanto tiempo después.
Sin embargo, a la vista de que Myriam no se movía ni imponía distancia entre los dos ante su acercamiento, a la vista de que esos ojos de jade brillosos y vibrantes se enlazaban aún los suyos, continuó el avance hasta que los labios se encontraron.
Fue un beso casto y fugaz al principio; un beso que ejerció de antesala al verdadero sentimiento que se abriría paso después.
—¿Es demasiado tarde? —susurró él sin dejar de mirarla.
—No, Marcus, nunca lo fue —musitó sonrojada—. Tú siempre has estado dentro de este corazón.
Una lenta sonrisa curvó los labios de Marcus, una que se vio reflejada en la de ella.
Dos sonrisas consolidaron entonces la realidad que palpitaba todavía y con más fuerza que nunca en sus corazones, porque ya no eran dos jóvenes inexpertos y titubeantes jugando al amor, ahora eran dos adultos dispuestos a entregarse al otro con un amor sereno, apacible y maduro.
Todavía podían tener mucho futuro por delante para ellos dos.
No lo pensó, acunó el rostro de su amada entre las manos y, mirándola con ese amor que siempre mantuvo vivo en su corazón, reclamó de nuevo sus labios con renovado ardor.
Volcó en ese beso todo el deseo y la pasión que esa hermosa mujer despertaba en él; se bebió su aliento cuando ese pequeño cuerpo, tembloroso y cálido, se pegó al suyo.
Ella jadeó en la boca de Marcus como si buscara aire.
Una boca que ella había anhelado durante tanto tiempo, que ahora le demostraba sin necesidad de palabras lo mucho que la amaba.
Le demostraba que nunca había dejado de amarla.