La constancia del mar Capítulo 13
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Capítulo 13

Cerró la puerta de la alcoba tras de sí y se dejó caer de espaldas contra la madera, con la mirada perdida en los techos artesonados.

La mano diestra acudió rauda al pecho para reposar sobre el lugar exacto en el que latía su corazón; en esos momentos, imitaba a un batán enloquecido.

El aliento huía presuroso entre los labios. A causa de tal agitación, el busto ascendía y descendía en un apurado vaivén.

Las horas se le habían hecho interminables hasta que pudo despedirse de los suyos y retirarse a la intimidad de la alcoba para reflexionar, para poner en orden los pensamientos que, en ese instante, aparecían por demás atropellados.

Ahora, por fin, se encontraba a solas con ellos y, aunque llevaba horas deseándolo, en ese instante sintió miedo.

Miedo a sentir.

Miedo a reconocer lo que sentía.

Miedo a sufrir, a seguir sufriendo, a no dejar de sufrir jamás.

Apoyó la coronilla contra la puerta, cerró los ojos y, en el aire, sonó lánguido el eco de un gemido. O de un sollozo bajito.

Otro día hablaría con Anne; sin duda, a su cuñada le interesaría el giro que acababa de tomar su historia.

Pero, en esos momentos, no quería hablar con nadie ni ver a nadie; en esos momentos, únicamente deseaba rememorar palabra a palabra lo que Marcus le había dicho esa misma tarde. Necesitaba paladear a solas cada una de sus palabras.

¿No había sido cierto? ¿Eso había dicho? ¿Sus afectos no habían sido traspasados?

Un quejido ahogado huyó de entre sus labios, y la mano corrió a silenciar cualquier nueva acometida de sensibilidad.

¿Mintió?

Eso había asegurado él mirándola a los ojos velados por el llanto. Que no habían sido traspasados. ¡Que nada había sido cierto!

Pero entonces, si no era verdad, ¿qué clase de locura era? ¿Por qué había desaparecido de su vida diez años antes enarbolando semejante pretexto, llevándose con él su corazón y su alma entera? ¿Por qué había sentido la necesidad de mentir?

Si nada de aquello había sido cierto, ¿qué sentido tuvo tanto sufrimiento, tanta soledad, tanto resentimiento fermentando quedamente en el brasero de amargura que acunaba su corazón? ¿Qué sentido habían tenido esos dolorosos diez años?

Sus afectos no habían sido traspasados, eso dijo.

No podía creerlo, aunque, a esas alturas, tampoco sabía bien en qué creer. No era sencillo cuando todo su mundo, ese mundo seguro e inofensivo que se había esforzado en erigir en torno, se había vuelto repentinamente del revés.

Él había aparecido de nuevo cuando no creyó verlo aparecer ante sus ojos ya nunca más.

Había aparecido y había avivado en su alma un sinfín de emociones sepultadas muchos años atrás, del mismo modo que el soplo ligero del viento es capaz de avivar los viejos rescoldos de esa hoguera que todo el mundo consideró apagada.

¿Quién podría imaginar que había fuego en la vieja hoguera?

¿Quién podría imaginar que aún era capaz de desprender tanto calor?

Se separó de la puerta para atravesar la alcoba, rauda como un suspiro, tomó la palmatoria que latía sobre su bureau y se acercó a la ventana con la misma urgencia que muestra el demente cuando tan solo él sabe a ciencia cierta hacia dónde va.

¿Y adónde iba, en realidad?

Tan solo a distraer la cabeza y a dejar de pensar un solo segundo, si fuera posible.

Si seguía dándole vueltas a las palabras de Marcus, si seguía rememorando una y otra vez lo que él había dicho, la forma en la que la había mirado o el gesto contrito que apreció en su semblante, muy posiblemente su cabeza terminaría estallando como una granada madura.

Muy posiblemente su corazón terminaría colapsando.

El exterior permanecía abrazado por una oscuridad notoria, escasamente iluminado el paisaje por los rayos argentados del gajo creciente que pincelaba el terciopelo negro del firmamento.

Myriam miró el cielo escaso de estrellas y descendió después la mirada a la oscuridad informe que lo vestía todo, mientras movía los labios para repetir a modo de plegaria cada una de las palabras de Marcus.

—¿Por qué has regresado? ¿Por qué has venido a remover las cenizas?

—Las lágrimas le velaban las pupilas de jade, orillándola a la realidad de unos sentimientos que no podía ignorar—.

¿Por qué has tenido que decirme esto, Marcus Bailey?

¿Con qué derecho regresas para erigirte de nuevo como el centro único de mis desvelos?

De un firme soplido, apagó la llama titilante de la palmatoria para dejarse engullir por las sombras de su alcoba y de su corazón.

* * *

Observó la pequeña casa que emergía bajo el llanto plateado de la luna creciente, mientras un ligero sirimiri empezaba a deslizarse entre la neblina nocturna para calarlo poco a poco.

A él, estatua de piedra apostada en mitad de la campiña.

A él, por cuyo abrigo se deslizaba la suave humedad, empapándole la ropas y fijando el cabello oscuro en gruesos mechones alrededor del rostro impertérrito.

A él, que allí plantado, con los hombros caídos y el cuerpo descargado con abandono hacia un lado, consentía que la llovizna incesante le calara los huesos y también el alma.

No se movió.

Ni aunque los cielos se abrieran en ese preciso instante para derramar de golpe sobre su cabeza el diluvio universal, ni aunque tal infrecuente evento sucediera, él no habría considerado moverse.

Se merecía una pulmonía, se merecía cualquier tipo de sufrimiento que el buen Dios tuviera a criterio enviarle a través del clima.

Se merecía chorrear como un maldito ganso recién emergido de un charco; sería el suyo un charco de egoísmo y negligencia; exactamente, lo que había cultivado a lo largo de los años.

Allí parado en la distancia, observando Mershaw Cottage con el desespero del náufrago que divisa la luz de un faro en la oscuridad, las imágenes de lo sucedido esa misma tarde acudieron a su cabeza para desplegarse cual abanico y despertar en su interior mil y una emociones en letargo.

Que no olvidaba.

Inmóvil bajo la lluvia, la humedad provocada por el sirimiri incansable le invadió los ojos y le empapó el rostro.

Parpadeó muy despacio, tomando por suyas las lágrimas que el cielo tenía a bien cederle. De ese modo, resultó sencillo que las lágrimas propias se sumaran de inmediato a la humedad que le acariciaba la cara.

Si los cielos proveían, llorar bajo la lluvia no resultaba tan humillante después de todo.

Encajó la mandíbula y apretó los puños a ambos lados del cuerpo.

No podía arrancarse de la memoria el gesto de Myriam, mezcla de sorpresa, mezcla de indignación y rabia. Tampoco podía olvidar sus ojos brillosos, prestos a un llanto inminente, ni el modo en el que trastabilló para encararse al borde del abismo al que él mismo la había orillado.

¡Oh, Myriam! Su Myriam. ¡Cuánto daño debió de hacerle!

Ahora lo comprendía.

Jamás pensó que sus acciones pudieran cobrarse semejantes consecuencias, jamás pensó que Myriam las sufriría del modo en el que lo hizo.

Simplemente, consideró que lo olvidaría sin más, que pasaría página, como quien desliza la página de un libro para aventurarse a un nuevo capítulo, que él acabaría siendo tan solo una efímera línea –borrosa con el tiempo– en el trazado de su vida; al fin y al cabo, por aquel entonces ella solo tenía diecisiete años.

Jamás pensó que su juventud pudiera vincularse a un afecto sincero y perdurable, tan sincero y perdurable como él sabía que era el suyo.

De haber sabido que su decisión provocaría tanto daño…

De haber sido más sensato y haber concedido una mayor fe a su relación…

Cuando vio apagarse la última y diminuta luz de la vivienda, inclinó la cabeza, giró sobre sus talones y desapareció en la oscuridad. Aceptó la negrura que le ofrecía el añorado cottage del mismo modo que aceptaba el hecho de que había sido un completo necio.