Capítulo 6
Tal y como había decidido, Myriam no asistió al baile en la residencia Carpenter.
Connor debía reconocer que la ausencia de Myriam esa noche supuso un gran alivio para él.
Puede que sonara un tanto egoísta por su parte, tal vez lo fuera pensar y sentir de ese modo, pero sabía que no le hubiera resultado sencillo soportar la tensión que, estaba convencido, iba a experimentar de encontrarse ella presente.
En todo momento, se sentiría incómodo e inquieto, tratando de evitar determinadas personas y desagradables situaciones que pudieran provocarle cualquier suerte de dolor a su querida hermana.
Sabía que Myriam permanecía a salvo y tranquila en Mershaw Cottage. Para él era más que suficiente, al menos, por esa noche.
Cuando abandonó la vivienda hacía algo menos de media hora, su hermana se mostraba relajada en el tresillo del salón, al amor del fuego, acompañada de David, que, en el ángulo opuesto de la estancia, entretenía a su padre leyendo con él algunos salmos, y de Anne, ambas mujeres imbuidas en una agradable conversación.
Posiblemente conversaran acerca de afinidades comunes y puede que incluso alguna de las dos se decidiera a hacer sonar en algún momento la espineta que adornaba un rincón.
Todo parecía ir bien, simplemente otra sobremesa agradable y apacible, como solían serlo todas en la vivienda de los Everglott.
Suspiró, envidioso de la suerte que disfrutaba a esas horas la otra fracción de su familia mientras él se resignaba a la suya actual.
Sabedor de que Myriam no había asistido al baile, tan solo estaba condenado a lidiar con sus propios demonios, que no eran pocos, mientras mantenía en activo la misión de controlar a sus dos hermanas menores. ¡Tarea enojosa en sí misma!
Molly y Nancy eran demasiado niñas para ser tomadas en consideración por ningún joven caballero en condición de buscar esposa, por lo que ambas se dedicaban a diversiones inocentes e inofensivas, aunque, en efecto, demasiado ruidosas e incómodas para su hermano mayor, como era corretear entre los grupos cual gallinas alborotadas, fisgonear con sus amigas Fisher, asomar la cabeza con descaro entre los diferentes corrillos, beber limonada y estallar cada tanto en carcajadas mientras bailaban entre ellas, sin ningún tipo de elegancia o siquiera arte, limitándose en realidad a saltos y cabriolas disparatadas en cada paso de baile.
Ejercer de centinela moral resultaba sencillo con ellas, puesto que no existía por el momento actitud picaresca en su comportamiento, pero sí todo el empeño del mundo en aparentar una adultez y una experiencia de la que carecían por completo.
También gustaban de lucir adornos en sus vestidos, calzado y cabello, tal y como veían hacer a las debutantes o como observaban en las ilustraciones de las revistas de moda que conseguían leer en el pueblo; de ese modo, se acicalaban como si camparan a sus anchas por el mismísimo St. James, tan rebosantes de bagatelas, lazos y afeites que incluso en ocasiones llamaban al ridículo.
A pesar de todo eso, en el afán de las chicas existía tan solo por el momento la necesidad de alimentar una vanidad creciente que ya se intuía iba a terminar por ser demoledora.
Consideró Connor, por tanto, que podría permanecer en la residencia Carpenter un par de horas, a lo sumo, mientras consentía que las jóvenes liberaran toda la energía acumulada.
De ese modo, lo dejarían tranquilo, al menos durante el viaje de vuelta, por lo que tan solo debería sufrir al día siguiente la minuciosa y subjetiva descripción que transmitirían ambas al resto de la familia acerca de lo que había sido la velada para ellas.
Pero entonces él estaría acompañado, de modo que el suplicio de escucharlas resultaría menor.
Puede que incluso Myriam le echara una mano coartándolas con alguno de sus comentarios sarcásticos y que David les obsequiara una profunda mirada censora que las obligara a encerrarse en su alcoba al menos durante un par de horas.
Mientras ese momento no sucedía, esa noche y, en solitario, intentaría salir airoso de su misión.
Interceptaría a alguno de los lacayos para hacerse con una copa de brandy de la bodega del señor Carpenter y, con un poco de suerte, evitaría corrillos incómodos y conversaciones innecesarias.
Podría dedicarse a beber tranquilo, oculto en un rincón, dejando pasar las horas antes de regresar a casa mientras rezaba por no distinguir ni de lejos al culpable de que se encontrara esa noche allí.
Culpable de demasiadas cosas, en realidad.
Para su desgracia, sus ruegos no fueron escuchados.
El señor Harrison apareció desde alguna parte, sonrisa en ristre, vapores alcohólicos en sus labios ya renegridos y copa imperecedera en la diestra.
Se hacía acompañar por un caballero que Connor identificó de inmediato y cuyo reconocimiento lo obligó a cuadrarse de forma sistemática.
Había cambiado, sin duda alguna.
Ya no era el joven flaco y desgarbado que él recordaba.
Claro que la última vez que se vieron, pensó para sus adentros, ambos tenían veintidós años; desde entonces los dos cargaban toda una década sobre sus espaldas.
No obstante, la carga de Marcus parecía haber sido menor o, al menos, más fácil de sobrellevar; al fin y al cabo, Connor había visto truncada su carrera en la Marina debido a una maldita lesión en la pierna que lo había enviado a casa con una modesta pensión y una cojera permanente, mientras que Bailey…
Bailey seguía siendo el niño rico de siempre.
Connor elevó la barbilla para observarlo a través de los párpados entornados.
Marcus Bailey era mucho más alto ahora de cómo le recordaba.
Sus hombros se habían ampliado, del mismo modo que lo habían hecho su espalda y su torso.
Vestía de forma impecable, como no podía ser de otro modo, y de tal evidencia quedaba constancia a través del elegante frac oscuro con el que se ataviaba, de magnífica caída y distinguido corte, del chaleco brocado con hilo dorado, a juego en tono con los pantalones de lino, o del impoluto y bien trazado nudo del cravat que asomaba entre el almidonado cuello de la camisa.
Impecable como un pincel o como el propio Jorge IV paseándose por la corte.
Semejante apreciación provocó que Connor torciera los labios en un indisimulado gesto de desprecio.
¡Ridículo pisaverde! ¡Estirado snob! ¿Desde cuándo había adoptado semejantes aires de pedantería?
Bailey lucía el cabello largo sobre la frente, rizoso como antaño y ligeramente despeinado, tal y como marcaba la moda, también generosas patillas que se deslizaban a lo largo de la mandíbula.
Su mirada era ahora firme e insondable, casi podría decirse que incluso fría y escrutadora. Varias arrugas se asomaban a su entrecejo y señalaban su frente, confiriéndole un aspecto severo y excesivamente formal.
—¡Hombre, Everglott! —exclamó Harrison demasiado alto, animado por la cantidad de líquido que llevaba dentro y que ya debía de hervirle en las entrañas—. ¿Qué hace usted aquí solo, amigo mío? ¿Evita acaso al resto del mundo?
Connor no respondió a la efusividad de Harrison; se limitó a intercambiar con su acompañante una mirada dura como el acero y cortante como el filo de un cuchillo. Mirada que no amedrentó al recién llegado, sino que incluso fue sostenida por él con absoluta entereza.
—¿Conoce ya a nuestro nuevo vecino? —continuó Harrison, ajeno al frío intercambio visual entre caballeros—.
¿No? ¡Pues le presento a nuestra última incorporación al vecindario de Smallton, el señor Marcus Bailey!
Reputado abogado donde los haya, fíjese qué porte y qué clase aporta al pueblo…
—Con una amplia sonrisa, giró hacia el abogado—.
Señor Bailey, le presento al señor Everglott, antiguo oficial de la Marina…
Connor tragó seco y cerró las manos en puños. Le hervía la sangre en las venas y le picaban los puños ante la solicitud de una rápida liberación.
Pero no podía ponerse en evidencia ante Harrison, ni ante sus anfitriones y el resto de invitados al baile, por más que en ese instante deseara arreglarle la cara a golpes a aquel cretino.
—Everglott… —Para su sorpresa, fue Marcus el primero en saludar y ofrecer un cabeceo seco y firme a modo de cortesía.
Connor de nuevo tragó seco y, mandíbula encajada, elevó la barbilla con arrogancia, absteniéndose de ofrecer a su vez la consabida cortesía.
¡No le debía nada! ¡Mucho menos una venia! ¡Maldito fuera! ¡Había abandonado a Myriam como un auténtico cobarde y roto lazos con toda la familia Everglott a través de una miserable carta!
—Bailey… —se limitó a sisear aquel odioso nombre entre los dientes.
Durante algunos segundos, que Harrison aprovechó para vaciar de un trago el contenido de su copa y continuar parloteando solo, ambos hombres continuaron sosteniéndose la mirada en silencio, calibrándose el uno al otro.
La mirada de Connor reflejaba rabia contenida y desafío; la de Bailey resultaba sin duda indescifrable.
—¿Se encuentra su familia bien de salud? —Marcus Bailey habló de pronto, en un tono firme y conciso.
Connor encajó la mandíbula hasta que los molares restallaron.
¿A qué venía eso? ¿Preguntaba por su familia? ¿Se burlaba de él? ¿Pretendía burlarse una vez más? ¿Qué demonios le importaba a aquel cretino su familia?
—Todos se encuentran perfectamente, gracias —respondió secamente.
Fue el turno de Marcus de elevar la barbilla mientras se cuadraba en toda su apostura, recogiendo los brazos a la espalda.
—Me alegro, entonces. —Con un cabeceo pareció pretender poner fin al intercambio y continuar camino, para dejar atrás a Harrison y al propio Everglott.
Pero Connor dio de pronto un paso al frente al obstaculizarle el camino.
Parado frente a él en toda su apostura, aunque era, al menos, una cabeza más bajo que Bailey, lo desafió mirándolo de hito en hito, ceño fruncido a severidad. Sus pupilas centelleaban.
—¿De verdad se alegra?
Eso descolocó a Marcus, que se puso en guardia de inmediato.