La constancia del mar Capítulo 18
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Capítulo 18

¡Cuál no sería la sorpresa de Marcus cuando, a la mañana siguiente y demasiado temprano para ser considerada visita de cortesía, el servicio le advirtió que lo esperaban en el recibidor desde hacía un buen rato!

¡Y cuán infinito resultaría su posterior desconcierto cuando descubrió que la visita era nada menos que Connor Everglott!

Allí se encontraba el hombre, parado en medio del recibidor, ataviado con un frac verde musgo desabrochado, abultado lazo de cravat sobresaliendo sobre el chaleco y lustradas botas de cuero.

Perfectamente erguido y arrollador en su pose, a pesar de contar con una estatura inferior a la del propio Bailey.

Así era el Connor que él había conocido: un pequeño guerrero dispuesto a enfrentarse al mundo con las armas que le fueran concedidas sin esperar preferencias o bondades inmerecidas.

Marcus se encaminó hacia él, dispuesto a aprestarse para lo que sobreviniera. Como conocía a Connor, su carácter impetuoso, la inquina que le profesaba y el anterior desencuentro acontecido entre los dos, no podía albergar Marcus esperanzas de una visita amable.

Por eso, tal vez, decidió que lo mejor sería no andarse por las ramas y acabar con semejante coyuntura cuanto antes.

—Si has venido a llamarme la atención por hablar con tu hermana en casa de Harrison —dijo en un tono perfectamente serio—, te advierto que no pienso pedirte disculpas, Everglott; que, de hecho, hablaré con ella cada vez que ella lo admita.

Connor escuchó su discurso sin interrumpirlo y sin componer tampoco expresión alguna capaz de delatar sus emociones. Permanecía impasible observando a Bailey con la barbilla en alto y los párpados entornados: mantenía de ese modo una pose desafiante.

Marcus continuó:

—En cambio, si lo que quieres es volver a pelearte conmigo…

—Se pausó un instante, consciente de que podía encararse hacia un abismo del que no había vuelta atrás—.

Si eso quieres, estoy más que dispuesto a aceptar lo que dispongas en caso de que tu condición para evitarlo sea que me aleje de la señorita Everglott.

Connor enarcó ambas cejas, sinceramente sorprendido ante lo que acababa de escuchar.

—No pienso alejarme, Everglott —sentenció—. Esta vez, mi decisión es firme.

Connor jadeó una risotada.

—¿Antes no lo era?

Marcus trató de ignorar la pulla. Cerró las manos en puños y tragó seco sin aflojar un ápice la firmeza de su posición.

No obstante, Connor no parecía disponer de un ánimo belicoso en esa visita.

Ante la ausencia de respuesta por parte de Marcus y a la vista de la rigidez afectada que mantenía en su gesto, Everglott asomó una sonrisa que desconcertó a su contertulio.

—Relájate, Bailey, te noto bastante tenso —añadió con cierta fanfarronería.

—No es mi deseo pelear contigo —aclaró Marcus—, pero tampoco lo es permanecer al margen de la vida de Myriam.

Connor espurreó una risotada.

—Ahora es Myriam…

Marcus frunció el ceño.

—Siempre ha sido Myriam.

—¿Incluso cuando decidiste abandonarla?

Marcus se silenció, porfiando en su ceño fruncido la severidad.

—Tú no quieres pelear —prosiguió Connor—. Y yo estoy cansado de maldecirte todos y cada uno de los días de mi vida; te aseguro que resulta agotador, que acaba minando la entereza de cualquiera. Soy un tipo mayor ya para estos trasiegos, Bailey; deseo descansar.

La sorpresa consiguió desencajar la expresión de Marcus, lo que provocó en su cara un gesto de completo desconcierto.

—Al parecer, tendré que sufrir verte revolotear alrededor de mi hermana una y otra vez…

Marcus lo miró un largo instante antes de responder.

—Tendrás que hacerlo —afirmó— si ella me permite acercarme.

Connor meneó la cabeza al tiempo que jadeaba una sonrisa cáustica.

—¡Pobre de mí, entonces!

De nuevo Marcus tragó seco.

Era la segunda vez en pocas horas que se atrevía a forjarse esperanzas en base a las palabras que le eran dispensadas; primero, por parte de la propia Myriam, ahora en labios de su hermano.

Quería pensar que no era una ilusión, que Myriam podría perdonarlo, que le sería concedida la oportunidad de cortejarla de nuevo, como cuando eran chiquillos y el futuro parecía pertenecerles.

Tal perspectiva consiguió dar alas a su corazón y elocuencia a su discurso.

—Hablaré con Myriam si accede a escuchar lo que pretendo decirle, que no será otra cosa más que la verdad que reside en mi corazón —expresó con la urgencia que acompaña a los nervios—. Pero a ti también te debo una explicación, porque éramos amigos e igualmente te decepcioné.

—Lo hiciste —Connor asintió—, pero yo no necesito explicaciones, ya no.

—Torció los labios en una sonrisa socarrona—.

No me importas tanto como para necesitarlas, cretino.

Me sentiré satisfecho siempre y cuando Myriam encuentre una respuesta a todo el dolor que empañó su vida durante diez largos años. Nunca se mereció tanto sufrimiento.

—Mi corazón tampoco estuvo falto de dolor, Everglott, aunque en mi caso fue merecido, lo sé, lo admito. —Marcus tomó aire antes de continuar—. El anciano Bailey era un buen hombre, pero un tanto prejuicioso y elitista…

Connor bufó.

—La vieja historia, aunque creí que sería demasiado vieja como para tener cabida en nuestros días.

Marcus inclinó la cabeza, sintiéndose avergonzado ante su propia cobardía.

—Lo más lamentable fue que tú te prestaras a concederle fundamento —continuó Connor—. Creí que estabas por encima de esos viejos prejuicios, propios por demás de otro tipo de personajes; creí que nos conocías bien, que Myriam significaba para ti mucho más que toda esa sarta de convencionalismos.

Quiso Marcus protestar, quiso mostrar su punto de vista y justificarse de cualquier modo, pero se silenció en el acto puesto que era obvio que estaría negando lo innegable.

Había fallado, sí, él mismo había accedido a formar parte de una idea prejuiciosa y esnob originada en la mentalidad de un anciano para quien no todo el mundo se encontraba a su altura. No existía justificación alguna a su cobardía.

—Yo…

—Te repito que yo no preciso explicaciones, Bailey —lo cortó Connor—. Ofréceselas a Myriam; que sea ella quien decida si mereces su perdón.