Capítulo 12
—¿Cómo pudo imaginar que sus acciones no tendrían consecuencias?
—Myriam jadeó su estupor y, acto seguido, se llevó la temblorosa mano a los labios en un gesto involuntario, como si, de ese modo, pretendiera limitar el paso a tantas emociones como brotaban de su alma con delator atropello—.
¿Cómo pudo él suponer mis sentimientos tan frágiles como para ser inmunes a dichas consecuencias?
Cientos de lágrimas le hacían brillar los ojos y danzaban atrevidas en el arco oscuro de sus pestañas. El hecho de que ladeara el rostro en sentido contrario obedecía sin duda a la privacidad requerida en previsión de dicha circunstancia.
—¡No puedo ni creerme semejante osadía! —Replegó los labios al interior de la boca e inhaló profundo por la nariz, consciente del temblor que le sacudía la barbilla y ofrecía un prólogo perfecto al inminente llanto—. ¿Tan poco me conocía como para suponerme inmune a su abandono?
Estaba a punto de llorar, pero no quería hacerlo. Llorar implicaba concederle la razón a Marcus Bailey; llorar implicaba reconocer que Marcus Bailey todavía gozaba de determinados privilegios y cierto poder sobre su persona.
¡Y se había esforzado tanto por negarle semejante poder!
¿Pero acaso no era cierto? ¿Acaso no estaba claro que todavía disponía de la supremacía suficiente cuando era capaz de arrancarle a su alma tantas emociones diferentes, muchísimo tiempo después de haberlas inculcado?
—Es natural que te sientas indignada, querida Myriam…
Myriam exhaló con urgencia. ¿Indignada? Sí, efectivamente por un lado se sentía indignada ante la airada –¡y efímera, y frívola!– respuesta de Marcus, pero también se sentía ofendida y dolida. En su fuero interno, además, se sentía especialmente triste.
Muy triste.
¿Acaso él había considerado tan vanos los sentimientos de ella como para siquiera sopesar que no iba a sufrir tras abandonarla sin ofrecer ninguna explicación?
¿Consideraba acaso que por ser joven e inexperta su corazón sentiría menos?
¿Acaso no estaba menospreciando su amor y su corazón al suponer tal cosa?
Suspiró esa vez y trató de aplastar la presencia inminente de las lágrimas bajo el peso de los párpados. Inhaló profundo y deslizó la mirada por la verde campiña plagada de tréboles y florecillas rosadas.
De nuevo se obligó a no llorar.
Anne y Myriam habían salido a dar un paseo por los alrededores de la propiedad para tratar de evadirse; una, de la frenética actividad familiar y la otra, en un intento de aligerar, hasta, tal vez, de sacudir y lanzar a la brisa vespertina, muy, muy lejos, las emociones que le aplastaban el alma.
—¿Cómo pudo actuar con semejante desafecto, Anne? ¿Cómo pudo imaginar que su proceder me resultaría indiferente después de todo? —sollozó—. Después de tanto.
Anne no respondió. Se limitó a continuar caminando al lado de Myriam, escuchando en silencio su plática indignada, perfectamente consciente de que en cualquier momento debería confortarla, porque la siempre resuelta Myriam Everglott corría serio peligro de desmoronarse en cualquier momento.
Seguía pensando de Marcus Bailey lo mismo que había pensado en cuanto Myriam le había relatado su historia en común.
Sin duda, había actuado como un cobarde, al desaparecer de la vida de la joven después de haberse grabado a fuego en su corazón. Semejante proceder no resultaba aceptable; mucho menos, caballeroso.
No obstante se sentía inclinada, por algún extraño motivo, a no pensar lo peor de él.
No iba a excusarlo, desde luego; había actuado mal en el pasado.
A consecuencia de su penosa decisión había destrozado la felicidad y las ilusiones de una jovencísima Myriam Everglott, orillándola a una existencia solitaria que casi podría decirse resignada; sin embargo…
, ¿no estaban todavía a tiempo de enmendar la situación?
Había visto cómo miraba a Myriam y era consciente de que ella no sentía tanta indiferencia hacia Marcus Bailey como se empeñaba en demostrar. De hecho, cuanto más indiferente decía sentirse, más claro estaba que se trataba completamente de lo contrario.
Semejantes divagaciones quedaron sin resolución en la cabeza encofiada de Anne porque en ese preciso instante la silueta de un caballero acortando a pie la distancia que lo separaba de ellas la obligó a silenciar las voces de su magín.
Ataviado con un sobretodo marrón, pantalón claro, botas hessian , el bastón en la diestra y el sombrero cilíndrico en la siniestra, el caballero caminaba con paso distraído, aunque perfectamente erguido y distinguido en la pose, como si caminara por el mismísimo St. James en lugar de por un amplio camino de tierra.
Anne observó con disimulo la reacción de Myriam. Pudo apreciar cómo la joven ralentizaba el paso y se tornaba blanca como la tiza una vez que hubo localizado e identificado al que se acercaba lentamente por el camino.
Marcus se paró delante de ellas y, tras observar durante un largo segundo a Myriam bajo un ceño profundamente fruncido, ofreció a ambas mujeres un golpe de cabeza a modo de cortesía.
—Señora Everglott —saludó con tono urgente—; señorita Everglott…
—Señor Bailey. —Fue Anne quien respondió, sonrisa amable en ristre— ¡Qué casualidad encontrarlo!
Justo en este instante veníamos hablando de…
—Myriam la fulminó con la mirada, encendido el color—.
Hablábamos del buen tiempo que gozamos a estas alturas de la estación.
—Rápidamente Myriam desvió la mirada al suelo—.
Octubre se encuentra a la vuelta de la esquina y, sin embargo, no hace demasiado frío, de momento todavía se puede pasear sin riesgo de acabar resfriado.
—Es cierto, disponemos de muy buen tiempo —dijo él sin más.
Comprobó Anne que, mientras hablaba, Bailey no apartaba la mirada de Myriam, a pesar de que ella mantenía la suya porfiadamente inclinada bajo un ceño fruncido a severidad.
Una sonrisa sagaz se asomó a los labios de la señora Everglott. Quizá, tal y como había cavilado hacía unos minutos, todavía no fuera tarde para ellos dos.
—¿Se dirigía a algún sitio en particular, señor Bailey? —preguntó Anne de pronto.
Sorprendió sin duda a Marcus con su intervención, puesto que se vio obligado a parpadear y a revelar cierta confusión cuando balbuceó las siguientes palabras:
—No…; en… en realidad, me limitaba a pasear sin rumbo por los alrededores —confesó, señalando el panorama con el brazo en el que portaba su sombrero—. Me sentía inclinado a comprobar si todo seguía igual que en mis recuerdos. —Una sonrisa fugaz, nerviosa, estiró brevemente los labios de él.
Anne lo observó con interés. No, no quería pensar lo peor de él. Había actuado como un cobarde y revelado una conducta inconstante, pero ¿acaso no era demasiado joven también él por ese entonces?
—Ah, ¿conocía usted el pueblo? —preguntó, fingiendo ignorancia. A su lado, Myriam continuaba con la mirada baja y el ceño sombrío. Las manos enlazadas frente al talle, firmemente apretadas, hablaban a Anne de las terribles turbulencias internas que avasallaban a su cuñada.
—Sí, lo conocía —admitió Marcus—; de hecho pasé aquí los mejores años de mi vida.
De forma inconsciente, el ceño de Myriam se acentuó. Los dedos se enredaron también con mayor empeño.
—Dígame —continuó Anne con tono amable e idéntica sonrisa en los labios—, ¿lo encontró todo tal y como recordaba?
Myriam contuvo la respiración. Tal vez, Marcus no se percatara, pero ella, que era consciente de toda la información de la que disponía Anne, entendía sus intervenciones como un claro asalto.
—Sí, para bien, desde luego —apuntó Marcus, efectivamente ajeno a la intencionalidad de la señora Everglott—. Aunque no me esperaba menos: Smallton es un lugar delicioso e imperturbable al paso del tiempo.
—Tanto como sus habitantes, realmente encantadores —concluyó Anne, dirigiendo a su cuñada una mirada rebosante de afecto que no pasó inadvertida para Marcus, quien no pudo menos que estirar los labios en una sonrisa de concesión, a pesar de que Myriam pareciera evitarlo con todas sus fuerzas.
—Puesto que, ya que camina usted sin rumbo —intervino Anne—, tal vez, no le incomode escoltarnos hasta casa; de hecho, ya nos disponíamos a regresar, ¿verdad Myriam, querida?
La aludida observó a su cuñada con ojos desorbitados y mirada temerosa. El color había huido por completo de su semblante y hasta los labios aparecían lívidos.
—Seguramente, el señor Bailey ha de tener cosas más importantes que atender —apuntó Myriam con urgencia.
Marcus aspiró una breve bocanada de aire que retuvo por un instante en sus pulmones. La mirada continuaba inamovible, tal y como lo había estado desde que se habían encontrado, en la silueta de la mujer que parecía empeñada en rehusar su compañía y su atención.
—En realidad, no. —La urgencia de la respuesta sin duda resultó proporcional a la manifestada por Myriam segundos antes—. Así que será un auténtico placer acompañarlas hasta Mershaw Cottage.
Anne sonrió con amplitud.
—¡Estupendo, caballero! —Aplaudió—. Regresemos entonces, así podrá compartirnos las sensaciones que le evoca este maravilloso paisaje.
* * *
Por supuesto, Myriam no abrió la boca durante todo el trayecto. Tampoco hubo de permitirse levantar la mirada ni un solo segundo.
Parecía empeñada en encontrar algún inesperado tesoro en el suelo, entre las piedras arrancadas por las ruedas de los carruajes, que entonces permanecían sueltas y se enredaban en los zapatos conformando incómodos –en ocasiones peligrosos– obstáculos.
Se mostraba más que dispuesta a no despistarse de su afán y a no dejar tampoco parcela alguna sin revisar.
Cualquier cosa con tal de evitar que su mirada coincidiera un solo segundo con la de él, eso estaba claro.
No era que Marcus hubiera esperado ningún tipo de benevolencia, en realidad. Después de la conversación intercambiada durante el baile de San Miguel, le había quedado claro que Myriam estaba enfadada con él y poco o nada dispuesta a perdonar sus faltas del pasado.