Capítulo 8 #2
—Gracias, en efecto lo es —concedió, fija la mirada en esos ojos oscuros que sostenían la suya, tratando de leer en su interior, tratando de percibir su alma, como solía hacer con éxito en el pasado.
Imposible.
Marcus Bailey era ahora tan opaco e insondable como las mismísimas simas del Averno.
Entonces Marcus, como si sospechara de algún modo que su ser estaba siendo estudiado, se cuadró de pronto, lo que evidenció, con el gesto, su galante envergadura.
—Me alegra encontrarla dando un paseo. —Tragó seco—.
¿Significa eso que ya se encuentra mejor?
—La mirada permanecía enredada en los ojos verde jade, incapaz de escapar de ellos y de su potente onda gravitatoria.
De nuevo, envió saliva para tratar de aligerar el nudo que cerraba su garganta—. ¿Se ha recuperado de su indisposición?
Myriam miró a Anne, todavía más encendido el color al sentirse descubierta en una flaqueza que no había tenido la menor intención de compartir. Efectivamente apreció una notable expresión de desconocimiento en el rostro de su cuñada que no auguraba nada bueno para su futura paz mental.
—Me encuentro perfectamente, gracias —confirmó azorada, devolviendo la mirada al caballero.
—Me alegra saberlo; especialmente, escucharlo en boca de usted —repitió él.
Por un momento pareció que fuera a decir algo más, puesto que la mirada que dedicó a Myriam, de tan intensa como expresiva, semejaba encerrar mil y una preguntas, mil y una intenciones.
El sombrero de copa giró entre los dedos enguantados, puso en evidencia, de ese modo, la turbación interna de su propietario.
No obstante, al cabo de unos instantes de silencio, dudas, ceño fruncido y gestos nerviosos, Marcus tan solo atinó a recurrir a formalismos:
—Ha sido un placer comprobar que se halla bien; encontrarla paseando por la naturaleza en verdad me alegra mucho.
—Al repetirlo por tercera vez, fue consciente, para su completo bochorno, de que debía de parecer un auténtico bobo—.
Respirar este aire tan puro, amén del olor de la tierra mojada, resulta muy revigorizante.
Le sentará bien, señorita Everglott, yo creo que es bueno que mantenga dicha costumbre…
—¿Se expresaba con cierto titubeo o era impresión suya?
—. Se dirigió entonces a la señora Everglott para tratar de poner fin a ese esperpéntico episodio y a su tremenda desazón cuanto antes —. Un placer conocerla, señora Everglott.
Con un golpe de cabeza seco y firme se despidió, asentando el sombrero en su sitio y alejándose sin mayor preámbulo del grupo, a grandes y presurosas zancadas en dirección contraria.
—El placer ha sido mío… —murmuró perpleja Anne, que se dirigió, en realidad, a la sombra que ya se alejaba por el camino.
Solo cuando lo hubieron perdido de vista, después de haber seguido con la mirada su vigoroso avance y el aleteo incesante de la caída del redingote a causa del brío concedido a sus andares, Anne pronunció en agitado susurro:
—¿Era…el señor Bailey? ¿El nuevo vecino? ¿Ese del que todos hablan?
Myriam no respondió.
No podía hacerlo porque, sencillamente, había dejado de ser dueña de sí misma. Toda presencia de ánimo se le había esfumado, sin duda extraviada tras la estela que Marcus Bailey había dejado sobre la boscosa y serpenteante senda de tierra pisada.
—¡Se dirigió directamente a ti! ¡A la señorita Everglott…
! —continuó Anne, por completo desconcertada y aturullada en sus propios pensamientos—.
¿Te conocía? ¿Ya habéis sido presentados?
¿Cuándo, Myriam? —Meneó la cabeza en manifestación de una absoluta confusión—.
¿Qué es eso de que te sentías indispuesta?
¿Cuándo te sentiste enferma, querida, habiendo coincidido con él?
¡Es que ni siquiera sabía que habías coincido con él! ¡No me lo habías contado!
Ante la ausencia de respuestas y tras apreciar la mirada lánguida de su cuñada, se dio cuenta Anne de lo agobiante que debía resultar tanto interrogante, soltado de forma apresurada y a bocajarro, como si de una descarga de artillería se tratara.
Sin duda, no era esa la mejor forma de tantear a Myriam, por lo que se silenció de golpe y tomó aire uno, dos y hasta tres segundos, antes de animarse a continuar de un modo más calmo y formal.
—El modo en el que te miraba, Myriam… —Habló muy seria, sin dejar de mirar de hito en hito a su cuñada, que le devolvió una mirada por completo desangelada—.
Esa no es la forma en la que se mira a alguien que acabas de conocer, te lo aseguro.
Ese hombre, ese hombre; ¡oh, cielo santo!
—Meneó la cabeza y no supo cómo continuar.
Myriam exhaló lenta y profundamente, procurando con ese gesto liberar la opresión que se había instalado en su pecho desde hacía demasiados minutos ya. En concreto, desde que Marcus se había ido llevándose con él todo el oxígeno que la propia Myriam parecía necesitar para sobrevivir.
¿Cómo era posible que sucediera de nuevo? ¿Cómo, cuando ya se creía curada de él? ¿Cómo, cuando se había prometido a sí misma mostrarse por completo impasible e indiferente a su presencia?
Retiró la mirada del camino desierto para centrarla en el frente.
—Es demasiado largo de contar, me temo —dijo, esbozando una sonrisa leve y trémula, entremezclada con un suspiro abatido.
Anne, sin mayor dilación, enlazó su brazo en el de Myriam para tirar de ella y retomar camino.
—Oh, querida. —Una sonrisa comprensiva le adornaba rostro—.
Créeme que no puedes dejarme con tantas dudas revoloteando en la cabeza, especialmente tras haber visto con mis propios ojos al tan mentado señor Bailey, y comprobar cómo él te mira a ti.
Volvamos a casa; pondré una tetera al fuego.
—Le dio un par de palmaditas, en afectuoso gesto, al antebrazo de su cuñada—.
Creo que tenemos mucho de qué hablar, señorita Everglott, y yo todo el tiempo del mundo para escucharte…
Si estos pequeños diablillos nos lo permiten.