Capítulo 16
¡Qué hermoso había amanecido el día en Mershaw Cottage después de una larga y alborotadora noche de lluvia y viento!
Todo parecía resplandecer con una luz más vívida e, incluso, el cielo, pese a lucir encapotado y en apariencia más bajo de lo normal, permitía el paso de algún rayo áureo deslizándose por entre su densa y resquebrajada capa algodonosa para conceder al paisaje la vivacidad de una acuarela humedecida.
Anne se entretenía en el jardín delantero recortando espigas de la inmensa mata de lavanda que crecía pegada a la valla y cuyas caperuzas se alzaban, con todo su vigor violáceo, de cara al firmamento.
Myriam y ella se encargarían después de ir formando pequeñas gavillas y ponerlas a secar en un rincón oscuro para crear centros florales o perfumar las almohadas y los guardarropas.
Su cuñada se había mostrado dispuesta a ayudar en la recolección, por demás sobraba decir que Myriam disfrutaba especialmente del aire libre y de las bondades de la naturaleza, pero también de la compañía de sus pequeños sobrinos y, en particular, de la satisfacción que le proporcionaba complacer y mimar a esa adorada facción de Everglott, por lo que no hizo falta mucho más que un par de ruegos, algún que otro estudiado mohín y unos cuantos besos en la mejilla para que la abnegada tía los acompañara durante sus juegos y renunciara a su estadía en el exterior.
Complacida con la tarea y a punto de dar por finalizada la labor, Anne alzó la mirada del colorido y fragante macizo vegetal justo a tiempo de distinguir la silueta del caballero que se acercaba por el sendero de tierra dando un paseo.
La sorpresa de Anne fue proporcional a la satisfacción que le produjo semejante descubrimiento.
Como acostumbraba a ser habitual en su persona, Bailey vestía un elegante redingote azul marino, sombrero cilíndrico, lustradas botas de cuero y un bastón que acompañaba sus pasos bajo la mano enguantada.
Anne se enderezó una vez él llegó a su altura. Esbozó su mejor sonrisa a modo de recibimiento; se sentía muy dispuesta a no dejar pasar la oportunidad que, como bendecida agua de mayo, acababa de presentarse ante sus ojos.
Estaba claro que Marcus Bailey también anhelaba semejante oportunidad o, de lo contrario, se hubiera buscado otro itinerario para su paseo diario.
Así que, sonrisa en ristre y determinación en la frente, Anne Everglott se mostró decidida a propinar el empujoncito que faltaba a esos dos bobos, por lo que no le preocupó resultar un tanto porfiada, ni obvia o descarada al procurarlo.
A esas alturas, cualquier estúpido remilgo se encontraba fuera de lugar.
Dentro de poco, la familia abandonaría Mershaw Cottage para regresar a su hogar. Anne, en concreto, deseaba partir con la bendición de haber hecho algo bueno por Myriam, de ser posible habiéndola dejado feliz y alejada de su empecinado estado de soltería.
—Señora Everglott. —Marcus se paró del otro lado de la valla, justo delante de Anne, se quitó el sombrero y le ofreció una reverencia lenta y concisa.
—¡Señor Bailey, buenos días! —lo saludó Anne en tanto ofrecía el consabido gesto de cortesía.
Tras comprobar que Marcus parecía buscar a alguien en el jardín, Anne se apresuró a añadir—: La señorita Everglott se encuentra dentro, jugando con los niños.
—Advirtió la mirada desilusionada de él, también la sonrisa forzada, por lo que Anne decidió continuar perforando la coraza del caballero—.
Es una tía excelente y los pequeños la adoran.
Bueno, en realidad, ¿quién podría no adorar a nuestra querida Myriam?
Marcus, consciente de que su paseo había sido en vano, no fue capaz de disimular la decepción; no obstante, procuró regalar una sonrisa a la amable mujer que, sin duda alguna, había sido, de entre todos los moradores de Mershaw Cottage, la única en mostrar afabilidad hacia él.
—Por supuesto —concedió—, la señorita Everglott cuenta con el aprecio de todo el mundo.
Desvió la mirada en el acto por temor a delatarse. Gesto que no le pasó desapercibido a Anne, para quien el ceño repentinamente fruncido y la mandíbula apretada del caballero mostraron a la perfección todo cuanto callaban los labios.
—¿Aceptaría entrar a tomar el té, señor Bailey? —Anne hizo ademán de girar hacia la cancilla para abrirla, pero Marcus dio un paso al frente y, con un gesto de la mano, detuvo su intención.
—Se lo agradezco, señora Everglott —intervino con cierta urgencia—, pero me temo que no sería muy bien recibido.
—Inclinó la mirada con evidente contrarío para depositarla sobre las lustradas punteras de sus hessian , obligándose a controlar los verdaderos deseos de entrar y acompañarla a tomar ese té ofrecido, para acallarlos con la certeza de la realidad que imperaba en su vida.
No era bien recibido en Mershaw Cottage ni en la vida de los que allí habitaban. Especialmente, en la de Myriam. Ya no había cabida para él en su corazón.
Anne se compadeció inmediatamente de él, también de la querida Myriam; ¿cómo no compadecerse de dos almas que, en definitiva, no dejaban de dar vueltas la una alrededor de la otra sin atreverse a acercarse?
¿Acaso iban a continuar observándose de lejos durante el resto de sus vidas? ¿O acaso tendría que desaparecer Bailey de nuevo para que Myriam abriera los ojos de una bendita vez?
¡No, Anne no iba a permitirlo! Se sentía como la hermana mayor que Myriam nunca tuvo. La apreciaba con sinceridad, así que, mientras estuviera en su mano, no iba a permanecer indiferente a la atracción que existía entre los dos y que, al parecer, ninguno de ellos era capaz de apreciar.
—Uno nunca puede estar seguro de eso, señor —añadió quedamente. Con sus palabras consiguió recuperar la mirada y la atención del caballero—. A menudo, las dudas nublan nuestra razón y nos impiden ver la realidad, la misma realidad que para otros permanece tan clara como el arroyo de una montaña.
Marcus la miró con fijeza, comprendiendo que la señora Everglott no hablaba en sentido figurado.
—Las dudas, el temor y la inseguridad no son jamás buenos aliados —continuó ella—. En especial, cuando permitimos que dirijan nuestra vida hacia la senda incorrecta.
Estaba claro que la señora Everglott sabía de lo que hablaba. Seguramente Myriam, la querida Myriam, habría tomado a su cuñada como confesora en alguna ocasión pasada, descargando en ella parte del dolor que él mismo había provocado.
Y era justo.
Si había hablado de él, de su historia en común y de lo vil que había sido al abandonarla después de ofrecerle un ciento de promesas que se llevó el viento, sería igualmente justo.
Aunque lo hubiera mencionado en los peores términos, no podía reprocharle nada cuando el único merecedor de reproches era él.
—Se expresa usted con gran sabiduría, señora Everglott, aunque me temo que mi senda de vida no ofrece ya demasiadas variantes.
—¿Usted cree? Quizá, sea momento de dejar atrás las indecisiones para dar un paso al frente, señor; el agua corre por aquí más clara de lo que usted piensa. —Le sonrió con afecto.
Marcus la observó con gratitud. A pesar de albergar conocimiento de sus horribles decisiones pretéritas, la buena mujer actuaba como una experta instrumentista y parecía conocer exactamente qué tecla tocar para hacer sonar la vieja maquinaria que zumbaba aún bajo el pecho de ese necio que la escuchaba, concediéndole alguna suerte de esperanza.
Como si albergar cierta esperanza fuera todavía posible.
—¿Le agradaría entrar? —lo invitó Anne con una sonrisa benévola, confiando en haber resquebrajado la coraza del caballero—. Un té jamás le ha hecho mal a nadie…
Pero Marcus, tras un fugaz segundo de dubitación, que casi lo orilló al abismo de la claudicación, finalmente jadeó para negar con la cabeza.
—Es usted muy amable, pero me temo que debo rehusar.
Anne le miró con evidente contrariedad, enternecida ante lo que supuso timidez, precaución o respeto por parte de Bailey.
Eso decía, sin duda, mucho de él y del pesar que cargaba en sus entrañas debido a su comportamiento pretérito.
Una persona que muestra remordimientos posee alma; quien tiene alma tiene esperanza, pasión, amor y corazón.
Iba a tomarle más tiempo del que había estimado, pero Anne no pensaba rendirse.
—Está bien, en otra ocasión tal vez —concedió, resignándose a dar por finalizada la conversación.
Sin embargo, Bailey no se movió; continuó parado del otro lado de la valla, los pies anclados a la tierra, fija la mirada ceñuda en el suelo mientras rodaba el sombrero con nerviosismo entre los dedos.
Anne lo observó con curiosidad: trataba de averiguar por qué continuaba todavía allí parado y poco dispuesto, al parecer, a marcharse.
En verdad, ofrecía Bailey una imagen extraña, de puro extravío emocional, erguido del otro lado de la valla, con la mirada perdida y la cabeza agitada por el aleteo de un centenar de aves en plena revolución.
En efecto, tras algunos segundos de apresurada reorganización de emociones y sentimientos, consciente de que la mujer no era ajena a cuanto había acontecido en su pasado, Marcus exhaló en profundidad a modo de claudicación.
¿Para qué seguir torturándose? ¿Para qué continuar ocultando lo que no tenía sentido ya ocultar?
—Permítame que le cuente una historia, señora Everglott —dijo de pronto, lo que obligó a Anne a dar un respingo a causa de lo inesperado de su intervención—. ¿Dispone de unos minutos para escucharme? Le aseguro que no le robaré mucho tiempo.
Anne boqueó, sinceramente sorprendida.
—Por supuesto, señor Bailey, lo escucho.
Él cabeceó en asentimiento, sumamente agradecido ante la posibilidad de liberar su alma. Si Myriam había considerado a la señora Everglott una buena confesora, era porque la mujer merecía sin duda tal consideración.
Carraspeó, buscando las palabras adecuadas con las que iniciar su relato.
—Hace años vivió aquí cerca un hombre joven que, con sus actos, demostró no ser tan inteligente como todos creían. —Jadeó una sonrisa sarcástica—. Especialmente, como creía él mismo de sí.
Anne escuchaba atentamente. Comprendía la intencionalidad y veracidad del relato. Tal vez y solo tal vez no estaba todo perdido después de todo.
—Carecía de familia o relaciones más allá de la presencia de un pariente lejano, un anciano solitario, que fue su tutor y, finalmente, su testador.
—Marcus se expresaba con gran sentimiento, volcando el alma en su inesperada revelación—.
Él lo rescató cuando el muchacho quedó huérfano, lo llevó a su casa, costeó sus estudios y lo sostuvo económicamente hasta que pudo ganarse la vida por sí mismo.
Lo trató como a un hijo, aunque sin revelarle ni un ápice del afecto que un padre demostraría a su único vástago.
No obstante, de no ser por ese anciano, el hombre joven jamás habría sido nada en la vida, puesto que sus padres carecían de fortuna o conexiones.
El anciano lo recuperó de las sombras y lo puso en el camino correcto.
Se refería al viejo Bailey, comprendió Anne, el propietario de la casa de ladrillo a la que el caballero había regresado y del que Myriam ya le había hablado.
—El anciano era un hombre recto, severo en ocasiones, particularmente estricto en lo concerniente a la disciplina y a la presencia que debía mostrarse ante el resto de la sociedad.
Lo más seguro fuera que, a pesar de toda esta severidad, tan solo procurara lo mejor para su heredero —continuó, esbozando una media sonrisa cáustica—.
Aunque su concepto de lo mejor, no fuera sin duda el mismo concepto que para el joven, eso está claro.
Anne le dirigió una mirada sesgada. Empezaba a sospechar los derroteros que parecía tomar la historia. No le agradaban.
—De seguro, fuera su inexperiencia, su ausencia de mundo o, digámoslo claramente, su cobardía, lo que provocó que el joven tomara ciertas decisiones que hicieron añicos sus sueños, junto a los de quienes él amaba —Marcus suspiró, acababa de arrancarse de cuajo la espina que durante años llevaba incrustada en el alma—.
Si hubiera sido valiente, si tan solo hubiera tenido el coraje de tomar sus propias decisiones…
—Se silenció en el acto, mostrándose claramente conmovido—.
Si hubiera hecho eso, ese joven sería hoy un hombre feliz.
Anne lo miró de hito en hito.
—¿Y qué le impide serlo todavía?
Marcus boqueó como pez arrojado fuera del agua, concediéndose un instante de titubeo. Pero, en el acto, regresó la realidad a su cabeza; la realidad no concedía opción a dudas. Esbozó una sonrisa sarcástica.
—A quienes lastimó no parecen dispuestos a perdonarlo; y es justo.