Capítulo 7
Myriam extravió una mirada de ojos ciegos en el paisaje en movimiento que apreciaba del otro lado de la ventanilla del carruaje.
El sol se desangraba lentamente sobre el horizonte, enrojeciendo con su lánguida radiación las ondulantes prominencias verdes cuyas cumbres despuntaban más allá de donde alcanzaba la vista; en la quietud de los confines crepusculares, una bandada de estorninos cruzó el cielo, pincelando el firmamento de color y movimiento.
Connor permanecía ajeno a todo esto, ocupando el asiento enfrentado al de su hermana, silencioso y meditabundo, con la mirada perdida en algún invisible átomo flotante y la cabeza muy lejos del pequeño vehículo que los transportaba con lento traqueteo.
La mano diestra le cubría la boca; con el nudillo del índice, se golpeaba lenta y repetidamente los labios, fomentando una expresión reflexiva.
Como venía aconteciendo al menos una vez por semana desde hacía mucho tiempo, los Everglott habían sido convidados a cenar con los Harrison, un anciano matrimonio afecto de la familia y residente en el pueblo desde hacía unos pocos años.
En esa ocasión, el anciano Everglott había optado por no acompañarlos, puesto que una molesta ciática lo había postrado en el sillón desde media tarde, por lo que los dos hermanos mayores residentes en la vivienda acudían esa tarde en representación de la familia.
David y Anne habían resuelto permanecer en casa con sus hijos, acompañando además al señor Everglott en la convalecencia.
Las niñas jóvenes, Nancy y Molly, no deseaban participar en una cena en la que tan solo se reunía gente demasiado mayor y no existía la posibilidad de contar con música o diversión.
—¿Crees que se sentía superior? —soltó Connor de pronto en un tono bajo, todavía inmerso en sus cavilaciones.
Myriam desvió la mirada del exterior para regalársela a su hermano, quien continuaba con la suya extraviada.
—Bailey… —aclaró él, ceñudo y contrito—. ¿Crees que se sentía superior a mí…, a todos nosotros?
Myriam se demoró unos segundos en reaccionar. ¿Así que tocaba hablar de Bailey? Tras un suspiro resignado se limitó a volver la cabeza para centrar de nuevo los verdes iris en el matizado paisaje crepuscular del exterior.
—A menudo lo pienso; creo que nos consideraba muy inferiores a él —continuó Connor desgranando sus pensamientos.
Un nuevo suspiro huyó de los labios femeninos.
—No, no lo creo, Connor.
Pero él, a pesar de la respuesta conciliadora de su hermana, seguía alimentando sus propios demonios, permanecía cruelmente torturado por ellos:
—Podría hacerlo, ¿sabes? Sin duda poseía motivos para sentirse superior —exhaló de forma sonora—.
Inicié mi carrera como guardiamarina a los doce años, me alejé de mi hogar y de mi familia para instruirme en la disciplina y la austeridad militar, mientras que él se dedicaba a estudiar derecho en una prestigiosa universidad, rodeado de lujos y privilegios.
Myriam tragó seco. Tocaba hablar de Bailey, muy en contra de su sentir y de su propio corazón, al parecer no quedaba de otra.
—De sentirse superior, jamás lo demostró, y lo sabes —añadió, girada hacia su hermano—. Gastaba los días, con todas las horas, con nuestra familia.
—Puede que tengas razón; por aquel tiempo, éramos amigos. ¿Pero lo éramos de verdad?
Myriam cabeceó quedamente.
—Os entendíais bien.
Connor meneó la cabeza en negación.
—No lo sé…
—Os vi juntos mil veces, Connor, y creo que su amistad hacia ti era del todo sincera.
Connor de nuevo meneó la cabeza mientras esbozaba una sonrisa cáustica.
¿Cómo podía Myriam defenderlo después de todo?
¿Cómo podía atribuir sinceridad a los sentimientos de ese necio cuando el tiempo y la experiencia habían demostrado su absoluta deshonestidad?
Tal vez, nunca habían sido amigos; tal vez, todo lo referente a ese cretino había sido una completa farsa, y Marcus Bailey un absoluto farsante.
Su corazón y el resentimiento que lo habitaba hablaron por él:
—A pesar de todo lo que sabemos que hizo, a pesar de lo que hoy pensemos de él, creo que en el fondo yo…
lo envidiaba. Es posible que todavía lo envidie, Myriam.
Hablando con Nancy y Molly la otra tarde debí dar esa impresión, la de un completo envidioso, y puede que no sea una impresión desacertada después de todo.
Myriam le dedicó una mirada profunda, interrogante.
—¿Envidiarlo? ¿Tú? ¿Por qué harías algo así?
Connor jadeó.
—¿Cómo no hacerlo? Bailey tenía una vida acomodada, además del futuro perfectamente planificado y resuelto; al contrario de mi persona, él nunca se vio obligado a crecer antes de tiempo, no tuvo nada que sacrificar… —Connor jadeó una risotada rendida—. Todo le fue ofrecido en bandeja de plata.
Myriam regresó la mirada al exterior. Le dolía esa conversación. Le dolía el dolor de Connor.
—Pero creció sin padres, acompañado por un anciano estricto y exigente, mientras que tú contabas con una familia amorosa, hermano. Él solo tenía sus libros y sus sueños; no tienes nada que envidiarle, ni entonces ni ahora.
Connor frunció el ceño.
—Pero finalmente él salió ganando. —Encajó con rudeza la mandíbula hasta que los molares restallaron.
La mano diestra acarició la rodilla lesionada—.
No en lo que a la familia respecta, por supuesto, porque me siento más que honrado con todo el cariño que me rodea, pero sí en lo que concierne a la consecución de los sueños.
Los míos se truncaron de golpe justo cuando los suyos emergían.
Todavía extraviada la mirada en el paisaje, Myriam jugueteó con la fina tela de cabritilla de sus guantes, dedicándose a estirar el sobrante de la puntera de los dedos para aplastarlo acto seguido.
—Los tuyos no fueron los únicos que se truncaron… —se limitó a decir en muy baja voz, casi como si los pensamientos huyeran sin permiso entre los labios. Seguramente así había sido.
Connor apretó fuerte la mandíbula. Los puños se cerraron sobre los muslos.
—Lo sé, y por eso lo odio.
* * *
El señor Harrison cargaba con un grave problema: era un gran aficionado a la bebida y, como suele suceder en esos casos, no la toleraba en absoluto.
Su estado de embriaguez resultaba fácilmente reconocible: cuando el alcohol empezaba a reverberar en su caldera interna, el rostro se le coloreaba hasta imitar el tono de una granada madura, en la que se destacaban sobre manera las numerosas ramificaciones venosas de la hinchada nariz y los pómulos.
Su tono de voz se elevaba mucho más de lo considerado correcto y hasta aceptable; todo en su pose resultaba un tanto grotesco y vulgar.
Acostumbraba, además, a sufrir un notable cambio de humor conforme asilaba en su estómago dos o tres copas de alcohol de más, pasando de pronto de ser un anciano amable, entretenido y hasta buen conversador, a convertirse en un tipo insolente y grosero.
A Myriam, semejante mutación no la tomaba por sorpresa, porque los hermanos Everglott, junto a su padre, eran asiduos de los Harrison.
Eso no significaba que aceptara tal comportamiento, tan solo que había aprendido –en realidad, se había resignado– a tolerar sus ocurrencias hasta tratar de pasarlas por alto.
A menudo, cierto era, no resultaba sencillo, puesto que el viejo Harrison podía llegar a volverse verdaderamente necio y cargoso.
Por fortuna, cuando todo esto tenía lugar, acostumbraban a encontrarse en petit comité –durante los bailes y demás eventos públicos, Myriam trataba en todo momento de evitar su compañía, por precaución–, por lo que el bochorno era repentino y fácilmente eludible; al fin y al cabo, las debilidades de Harrison eran conocidas por todos y a nadie extrañaba su proceder.
Pero, en esa ocasión, las bromas de Harrison contarían con un testigo inesperado.
En cuanto los Everglott cruzaron el umbral, descubrieron la presencia de otro invitado más con el que no habían contado y de cuya asistencia no habían sido informados.
Marcus Bailey en persona.
La primera reacción de Myriam y Marcus al encontrarse frente a frente fue la de permanecer ambos parados en mitad del recibidor, incapaces de apartar la mirada del otro pese a la creciente incomodidad que experimentaron ante un encuentro tan por completo inesperado.
Si existiera el momento idóneo para suplicar que la tierra se abriera bajo sus pies y los engullera a ambos hasta el centro mismo de su superficie, el momento sería aquel.
Jamás a lo largo de aquellos diez años, Myriam había esperado volver a encontrarse con él, mucho menos en circunstancias similares: en un corrillo reducido y cara a cara, sin posibilidad alguna de evitarse.
De darse media vuelta.
De esconderse o escapar.
Por su propio gusto, jamás se habrían encontrado; a pesar de la fatalidad de hallarse en el mismo pueblo, ella habría hecho lo indecible con tal de no coincidir.
Dejaría de asistir a bailes, buscaría otro itinerario para sus paseos diarios…
¡lo que fuera! Desde que supo de su llegada a Smallton, se sintió más que decidida a evitar un encuentro.
Y, sin embargo, la vida, los hados o el destino parecían pretender burlarse descaradamente de ella al imponerle su presencia.
A tan breve distancia lo encontró apuesto hasta la decepción.
Ojalá los años no hubieran pasado por él con semejante donosura, convirtiéndolo en un hombre mucho más atractivo de lo que hubiera esperado… O deseado.
No era justo, no lo era en absoluto, especialmente cuando sabía que ella había ganado peso, por lo que ya no era la chiquilla flaca y grácil que él podría asilar en sus recuerdos.
Tal certeza le revolvió el estómago y apretó un poco más el nudo que amenazaba con arruinarle la noche.
* * *
Por supuesto, Myriam Everglott no podía tener el menor conocimiento de lo que esos insondables ojos de brea captaban al mirarla.
Porque Marcus no podía apartar la mirada de ella.
Era tal y como la recordaba… ¡No, de ningún modo!
La encontró sin duda mucho más madura, más hermosa, más… mujer.