La constancia del mar Capítulo 14
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Capítulo 14

Marcus exhaló en profundidad y, con la mirada fija al frente, trató de comprender la forma en la que habían llegado a ese punto.

Cuando regresó a su casa dos noches atrás, después de haber liberado parte de sus penas y frustraciones contemplando Mershaw Cottage en la distancia, se encontró con el desconcierto de haber recibido una nota de parte de Connor Everglott.

El hermano de Myriam lo citaba en un punto para ajustar cuentas pendientes.

Entendía Marcus a qué cuentas se refería Connor y, aunque no albergaba deseo alguno de complicar el asunto más de lo que ya lo estaba, también comprendió que desatender la demanda de Everglott supondría otra afrenta más que sumar a las ya existentes.

Por lo tanto, allí estaba.

Con la chaqueta y el chaleco arrojados a un lado en el suelo, ataviado en mangas ligeras de camisa e involucrado en una situación que jamás habría conjurado en su cabeza.

A escasos pasos frente a él, Connor Everglott, también en mangas de camisa y arremangado hasta los codos, alzaba los puños delante del rostro en posición defensiva.

Marcus, en cambio, mantenía los brazos laxos a ambos lados del cuerpo en una pose que rechazaba a las claras cualquier afán de contienda, aunque, a juzgar por la expresión homicida de su oponente y por los movimientos púgiles que le dedicaba, estaba claro que Everglott no se contentaría con su impasibilidad.

Suspiró con largueza.

Los claroscuros del crepúsculo y las sombras vertidas en ese claro del bosque concedían privacidad al instante, punto que Marcus agradeció. No le habría agradado contar con testigos para ese mal asunto.

—¡Vamos! —bramó Connor, que movía los puños ante el rostro en un gesto claramente incitante—. ¿Qué estás esperando?

Marcus, que miraba con fijeza a su ahora contrario, exhaló lentamente por la nariz. No obstante, no se movió de su posición; trataba de obviar en todo momento los pasos inquietos de Everglott, que se movía delante de él a saltitos que un pajarillo fácilmente tomaría por suyos.

—¡Muévete, Bailey! ¡Muévete, maldito seas!

—No voy a pelear contigo, Everglott —dijo manteniendo la calma.

Semejante templanza solo consiguió encrespar todavía más a Connor, cuyos ánimos venían previamente encendidos de casa.

—¡Tendrás que hacerlo! —tronó de nuevo—. Salvo que no quieras defenderte, lo que me resultará bastante menos satisfactorio. —Su mirada emitió un brillo de desafío—. Pero igualmente válido.

—Everglott…

—¡Si voy a partirte la crisma, espero al menos que me concedas un poco de entretenimiento antes, maldito cobarde! ¡Ponte en guardia, te digo!

Marcus meneó la cabeza en negación.

—No deseo pelear.

—Demasiado tarde.

Connor dio un paso al frente sin cejar en la expresión enfurecida, pero, en lugar de partirle la crisma, tal y como había anunciado, descargó un puñetazo contra la clavícula de Bailey que apenas consiguió desestabilizarlo. Se trataba de una clara advertencia por parte de Everglott.

—¡Tu inacción me demuestra lo que ya sabía! —protestó Connor—. ¡Lo que siempre he sabido y tú has ampliamente demostrado! ¡Eres un cobarde, Marcus Bailey; sigues siendo un maldito cobarde!

Marcus jadeó.

—¿No podemos hablarlo? —lo instó—. Como dos hombres civilizados, Everglott, podríamos sentarnos y hablar acerca del asunto que nos ha traído aquí…

—¿Ahora quieres hablar? —rugió Connor—. ¿Diez años después, crees que podemos sentarnos a hablar como dos personas civilizadas? ¡Maldito cretino! ¿No piensas que sería mejor escribirme una miserable carta para decirme lo que sea que quieras decirme?

Marcus, ceño fruncido en viva expresión de disgusto, exhaló de una vez su resignación y, muy lentamente, alzó los puños frente al rostro.

—No es mi propósito llegar a este punto de desencuentro, Everglott; nunca he pretendido llegar a esto…

Por toda respuesta, Connor lanzó un nuevo ataque, esa vez en forma de gancho, pero Marcus lo esquivó con destreza, inclinándose y haciéndose a un lado de un salto, para frustración de su oponente.

—¡Maldito seas! —rugió Connor, indignado—. ¿Por qué demonios has vuelto? ¿Por qué no te quedaste en el maldito agujero en el que llevabas diez años escondido?

Marcus observaba con atención los movimientos de Connor, porque, aunque no deseaba pelear con él, tampoco estaba dispuesto a recibir una paliza si podía evitarlo.

Dado el grado de enfado de Everglott, estaba claro que no existiría en el momento presente forma de hacerle entrar en razón, por lo que trataría de esquivar sus golpes y confiar en que acabara cansándose de llevar a cabo semejante disparate.

Ante la falta de respuesta por parte de Marcus, Connor se lanzó de nuevo contra él, esa vez para descargar su puño contra el rostro del abogado y, aunque Marcus vio el ataque, no fue lo suficientemente rápido: lo alcanzó en una ceja, lo que provocó sangre en el acto.

Marcus se tocó la herida y observó durante un instante los dedos manchados de sangre a través de una mirada velada en rojo. Latía, dolía, fluía como una fuente rota.

—¿Por qué te fuiste hace diez años? —continuó increpándolo Connor—.

Desapareciste sin más, sin previo aviso, exculpándote a través de una estúpida carta.

¿Considerabas acaso que Myriam no se merecía una explicación cara a cara?

¿O es que significaba tan poco para ti que consideraste innecesario ofrecérsela? ¿Tan poca consideración le concedías?

Eso último indignó a Marcus, que dedicó una mirada rabiosa a Connor.

¿Qué decía aquel loco? Él jamás había menospreciado a Myriam, ella lo había sido ¡todo!

—¡La utilizaste, nos utilizaste a todos!

Creí que éramos amigos, creí que nuestra familia era tu familia.

Te burlaste de todos nosotros. ¡Y de ella especialmente!

—continuó cizañando, preso de la exaltación—.

¡Nunca te importó! ¡De seguro, incluso alimentaría tu vanidad el hecho de saber que una chiquilla humilde moría de amor por ti, aprendiz de letrado!

¡Menuda heroicidad aprovecharte de una jovencita ingenua y usarla como entretenimiento durante tus estadías en Smallton!

Encolerizado ante la insinuación de Everglott, esa vez fue Marcus quien lanzó su gancho derecho contra Connor para reventarle la nariz.

Connor se dobló sobre sí mismo entre gruñidos de dolor. Hincó la rodilla en el suelo al tiempo que se sentía completamente humillado ante la cantidad de sangre que le manaba del rostro y que parecía haberlo apartado irremediablemente de la pelea.

—¡No tienes ni idea! —bramó esa vez Marcus—. ¡No sabes lo que dices, maldita sea! Yo amaba a Myriam… —Parado de ante pie ante Connor con expresión derrotista, como si en realidad hubiera sido él el golpeado, fue lo que atinó a decir, por completo ya fuera de sí.

* * *

Era todo lo que podía decir, en realidad, puesto que esa era su única gran verdad.

Mientras mantenía una posición encogida, Connor habló sin alzar la mirada del suelo al tiempo que trataba de taponarse la nariz y mantener la dignidad.

—¿Entonces, por qué la dejaste, Bailey? ¿Por qué rompiste tu promesa?

Marcus inhaló profundamente por la nariz y deslizó la mirada a lo lejos, entre las sombras del bosque, para no atinar a ver en la espesura otra cosa más que la imagen evocada y etérea de Myriam, con la expresión de un hada confusa e indignada, que lo observaba como si fuera un extraño.

Por supuesto, esa imagen de Myriam era fuego fatuo, una mera ilusión creada por su mente trastornada.

—Yo fui un cobarde; yo creí que… —meneó la cabeza en negación y supo que no podía seguir hablando, porque ciertamente no existía justificación honorable a su conducta pasada.

Sentía la sangre deslizarse por el lateral de su rostro. Sin embargo, no trató de limpiarse, permaneció allí de pie, quieto, soportando el dolor palpitante de una herida que no dolía nada comparada con el suplicio que le torturaba el alma.

En especial, tras comprobar que la imagen de Myriam se había esfumado como la bruma al amanecer.

—No te imaginas cuánto te quería Myriam —siseó Connor. Sus palabras fueron puñaladas en el corazón de Marcus—. No eres capaz de comprender cuánto tiempo te estuvo esperando en vano y cuánto le costó continuar con su vida después de ti.

Marcus inclinó la cabeza, hundido.

Todo eso lo había ya imaginado tras haber hablado con Myriam, pero escucharlo de boca de Everglott supuso una dolorosa confirmación.

—Yo te consideraba mi amigo —remató Connor, sacando al exterior todo cuanto llevaba guardando durante años—.

Tampoco te imaginas cuán culpable llegué a sentirme durante todo este tiempo por haber sido yo quien os presentó.

¡Ojalá nunca lo hubiera hecho! De no ser por mí, ella jamás habría padecido tanto.

De no ser por mí, seguramente ahora sería una esposa feliz y una maravillosa madre.

Un profundo dolor desgarró en dos el corazón de Marcus, arrebatándole incluso el aire. Las puñaladas habían sido certeras.

—Tú no debes cargar con culpas que no te pertenecen, Everglott.

El único culpable en todo este desastre he sido yo.

Yo le arrebaté la posibilidad de ser feliz.

—Encajó la mandíbula con dureza hasta que los molares restallaron.

Dentro de su pecho, el corazón pulseaba malherido, desangrándose despacio—.

Ojalá pudiera hacer correr el tiempo hacia atrás para enmendar todas mis faltas.

—¿Y qué ganarías con eso? —le espetó Connor con mordacidad.

“De saber todo lo que hoy sé, jamás la habría abandonado.”

Tendió la mano a Connor.

Desde su posición innoble, Everglott observó un largo instante la mano ofrecida; finalmente, la aceptó para ayudarse a incorporarse.

—¡Esto no es una claudicación; ni lo pienses, Bailey! —concluyó, parado frente a Marcus en posición aún desafiante a pesar de la nariz por completo hinchada y reluciente en carmesí—. Volveré a tratar de partirte la crisma en cuanto tenga ocasión.

—Lo sé —concedió Marcus, también mostrando el rostro manchado de sangre y la ceja izquierda hinchada y ennegrecida.

Connor lo observó en silencio un eterno instante.