Capítulo 6 #2
A su lado, reducido como un botijo y encarnado como un ruibarbo, Harrison desviaba la mirada de uno a otro sin entender demasiado lo que acababa de acontecer allí.
—¿Qué quiere decir, Everglott?
—Usted sabe lo que quiero decir… —rugió entre dientes—. ¿A qué demonios ha venido a Smallton?
Por fortuna, no hubo lugar a respuesta ni a ningún tipo de actuación, porque un cuarto caballero, acercado sin duda por la Divina Providencia, se unió al grupo para entablar conversación con Harrison, interrumpiendo lo que se anunciaba a todas luces como el inicio de una segura contienda.
Fue debido, tal vez, a esa nueva incorporación al grupo, porque sabía de la presencia de un segundo testigo involuntario, que un acertado lapsus de lucidez acometió a Connor, de tal modo que se obligó a desterrar en el acto el acceso de rabia que lo había dominado segundos antes, orillándolo al borde de la ofuscación y de la violencia, para refrenar sus impulsos.
Retrocedió despacio sobre sus pasos, manos cerradas en puños a los costados y nervios a flor de piel, para terminar por desaparecer, sin mediar mayor explicación, y escabullirse de la conversación recién estrenada.
Ninguno de los presentes se percató de su discreto mutis, a excepción de Bailey, que siguió su retirada con el ceño fruncido y una severa sombra de preocupación en la mirada.
* * *
—¡Es guapísimo, Anne! —Nancy se llevó un dedo a la barbilla y elevó la mirada al techo para forzar una expresión pensativa. Tras sopesar sus últimas palabras apenas medio segundo, se corrigió con rapidez—. ¡Guapísimo teniendo en cuenta lo viejo que es, claro!
—¡Por supuesto, no podemos olvidarnos que ya rebasa la treintena y que eso lo condena a ser considerado poco menos que un viejo achacoso y decrépito! —apuntó David poniendo mala cara, porque él mismo había superado ya las cuatro décadas.
Anne inclinó la cabeza para ocultar la sonrisa que asomó a sus labios mientras dedicaba una mirada a Myriam, sentada a su diestra.
La joven permanecía de cuerpo presente escuchando los atropellados apuntes de sus hermanas menores en referencia al baile, aunque su mente trataba en todo momento de mantenerse muy lejos de allí.
—Yo no diría tanto —trató Nancy de enmendarse, ligeramente encarnada—.
¿Achacoso y decrépito? ¡En absoluto, hermano!
Su porte es distinguido, viste como un auténtico caballero y ni un solo pelo plateado asoma en su cabeza.
—De nuevo David se incomodó, puesto que, en su propia cabeza, habitaban ya los primeros cabellos blancos.
Connor, quien llevaba ya un buen rato escuchando y apretando los dientes, puso los ojos en blanco y resopló de forma sonora su disconformidad.
Había permanecido callado y entretenido con su taza de té durante la exaltada exposición llevada a cabo por sus hermanas, pero al escuchar la referencia de Nancy acerca de la apostura y el buen vestir de aquel estúpido, no pudo reprimirse ni pasar un minuto más sin manifestar su opinión.
¿Que vestía como un auténtico caballero? ¡En todo caso como un petimetre ridículo! ¡Oh, cómo había cambiado en tanto tiempo el desgarbado y flacucho estudiante de derecho!
—¡Menudo competidor le ha surgido al príncipe de Gales, doy fe!
—farfulló malhumorado—. Desconocía que un simple abogado pudiera permitirse semejantes lujos, aunque —un jadeo desabrido brotó desde las profundidades de su alma— ¿cómo podría yo saber nada acerca del buen vestir?
Solo soy un pobre lisiado con una modesta pensión militar…
David suspiró, detestaba la autocompasión inútil que, demasiado de vez en cuando, exteriorizaba Connor. De hecho, casi podría decirse de él que llevaba diez años viviendo resentido consigo mismo y con su mala fortuna.
—Pueden hacerlo, hermano —argumentó con calma, tratando tal vez de transmitir esa misma calma a los ánimos molestos de su hermano—, cuando pertenecen a casas ricas.
El anciano Bailey era un hombre muy rico, no lo olvides, y él su único pariente.
Si costeó sus estudios en Eton, también pudo dejarle un buen saquete con el que arreglarle la vida en cuanto se hiciera hombre.
—Y predisponerlo a un guardarropa excesivo rebosante de ringorrangos …
—Eso también forma parte del beneficio, claro está.
Algo más rumió Connor por lo bajo, mostrando una completa discordancia con lo que se decía, pero ya nadie le prestó atención, puesto que Molly intervino a continuación, emocionada y con las manos en pose de oración.
—¡Se dice que posee una gran casa en Londres! —exclamó, completamente encarnada —. ¡Y su propio bufete en el centro de la ciudad!
—¿Todo eso lo habéis descubierto en el transcurso de un baile? —bufó Connor.
Las chicas lo ignoraron por completo.
—Seguro que su casa ha de estar ubicada en uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad —continuó soñando Molly en alta voz—, seguro también que posee varios coches a su completa disposición.
—¡Y criados! —exclamó Nancy—. Como un auténtico caballero.
—Pero no es ningún caballero —protestó Connor, quien empezaba a borbotear su indignación de forma demasiado obvia al entrar al juego dialéctico de esas dos y acalorarse tanto en el proceso—.
Tan solo se trata de un hombre de leyes, leyes, una profesión como cualquier otra, como puede serlo un tabernero o un estibador.
Las chicas continuaron ignorando descaradamente sus apuntes. No así David, Anne y la propia Myriam, quienes observaban a Connor con cierta destemplanza, a la vista de la irritación y la incomodidad que per se exteriorizaba su hermano.
—He oído que el señor Bailey solía pasar los veranos en Smallton, en la vieja casa de ladrillo que hoy habita —miró Nancy a sus hermanos varones—. ¿Lo conocíais por aquel tiempo?
Connor dirigió a David una mirada ceñuda; luego observó a Myriam con cautela, pero la falta de expresividad en su rostro consiguió tranquilizarlo.
—Vagamente… —soltó y se levantó de su asiento, incómodo.
No le gustaba tener que hablar de todo eso precisamente con dos niñas insensatas que nada sabían del mundo ni de la vida.
No quería hacerlo, no, cuando tocar ese tema, mencionar a ese hombre, suponía tener que regresar al pasado y rememorar momentos que fueron, que deberían haber sido y que terminaron por ser nada a causa de la cobardía de un necio.
—Por lo que sé es de tu misma edad, Connor. ¿Acaso erais amigos?
—¡Yo no tengo amigos relamidos! —bufó, encarándose a la chimenea para tratar de distraerse con el lánguido baile de las llamas.
Sus ojos, anclados en las anaranjadas lenguas de fuego que danzaban sin fin, refulgían de rabia; tal vez y solo tal vez, asomando también al oscuro iris una chispa de melancolía, pues ciertamente Marcus Bailey había sido una persona muy afecta para él en otro tiempo.
—¡Oh, es una lástima! —suspiró Molly desde su ingenuidad infantil—. Habría sido maravilloso que lo fuerais, porque, de ese modo, nos invitaría a su casa, y nosotros lo invitaríamos a la nuestra para rememorar viejos tiempos.
Connor jadeó en silencio, desechando por completo tal ocurrencia.
¡Invitarlo a su casa! ¡Precisamente en eso estaba pensando!
—¡Así podríamos fastidiar a Iona Fisher! —exclamó Nancy, eufórica—. ¡Se moriría de la envidia, estoy segura, si supiera que el señor Bailey se sienta en nuestra mesa antes que en la suya!
A la vista de que Connor no iba a responder –mejor así, porque, de hacerlo, no sabía David cómo podría reaccionar su hermano– y que no resultaba muy lógico que Myriam lo hiciera tampoco, sumado al desconocimiento de Anne respecto a ese tema en particular, David decidió intervenir de una vez para acallar semejante despropósito.
—Creía que las Fisher eran amigas vuestras…
—Y lo son —afirmó Nancy poniendo los ojos en blanco y suspirando a profundidad—, pero Iona es una engreída que siempre anda presumiendo de las maravillosas relaciones de su familia; sería bueno poder aventajarla por una vez para que se fastidie y se trague su orgullo.
David espurreó una risotada sarcástica.
—¡Líbrenos el buen Señor de amigas afectas como vosotras! —exclamó.
—No lo entiendes, David —señaló la joven con cierta indignación—: el señor Bailey es novedad absoluta en el pueblo, todo el mundo habla de él y todo el mundo le observa con fascinación, la propia Iona incluida.
Sería maravilloso para nosotras que el señor Bailey mantuviera una amistad previa con cualquiera de vosotros; de ese modo, podríamos presentarnos como cercanos a él, como viejos amigos de la infancia —suspiró, componiendo una expresión soñadora—.
Todo el pueblo nos observaría a nosotras con reverencia.
—Y envidia —intervino Molly.
Nancy cabeceó en asentimiento al apunte de su hermana, alargó una mano hacia ella y, a un gesto de la mayor, abandonaron juntas la estancia para perderse en la estela de risas y cuchicheos que dejaron tras de sí, antes de encerrarse en su habitación.
En su ausencia, dejaron en la sala un ambiente taciturno y sombrío, plagado de recuerdos indeseados, ceños fruncidos, gestos severos y, en el caso de Anne, completa incertidumbre.