La constancia del mar Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

“Marcus Bailey regresó a Smallton con treinta y dos años, sin traer consigo esposa o hijos, por lo que da a entender que se encuentra solo. Tan solo como lo está tu corazón, querida Myriam. ¿No lo ves? Porque yo veo con claridad a dos almas solas que, secretamente, claman por reunirse. ¡Oh, Myriam! ¿No te das cuenta de que a veces las cosas se suceden de un modo particular debido a un sabio propósito? Los caminos del Señor son inescrutables, querida, y, a menudo, nos obligan a dar vueltas y más vueltas tan solo para probar nuestra fe, porque finalmente acaban por conducirnos al punto de destino consignado desde el principio”.

Un nuevo suspiro huyó de los labios de Myriam mientras la mirada insistente, persuasiva y amable de Anne acudía a su memoria para enlazarse con sus consejos.

“Tienes casi treinta años, Myriam, ya no eres una niña. La vida te presenta esta oportunidad que, a mi parecer, no deberías dejar pasar. Ambas sabemos, a pesar de que tú te empeñas en ocultarlo, lo que Marcus Bailey ha sido para ti y lo que aún sigue siendo al día de hoy. No te niegues la posibilidad de ser feliz, querida mía, no bases tu vida en una eterna espera –mucho menos, en un triste recuerdo– cuando tienes ante ti la oportunidad de vivir plenamente el presente y de amar con todo el corazón. Concédete al menos esa posibilidad”.

Pero, ¿podía ser tan sencillo? ¿Podía encontrar en su corazón la forma de perdonarlo?

¿Podía ser posible que su corazón volviera a recuperar el ritmo cadencioso y devoto con el que solo consiguió hacerlo vibrar Marcus Bailey?

¿No era entonces demasiado tarde ya para ellos, demasiado tarde para el amor?

Acarició el grueso atado apenas con la yema de los dedos, consciente del tacto áspero de la vitela.

Había llorado tanto, había sufrido tanto, había nacido tanto dolor donde antaño hubo entrega y amor…

Marcus…

Marcus…

Se llevó el fajo a los labios y depositó un beso suave y liviano sobre el papel mientras el olor antiguo de la tinta, del pergamino y de la humedad que envolvía la gavilla ascendía hasta sus fosas nasales.

Una lágrima solitaria abandonó la brillosa pupila para descender con urgencia el lívido pómulo.

Cerró los ojos. Exhaló lento y profundo.

Las respuestas a todas sus preguntas residían más allá del antiguo legajo de correspondencia: se encontraban sin duda en su propio corazón.

Y acababa de desenterrarlas por fin.

* * *

La conversación con Connor era solo cuestión de tiempo.

Ese tiempo llegó por fin una plomiza tarde de principios de octubre, bajo un cielo profundamente encapotado y la promesa de lluvia inminente coronando sus cabezas.

Era obvio que tanto Connor como Myriam deseaban encontrar un momento a solas para hablar largo y tendido acerca de lo que había sucedido y que ninguno de los dos se había atrevido a mencionarlo delante del otro.

Posponer el instante sería un craso error. Tan solo ayudaría a crear distancia entre dos hermanos que siempre habían sido especialmente unidos.

La posibilidad de dar un paseo aprovechando la tregua climática –posiblemente demasiado breve– resultó una agradecida iniciativa, por lo que empezaron a caminar por la propiedad, decididos a no alejarse mucho en aras de la precaución.

Durante demasiados minutos, imperó el silencio entre los dos.

Myriam se entretuvo de inmediato con la deleitosa contemplación del jardín en plena estación otoñal, ora observando y escuchando el crujir de la hojarasca que cubría el suelo presto al letargo, ora apreciando las postreras yemas de las camelias y la sensación de la tierra reblandecida bajo sus pies, o, simplemente, aspirando el agradable aroma de la hierba mojada y del musgo encharcado que vestía las piedras.

Connor, en cambio, buscaba la manera de iniciar una conversación cuyo fin, tal vez, no resultara demasiado amable para él después de todo.

Respetaba profundamente a su hermana y albergaba un muy buen criterio acerca de su persona, porque, pese a tratarse de su hermana menor, con el correr de los años había dejado de manifiesto su buen juicio, su sensatez y la amabilidad de sus sentimientos.

A esas alturas, Myriam contaba veintisiete años, por lo que Connor podía asegurar –todo el mundo podría hacerlo– que era una mujer de lo más prudente, cabal e inteligente.

No había odio, resentimiento o amargura en su corazón –cuando bien podría asilar cualquiera de tales sentimientos, poseía grandes motivos suficientes para hacerlo–; en cambio, Myriam continuaba siendo tan paciente, amable y generosa con todos como podría serlo cualquier alma que no hubiera padecido una desilusión similar a la suya.

No obstante, Connor albergaba también el convencimiento de que podría ser esposa y madre, además de vivir una existencia plenamente feliz; tal convencimiento era algo que lo mataba por dentro y le causaba profundo pesar.

Bajo su criterio, él mismo había propiciado de algún modo su estado de soltería y su corazón desolado. Cargaba con esa culpa desde hacía una década; una que consideraba que jamás podría descender de sus hombros.

Aspiró en profundidad la brisa fresca del día. Con semejante energía en los pulmones, tomó arrestos para enfrentarse a lo que debía de haber enfrentado mucho tiempo atrás.

—Sé que hace días que deseas preguntarme algo, hermana —comenzó mientras mantenía un paso lento y cómodo—. Así que hoy que nos encontramos solos, te ruego que no te frenen la prudencia o el miedo a incomodarme.

Myriam dejó a un lado la contemplación de la camelia de yemas blancas para reanudar el paseo, volverse hacia su hermano y dedicarle una mirada sorprendida.

—Pero yo ya poseo la respuesta a mi interrogante, Connor —manifestó al tiempo que esbozaba una breve sonrisa—. El domingo en la iglesia me fue confirmada.

Connor aspiró otra ingente cantidad de aire. De nuevo, su hermana hacía gala de una inteligencia vivaz, sorprendiéndolo con su saber estar y su prudencia. Muy al contrario de él mismo, que siempre había sido puro nervio y vehemencia.

Lo había adivinado, seguramente al ver a Bailey en una condición similar a la suya. Aun así, se había callado.

—No te caíste del caballo —añadió Myriam, manteniendo una sonrisa cómplice.

—No, no lo hice.

Sin decir nada, Myriam cabeceó en asentimiento, confirmando para sí misma lo que ya había intuido, aunque jamás deseó llegar a semejante conclusión, ni quisiera hacerlo en ese momento.

En efecto, en la iglesia, mientras observaba a Marcus desde la bancada central, le fue convalidada su negra suposición y, en esos momentos, Connor se lo ratificaba alto y claro.

De todos modos, se alegraba de que Connor no le mintiera ni ocultara la realidad por temor a incomodarla.