La constancia del mar Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Tuvo que contentarse, entonces, con la charla ofrecida por la señora Everglott, quien en realidad tan solo parecía pretender llenar el silencio con temas sin relevancia como podían serlo el clima, el estado de los caminos y las bondades de la estación, siempre generosa a la hora de compartir conocimientos sobre frutos, variedades cromáticas y aromas.

Marcus participó de la conversación con tono y gesto amable, aunque, en todo momento, procuró no perder de vista a Myriam, así como tampoco a sus reacciones a la charla mantenida por él y Anne. Encontró a la joven por demás tan seria como de semblante disgustado.

La presencia de Marcus la importunaba. Había supuesto una horrible animadversión; Marcus no albergaba la menor duda al respecto.

Una vez que llegaron al final del trayecto, los tres se detuvieron frente a la cancilla de Mershaw Cottage.

Anne tuvo que excusarse con cierta precipitación, puesto que sus hijos correteaban por el jardín volviendo loca a la doncella de los Everglott, que los perseguía sin resuello; una vez que los pequeños localizaron a su madre, reclamaron su atención por completo, agarrándose a sus faldas y casi arrastrándola hasta el interior de la vivienda.

Por lo tanto, Marcus y Myriam se quedaron a solas.

No era esa una situación agradable para la joven, tampoco algo que su presencia de ánimo pareciera capaz de soportar; entonces, decidida a no prolongar más semejante tortura, le ofreció una reverencia de cortesía al caballero.

—Buenas tardes —dijo y, acto seguido, sin esperar respuesta o cortesía de vuelta, giró sobre los talones, abrió la cancilla y se dispuso a dejarlo atrás.

Ya había iniciado el sendero que cruzaba el jardincito de los Everglott cuando la voz ronca y grave de Marcus sonó a su espalda.

—Señorita Everglott…

A pesar del primer impacto que le causó tal reclamo en su interior, no se detuvo: continuó caminando.

—Señorita…

No iba a detenerse, podía llamarla cuanto quisiera, le daba lo mismo.

—¡Myriam!

Con el corazón cabriolando como un loco en el pecho, se detuvo en el acto, manteniéndose de espaldas a él. ¡Hacía tanto tiempo que no escuchaba su nombre salir de esos labios!

—Myriam, escúchame, te lo ruego… —Tras esa primera cabriola demencial, el corazón de ella se encogió, el estómago empezó a doler y las rodillas se entrechocaron bajo la falda—. Me gustaría poder retomar la conversación que dejamos a medias en el baile de San Miguel, por favor.

Marcus se expresaba en un tono bajo y suave, el mismo tono cadencioso y varonil que ella reconocía haber adorado muchos años atrás. El mismo tono que mantenía grabado a fuego en su memoria y que, secretamente, aún adoraba.

Tragó seco y cerró las manos en puños. La mirada ceñuda permanecía extraviada en el suelo trebolado bajo sus pies. Las lágrimas empezaban a picar detrás de los párpados.

—Se equivoca, señor: no ha quedado ninguna conversación a medias —dijo, sin volverse todavía, tratando de mantener estable la coraza con la que cubría su corazón—. Ya está todo dicho; por mi parte, nada más queda por decir.

Durante algunos segundos se instaló el silencio entre los dos. Como consideró Myriam que él ya no tendría nada más que alegar después de semejante corte, como ella misma se sentía al borde del colapso nervioso dado el cariz tenso de la situación, decidió retomar camino y dejar todo atrás.

De nuevo la intervención de Marcus la detuvo.

—Comprendo que ahora es demasiado tarde, que ya no servirá de mucho… —Myriam apretó los párpados para aplastar las lágrimas que empezaban a agolparse tras ellos—. Pero lo cierto es que lamento tanto…

Se volvió rauda, la mirada brillosa fija en él.

—¿Qué cosa, señor Bailey? —rugió.

Marcus no pudo evitar dar un respingo, pero encajó esa mirada y esa réplica furiosa con gallardía.

—Myriam…

Ella jadeó con brusquedad.

—¿Qué es lo que lamenta? —Los ojos velados por las lágrimas y enrojecidos en la contención calamitosa del llanto evidenciaban el estado de la joven—.

¿Haberse despedido con una miserable carta?

¿O haber traspasado sus afectos? ¿Qué es lo que lamenta y, al tiempo.

no considera lo suficientemente grave como para suponer una afrenta, señor Bailey?

Marcus le sostenía la mirada, muy serio. Esos jades encolerizados lo observaban con dureza detrás de la cortina acuosa que trataba de opacarlos, amenazando con embestirlo y abatirlo con absoluta impiedad. Podrían hacerlo. Tan solo esa mirada color laurel tenía potestad alguna sobre su alma.

Tragó en seco. La nuez de Adán ascendió y descendió con violencia bajo el cravat .

—Eso… no es cierto —dijo apenas en un susurro.

Myriam, sin acabar de comprender el significado de tales palabras, sufrió por mantener la compostura mientras continuaba observando a Marcus con un gesto en el que se mezclaba confusión con indignación y dolor.

—Nunca fue cierto… —susurró Marcus, encogido de hombros.

Ella se cuadró con dificultad, consciente del temblor que entrechocaba sus rodillas y ascendía con violencia por su espina dorsal, sacudiendo todas y cada una de las fibras de su ser. Apenas era capaz de enfocarlo, apenas era capaz de respirar o sostenerse en pie.

Fue el turno de Marcus de exhalar, de llevarse la mano a la frente para aliviar el sudor frío que la perlaba.

Fue su turno de cerrar los ojos, de apretar fuerte, organizar los pensamientos que se atropellaban en su cabeza y –¡maldito fuere su sino!

– de encarar a esa mujer capaz de perdonarle la vida o de arrebatársela con una sola de sus miradas.

—Mis afectos jamás fueron traspasados —concluyó en un tono apenas audible—. Era mentira…

Myriam perdió el pie. Hizo amago de sostenerse en un apoyo invisible a su alrededor, pero no había nada en ese sendero en mitad del jardín, tan solo Marcus frente a ella. Sin embargo, sujetarse de él no podía considerarse viable.

De ese modo, trastabilló: echando mano al vacío, a la nada.

Marcus quiso asistirla, pero ella retrocedió, para mantenerse fuera de su alcance.

—Yo… —suplicó—. Myriam…lo lamento…

En ese preciso instante, como si los caprichosos hados los hubieran conjurado, David y Connor se personaron bajo el umbral.

Marcus no pasó por alto la mirada homicida de Connor, así como tampoco la otra mirada que le fue dispensada por el primogénito, la que, si bien no contenía indicios asesinos, no resultaba amable o acogedora en modo alguno.

Marcus cabeceó en la distancia a modo de cortesía mientras Myriam aprovechaba ese instante extraño para echar a andar a buen paso hacia la casa.

Sus hermanos varones se hicieron cada uno a un lado para permitirle acceso al hogar y reubicarse después, de inmediato, de nuevo bajo el umbral, como feroces cancerberos.

Marcus entendió en el acto la intencionalidad del gesto.

Y lo aceptó.

Lo expulsaban de sus vidas.

No había ya cabida para él en ese lugar.

No esperó cortesía alguna por parte de los hermanos Everglott, no aguardó una palabra amable o siquiera un gesto de urbanidad, mucho menos una invitación, así que, simplemente, se retiró en silencio, tras darse media vuelta para regresar sobre sus pasos.

Como una sombra.

Como un fantasma del pasado sin potestad para formar parte del presente.

No quería contienda alguna, en especial tras haber sido advertido por Connor durante la fiesta de San Miguel para que mantuviera la distancia.

No había regresado para abrir viejas heridas, no había regresado para martirizar u ofender a nadie con su presencia. Aunque, a decir verdad, a esas alturas y a la vista del estado de su corazón y de sus sentimientos, no sabía para qué demonios había regresado.