Capítulo 15
El domingo, durante el servicio, Myriam no pudo evitar dirigir la mirada y la atención a la nave izquierda del templo.
Por más que se hubiera exigido desde que había abandonado la vivienda bien temprano, también incluso durante la primera parte del oficio, no desviar la mirada ni un solo segundo a esa parte en concreto de la casa del Señor, fue consciente de que tal propósito era como luchar contra un imposible, como quien se empeña tontamente en alzar diques en el mar.
Desde allí, sentada en la bancada familiar, acompañada por Anne y por sus queridos sobrinos, fue consciente del fuerte oleaje que batía inclemente contra el muro que ella había pretendido erigir, en vano, en torno a su persona a modo de protección, y que en esos momentos corría sería peligro de ser derribado.
El sonido de las olas contrastaba con viveza con el fuerte latir de su corazón y con el feroz movimiento en su vientre. Por eso –tal vez, porque, en verdad, era perfectamente consecuente con sus deseos más íntimos–, su rostro se volteó en esa dirección.
Cuando sus ojos se encontraron con las pupilas negras e insondables de Marcus, un escalofrío le recorrió el cuerpo: la sacudió por entero como hace el vendaval a un junco joven a merced de su aliento: las manos corrieron a enlazarse temblorosas sobre el regazo, el corazón sufrió una única y dolorosa sístole; no obstante, fue capaz de sostener la mirada de él con aparente entereza.
Descubrió entonces la herida hinchada y enrojecida de su ceja izquierda, bastante difícil de ocultar a pesar del bucle oscuro que, con clara predisposición, se deslizaba sobre ella. De ese modo, pudo atar cabos.
¿También él se había caído del caballo?
¡Oh, desde luego que no!
Connor y Marcus se habían peleado.
Tal certeza, que, previamente y con notable timidez se había insinuado en su cabeza, la horrorizó y le provocó una punzada dolorosa en el corazón.
No quería considerarla; hacerlo suponía una auténtica tortura, pero no existía otra explicación posible, tampoco cabía lugar a dudas.
Con el ceño fruncido a severidad y el gesto descompuesto, continuó mirando a Marcus mientras él le sostenía la mirada.
El hecho de que su querido hermano y Marcus se hubieran enzarzado por su culpa era algo con lo que no se sentía capaz de lidiar. Algo que jamás había pretendido o esperado; que le provocaba un gran dolor en el alma.
Debía hablar con Connor, debía… ¡Santo Cielo!
¿Qué iba a decirle?
Al fin y al cabo, ¿no había sido ella la desencadenante de semejante desencuentro? ¿No era obvio que se habían peleado por ella?
Jamás esperó que un enfrentamiento entre ambos hombres tuviera lugar después de tanto tiempo, pero parecía obvio que las viejas heridas, las de todos, continuaban abiertas.
El gesto apacible de Marcus mientras la observaba, como si la liberara de cualquier tipo de culpabilidad, contrastaba con los sentimientos inculpatorios de Myriam para consigo, lo que consiguió abrir un agujero devastador en el centro de su pecho.
No la culpaba.
No le recriminaba nada, aunque la herida que le inflamaba la ceja hubiera sido por su causa.
No había censura ni reproche en su mirada; tan solo derramaba paz, tan solo calma, tan solo interés y sentimiento.
En un gesto involuntario, se llevó la mano al busto para reposarla sobre el corazón en procura de alivio. Un alivio que, por supuesto, no le fue concedido bajo el doloroso y agónico pulsar de la víscera romántica.
Anne fue perfectamente consciente del intercambio de miradas, del gesto contrito de Myriam, de su respiración agitada y, por supuesto, también de la devoción manifiesta del caballero a través de una simple mirada.
De igual modo, fue consciente de la magulladura que presentaba Bailey sobre el ojo izquierdo y, como tampoco era necia en absoluto, pudo al igual que su cuñada sacar conclusiones por completo acertadas.
Entonces, la señora Everglott suspiró con disimulo.
¡Qué par de gallos encrespados esos dos; uno por defender el corral, y el otro en un intento de hacerse hueco dentro de él!
Myriam era mayorcita e inteligente en lo que a tomar decisiones se refería, pero, a la vista de lo acontecido, comprendió que, tal vez, podría interceder con levedad para favorecer un acercamiento entre Myriam y Marcus.
Le parecía obvio que, por muy mal que se hubiera presentado la situación de ambos en el pasado o por muy desacertadas que hubieran sido las decisiones tomadas por un joven Marcus Bailey, la vida parecía decidida a concederles una segunda oportunidad; de lo contrario, no los habría reunido después de tanto tiempo, incluso cuando los hados jamás parecieron favorables a un acercamiento.
Una vez finalizado el oficio, justo antes de abandonar el templo, Anne tomó del codo a su cuñada para retenerla un instante y sugerirle de forma susurrada que no se apresurara a salir, que tal vez resultara deseable que hablara con Bailey o que, al menos, accediera a conversar si era él quien se acercaba.
¿Qué mal podía existir en claudicar un poco?
Myriam se limitó a mirarla con cierta incredulidad antes de manifestar que no tenía nada de lo que hablar con él.
Pretendió ser tajante en ese punto, como en la ocasión anterior, aunque esa vez atisbó Anne un ligero viso de duda –¿o tal vez de esperanza?– en las pupilas brillosas bajo un ceño fruncido en base al desconcierto.
Consciente de la dubitación, en un intento de consolidar su porfía, Myriam tomó de la mano a su sobrino más pequeño y se apresuró a abandonar la iglesia en su compañía, evitando de ese modo la situación que Anne le había presentado segundos antes.
Estaba decidida a no exponerse a dicha posibilidad, puesto que no se sentía capaz de mantenerse firme.
Durante diez años, lo tuvo claro, pero, en esos momentos, consciente de la presencia y de la mirada de Marcus, sabía que no contaba con la fuerza de ánimo necesaria para permanecer alejada.
Marcus abandonó el templo en último lugar con la esperanza de encontrar en el atrio a Myriam.
Estaba decidido a acercarse a ella y entablar conversación, desafiando incluso a Connor Everglott, que no le sacaba la vista de encima en ningún momento.
Nada importaba; estaba dispuesto a aceptar las demandas de Everglott y volver a enzarzarse en una pelea si fuera necesario.
Estaba dispuesto a romperse la otra ceja y a recibir cuantos puñetazos tuviera a bien propinarle el enfurecido hermano con tal de dejar claras sus intenciones: lo único que deseaba era estar cerca de Myriam y poder recuperar la familiaridad de antaño.
Sabía que semejante pretensión se acercaba a la locura y que, seguramente, no fuera merecedor de nada de eso después de todo lo sucedido; sabía que Connor jamás se lo permitiría, pero necesitaba sentirse cerca de Myriam, necesitaba recuperar de algún modo lo que se había perdido por su culpa.
La necesitaba a ella.
Solo a ella.
Quería recuperarla.
No obstante, sus anhelos se vieron prontamente truncados cuando descubrió, después de haberla buscado con la mirada, que Myriam era la única integrante de los Everglott que no se encontraba presente.
Se había marchado una vez finalizado el oficio; tal vez, con el firme empeño de evitarlo, consideró decepcionado.
En cambio, se encontró con la mirada compasiva de la señora Everglott, secundada por una sonrisa amable y un cordial cabeceo. Aunque no era en absoluto lo que esperaba entonces, ese gesto venturoso sí que le concedió una cierta esperanza.
* * *
Amparada en la seguridad de su alcoba, sentada en el borde del lecho, Myriam sostenía sobre el regazo el viejo atado de cartas que, por algún extraño motivo, se había empeñado en conservar a lo largo de toda una década.
En alguna ocasión, se había sentido tentada a deshacerse de todas esas epístolas cargadas de esperanzas, de sueños, de ilusiones y promesas que se habían visto truncadas de golpe, pero jamás había reunido el valor suficiente para llevarlo a cabo.
Habría sido sencillo verlas arder bajo la violencia de las llamaradas de la chimenea, del mismo modo que ardía su alma bajo un dolor lacerante que parecía imposible de sanar; no obstante, en el último segundo, se había negado a quemarlas.
De algún modo, necesitaba aferrarse a esas letras; parecía hacerlo con absoluta desesperación, puesto que, en ellas, se concentraba su juventud, en la elegante caligrafía permanecía plasmada la prueba de un amor correspondido en otro tiempo; también la ilusión de tantos sueños que debieron cumplirse y que quedaron en nada.
Gracias a esas letras sabía que no había sido una fantasía, sino que, en verdad, había existido una bonita historia entre Marcus y ella.
En la última carta quedaba constancia también de una separación que la había tomado por sorpresa, y en la que Marcus revelaba que debían dejar de escribirse, de verse, de tenerse porque sus afectos habían sido traspasados.
Y a raíz de ahí surgió el abismo.
El infierno.
La nada.
Ahora, diez años después, Marcus le revelaba que todo el sufrimiento había sido un sinsentido porque jamás hubo terceras personas. A juzgar por sus palabras, nunca tendrían por qué haberse distanciado.
¿Pero era real? ¿O simplemente decía eso porque le convenía decirlo ahora? ¿Cómo saber si mentía? Si lo hizo una vez, podía volver a hacerlo en el presente.
¡Oh, qué fácil podía ser regresar al lugar donde había sido amado después de haber fracasado en otros corazones!
¿Acaso Myriam debía aceptar ser el segundo plato al que recurrir después de haber saboreado y aburrido el primero?
En la alcoba, sonó lánguido el eco de un suspiro, reminiscencia de un sollozo.
Con la cabeza inclinada hacia el grueso racimo de papel, acariciaba con el pulgar el descolorido lazo que reunía la correspondencia de dos jóvenes enamorados mientras la mirada y la memoria se perdían entre las vitelas oscurecidas por el tiempo y la humedad.
Las palabras de Anne de esa misma tarde acudieron prestas a su cabeza.