Capítulo 9
Debía de pensar de él que era un auténtico necio o, cuando menos, que se había vuelto completamente estúpido, en lugar de mostrarse, diez años después, como el hombre maduro y juicioso en el que tendría que haberse transformado a esas alturas de su existencia.
¡Pero no, nada de eso podía representar a ojos de ella, estaba claro!
En el breve período de tiempo en el que hubieron de encontrarse esa misma tarde, él tan solo atinó a repetirse como un papagayo, reiterando una y otra vez su alegría por haberla hallado tan bien de salud.
“Me alegra encontrarla dando un paseo, me alegra comprobar que se encuentra bien, me alegra especialmente escucharlo en boca de usted”, remedó con fastidio.
“¡Imbécil, imbécil!”
Por supuesto que se alegraba, claro; de hecho, su corazón brincaba de alivio tras descubrir que tan solo había sufrido una indisposición sin consecuencias en casa de los Harrison, pero ¿no podría haber preguntado algo más ingenioso que evitara mostrarse como un bobo?
¿Acaso no había incluso titubeado? Sí, estaba seguro de que lo había hecho.
¡Un hombre maduro, ya rebasada la treintena, un hombre cabal acostumbrado a lidiar con auténticos truhanes en las cortes de justicia, balbuceando como un muchacho! ¿Quién podría creerlo?
No obstante y después de todo, ¿de qué otro asunto podrían haber conversado? ¿Qué podría decirle a esas alturas?
“¿Qué ha sido de tu vida, Myriam, después de que yo incumpliera todas las promesas y rompiera nuestro compromiso, de que yo desapareciera como un cobarde?”
“Oh, Myriam, te encuentro tan encantadora, si no más, como hace una década, cuando te supliqué una promesa de amor que yo incumpliría descaradamente después”.
Tal vez podría haber ensayado alguna otra cosa.
“He regresado a Smallton, no en la fecha que habíamos acordado ni en las mismas circunstancias, pero me alegra encontrarte aquí, Myriam, sin duda tú has sido la única en permanecer fiel a nuestro acuerdo.”
Resopló su frustración de forma lenta y prolongada, empañando de vaho un amplio óvalo del cristal de la ventana de su alcoba, donde se había parapetado para observar el exterior.
La mirada, bajo un ceño fruncido de severidad, trataba de atravesar el velo creado con su propio hálito para perderse en la lejanía, en esa ondulante colcha plagada de remiendos ocre, verde y marrón que tan bien conocía y que había sabido identificar a la perfección tras regresar después de diez años de ausencia.
Todo permanecía igual que en su memoria. Todo tan apacible, tan tranquilo, tan bucólico… En ese momento, tan completamente ensoñador bajo la luz incierta del ocaso.
Smallton era el mejor lugar del mundo. Mejor que Berkside y, sin duda, mucho mejor que Londres.
Tragó en seco, Fue entonces cuando tomó consciencia del nudo que le volvía a apretar la garganta, del mismo modo que lo había hecho en presencia de Myriam.
Lo que nunca pensó encontrar en ese bello paisaje rural que conformaba Smallton era a la mujer que había amado con auténtico fervor, con esa inclinación devota y apasionada con la que solo un beato es capaz de adorar a su deidad.
Y así, de ese modo entregado, la adoró él.
Myriam.
Myriam Everglott.
Myri.
Nunca debió irse…
O, tal vez, nunca debió regresar.
Nunca debió solicitar promesas que él mismo sería incapaz de cumplir.
Estaba claro que las viejas heridas todavía supuraban y que cada vez que Myriam Everglott apareciera ante sus ojos lo único que sucedería sería que la llaga que cubría por completo su corazón se volvería sangrante y dolorosa.
Se dio media vuelta, sintiéndose por completo abatido y más cobarde que nunca, para regresar a la oscuridad de la alcoba y dejar que la negrura lo abrazase una noche más.
* * *
Resultó una auténtica liberación confesar su alma con Anne. De haberlo sabido, se habría concedido semejante redención mucho antes.
Porque su querida cuñada –su amable, juiciosa y prudente cuñada– no preguntó nada más allá de lo que había preguntado en el bosque, a pesar de que la curiosidad revelada entonces anunciaba una auténtica horda de preguntas de las que Myriam deseaba huir tanto como el gato escaldado huye del agua fría.
Pero, una vez en el cottage , en la intimidad de la sala y frente a sendas tazas de té caliente, a pesar de la omnipresencia de los pequeños Everglott revoloteando alrededor y exigiendo atención, a veces entre esperpénticos chillidos que horrorizarían incluso al santo Job, Anne se limitó a escuchar lo que fuera que Myriam quisiera decirle.
No estaba en la intención primigenia de Myriam, ni mucho menos, exponerse en demasía, tan solo revelar cuatro detalles muy ajustados que pusieran a Anne en antecedentes y le permitieran formar en su cabeza el contexto necesario a la situación imperante.
Pero lo cierto fue que, una vez que Myriam empezó a tirar del hilo que llevaba apretando y ahogando su alma durante los últimos diez años, a la vista de que Anne resultaba una oyente excelente que ni juzgaba ni censuraba y ni siquiera interrumpía su atropellado soliloquio con opiniones que no eran requeridas, Myriam acabó contando todo cuanto había que contar.
Todo.
Por supuesto, se guardó para sí los detalles íntimos que no aportarían relevancia informativa alguna y que pertenecían, sin atisbo de duda, a la privacidad de la propia implicada.
¡Qué liberador resultó confesarse de ese modo! ¡Qué cómoda se sintió una vez que hubo terminado!
Fue como quitarse de encima, de golpe, el peso abrumador que llevaba cargando sobre los hombros toda una década.
Nunca, en todo ese tiempo, había mostrado sus heridas a nadie más, ni siquiera a Connor, que había sido testigo directo del modo en que llegó –o llegaron– a provocárselas, porque había aprendido a soportar las llagas en silencio y apartada de las miradas de todos.
Se había obligado a ser fuerte y a continuar con su vida, tratando en todo momento de no arrastrar a su familia al lodazal en el que se había convertido su alma. Nadie debía visitar ese infierno de negrura y dolor, tan solo ella debía sufrirlo tras haberse introducido en él por decisión propia.
Las noches habían llegado a ser un auténtico purgatorio, y así se lo refirió a Anne.
Permanecer sola en la alcoba, abrazada por la oscuridad, le hacía despertar de golpe todos los recuerdos asilados en su cabeza; de ese modo, las miradas color de brea, las sonrisas encantadoras, las promesas entregadas, los besos que sellaban compromisos e ilusiones y la esperanza de un futuro en común pululaban detrás de los párpados cerrados, a modo de burla, a modo de doloroso reproche a la ingenuidad de una muchachita estúpida.
Tras escuchar con absoluta atención el discurso de la muchacha, que duró lo que dura caliente el contenido de una tetera mediana, Anne acabó formándose una idea clara y específica de lo que había sido la relación entre Myriam y Marcus Bailey.
¡La relación entre Myriam y Marcus Bailey!
¿Pero acaso había escuchado bien? ¡Una relación romántica entre Myriam, su Myriam, y el señor Bailey! ¡Jamás habría supuesto algo así! ¡Jamás la había imaginado involucrada en una inclinación romántica y devota!
Pero había sucedido, sin duda; y, a juzgar por el sentimiento con el que ella desgranaba sus recuerdos, no se había tratado de un capricho pasajero o de un simple entretenimiento de dos chiquillos jugando a ser mayores y modelando en sus manos por vez primera el amor.
Lo que Myriam y Marcus Bailey habían compartido iba mucho más allá.
Se trataba de un auténtico compromiso forjado entre dos jóvenes decididos a entregar corazón y alma al otro, dos jóvenes que habían intercambiado promesas, ilusiones y besos apasionados, con el cielo y el bosque como únicos testigos.
Dos jóvenes decididos a dar un paso al frente y sellar su relación.
Dos jóvenes cuya finalidad era casarse tan pronto como pudieran hacerlo. Tan pronto como Bailey terminara su carrera de derecho y regresara a Smallton para pedir la mano de Myriam.
Aunque el compromiso adquirido entre los dos jamás se había formalizado ante testigos, Anne entendía que aquellas promesas habían sido intercambiadas como un acuerdo por completo legítimo que tan solo esperaba a ser validado.
David jamás le había revelado nada acerca de todo eso; comprendió Anne que su esposo no deseara mostrarse desleal a su hermana revelando lo que él consideraría por completo concerniente a la privacidad de Myriam.
Anne también lo creía así. Se alegraba, entonces, de haber alcanzado tal grado de confianza con su cuñada como para que ella misma se sentara con calma a revelarle todo el asunto.
El hecho de que Marcus hubiera incumplido su compromiso con absoluta impiedad, a través de una miserable carta, acababa de retratarlo a sus ojos como un hombre poco formal, cobarde, inconstante y desleal.
Nada que ver con el retrato caballeresco y casi heroico que Nancy y Molly habían pincelado del hombre, tampoco nada semejante a la imagen que la propia Anne había formado en su cabeza al verlo en persona esa misma tarde.
Myriam lo había amado, no le quedaba a Anne el menor atisbo de duda, le había entregado su corazón, aunque, por desgracia, lo recibió de vuelta hecho añicos.
La odiosa historia de siempre acerca del hombre que, una vez que abandona el reducido círculo rural para adentrarse en el grandioso y novedoso círculo universitario o capitalino, ve expandidas sus miras y todo lo anterior se le hace ya pequeño.
Incluso la devoción de un corazón puro y sincero.
¡Oh, pobre, pobre Myriam!
Ahora podía entender su porfía y, de algún modo por completo razonable, podía comprender su reticencia a volver a confiar en un hombre.
Cuando al fin, terminado el contenido ambarino de la tetera, Myriam dio también por finalizada su emocional discursiva, inclinó la cabeza y la mirada para dejar en reposo su alma.
Revolver en el pasado había agitado sus entrañas y aturdido su ánimo, orillándola a un abismo al que hacía demasiado que había prometido no asomarse más.
Anne aprovechó ese momento sensible para tomar entre las suyas la mano de Myriam y apretarla en cariñoso gesto. De ese modo, sus miradas se encontraron. La de Myriam, como era de esperar, permanecía velada por un llanto que se anunciaba inmediato.
—Las viejas heridas curarán, querida, tarde o temprano lo harán —le susurró con una sonrisa cargada de comprensión y cariño—. Gracias por confiar en mí y contármelo. Has dado el primer paso y, sin duda, el más importante; ahora, juntas, observaremos cómo esas heridas van poco a poco sanando.