La constancia del mar Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Su rostro de luna llena mostraba unas bonitas redondeces en los pómulos, sus ojos eran rasgados, tal como los recordaba, igual de largas y bien perfiladas sus cejas; pero, esa vez, su mirada semejaba más calmosa, más apacible, más serena.

Su sonrisa se insinuaba apenas en un obligado gesto de cortesía; ligeras ojeras acunaban los ojos verdes, ojeras que no recordaba que hubieran existido en el pasado, pero ese detalle no la afeaba en absoluto, sino que le proporcionaba una expresión de serena reflexión. De madurez.

Recordaba el cabello castaño, ondulado por naturaleza, recogido, esa vez, en un rodete en la coronilla que permitía numerosos caracolillos cortos y apretados alrededor de los pómulos, lo que dejaba despejada la frente.

Su figura había ganado en voluptuosidad, de modo que, donde antes los vestidos carecían de contorno, se ajustaban ahora señalando las adorables curvas femeninas.

No había más que contemplar la generosidad de ese escote perfecto que, aunque pudoroso y contenido, insinuaba hermosas y delicadas curvaturas asomando bajo el ribete de encaje.

Era hermosa.

Seguía siendo igual de hermosa o más que antaño.

* * *

—¡Y aquí tenemos a la señorita Everglott!

—La voz extravagante de Harrison estalló de golpe la burbuja en la que el par había permanecido aislado del resto del mundo durante lo que a ambos les semejó una eternidad.

No le pasó por alto a Marcus la condición de señorita con la que el anciano acababa de distinguirla, asunto que dibujó un ligero ceño de desconcierto sobre su mirada—.

No se la he podido presentar a usted en el baile de los Carpenter porque, por alguna razón, la señorita no quiso asistir.

—Myriam trató de ignorar el tono de reprimenda con el que el anciano se dirigió a ella, también el gesto que le dedicó con ese propósito—.

Señorita Everglott, le presento al señor Bailey.

Marcus, perfectamente contrito y ceñudo, se limitó a saludar sin mirarla, con un escueto cabeceo.

—Señorita Everglott…

Myriam aspiró una breve bocanada que retuvo en su interior hasta verse obligada a liberarla, a riesgo de colapsar.

—Señor Bailey… —soltó, junto al aire retenido, ofreciendo una reverencia lenta que no concordaba con sus sentidos encrespados.

—¡Perfecto, ya han sido ustedes presentados!

¡El elegante y acaudalado abogado y nuestra soltera empedernida!

—exclamó Harrison, satisfecho de su iniciativa; al fin y al cabo, acababa de ejercer de improvisado maestro de ceremonias—.

Ojalá hubiera podido presentarlos durante el baile, al menos así podrían ustedes haber bailado siquiera una pieza.

—Un hipido desagradable, provocado por los vapores del alcohol, le sacudió el cuerpo, obligándolo a cerrar la boca un segundo—.

No pudo hacerse porque, al parecer, nuestra querida joven decidió quedarse en casa esa noche, debía de encontrarse usted demasiado ocupada…

—insistió con la antigua pulla, componiendo de nuevo un innecesario gesto de regaño—.

¿Qué tenía que hacer, señorita Everglott, me lo puede decir?

¿Bordar una pantalla para su chimenea? ¿Coser lazos a sus sombreros?

¿Qué puede haber para una joven soltera más importante que un baile que le permita sociabilizar?

Myriam miró fijamente a Harrison, cejas unidas en un gesto turbio y labios apretados.

—A mi hermana le pareció correcto quedarse en casa para ayudar a nuestra cuñada, la señora Everglott, a cuidar de los pequeños —se apresuró a rescatarla Connor, quien no quitaba la mirada de encima a Bailey, atento a cada una de sus reacciones y dispuesto a actuar en consecuencia, llegado el caso.

Para decepción de Connor, Bailey permanecía serio e inexpresivo, imperturbable en apariencia como un bastión en medio de la niebla. Tan solo el ceño fruncido y los negros montes descendidos sobre la intensa mirada revelaban algún tipo de desconocida emoción.

—¡Oh, por supuesto, por supuesto! —aceptó el anciano—.

¡Olvidaba que su familia se encuentra de visita!

—Se volvió de nuevo hacia el abogado, dispuesto a continuar con la diatriba, pero un nuevo hipido retrasó un segundo su intervención.

Se llevó entonces dos dedos a los labios para tratar de acallarlo.

Cuando se sintió recuperado, continuó como si tal cosa—.

¡Fíjese, usted, fíjese en nuestra señorita Everglott, una de las muchachas más bonitas del pueblo!

—Dejó escapar una carcajada chisporroteante—.

¡Y, posiblemente, también la más empecinada! ¿Puede creerlo?

Myriam inclinó la mirada, incapaz de soportar por más tiempo el peso de esos ojos de brea pendientes de su vergüenza.

—Señor Harrison —señaló Connor con una sonrisa forzada, deseoso de liberar a su hermana del martirio—, tal vez, podría usted ofrecernos algo para refrescarnos, me encuentro sediento tras el recorrido en carruaje.

El anciano miró a Connor con expresión sorprendida y, al instante, batió palmas con gran escándalo.

—¡Ahora va, muchacho, ahora va! ¡Ah, la impaciencia de la juventud!

Déjeme primero poner a nuestro nuevo vecino en antecedentes.

—De nuevo, dirigió la atención a Bailey, quien a cada segundo lucía más incómodo en su posición—.

¿Podría usted aceptar, mirándola así de bonita y remilgada, que nuestra señorita Everglott padece auténtica aversión al matrimonio?

Como le dije antes: una auténtica soltera empedernida.

Myriam no pudo evitar jadear de forma sonora mientras porfiaba por mantener la mirada inclinada y el ceño fruncido a severidad.

Connor se tensó al lado de su hermana, dispuesto a tomarla del brazo y abandonar el lugar sin mediar mayor explicación.

Al fin y al cabo, Bailey no las merecía, y el anfitrión seguramente no recordaría nada de todo aquello al día siguiente.

—Harrison, insisto, agradecería una copa… —reiteró, esa vez sin disimular su indignación.

Marcus continuó tieso como un garrote, manos enlazadas a la espalda, reunidas bajo los faldares de su elegante frac azul marino.

Su mirada ceñuda se posó unos segundos en Myriam, tratando de leer esa expresión evasiva, consciente de los rubores que le coloreaban las mejillas, deseoso también de poner término a tal enojosa situación.

—Aceptaría de buen grado también una copa de brandy, señor Harrison. —Habló por vez primera, secundando la petición de Connor.

No obstante, el antiguo guardiamarina no agradeció para nada su intervención; por el contrario, se limitó a obsequiarle una mirada sesgada bajo un ceño fruncido con dureza.

—Sí, señor, cuesta de creer —continuó Harrison con su penoso carrete dialéctico.

Posiblemente, ni siquiera había escuchado la petición de ninguno de sus invitados—.

El pasado año, sin ir más lejos, rechazó una propuesta de matrimonio de lo más aceptable.

—Ante el incremento de ceño por parte del abogado, el dueño de casa abrió mucho los ojos antes de añadir—: ¡Un oficial del Ejército de Su Majestad! ¡Poca broma!

Llegados a ese punto, las rodillas de Myriam se doblegaron en el amago de un vahído.

Por suerte, Connor permanecía atento y pudo rescatar a su hermana, tomándola de un brazo y sosteniéndola por el talle antes de que tocara suelo o perdiera la consciencia.

Bailey mostró disposición de ayudar, pero Connor lo obligó a detenerse en el acto y retroceder tras fulminarlo con la mirada.

—Ni lo sueñes —susurró entre dientes.

Marcus retrocedió a regañadientes, con el ceño fruncido en un gesto de disconformidad y tormento.

Connor se las arregló para sustentar él solo a su hermana y, sin mediar mayor explicación ante ninguno de los presentes, atravesó el corredor para dirigirse al exterior y solicitar el carruaje.

En el vestíbulo, se encontró con la anciana señora Harrison, quien los había dejado en compañía de su esposo mientras ultimaba los detalles de la cena con las doncellas.

Se asustó bastante al encontrar a Myriam medio desvanecida y pálida como un difunto en su mortaja; no obstante, se tranquilizó un tanto al comprobar que caminaba por su propio pie y que su hermano simplemente ejercía de sostén preventivo.

Everglott se excusó alegando una leve indisposición, seguramente a causa de algo que Myriam hubiera comido a media tarde y le hubiera sentado mal.

Abandonaron el lugar con los mejores deseos de recuperación por parte de la señora Harrison, además de la mirada preocupada de Marcus Bailey, quien permaneció bajo el pórtico de la entrada hasta que vio desaparecer el carruaje tras un recodo del camino.