La constancia del mar Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Si esa tarde iban a abrir el corazón y el alma ante el otro, todo parecía indicar que así sería, no tenía sentido emplear innecesarias vueltas de hoja.

Durante algunos segundos, ambos hermanos continuaron caminando en silencio, inmersos en sus respectivas cavilaciones que, secretamente, confluían ambas en un nexo común.

—Tan solo existe una persona en este mundo a la que deteste más que a Marcus Bailey —dijo Connor de pronto, intervención que sorprendió de nuevo a Myriam—; esa persona soy yo mismo, querida Myriam, por haber permitido que te rompiera el corazón.

Se vio obligada a aspirar una profunda bocanada con tal de no colapsar, de tan impactantes como resultaron tales palabras, mazazos para su sensible corazón. No obstante se atavió con todo el aplomo que consiguió recopilar en su interior para continuar caminando sin perder el paso o el aliento.

—Nunca debí haberos presentado…

Myriam se detuvo en seco. Para sorpresa de Connor, se paró ante él para tomarle las manos en un intento de reclamar por completo su atención.

Las miradas de ambos se encontraron bajo el cielo plomizo para ornarse de inmediato con la sonrisa falta de resentimiento de Myriam.

De hecho, esa hermosa sonrisa rezumaba, como siempre, ternura y templanza.

—No digas eso —pidió. Connor apartó la mirada, avergonzado—. No tienes que sentirte culpable en absoluto; mírame, mírame hermano, te lo ruego. —Connor la miró, su mirada ceñuda abrigaba un cariz brilloso—. No quiero que cargues con una culpa que no mereces; no lo hagas, Connor.

—Myriam…

Ella negó con la cabeza, dispuesta a interrumpir sus protestas.

—En modo alguno, ni tus decisiones ni tus actos han influido negativamente en mi vida. Marcus pasaba muchos meses del año en Smallton, posiblemente nos hubiéramos conocido, aunque tú no nos presentaras.

Connor inclinó de nuevo la mirada y exhaló su aflicción.

—Sea como fuere, lo lamento tanto…

—No lo lamentes, te lo pido —continuó Myriam, y alargó la sonrisa para secundar sus palabras—. Te aseguro que, si pudiera volver atrás en el tiempo, cambiaría muy pocas cosas de hecho.

Connor la miró con curiosidad, recordando una situación similar, la que Bailey le había retratado el día de la pelea, cuando rogó disponer de la posibilidad de dar marcha atrás para enmendar sus faltas.

—¿Cómo podrías no cambiar lo sucedido?

Myriam suspiró.

—De no haber conocido a Marcus, me habría negado la maravillosa posibilidad de sentir y de amar con tanta pasión como amé aquella vez.

—Una amplia sonrisa, secundada por el brillo que cintiló en las verdes pupilas, ornó tales palabras—.

Es algo que no me habría perdonado. Él fue lo más bonito y lo más trágico que pudo conocer mi corazón.

Simplemente por el hecho de haberme permitido experimentar emociones tan fuertes y profundas, debería sentirme privilegiada.

Connor liberó un quejido.

—Pero te partió el alma en dos; ¿cómo podrías sentirte afortunada por eso?

Myriam suspiró de nuevo, forzándose por mantener la sonrisa.

—Sentir dolor también resulta necesario para saberse vivo, Connor —manifestó Myriam, que lo comprendía todo al fin.

Alcanzar ese grado de comprensión consiguió inflamar su alma de una dicha y una paz hasta entonces desconocidas—.

Yo he sentido, hermano, yo he amado y he sufrido.

He sido sacudida como una hoja a la que agita el viento, he sido zarandeada con la impiedad de un auténtico vendaval.

Es lo justo. Solo de esta forma, podré algún día reconocer que he vivido y que he sentido.

Connor negó muy despacio con la cabeza. Su ceño fruncido le confería un gesto encorajinado como el de un niño pequeño al que niegan su petición.

—No creo que pueda perdonarlo jamás.

Myriam se llevó las manos de su hermano a los labios para besar con ternura el dorso ligero de vello.

—Si mi corazón no alberga resentimiento, el tuyo tampoco debería hacerlo.

Connor la miró fascinado.

Y extrañado.

Y confundido.

¿Myriam había perdonado a Marcus? ¿Había encontrado la forma de hacerlo? ¡Qué afortunado podía sentirse entonces ese necio de Bailey!

No solo lo habían amado en el pasado con una intensidad y una lealtad abrumadoras, sino que, diez años después, todavía había sitio para él en el corazón de Myriam.

—¿Estás segura? —Fue lo único que Connor atinó a preguntar.

Sonrisa siempre en los labios, Myriam se encogió ligeramente de hombros.

—No lo sé, Connor; a estas alturas de mi vida, creo que ya no estoy segura de nada.

Las antiguas certezas han sido desbancadas por la novedosa realidad.

—Un nuevo beso afectuoso fue depositado en los nudillos de Connor—.

Que sea el corazón el que me guíe de ahora en adelante, que sean mis emociones las que actúen como timonel en mi vida.

Yo ya estoy cansada de nadar contracorriente, tan solo deseo dejarme llevar.

—Myriam, yo no quiero que sufras nunca más.

—Libérate de cargas innecesarias, querido Connor, y quítate ese horrible peso de los hombros, porque yo nunca he dispuesto semejante lastre sobre ti.