Capítulo 11
El día de San Miguel era un día importante en el ámbito rural, porque, aparte de marcar el fin de la temporada de cosecha, se contaba como la primera fiesta importante del otoño.
En Smallton, para regocijo de todos, en especial de los más jóvenes, esa tarde de finales de septiembre se celebró un baile público, que, por supuesto, contó con gran afluencia.
No faltaron las jovencitas Everglott, quienes, en coalición con sus inseparables amigas Fisher, no se demoraron en exponer sobre sus sayos exaltados gran parte del guardarropa, con los consiguientes adornos, cintas, plumas y bagatelas, una vez más sin el menor asomo de gusto y mesura en la composición, capa sobre capa y color sobre color.
Al principio, Myriam se mostró reacia a asistir, pero, finalmente, animada por Anne, comprendió que no podía ni era justo que se encerrara en vida por el simple hecho de evitar encontrarse con Bailey.
—Haces muy bien, querida —le había dicho Anne, quien también habría asistido de buena gana de no ser por la obligación de permanecer en casa con sus cuatro retoños—. Las viejas heridas deben curar. No lo harán si las mantienes tapadas. Ábrelas y exponlas a la luz del sol, cicatrizarán mucho antes.
¿Por qué debía esconderse? ¿Por qué no era él el que se quedaba en su casa? ¿Había hecho ella algo malo? ¿Algo por lo que debería permanecer en un aparte?
¡Desde luego que no!
El inconstante había sido él.
El incumplidor había sido él…
Cierto que ya no bailaba como cuando más joven; más cierto que otra cosa era que acostumbraba a permanecer en los márgenes del salón como mera espectadora más que participando del propio baile.
Tenía veintisiete años, por lo que ya no era una candidata a considerar entre las jóvenes solteras; se cansaba mucho más rápido, además de que su tolerancia a soportar pisotones y traspiés por parte del compañero ocasional también había menguado.
Ver bailar a las parejas más jóvenes, conversar con las matronas y golpear el suelo con la puntera del zapato o batiendo palmas para seguir el ritmo de la música resultaba para ella más que suficiente.
En ocasiones, Connor, o algún caballero del pueblo, mostraba la bondad y la cortesía de solicitarle una pieza. De ese modo, podía sentirse agradecida de haber sido incluida en la celebración. ¡Había sido tan buena bailarina cuando era más joven! ¡Y tan entusiasta!
Acababa de dar comienzo una animada contradanza en la que participaban bastantes bailarines formando dos filas paralelas.
Apostada al borde de la pista de baile, seguía la música con palmas y sonrisas, procurando imbuirse en el ambiente festivo.
En un momento dado, alguien tomó a Myriam de la mano para introducirla en el grupo y, por consiguiente, se encontró de pronto en el centro del salón.
Mientras giraba, mientras saltaba con elegancia y se entrecruzaba con los otros bailarines, sujetando la falda y repitiendo la coreografía, mientras la música alegre sonaba de fondo, ninguna negra sombra le empañaba los pensamientos.
* * *
Desde un ángulo opuesto del salón, Marcus observaba con cierto hastío el movimiento que había dado comienzo en el centro de la pista de baile.
Una contradanza.
Torció los labios en una sonrisa nostálgica.
Nunca había sido un experto bailarín, aunque recordaba a cierta señorita que disfrutaba especialmente de ejecutar –con gran acierto– dicho baile.
¡Qué bien bailaba! ¡Con qué donosura se deslizaba por el centro del salón, como una ninfa entre las flores de un jardín! ¡Era tan bonita, tan risueña y tan llena de vida aquella Myriam Everglott que él había visto desperezarse al mundo!
Pero todo aquello permanecía ahora tan lejano y opacado en su memoria, tan hondamente sepultado bajo cientos de escenas pretéritas, que parecía formar parte de un sueño.
Como si nunca hubiera sucedido.
Pero sí había sucedido.
Lo sabía, porque el dolor que experimentaba al rememorarlo era demasiado real como para ser considerado imaginario.
Sin embargo, sus recuerdos, lo único que quedaba de todo lo vivido, parecían pretender esa noche jugarle una mala pasada, porque, de nuevo, distinguió ese bonito rostro de luna llena, risueño y radiante como antaño, dando vueltas y deslizándose en medio del salón como un pequeño ruiseñor entre las flores.
Como el hada que tantas veces había evocado en sus largas noches de remordimiento y abandono.
Se obligó a parpadear para cerciorarse de que se trataba de la realidad, en vez de un recuerdo huido sin permiso de los abismos de la memoria.
Pero no, no soñaba despierto.
En efecto, ella, Myriam Everglott, bailaba formando parte de un grupo, feliz y resplandeciente como una ninfa. Suave y ligera como un pajarillo o una sílfide pisando nubes.
Hermosa. Hermosa como una reina.
Sin ser dueño de sí mismo ni de sus propios instintos, Marcus se descubrió de pronto abriéndose paso entre los asistentes.
¿Qué pretendía? ¿Verla tan de cerca como pudiera? ¿Participar de su sonrisa? ¿Apreciar mejor el brillo de sus ojos? ¿O, simplemente, retratarse como un bobo al acudir desesperado al llamado de tan bella sirena?
Se paró al inicio de la agitada corriente que lo envolvió de golpe en un pequeño gran revuelo de gasas, muselinas, plumas y lazos de raso. También de empujones y pisotones sin control, de codazos y miradas reprobatorias.
A partir de ahí, engullido del todo por la vorágine, dejó de poseer potestad sobre su propio cuerpo y su propia consciencia.
Los pies se movieron por sí solos, como si actuaran por cuenta propia; por consiguiente, de ese modo, se encontró también –sin saber cómo– en medio de la pista, formando parte de pronto de esa animada contradanza que llenaba de movimiento y colorido el gran salón.
* * *
Sucedió tan rápido que Myriam no tuvo tiempo de reaccionar.
En el momento en el que debía producirse el cruce de parejas que exigía la danza, se encontró frente a frente con esa mirada profunda que le removió, en solo un segundo, las entrañas y le arrebató el aliento, obligándola a perder el paso.
No esperaba encontrarse con Marcus allí mismo; sabía que existía una amplia probabilidad de que coincidieran en un baile público, ya que se trataba de un pueblo tan pequeño, pero, por descontado, no esperaba encontrarlo en medio del salón; mucho menos, bailando.
A él no le gustaba especialmente bailar.
Se recompuso de inmediato y retomó los pasos, impelida por la dulce marea en movimiento.
Marcus fue capaz de seguirla sin tropezarse ni estorbar al resto de bailarines.
—Buenas noches, señorita Everglott —la saludó él cuando se cruzaron por segunda vez.
Myriam lo siguió con la mirada, con el ceño fruncido por su gran desconcierto; quizá, por eso no fue capaz de responder.
¿Qué pretendía?
Habían coincidido en cuatro ocasiones; él la había visto incluso en la vergonzosa tesitura de sufrir un vahído, se habían cruzado durante un paseo por el bosque, se había mostrado amable con su sobrino pequeño regalándole un juguete y habían coincidido a la salida de los oficios. Todo eso había sido más que suficiente.
No precisaban de mayor interacción. No era necesario. ¿Pretendía, entonces, acaso bailar y conversar como si de dos viejos amigos se trataran?
No obstante, cuando la distancia a que obligaba el paso le concedió cierto descanso, razonó que resultaría sumamente ingrato de su parte dejar de transmitir cierto agradecimiento hacia uno de los aspectos antes mentados, y así lo hizo en cuanto volvieron a reunirse en el centro.
—Gracias por el caballito que le regaló a mi sobrino James.
De nuevo se distanciaron, no así las miradas de ambos.
—No es nada —dijo él cuando se volvieron a reunir—, tan solo un viejo juguete que encontré en la casa. Él sabrá sacarle más partido del que, a estas alturas, podría hacerlo yo.
Se separaron durante algunos segundos, obligados a cambiar de pareja.
Myriam trató de centrarse en el anciano caballero con el que debía compartir los siguientes pasos, para eso le ofreció una sonrisa amable. Con un poco de suerte, no tendría que intercambiar más palabras con Marcus.
Pero al cabo de unos cuantos giros en el centro del salón, Marcus y ella volvieron a coincidir frente a frente.
—¿De verdad piensa lo que dijo el domingo tras el servicio?
Los verdes jades tornaron interrogantes.
—¿Qué cosa, señor?
—Que existen personas que carecen de la capacidad de perdonar…
Myriam aspiró una amplia bocanada que retuvo de forma inconsciente en su interior, hasta que no pudo más y se vio obligada a liberarla con una profunda exhalación.
—Que existen personas incapaces de encontrar dentro de su alma la voluntad necesaria para hacerlo…
—Lo creo —espetó perfectamente seria—; en especial cuando el daño infringido ha sido más elevado del tolerable.
Marcus descendió la mirada.
—Lo recuerdo, sí, esas fueron sus palabras.
—Al igual que existen personas que no son merecedoras de perdón —añadió ella, recuperando la mirada del caballero.
Marcus acusó el golpe, aunque procuró no reflejarlo en su exterior.
—Su padre, en cambio, afirmó que todos merecemos ser perdonados…
Myriam jadeó una risita escéptica.
—Excepto aquellos que, tal vez por egoísmo o tal vez por falta de sensibilidad, son incapaces de comprender y asumir la magnitud real de sus actos.
—Rodeó a Marcus para volver a situarse frente a él y encararlo con firmeza—.
Resulta demasiado sencillo arrepentirse y solicitar condescendencia después de haber obrado con absoluta perfidia, ¿no cree?
¡Qué sencillo resultaría para los corazones pérfidos actuar con absoluto descaro, si saben que tarde o temprano serán expiadas sus faltas!
Marcus no apartó de ella sus penetrantes ojos negros, afectado ante la sinceridad y la dureza que reflejaban esas palabras.
Resultaba obvio que Myriam se refería a su propia historia, que el ser pérfido que mencionaba era él mismo y que la persona con absoluta incapacidad para perdonar era la propia Myriam.
—Ser conscientes de la ausencia de remordimientos por parte del infractor —continuó Myriam— puede provocar, asimismo, una ausencia absoluta de perdón por parte de quien ha sufrido el daño.
Marcus encajó la mandíbula con rotundidad hasta que un músculo palpitó en su mejilla. Por un instante, se quedó parado, incapaz de reaccionar ante el estoque verbal. Myriam jamás lo perdonaría. Eso estaba claro. Y sería justo.
—¿Cómo puede saber que no existen remordimientos por parte del infractor?
Myriam le dispensó una mirada afilada, cargada de intención.
—¿Los hay?
Por fortuna, el paso de baile lo obligó a reaccionar y a moverse; tuvieron que separarse de nuevo.
Posicionados en filas opuestas, Myriam sonrió al muchacho lampiño que permanecía frente a ella; Marcus, por su lado, se mantuvo perfectamente serio ante la matrona que le sonreía con exagerada coquetería.
Sin embargo, cuando volvieron a cruzarse, la tensión continuaba en plena efervescencia.
—¿No se le ha ocurrido pensar que tal vez el infractor nunca considerara que sus actos pudieran suponer una afrenta tan grave? —susurró mientras rodeaba a Myriam para situarse en el lado opuesto.
Myriam jadeó, indignada y perpleja, y por un segundo perdió el paso.
¿Cómo se atrevía a decir algo así?
Quiso contestarle, quiso protestar, pero, al instante, se vieron obligados a formar parte de un corrillo de cuatro en medio de las dos hileras que ocupaban el salón, por lo que el silencio resultó obligado y la lava que le borbotaba en la garganta hubo de ser empujada con rapidez hasta las profundidades del alma.
Tuvieron que tomarse de la mano, aunque ni siquiera se miraron, aunque la mandíbula de ambos permaneciera firmemente encajada y los corazones batieran con la fuerza de un mazo dentro del pecho.
Giraron una vez, se reunieron los cuatro integrantes en el centro del círculo y regresaron cada uno a su posición inicial, rígidos como cuerdas de arpa.
—¿Cómo podría saber el infractor que, en verdad, sus actos acarrearían consecuencias tan graves? —insistió Marcus.
Myriam sentía la sangre hervirle en las venas y sentía el feroz burbujeo de esa lava que había deslizado había abajo, soterrándola a la fuerza en las profundidades de su alma, pero sabiéndose incapaz de sofocar su terrible ardor, tal vez por eso bailaba con los puños cerrados y apretados a ambos lados del cuerpo.
—¿Cómo podrían no hacerlo, señor? —jadeó ella.
Marcus contuvo el aliento.
Por un instante, quiso detener el baile, tomarla del codo y expresarse con el alma y el corazón en los labios, tal vez tratar de justificar lo injustificable, no obstante resultaba paradójico, casi hilarante, tratar un asunto de semejante gravedad mientras era obligado dar saltitos y giros frente a quien le devolvía una mirada tan fría y dura como el acero.
Tan solo atinó a balbucear:
—Yo… Jamás consideré…
De nuevo en la posición inicial, situados uno frente al otro, Myriam siseó a través de los dientes apretados:
—¿Quién se cree que es para valorar el modo en el que otros puedan asumir las consecuencias de un comportamiento tan vil, mezquino y egoísta?
—exhaló de forma sonora su indignación—.
¿Cómo podría saber que en verdad sus actos acarrearían consecuencias tan graves?
—remedó con rabia—. ¿De qué pasta está hecho su corazón, señor Bailey?
Marcus permaneció firme y perfectamente encopetado, como un faro en medio de la tempestad, tratando de sostener esa mirada que prometía traspasarlo y abatirlo.
En su fuero interno, pese a la compostura que se esforzaba en transmitir, se sentía tan desmoronado y endeble como ese faro antiguo y a medio derruir que es embestido por un oleaje implacable.
Myriam era el mar del norte perfectamente encolerizado y con potestad para arrojarse y embestirlo.
Tras un último acorde, la música finalizó. Ambos se vieron obligados a ofrecer una reverencia al otro a modo de despedida.
Sin esperar respuesta o reacción a sus palabras, Myriam se dio vuelta para desaparecer entre el bullicio, de modo que dejó a Marcus parado como un pasmarote en medio de la pista, aturdido por la multitud de aplausos que se hacían eco a su alrededor.
Únicamente, cuando fue consciente de la ausencia de Myriam, una vez que se hubo encontrado solo en medio de la multitud, se permitió relajar la compostura y descender barreras.
El golpe que Myriam acababa de asestarle había resultado fulminante. Una bofetada de realidad bien merecida después de una década de cobardía.
No obstante, todavía quedaba un último obstáculo que salvar aquella noche. Un último estoque.
Connor Everglott se instaló a su lado y, aunque su mirada permanecía perdida con pretendido disimulo en alguna parte al frente, no se situó sobre él cuando le habló a continuación, su intención quedaba bastante clara:
—Aléjate, Bailey. Al parecer, es algo que siempre se te ha dado bastante bien. No quiero volver a verte cerca de ella nunca más.