La constancia del mar Capítulo 19
94%

Capítulo 19

Anne miraba a un lado y a otro del camino.

Conservaba, por supuesto, una cierta actitud disimulada en su actuación, mientras procuraba mantener el paso para permanecer al lado de Myriam, asunto que no resultaba por demás complicado puesto que la joven caminaba con andares distraídos, embebiéndose con la belleza armoniosa del paisaje.

Por el momento, no había señal alguna de la persona a quien esperaba.

Suspiró, siempre actuando con gran disimulo, mientras trató de mantener la mirada y la atención al frente, aunque por el rabillo del ojo continuara muy pendiente de cualquier movimiento que se produjera alrededor.

Confiaba en que se presentara.

O mucho la había engañado la última vez que se vieron o estaba convencida de que no desaprovecharía la oportunidad.

Si lo hacía, entonces ella se rendiría definitivamente, resignada a saber que todo estaba perdido y que ya no había esperanza para esos dos.

¡Sería tan lamentable conformarse con la idea de que no hubiera esperanza!

Miró a Myriam, perfectamente distraída con la vegetación que las acompañaba durante su paseo. Sonrió con afecto, a pesar de que ella no pudiera percibir el gesto.

Ojalá el paso que había dado trajera paz y felicidad a la vida de su cuñada, ojalá su destino cambiara de una vez por todas otorgándole lo que siempre había merecido y se le había negado.

Desde luego, confiaba Anne en que esa tarde se resolviera de una vez por todas el futuro de Myriam y Marcus Bailey. De lo contrario, su iniciativa no habría servido de nada.

Su esposo David conocía de primera mano esa aspiración secreta.

Él la había sorprendido en la alcoba, mientras escribía una nota al señor Bailey.

Aunque, en principio, David se sorprendió de la decisión de su esposa, una vez que ella le hubo explicado cuanto debía saber –omitió, por supuesto, las confesiones de índole privada de Myriam–, el mayor de los Everglott se limitó a besar la frente de Anne y darle las gracias por tomar cartas en un asunto en el que ni él ni Connor habrían sabido cómo actuar.

La señorita Everglott y yo misma pasearemos por el sendero que bordea el sotillo más o menos a la hora que le indico. Puede que considere usted la posibilidad de salir a disfrutar del aire fresco y la luz otoñal a esa misma hora y por ese mismo lugar, señor Bailey.

* * *

Ajena a los pensamientos y anhelos de su cuñada, Myriam caminaba silenciosa y meditabunda, pendiente tanto del melodioso cántico de los pajarillos entre el follaje como del agradable sonido que producía la densa alfombra de hojarasca bajos sus pies.

Pensaba en la cena en casa de los Harrison y en lo que Marcus le había dicho allí, junto a la ventana.

Le alegró descubrir que sí hubo remordimientos tras su separación. De algún modo, aunque resultara ingenuo y estúpido de su parte, saber eso la confortó.

Le habría dolido pensar que Marcus jamás se arrepintió de lo sucedido, porque eso la obligaría a atribuirle una falta de sentimiento y corazón que ella no deseaba otorgarle. Se negaba a pensar, después de todo, que no había sido nada para él.

Por lo tanto, saber que sí existieron remordimientos, resultó un bálsamo de aceite para la herida del corazón.

Anne se detuvo de pronto.

Lo apreció Myriam por el rabillo del ojo.

Esa pausa repentina la obligó a regresar a la realidad para comprender lo que estaba sucediendo.

El corazón se saltó un latido cuando descubrió la figura alta y apuesta de Marcus Bailey parado frente a ellas en mitad del camino.

El caballero, fija la mirada en los verdes jades que lo observaban con anhelo, ofreció un cabeceo a ambas damas en señal de cortesía.

A un tiempo, ellas respondieron a la distinción cordial con sendas reverencias.

No se percató Myriam del intercambio cómplice de miradas entre sus acompañantes, bastante ocupada se encontraba tratando de mantener una respiración acompasada y desoír al tiempo el violento zumbar del corazón.

—Buenas tardes, señor Bailey, ¡qué agradable sorpresa encontrarlo por aquí! —dijo Anne con gran regocijo. Había asistido, no la había decepcionado: eso era lo importante.

—Buenas tardes, señora Everglott. —Devolvió Marcus la mirada a Myriam, que le había sido rehuida tan solo para saludar primero a Anne—. Señorita Everglott.

Myriam forzó la sonrisa. A sus avezados veintisiete años, se encontraba de pronto tan nerviosa como una debutante.

—Ya que se ha sucedido esta maravillosa casualidad —intervino Anne, la artífice del encuentro—, ¿le agradaría acompañarnos?

Myriam contuvo el aliento, pero permaneció al pendiente de la respuesta de Marcus.

“Que diga que sí, que diga que sí…”, se encontró pensando. Aunque si decía que “sí” probablemente acabara sufriendo un colapso nervioso.

—Por supuesto, será un placer.

Un suspiro de alivio se sucedió en el interior de Myriam quien, sin poderlo evitar, se llevó una mano al pecho para tratar de calmar el inflamado corazón. Acto seguido, se apresuró a disimular el gesto acariciando la liviana gasa que le cubría el escote.

Marcus se situó entre ambas damas para reanudar juntos el paseo, pero Anne se las ingenió para, poco a poco, con notable disimulo, ir quedando rezagada del par mientras fingía entretenerse con la contemplación de alguna especie vegetal o deleitarse con el aroma de las flores silvestres que crecían en los lindes del camino.

En un momento dado, a la vista de que Marcus y Myriam no parecían muy animados a entablar conversación, se decidió a promover un instante de intimidad completa a la pareja.

Para eso, tuvo que aguardar unos minutos mientras continuaban caminando hasta alcanzar el objetivo de Anne. Una vez llegado al punto idealizado, la dama llamó la atención de los dos.

—¡Oh, me gustaría adentrarme en ese sotillo para recoger algunas castañas!

—explicó, señalando un bosquecillo a su diestra—.

A los pequeños les encantan asadas e incluso escaldadas.

—Dirigió la atención a Marcus—. Si no le importa escoltar aquí a Myriam mientras yo me ausento unos minutos, mis hijos se alegrarán mucho con la sorpresa…

Myriam se apresuró a añadir:

—Pero podemos ayudarte a recogerlas, Anne, así terminaremos antes…

—¡En absoluto, querida Myriam! —Negó realizando un aspaviento con la mano—.

Tan solo serán unas poquitas, las que pueda guardar en mi ridículo, así que no merece la pena que nos adentremos todos en el sotillo y nos manchemos de tierra el calzado.

Si el señor Bailey es tan amable de acompañarte mientras yo realizo mi recolección, le estaré muy agradecida.

Marcus cabeceó a modo de asentimiento.

—Con gusto, señora Everglott. —De nuevo intercambiaron una mirada cómplice que tampoco Myriam apreció esa vez.

—No tardaré nada…

Se alejó Anne hasta que su silueta pasó a formar parte de la hermosa acuarela que ofrecía el bosquecillo de castaños.

Myriam enlazó las manos frente al talle, miró al suelo y suspiró.

No sabía qué decir ni cómo iniciar una conversación con Marcus y, si algo tenía claro, era que no deseaba permanecer en silencio a su lado hasta que la circunspección los ahogara a ambos.

¡Había tanto de lo que hablar! ¡Tanto sentimiento encogido y silenciado! ¡Deseaba tanto que todo se arreglara entre los dos! ¡Oh, Dios, había soñado tantísimo con un momento así!

Por fortuna, fue Marcus quien dio un paso al frente, como le sugiriera Anne durante su última conversación.

Al fin y al cabo, tal vez, como la dama había sugerido, el agua corriera más clara de lo que él suponía.

—Señorita Everglott. —Ella volvió rauda la mirada a la persona que le hablaba—. Myriam… —Los colores inundaron las mejillas femeninas—. Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo, te ruego que me concedas un instante de tu vida si te parece bien.

Myriam, acelerado el corazón y oprimidas las entrañas, sonrió con nerviosismo. ¡Volvía a tutearla!

Como en los viejos tiempos, como antes de que la calamidad se cerniera sobre ellos, como cuando eran tan solo Myriam y Marcus.

¡Oh, si alguien pudiera adivinar la violencia con la que temblaban las piernas y se le entrechocaban las rodillas!

¡Si alguien conociera el dolor que atoraba su columna, consecuencia de la tensión del momento, obligándola a permanecer rígida como cuerda de arpa!

¡Si alguien pudiera escuchar los latidos frenéticos del corazón, golpeándose sin concierto contra la carcasa ósea que lo resguardaba!

¡Si pudiera dominarse ese aliento apresurado que le apretaba el pecho y amenazaba con ahogarla!

—Hable —dijo ella apenas sin voz—; lo escucho…

—Myriam… —comenzó diciendo, pero, en el acto, se silenció para humedecerse los labios, de pronto demasiado secos—. Debemos hablar acerca de lo que sucedió hace diez años, cuando me comporté como un imbécil.

Myriam inhaló una corta bocanada que retuvo durante algunos segundos en los pulmones.

—Aquella carta…

Marcus negó con la cabeza, ceño fruncido a severidad. Cerró las manos en puños a los costados y exhaló su alma entera.

—No tengo perdón, lo sé —se lamentó—. Fue una absoluta cobardía de mi parte escribirla y esperar que resultara el sello apropiado para justificar un comportamiento inaceptable.

—Se llevó uno de los puños a la boca para, presa de la desesperación, apresar los nudillos entre los dientes.

Durante un instante prensó hasta provocarse daño—.

Imagino que la quemarías hasta verla reducida a cenizas…

Myriam exhaló, temblando como vara verde. Su cuerpo entero se vistió bajo la ropa de dolorosa piel de gallina.

—Conservo todas y cada una de tus cartas, Marcus…

Su voz sonó más trémula de lo esperado, sus ojos permanecían velados por la presencia inminente de las lágrimas que los copaban. Sus piernas se sentían a punto de fallar.

Marcus jadeó, impactado.