Capítulo 17
Desconocía Myriam por qué aceptó asistir a cenar con los Harrison después de lo sucedido la última vez.
Tal vez, porque se lo pidió su padre a título personal, y Myriam no se sentía capacitada emocionalmente para negarse a ninguna petición de su querido y anciano padre.
Por otro lado, sabía que la señora Harrison había quedado con mal sabor de boca después de que los Everglott hubieran abandonado su casa tras el desvanecimiento de Myriam, por lo que, de algún modo, la joven se sintió impelida a resarcir a la amable señora.
Los Harrison eran buenos feligreses, a pesar de los molestos devaneos del señor Harrison con el alcohol.
Sin embargo, era conocido en todo Smallton el buen corazón del matrimonio y la generosidad de su casa, de modo que, a pesar de la incomodidad del momento, todo el mundo sentía aprecio por los ancianos.
Además, en esa ocasión el señor Everglott también asistiría, por lo que Myriam accedió a acompañarlo a él y a Connor, con la esperanza de que Harrison se entretuviera conversando con su padre y dejara a un lado comentarios fuera de lugar.
Con un poco de suerte, cenarían, pasarían el rato y regresarían a casa al cabo de un par de horas.
No obstante, la sorpresa de Myriam resultó considerable tras descubrir que, una vez más, tal como había sucedido en la vergonzosa ocasión anterior, Marcus también había sido convidado.
Lo que Myriam no podía saber, porque en realidad pertenecía a la privacidad de Bailey, era que el caballero había rondado a Harrison desde que había coincidido en su casa con los Everglott para asegurarse de que contaran con él cuando volviera a repetirse la invitación.
Connor saludó a Bailey con notable frialdad, pero, al menos, en esa ocasión, no apreció Marcus el brillo homicida que hasta el momento le había dispensado su otrora amigo.
Parecía que, de algún modo, se hubiera firmado una especie de tregua silenciosa entre los dos. Una tregua cuyo lacre quedaba patente a través del ligero hematoma que todavía lucía Connor sobre el puente de la nariz o Marcus en la ceja izquierda.
El anciano Everglott fue sin duda más afectuoso al ofrecerle un apretón de manos que sorprendió a Marcus.
El pastor siempre había sido un buen hombre, compasivo y justo; ser consciente de eso cargó con dureza el corazón del abogado.
Sin duda, tan solo él se había mostrado improcedente y cruel con quienes le ofrecieron una acogida y un cariño de los que ahora, comprendía, no había sido merecedor.
No parecía el anciano albergar resentimiento hacia él, aunque, al tratarse de un siervo de Dios, resultaba comprensible entender que no había lugar para el rencor en su noble corazón.
La salutación entre Myriam y Marcus fue breve, concisa. Un cabeceo firme y seco por parte de él; una reverencia rápida por parte de ella. Las miradas de ambos se rehuyeron con urgencia.
Se sentaron a la mesa y, por caprichos del destino, Myriam y Marcus ocuparon asientos contiguos.
Tal circunstancia aceleró el pulso de Myriam e hizo que entrechocara las rodillas bajo la mesa; no obstante, procuró la joven no reflejar nada de todo lo que le sucedía. Debía mantenerse firme y actuar con naturalidad por más que se sintiera quebrar por dentro.
Tal y como Myriam había predicho, Harrison se entretuvo conversando con su padre acerca de determinados pasajes bíblicos para, acto seguido, preguntar a Connor sobre la presencia de venados en los bosques de Smallton.
Ese nuevo tema ocupó a los caballeros durante unos buenos quince minutos y fue un lapso de tiempo que Myriam agradeció para tratar de serenarse y hacerse con la situación.
La señora Harrison le ofreció algo de conversación al preguntarle por sus sobrinos y por su cuñada, pero, enseguida, ambas se callaron para atender a sus respectivos platos.
Confiaba Myriam en pasar desapercibida durante el resto de la velada y sentirse libre de la atención de Harrison: no soportaría en modo alguno volver a ser puesta en evidencia delante de Marcus.
¡Oh, Marcus!
Se había sentado a su lado tan apuesto como siempre, tan elegante como lo había conocido en los últimos tiempos, desprendiendo esa fragancia a madera y sándalo que había aprendido a identificar con su persona.
Titánico conflicto suponía tratar de calmar los nervios que la estremecían cada vez que Marcus movía un solo músculo o, simplemente, respiraba. ¡Empeoraba cada vez que participaba en la conversación de los caballeros porque su tono bajo y grave reverberaba en los oídos de Myriam!
Ella lo observaba por el rabillo del ojo mientras intentaba en todo momento no ponerse en evidencia, permanecer serena, controlar su agitación, tomar la sopa sin sorber o beber el vino de naranja sin que resultara audible el acto de tragar.
En una ocasión, incluso, temió derramar el contenido de su copa cuando el fino pie de cristal tropezó con el plato al tratar de depositarlo en su sitio.
En su interior, se libraba además una terrible batalla: por un lado, deseaba que la velada transcurriera deprisa para poder regresar a casa, lejos de la tortura de tener al lado a Marcus y sentirlo a un tiempo tan lejos; pero, por otro lado, temía que las horas pasaran sin haber cruzado ni media palabra con él.
¿Por qué no le hablaba? ¿Por qué ni siquiera la miraba? ¿De pronto había vuelto a ser indiferente para él? ¿O acaso había sido una ilusa al pensar que podía volver a importarle?
Terminaron de cenar y se dispusieron a realizar la sobremesa en la sala.
Myriam y la señora Harrison se sentaron en un tresillo junto al fuego mientras los dos ancianos ocuparon el asiento enfrentado, con las rodillas de cara a la lumbre.
Los caballeros jóvenes se situaron de pie, cada uno a un lado de la chimenea. Marcus se situó escoltando a las damas en tanto Connor ocupó el costado de los caballeros.
Fue entonces cuando, al verla frente a frente, pareció reparar Harrison por vez primera en la joven que acompañaba a su esposa.
—¡Oh, nuestra querida señorita Everglott, aquí está! —exclamó con gran vivacidad. Su ímpetu puso en guardia no solo a la implicada, sino también a Connor y al propio Marcus—. Tan bonita, tan juiciosa…y todavía soltera.
No pudo evitar Myriam poner los ojos en blanco mientras se llevaba la copa de vino dulce a los labios para saborearla despacio, tratando de restar importancia al comentario.
Marcus permanecía muy serio; la mirada firme e inamovible reposada en Myriam.
—¿Qué clase de hombres habitan en el mundo para no considerar una mujer así y permitir que continúe soltera? —Harrison insistía en el elogio, demasiado adornado de ebriedad como para resultar agradable.
Myriam desvió la mirada a las anaranjadas lenguas de fuego, agradecida sin duda de que su cercanía provocara los rubores de su rostro y que, de algún modo, pudiera disimular así a los que acababan de asomarle en las mejillas, consecuencia desagradable de la vergüenza.
—Una sarta de hombres estúpidos, está claro —intervino Marcus.
Su comentario, amén de la firmeza del tono, captó la atención de Myriam y, en realidad, la de todos los presentes.
Aunque fue sin duda la mirada anhelante de la señorita Everglott, adornada de sorpresa y desconocimiento, la única que enlazó con los oscuros orbes que la sostenían.
Harrison estalló en una carcajada sonora fuera de lugar aplaudiendo el comentario de Bailey.
—¡Concuerdo, joven! ¡Está usted completamente en lo cierto!
—añadió, encarnado como un ruibarbo—. Espero que, al menos, aparezca uno lo suficientemente espabilado para remediarlo; de lo contrario dudo mucho de que exista esperanza alguna en lo concerniente a la cordura de nuestro género.
—Le guiñó un ojo a Bailey con clara intencionalidad.
Connor carraspeó para desviar la atención de los presentes, aunque Marcus y Myriam se encontraban tan perfectamente imbuidos el uno en la otra como para ser conscientes del resto de la humanidad.
Por fortuna, funcionó con Harrison, quien enseguida animó al joven Everglott a servirse otra copa de brandy para aligerar la carraspera.
Myriam, cuyos colores impregnaban con fuerza a sus mejillas, desvió la mirada al suelo, confundida ante la marejada de emociones que la atacaron de golpe.
¿Por qué había dicho Marcus lo que había dicho?
* * *
Myriam abandonó su asiento para cruzar la sala y situarse frente a la ventana.
Dejó a su espalda conversaciones variadas que a ella poco o nada aportaban.
También pretendía dejar atrás la desazón ante la penetrante mirada de Marcus, de la que era plenamente consciente, amén de sus últimas palabras, que sin duda la habían descolocado por completo.
Movió ligeramente los visillos a un lado y observó el patio de los Harrison bajo la luz argentada de la luna creciente.
Las formas geométricas de los setos recortándose contra la negrura nocturna la distrajeron durante un rato: al menos, hasta que la voz grave y cadenciosa de Marcus sonó a su lado.
—Una noche hermosa y serena —apuntó quedamente el caballero.
Myriam desvió la mirada para observarlo.
Él contemplaba el jardín a través de la abertura que la joven había obrado en los visillos.
Su perfil era tan hermoso y varonil que estremecía.
De hecho, sacudió el corazón de Myriam y le apretó el estómago, lo que le provocó un estado de nervios difícil de controlar.
Tal vez por eso y por saberse incapaz de controlar la intensa marejada que golpeaba en su interior, se encontró de pronto hablando cuando no había esperado o pretendido decir nada.
—Una vez me preguntó acerca del sermón de mi padre en el que se hablaba del perdón…
Se silenció de golpe sin terminar la frase, porque ella misma se extrañó de su intervención.
Marcus volvió el rostro para mirarla con gesto de sorpresa, puesto que no había esperado semejante apunte a esas alturas.
En realidad, no había esperado gran cosa aparte de su indiferencia.
Se había acercado a la ventana simplemente para tratar de aprovechar los últimos momentos en casa de los Harrison, ya que sabía que pronto debían retirarse y no deseaba abandonar la velada sin haber mantenido al menos una conversación de provecho con Myriam.
Necesitaba saber si podía alimentar algún tipo de esperanza o si, por el contrario, estaba todo perdido en lo que al corazón de Myriam se refería.
—Usted me respondió que no todo el mundo poseía la capacidad de perdonar, en especial cuando el daño infringido superaba lo tolerable —apuntó él—. Sí, lo recuerdo.
Myriam asintió y devolvió la mirada al exterior.
Fue el turno de Marcus de observarla con fijeza.
De admirar ese bello perfil; los rizos apretados que enmarcaban su cara de luna llena, las cejas largas y bien trazadas, los ojos rasgados de largas pestañas oscuras, los pómulos altos, la nariz correcta, la barbilla prominente.
Seguía siendo tan bella como la recordaba, pero se acrecentaba ahora su belleza con la serenidad de la edad adulta.
—¿Sigue pensando lo mismo?
Myriam se tomó unos segundos para considerar la respuesta. Cuando Marcus se imaginó que no habría más intercambio entre los dos, ella negó despacio.
—Pienso ahora que todo el mundo posee la capacidad de perdonar —dijo con suavidad—; tan solo es necesario encontrar en el interior de cada cual la disposición para hacerlo. De hecho, estoy más que convencida de que en el perdón se encuentra el verdadero descanso del corazón.
Marcus inhaló profundamente por la nariz. ¿Quería con eso decir que lo había perdonado? ¿Que se encontraba al menos dispuesta a hacerlo? ¿Existía esperanza para él después de todo?
—Durante el baile de San Miguel usted se equivocó en algo que dio por supuesto —dijo él de pronto, lo que obligó a Myriam a volver el rostro para ofrecerle una mirada interrogante—. Sí existen remordimientos, muchísimos, señorita Everglott; nunca han dejado de existir.