La constancia del mar Capítulo 10
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Capítulo 10

Descansaba Myriam ese atardecer en el jardín delantero de Mershaw Cottage, recostada con relajo en una silla que había revestido con una manta para ampararse de la brisa vespertina, cubierta la cabeza con un recogido bonete de paja trenzada y un chal ligero sobre los hombros, mientras, a su alrededor, jugaban los sobrinos, que ofrecían ruidosa compañía a la paciente tía.

Había iniciado la tarde decidida a leer y a evadirse un tanto mientras los pequeños se entretenían en el jardín, pero, a la vista de que los niños no parecían mostrar interés alguno en dejarla tranquila, optó por dejar Los castillos de Athlin y Dunbayne sobre la hierba y dedicarse a disfrutar de las excelencias del paisaje y el clima benevolente aunque fresco de primeros de septiembre.

De vez en cuando, se concedía cerrar los ojos, respirar profundo y sonreír al escenario que la envolvía, regalándole la penetrante fragancia de la hierbabuena y la lavanda, también el melodioso canto de los pajarillos que endulzaban las últimas horas del día con su plumosa presencia entre la vegetación.

Al cabo de un rato de amable abstracción, la llamada reclamante de algún sobrino o los chillidos de otro, víctima de alguna improvisada trifulca infantil, la obligaban a regresar al presente y solicitar calma, aun sin necesidad de levantarse de su asiento.

Por fortuna, la calma regresaba enseguida y la tía podía regresar al estado de apacible sopor en el que había decidido, con gusto, sumergirse.

Imbuida en tal aspiración de evadirse se encontraba, cerrados los ojos y entregados los sentidos al entorno auditivo y fragante del que formaba parte, aquietada la respiración y las extremidades sobre la reclinada silla, cuando el contacto de una mano infantil sobre su hombro la sobresaltó de pronto.

Uno de los pequeños, James, de cinco años, la miraba fijamente con sus grandes ojos color avellana abiertos de par en par, tan cerca de su rostro que Myriam incluso hubo de alarmarse.

—James, me has asustado, cariño. —Sonrió, acariciando la frente del pequeño. Como él seguía mirándola muy serio, preguntó—. ¿Estás bien? ¿Te ha pegado alguno de tus hermanos?

El niño negó con la cabeza, enfatizando mucho el gesto.

De pronto alzó la diestra para mostrar a su tía un juguete: un caballo de madera hermosamente tallado y vivamente policromado. Acto seguido esbozó una amplia sonrisa mellada, tan grande y espontánea que contagió de inmediato a su tía.

—¿Y ese caballito tan bonito? —Myriam no había visto nunca ese juguete, podía asegurarlo, puesto que desde que la familia había llegado a Mershaw Cottage se había acostumbrado a recoger todos los diminutos instrumentos que los pequeños traviesos dejaban esparcidos por toda la casa—. ¿De dónde lo has sacado, James?

El niño continuó sonriendo, travieso y, sin moverse del lugar, hizo rodar la cintura para alargar el brazo opuesto y señalar un punto en la distancia, un lugar situado a la espalda de donde tía y sobrino se encontraban.

—Él… —dijo James—. Él me lo dio.

Myriam se incorporó ligeramente para observar en la dirección indicada.

De los labios entreabiertos huyó un jadeo urgente, al tiempo que la sangre principiaba a pulsar en las sienes y en los oídos en ronco zumbar, ensordeciéndola por completo.

Porque del otro lado de la tosca valla de madera, en el sendero que cruzaba por delante del cottage , Marcus Bailey permanecía a lomos de un caballo mestizo de elegante y lacia crin negra que contrastaba con el pelaje canela.

Sobre tan magnífica montura, el jinete no podía resultar de menor categoría; ataviado con un redingote marrón bajo el que asomaba un chaleco verde musgo completamente abrochado, pantalones en tono parduzco y botas hessian lustradas, asidas las riendas con firmeza bajo puño enguantado en cuero, erguido como un bastión sobre la silla y coronada la cabeza con un sombrero cilíndrico, Marcus la miraba con la expresión seria que Myriam había asumido habitual en él.

No supo cómo reaccionar, aunque resultaba imperativo que lo hiciera de algún modo, pero su cuerpo, por lo visto, se había negado a obedecer, una vez más.

El único atisbo de vida procedía del violento traqueteo que causaba la víscera romántica vilmente atrapada bajo la carcasa de un sayo inerte.

Así, con ese agitado pum-pum que retumbaba en su interior hasta sacudirla en cuerpo y alma, se limitó a continuar observándolo, con la boca seca y la mirada carente de parpadeo, sin atinar siquiera a levantarse, mientras las manos se aferraban a los brazos de su silla con la desesperación del náufrago que se aferra a su tabla de salvación.

Al cabo de un tiempo indefinido, fue Marcus el que concedió movimiento a la escena, tocándose el ala del sombrero a modo de cortesía.

Acto seguido tiró de las riendas para obligar a su montura a volver grupas y alejarse del lugar con paso acelerado.

Nada más.

No obstante, antes de verlo desaparecer por el sendero y bajo las opacadas luces crepusculares, Myriam casi se atrevería a jurar haber distinguido una breve sonrisa en ese rostro.

* * *

¿Acaso tampoco iba a serle concedido el beneplácito de encontrar un minuto de paz y sosiego para el alma –algo que por lo visto parecía impensable en los últimos tiempos– durante el servicio dominical?

¿Tampoco en la casa del Señor iba a poder relajarse y descender las defensas que por necesidad se había visto obligada a levantar recientemente?

Intentó prestar atención a su querido padre, quien, encaramado en el púlpito frente a su atenta congregación, predicaba con gran vehemencia un sermón sobre el perdón y la necesidad de perdonar al prójimo.

Como sucedía de forma habitual, ella misma había colaborado en la redacción de dicho sermón y, aunque, sin duda, se trataba de un tema especialmente candente, procuró mostrarse tan objetiva como le fue posible a la hora de reflejar ante la comunidad los beneficios de dejar atrás el resentimiento o la ira.

Pero tan solo pudo prestar debida atención a la primera parte, porque, en un momento dado, por nefastos caprichos del destino o, tal vez, debido a ese reconocido sexto sentido femenino –por completo indeseable en tales circunstancias– volvió el rostro hacia la nave izquierda del templo para colisionar de frente con la mirada insondable que tan bien conocía y que tantas emociones –muy en contra de sus propios deseos– despertaba en su ser.

Desvió la suya con rapidez, encendido el color y agitado el corazón, para concentrarse en la persona de su padre en plena abstracción oratoria.

Pero, aunque sus ojos se negaran a mirar en la dirección prohibida, sus sentidos permanecían más alerta que nunca y su corazón vivamente despierto, por lo que a su memoria, traidora y presta a dejarse llevar por derroteros indeseados, acudieron de inmediato retazos que no deberían mostrarse tan dispuestos a ser evocados.

Una muchacha de diecisiete años, cubierta su cabeza con un modesto bonete de ancha visera trenzada y copa de tela, permanecía sentada en uno de los primeros bancos de la iglesia, en su nave central, atenta al sermón de su padre.

Todo el templo, de hecho, permanecía sumido en un silencio reverencial en el que se hacía eco solemne la prédica del buen pastor, el señor Everglott, quien, en esos momentos. hablaba acerca del amor mortal, del divino y del compromiso con el prójimo.

Myriam se sentía orgullosa de él.

Era un padre magnífico y un entregado hombre de Dios.

No obstante, la sangre de la juventud bulle de continuo y con gran efervescencia. No obedece a aquietamientos forzosos, por lo que dicha joven enseguida precisó de otras distracciones más allá de la escucha sumisa y placentera exigida para un sermón dominical.

Ladeó la cabeza con gesto distraído hacia la nave izquierda del templo para encontrar enseguida –porque sabía perfectamente dónde buscar– a un joven ataviado con una chaqueta de terciopelo azul marino, asistiendo al servicio con la cabeza inclinada y la mirada perdida en el suelo, sentado al lado de su anciano y severo pariente.

¡Qué atractivo era! ¡Qué apuesto y elegante siempre!

Parecía sumamente concentrado, incluso melancólico, aunque ella, en su ingenuidad núbil, no fue capaz de atribuir semejante estado circunspecto a otra cosa más allá de la gravedad obligada y requerida ante un sermón dominical.

Sonrió para sus adentros.

Soñaba en secreto con el día en que él terminara sus estudios en Eton y regresara por fin para casarse en esa misma iglesia, bajo la bendición del Señor y de su propio padre, quien oficiaría la ceremonia.

Así lo habían planificado tantísimas veces mientras paseaban por el bosque, tomados de la mano y regalándose besos apasionados que actuaban a modo de sello para su amor juvenil.

Ante semejantes pensamientos la sonrisa callada se exteriorizó para iluminar el rostro de luna llena de la muchacha mientras sus ojos brillaban de emoción.

¡Qué poco faltaba para que Marcus finalizara sus estudios!

¡Qué poco para que se apersonara por fin en Mershaw Cottage para pedir su mano!

¡Qué feliz se sentiría su padre, quien siempre había estimado al joven Bailey, y qué dicha sentiría Connor, puesto que él había sido quien había presentado a los felices tortolitos!

Como si de algún modo hubiera intuido la mirada de Myriam, Marcus levantó la suya para fijar en la joven unos penetrantes ojos negros.

Se encontró con la sonrisa de la muchacha y con sus chispeantes ojos verdes, pero él parecía incapaz de sonreír.

Por eso devolvió la mirada al suelo.

Myriam frunció el ceño al no ver correspondida su sonrisa, también al serle rehuida la mirada cuando esperaba complicidad y el mismo amor que ella derramaba en la suya.

Por desgracia, su desconocimiento del mundo y de la vida le impidió sospechar nada de la calamidad que se estaba fraguando. De haber sido un poco más avispada o experimentada en las relaciones humanas, habría establecido que ese pequeño gesto iba a convertirse en el principio del fin.

¡Ojalá no hubiera sido tan necia!

¡Ojalá nunca tan ingenua!

Una vez finalizado el oficio, ya lejos de los recuerdos, Myriam abandonó la nave acompañada de su cuñada Anne para escoltar a su padre quien, en la puerta del templo, se ocupaba en saludar a sus feligreses y a recibir de ellos un amplio despliegue de amabilidad y felicitaciones, como sucedía cada domingo.

David y Connor se mantenían en un aparte del atrio, conversando animadamente con otros caballeros.

No esperaba Myriam que uno de los últimos en abandonar la iglesia fuera Marcus Bailey, mucho menos que se detuviera, como un feligrés más, a saludar a los Everglott.

Como si el tiempo se hubiera detenido diez años atrás…

Se paró ante el anciano y, con un cabeceo a modo de cortesía dirigido al pastor, se expresó con tono ronco pero amable.

—Un gran sermón, como de costumbre, pastor Everglott.

El anciano, visiblemente sorprendido ante el gesto –seguro que no esperaba que Bailey se parara a saludar, tampoco que alabara el sermón del día– le ofreció asimismo un cabeceo lento y ceremonioso a modo de gratitud.

—Me alegra que resultara de su agrado, señor Bailey. —Se notó a través de su tono vacilante que le costaba dirigirse a él como “señor” cuando siempre había sido, y así lo recordaba, el joven Bailey—. Como cada semana, Myriam me ha ayudado a escribirlo.

Marcus dirigió a la aludida una mirada fugaz mientras se esforzaba en mantener toda la atención centrada en el anciano, aunque, a juzgar por la forma en la que el ala del sombrero rodaba entre sus dedos enguantados, no le resultaba sencillo mantener firme dicha concentración.

—Un gran sermón —repitió, sin duda con mayor convencimiento al ser conocedor de la colaboración de la señorita Everglott—. Tremendamente esperanzador.

—Me alegra que lo entienda de ese modo, señor Bailey.

—Por supuesto, señor. Resulta agradable, y confortante, mantener la esperanza de expiar sobre la tierra los propios pecados, sin necesidad de esperar al juicio divino, —Esa vez miró a Myriam con intensidad—. Aunque no todo el mundo sea merecedor de perdón, después de todo.

Myriam le sostuvo la mirada.

—Se equivoca, señor —intervino el anciano, recuperando la atención de Bailey—: Todo el mundo merece la oportunidad de redimirse si en verdad lo que se busca es una redención sincera.

—Así lo creo —apuntó Bailey tras aspirar una breve bocanada.

—Pero sucede, padre, que no todo el mundo posee la capacidad de perdonar —añadió Myriam de pronto, tan seria como diligente—. O no es capaz de encontrar dentro de su alma la voluntad de hacerlo cuando el daño infringido ha superado lo tolerable.

Durante algunos segundos las miradas de ambos permanecieron enlazadas, retándose y, tal vez, calibrando cuál de los dos la retiraría antes.

Fue Marcus.

Con un único cabeceo dirigido a los tres Everglott, continuó su camino, cruzando el atrio a grandes zancadas ante la atenta mirada de Connor quien, en la distancia, no se había perdido ni un solo gesto acontecido a las puertas del templo.