Capítulo 14 #2
—Responde —insistió, carcomido por las perennes dudas—.
¿Por qué has regresado ahora a Smallton después de haberte ausentado por diez años?
—Su tono reflejaba un claro reproche, pero no parecía encerrar una furia ingobernable esta vez—.
Nadie sabía nada de ti, ni qué había sido de ti. Desapareciste sin más.
Marcus inhaló profundo por la nariz para exhalar después con un largo suspiro.
—Terminé la carrera de Derecho y me convertí en abogado; un buen abogado, me atrevería a decir. —Marcus sonrió para sí mismo con cierta nostalgia—. Obtuve un notable prestigio entre mis colegas de profesión y nunca me faltó trabajo, especialmente entre las clases altas.
—Sí, dijeron que te iba muy bien —apuntó Connor con cierto resabio.
—En mi último caso, me contrataron para que ejerciera la defensa de un empresario muy rico al que acusaron de estafar a decenas de clientes.
Baste decir que conseguí librarlo de cuanto se lo acusaba; no obstante, aún al día de hoy tengo la certeza de que era culpable de todo.
Por lealtad a mi profesión, obré mal, dejando en libertad a un estafador, a un hombre sin escrúpulos que había arruinado a muchos otros.
Por eso, necesitaba evadirme de ese mundo horrible plagado de hipocresía y esnobismo.
Pasé una temporada en Bath, pero incluso allí no pude escaparme de esas sonrisas falsas y esos afectos de conveniencia que, por desgracia, tan bien he llegado a conocer.
Decidí regresar al único lugar cuyo recuerdo me transmite paz, seguridad e imperturbabilidad.
—¿Sabías que encontrarías aquí a Myriam?
Marcus dedicó a Connor una mirada penetrante, invariable. Entonces, Everglott supo que las siguientes palabras resultarían sinceras:
—Jamás pensé que continuaría aquí. Hace mucho que me la imaginaba en su propio hogar, rodeada de un esposo e hijos que la hicieran feliz. Tal y como lo merece.
* * *
Myriam descubrió con gran asombro el rostro descompuesto de Connor a la mañana siguiente, durante el desayuno familiar.
Tenía la nariz hinchada hasta el punto de la deformidad, además de completamente amoratada, de tal forma que la negrura y la hinchazón abarcaban incluso la zona bajo los ojos.
Cuando los varones de la familia le preguntaron el motivo de semejante presentación, Connor alegó que se había caído del caballo. Continuó saboreando los arenques fríos como si nada bajo las estrellas cobrara mayor importancia para él que el pescado que entonces ocupaba su plato.
Los demás nada dijeron, pero a Myriam en particular tal respuesta distó mucho de convencerla; por eso, durante un buen rato observó a su hermano con insistencia, procurando su mirada, pero él parecía haberse propuesto evitarla a como diera lugar.
No volvió a levantar los ojos del plato en tanto se prolongó el desayuno.
Connor era un jinete experimentado. Los caballos de los establos eran por demás lo suficientemente dóciles como para tirar a cualquiera que los montara.
Jamás lo habían hecho, ni con su anciano padre ni con ella misma, que distaba mucho de ser una perfecta amazona, por lo que dudaba que hubieran arrojado al suelo a un hombre hecho y derecho como Connor, cansado además de ejecutar a diario dicha actividad.
No obstante, Connor tampoco era propenso a involucrarse en peleas, a pesar de su carácter impetuoso, por lo que Myriam no atinaba a comprender el origen real del accidente. Una nariz tan hinchada y amoratada como la que presentaba su hermano no era consecuencia de un tropiezo liviano, desde luego.
En el fondo de su ser, se había atrevido a barajar una cierta posibilidad, pero se negaba a concederle crédito.
Tendría que hablar con él.
Encontraría el momento de hacerlo y Connor confesaría la verdad. El muy ingenuo no podía considerar a su hermana tan indiferente como para no desear averiguar el motivo de las magulladuras. El real: una caída del caballo no entraba en consideración.
* * *
Una vez terminado el desayuno, cada integrante de la familia se hubo retirado a atender sus respectivas ocupaciones.
Entonces, pudo Myriam encontrarse a solas con Anne en la sala de estar; de ese modo, aprovechó para anoticiarla de todo cuanto había descubierto días atrás por boca del propio Marcus Bailey.
Se había estado mordiendo la lengua durante todo ese tiempo a falta de disponer de un mísero instante de privacidad para confesarle las inquietudes a su cuñada, quien, de un tiempo a esa parte, se había erigido como la perfecta confesora.
Por fortuna, la ocasión se dio ese mismo día; de lo contrario, de haberse visto en la necesidad de continuar silenciándose y asumiendo por sí sola información tan perturbadora, Myriam sentía que se habría vuelto loca de la desesperación.
Tan pronto fue asimilada la información, del mismo modo que había sucedido en el caso de Myriam, Anne se sintió poco motivada a creer lo que oía y, por supuesto, no alcanzó el entendimiento a comprender los motivos que pudieron existir para que tuviera lugar la separación de aquellos dos si, tal como Bailey aseguraba, no habían existido terceras personas ni un fundamento legítimo para el distanciamiento.
Anne la instó a profundizar más en el asunto, a reunirse con Bailey, incluso, para aclarar la situación de una buena vez.
Ella misma se ofrecía a acompañarla, a propiciar un encuentro de ser necesario, pero estaba claro que Myriam no podía dejar las cosas estar después de haber escuchado tal confesión de boca del propio Bailey.
Era hora, sentenció la señora Everglott, de que, diez años después, se pusieran las cartas sobre la mesa y se dijeran todo cuanto había que decir, todo lo que permaneció escondido en el fondo del alma de cada uno; todo lo que había provocado las dolorosas llagas que todavía escocían.
Myriam, completamente horrorizada ante semejante ocurrencia, rosas escarchadas en sus pómulos y aliento veloz, fue tajante en ese punto: no iba a reunirse con Marcus, no iba a preguntar nada, ni mucho menos exigir respuestas.
—Si no me fueron ofrecidas a lo largo de toda una década —continuó Myriam razonando a su manera—, no tiene sentido procurar respuestas ahora.
Mucho menos ir yo misma en su búsqueda, como si suplicara una justificación.
—Miró a Anne de soslayo, asomando un gesto de duda—. ¿Debo acaso suplicar una justificación?
Mientras exhibía sus pretextos, fue consciente Anne de cómo Myriam gesticulaba en demasía con las manos; de seguro tratando en vano de enfatizar la decisión. También notó cómo los colores que le escarchaban los pómulos abarcaban ahora todo el rostro, el cuello y buena parte del escote.
—Soy una mujer que pronto entrará en la treintena; no tiene sentido dar alas a un corazón que, a estas alturas, debería conformarse con la tibieza que le proporciona la felicidad de sus allegados.
—Myriam tragó seco—. ¿Qué sentido tiene empeñarse en mantener una ilusión juvenil y soñar con enamoramientos tontos?
Por respuesta, Anne suspiró, rendida ante la cabezonería de la joven.
Abrumada, de pronto, ante el silencio de su cuñada y ante la marabunta de pensamientos que, por el contrario, hacían ruido en su cabeza, Myriam inclinó la mirada para centrarse en los propios dedos, enlazados con firmeza sobre el halda.
Mientras se obligaba a mantener la concentración en esos dedos largos, finos y blanqueados a causa de la fiereza del agarre, continuó devanando pensamientos.
¿Guardaba razón de ser remover las viejas aguas para tratar de ver el fondo? ¿Valía la pena tratar de ver el fondo?
No, de ninguna manera.
Había demasiado lodo en la superficie, demasiadas algas enmarañadas entre aguas que amenazaban con arrastrarla hasta las profundidades. Además, en las profundidades oscuras ya había estado.
¿Para qué sumergirse de nuevo? ¿Para qué mover las corrientes? ¿Para qué encenagarse?
Después de todo ya era demasiado tarde para los dos.