Capítulo 8
“Señorita Everglott, le escribo hoy con la esperanza de contar con alguna certeza de su completa recuperación, porque debo admitir que quedé fuertemente preocupado tras nuestro encuentro en la residencia de los Harrison…”
Garabateó esas letras con rapidez y pulso impreciso, aunque, tras unos segundos de crítica observación, estrujó la vitela entre los dedos hasta reducirla a un gurruño informe que le cabía la palma.
Después, tras aplastarla con rudeza, la lanzó lejos de su vista con un gruñido de frustración que se desvaneció en la quietud sombría del despacho.
Apoyados ambos codos sobre el escritorio, reposó la cabeza cargada de tribulaciones en las manos, mientras apretaba las sienes con los dedos afianzados como garras.
¿Qué demonios estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando? ¡No podía escribirle! ¿Cómo se le ocurría? ¡Necio, más que necio! ¿Con qué derecho se atrevía a hacerlo después de diez años de silencio?
Exhaló lenta y profundamente en tanto se repantigaba en su asiento, fija la mirada en el material de librería recientemente utilizado. Los dedos se le deslizaron entre los oscuros mechones en un recorrido descendente.
Esa vez la cabeza permaneció libre de opresión, descargado todo el peso hacia atrás y sobre la nuca.
Estaba preocupado.
Necesitaba saber cómo se encontraba ella y si se había repuesto.
Necesitaba tener la certeza de que su indisposición se había ido.
Aún recordaba cómo se había desvanecido ante sus ojos, igual que una florecilla doblegándose bajo el implacable sol del mediodía. Cuando había querido asistirla, Connor se había revuelto como un cancerbero: lo había obligado a retroceder con una mirada cargada de rabia y resentimiento.
Nada que no mereciera.
Estaba convencido de que, de haber podido, Connor lo habría apartado de allí de un puñetazo.
No le permitía tocarla, eso estaba claro.
Jamás se lo permitiría.
Pero, ¿y ella? ¿Habría consentido que la auxiliara? ¿Habría tolerado que la rozara siquiera? ¿Sería capaz de disimular el rechazo que debía de provocarle o actuaría como su hermano, destrozándolo con una sola de sus miradas?
En el aire sonó una exhalación lenta y profunda.
¿Qué había esperado una vez decidió regresar a Smallton para hacerse cargo de la casa? ¿Contaba acaso con flores y guirnaldas por parte de los Everglott? ¿Esperaba que no se sintieran afrentados por haber desaparecido sin más diez años antes?
Jadeó esa vez una risotada escéptica.
No, nunca había sido tan ingenuo como para contar con algo así.
Sabía que regresar no iba a ser sencillo. Sabía que debería enfrentarse a demasiados recuerdos, a demasiadas escenas grabadas a fuego en su memoria.
Todo: cualquier aroma, cualquier lugar, cualquier sonido familiar… Todo le recordaría a ella.
Y al tiempo compartido con ella.
A tantas promesas, a tantas esperanzas frustradas con el tiempo, a tantos sueños incumplidos…
Era consciente también de que algún Everglott había de encontrar en Smallton.
No obstante, había asumido la certeza de verse obligado a lidiar con la presencia de alguien de la familia, aun cuando se sentía y se sabía él mismo culpable en todo momento, pero manteniendo las distancias con el propósito de no provocar más dolor, ni a ellos ni a sí mismo.
En su fuero interno, había alimentado el convencimiento de que Myriam no residiría ya en el pueblo.
Llevaba años suponiéndola felizmente casada y rodeada de una bonita familia en cualquier parte del vasto imperio.
Jamás imaginó que viviría todavía en el bonito cottage , con su padre y su hermano.
Mucho menos imaginó que permaneciera soltera.
Jamás lo habría esperado.
Myriam era tan hermosa, tan inteligente, tan especial. ¿Por qué no se había casado?
Entonces, allí sentado, en la soledad de su despacho, comprendía que tal vez no había sido tan buena idea regresar después de todo.
No era lo mismo enfrentarse a los recuerdos que pulsaban en su cabeza, que tener que encontrarse de frente y cara a cara con el origen corpóreo de semejantes recuerdos.
Mucho menos con esos adorables ojos verdes.
* * *
Septiembre dio inicio con temperaturas relativamente bajas en comparación con las disfrutadas en semanas anteriores.
Durante buena parte de la noche, había estado lloviznando; ese sirimiri incansable que habitualmente acompaña a la niebla y que acaba calando los huesos o hasta el alma de quien se encuentre obligado a padecerlo.
El campo lucía los colores brillantes que concede una humedad persistente.
Las ramitas de los arbustos y las hierbas altas se doblaban bajo el peso del aguacero que las había impregnado y, en cada hoja, pendía una gota oscilante que dudaba si permanecer en el lugar o abandonarse al terreno empapado.
Algunos estorninos cantaban desde las ramas de los árboles, desafiando las precipitaciones que le humedecían los plumajes oscuros.
Anne, agotada y aburrida de intentar entretener a sus cuatro alborotadores retoños en el interior de la vivienda, compadecida también, sin duda, de la pobre Myriam, que se había visto obligada ora a cargar con uno en brazos, ora a ejercer de montura para otro y, acto seguido, a correr en persecución de todos ellos simulando ser una bruja devoradora de niños, optó por organizar un breve paseo por los alrededores para aprovechar un instante de puntual benevolencia por parte del clima.
Por supuesto, Myriam se ofreció a acompañarla, tras sugerirle con disimulo a su cuñada un itinerario que las mantuviera alejadas de las casas del pueblo.
Más allá de Mershaw Cottage, aseguró, había un sendero que se introducía en el bosque y que resultaba un paseo realmente encantador; los robles crecían a ambos lados del camino, acompañados por gruesas matas de brezo todavía florido; la maleza baja llegaba a cerrarse en algunas zonas creando un ambiente misterioso y presto a ensoñaciones, pero, al mismo tiempo, dicho recorrido ofrecería entretenimiento a los pequeños gracias a las numerosas plantas silvestres, a las ardillas y a la cantidad de tocones que flanqueaban la senda.
De ese modo, ataviadas las damas con ligeros sobretodos y sendos paraguas por si la lluvia las sorprendía a medio camino, iniciaron el paseo perfectamente escoltadas por el pequeño regimiento de niños que no dejó de correr y saltar en ningún momento.
No dudaban en adelantarse a las mujeres para regresar correteando después, decididos a retrasarse incluso con cualquier improvisado pasatiempo hasta casi desaparecer de la vista de las adultas para, luego, volver a empezar la agitada rutina.
Siempre enredados entre las faldas de las dos, siempre entorpeciéndoles el paso, y siempre procurando besos y cariños tanto de la amorosa tía como de la paciente madre.
Anne deseaba encontrar un instante para propiciar la confidencia con Myriam; quizá, de ese modo, la joven se decidiera a compartir lo que fuera que la mantuviera distraída y taciturna, pero ni los niños favorecían esa pretendida intimidad ni Myriam parecía buscarla.
Se encontraban ya bastante alejadas del cottage , cobijado el grupo en el bosque que Myriam había anunciado y que entonces se desplegaba a su alrededor como el más sublime de los escenarios.
Caminaban las dos mujeres resiguiendo las profundas roderas de carruaje que horadaban la tierra, mientras los niños corrían y saltaban en el montículo central pincelado de verde, cuando asomó tras un recodo boscoso del camino una figura masculina que se acercaba a pie en sentido opuesto.
Alto, fornido, ataviado con redingote marrón, sombrero de copa y bastón, caminaba el caballero con paso lento y distraído, con la mirada elevada hasta las altas copas y, sin duda, disfrutando también del bonito paisaje que acotaba la vereda transitada por la comitiva Everglott.
Anne fue sin duda la primera en percatarse de su presencia, pues Myriam se encontraba entretenida y ocupada cargando en brazos al más pequeño de sus sobrinos.
Una vez que hubo depositado al niño en el suelo y recuperado la posición erguida, su mirada descubrió la oscura silueta a pocos pasos del grupo.
La sonrisa se congeló en su rostro.
Sin duda, esa era la última persona que esperaba y deseaba encontrar.
El caballero se detuvo delante de las dos y, tras observarlas con semblante circunspecto durante algunos segundos, descubrió su cabeza para ofrecer una seca reverencia dirigida a ambas.
—Señorita Everglott —la saludó.
Myriam tragó saliva, recompuesta a tiempo para ofrecer, a su vez, la consabida reverencia.
No debía mostrarse afectada, no debía parecerlo…
—Señor Bailey —atinó a decir.
El caballero miró entonces a Anne con gesto de desconocimiento.
—¡Oh, disculpe! —Myriam se apresuró a enmendar su descuido—. Le presento a mi cuñada, la señora Anne Everglott, esposa de mi hermano mayor, David.
No dudó Anne en ofrecer su cortesía, encantada de poder conocer por fin al tan mentado Marcus Bailey.
Dos de los niños más pequeños se enredaron en la falda de Myriam; se ajustaron a sus piernas, lo que la llevó a tambalearse a causa del ímpetu.
Desde su limitada estatura, observaban con curiosidad al caballero alto y bien vestido, de gesto serio y mirada profunda, del mismo modo admirativo que observarían a un príncipe o a un guerrero.
Eso debió, tal vez, de semejarles en su entendimiento infantil, puesto que no fueron capaces de cerrar la boca ni un segundo durante dicha contemplación.
—Y estos pequeños que no paran un momento son mis sobrinos —anunció Myriam con una sonrisa, revolviendo la morena cabellera de uno de ellos.
Marcus, que había estado observando fascinado el agitado movimiento de los niños, añadió, enarcando una ceja:
—Bonita familia.
Myriam lo observó con curiosidad. ¿De verdad lo pensaba?
Su ceño fruncido, su ceja ligeramente alzada y sus aires de circunspección no parecían secundar sus palabras.
Pero, ¿desde cuándo el Marcus Bailey que ella conoció se había vuelto tan sombrío y taciturno?
¿Desde cuándo acariciaba los aires de un hombre tan frío y severo como antaño lo había sido su pariente, el anciano Bailey?