Capítulo 5 #2
Para evitar todos los ojos, inclinó los suyos y exhaló en profundidad las aflicciones que ya regresaban otra vez.
La esposa de David no acababa de comprender el significado real de lo que sucedía, pero no era tonta en absoluto, por lo que tantas miradas dirigidas a Myriam en los últimos días, acompañadas de gestos constantes de preocupación y temor por parte de los varones de la familia, no le pasaban desapercibidas.
Debía hablar con su esposo más pronto que tarde acerca de lo que estaba sucediendo, solo de ese modo podría dejar de sentirse una boba y ofrecer algún tipo de apoyo a su querida cuñada.
Por lo presente, se limitó a sostener con afecto el brazo de Myriam en el arco que ofrecía el suyo mientras acariciaba con la mano contraria el delgado antebrazo.
—¿Cuándo sucederá esto? —preguntó David.
—¿El baile? ¡El viernes! ¡Este viernes! ¡Qué bien hemos hecho comprando a tiempo los adornos que necesitaremos para nuestros vestidos!
—se congratuló Molly, dando saltitos y palmadas ante sus atónitos espectadores—.
Los Carpenter se han ofrecido a celebrarlo en su casa, ya sabéis que cuentan con el salón más grande de Smallton; seguramente, el único a la altura de un hombre tan rico como el recién llegado. ¿No resulta maravilloso?
—Pero si hoy es martes… —comentó David, ceño visible y mirada turbada dirigida a Connor.
—Me parece un poco precipitado —apuntó Anne.
A la vista del intercambio visual entre los hombres y de la preocupación que transmitían sus ceños fruncidos a severidad, deseaba implicarse y otorgarles a su favor la razón al ponerse de su lado—.
Organizado con tan poca antelación, la mayoría de los vecinos ya habrán adquirido compromisos previos; estas cosas deben disponerse con calma y con el suficiente adelanto.
—¿Compromisos previos? —jadeó Nancy mientras abría unos ojos como platos y le dirigía a su cuñada una sonrisa burlona—.
¡Si aquí nunca hay nada que hacer, Anne!
De hecho, creo que todos nos morimos por asistir, por fin, a un baile.
—Miró a su hermana Molly, que cabeceó rápida en señal de asentimiento—.
El último se celebró por San Juan en casa de los Holmes, y de eso ha pasado ya demasiado tiempo.
Debemos ser el condado menos bailarín de todo el imperio.
Connor meneó la cabeza, vivamente disgustado ante el cariz que tomaba la situación.
—No creo que…
Nancy interrumpió a su hermano con un resoplido airoso; acto seguido se lanzó de rodillas a los pies de su padre para aferrarse a sus pantorrillas y fijar en él una mirada cameladora.
—Si los Carpenter nos invitan, ¿podremos asistir, padre? Vaya, diga que sí —suplicó, componiendo un puchero con los labios y parpadeando con coquetería—. ¡Hace tanto tiempo que no bailamos!
—No me parece correcto, padre —insistió Connor.
—¡Somos jóvenes! ¡A este paso nos haremos viejas sin haber bailado ni media docena de veces en nuestra vida!
—Ni siquiera hemos ido a presentarle nuestros respetos…
—continuó Connor, silenciándose de golpe al decir eso último, puesto que, en su interior, batallaban dos sentimientos muy distintos: el que implicaba corrección y cortesía tales que obligaban a ofrecer una bienvenida amable a cualquier nuevo integrante del vecindario, por un lado, mientras que, por el otro, aparecía el más fuerte y poderoso que se imponía sobre todos los demás: el rencor y el odio más absolutos manifiestos hacia ese maldito vecino.
¿Presentarle sus respetos? ¿A Marcus Bailey? ¡Antes le rompería la crisma, tal y como en verdad deseaba hacer!
—¡Pero todavía estamos a tiempo de hacerlo, padre! —insistió Nancy —. Si no, siempre podemos hacerlo durante el baile; al fin y al cabo, se celebrará en su honor y él estará presente. ¿No ha de haber un momento a lo largo de la velada para presentarse?
Connor apretó la mandíbula. En esos momentos, le gustaría estrangular a Nancy o, al menos, propinarle un buen pescozón.
—¿Han dicho las Fisher si el nuevo vecino ha llegado acompañado de… de… de su familia?
Todas las miradas volaron raudas a Myriam, quien se había expresado en un susurro y sin levantar la mirada del intrincado trenzado de la alfombra bajo sus pies.
Connor observó a su hermana con el ceño fruncido. ¿Por qué preguntaba eso? ¿Por qué se torturaba de ese modo?
Nancy, feliz de poder disponer por una vez de cierto protagonismo ante su siempre eficiente y correcta hermana mayor, ajena por completo a cuanto podía estar sucediendo, se volvió hacia ella para compartir cuanto sabía.
No era mucho en realidad, pero lo poco que fuera mantendría a Myriam –y a todos– pendientes de ella, Eso suponía satisfacción suficiente.
—Lo cierto es que no —admitió sin desánimo—, pero estoy segura de que las Fisher se enterarán más pronto que tarde. Las novedades vuelan más rápido que las golondrinas.
Myriam asintió con un cabeceo corto y liberó muy despacio su brazo del de su cuñada para separarse del grupo y parapetarse frente a la ventana, silenciosa y etérea como una sombra.
Los visillos levemente descorridos la agasajaron con la apacible visión del jardín a finales de la estación estival. Semejante acuarela resultó un liviano bálsamo a la desazón que empezaba a embargarla. Enlazó las manos frente al talle, cuadró los hombros, elevó la barbilla y suspiró.
A su espalda continuó la conversación, pero ella ya no le prestó oídos. Trató de centrar toda la atención en el bucólico paisaje que se derramaba del otro lado del cristal, mientras su cabeza luchaba por poner orden a los pensamientos que martilleaban dentro con descaro.
—¿Te encuentras bien?
La voz baja y grave de Connor a su espalda la devolvió a la realidad tras un rápido parpadeo. Ladeó ligeramente el rostro hacia su hermano para ofrecerle una sonrisa, que él adivinó por completo forzada.
—Desde luego —afirmó, y regresó la mirada al exterior—. Ya asoman los primeros higos de San Miguel, ¿los has visto? Este año han aparecido temprano.
Connor encajó la mandíbula con dureza, consciente del intento de cambio de conversación por parte de Myriam.
—¿Seguro que estás bien?
—Ajá.
La expresión lánguida y abismada de su hermana hablaba de una templanza admirable que incluso suponía una burla a su propia preocupación.
Si Myriam se sentía afectada de algún modo, no lo demostraba. Su semblante imitaba el rostro hermoso y casi místico de una esfinge de indiferencia.
—¿Ha concedido padre su beneplácito? —preguntó al cabo de unos segundos y sin parpadear, como quien conversa acerca del tiempo o del estado de los caminos.
Connor cabeceó un asentimiento, un asentimiento reflejado con gran pesar, pues él se manifestaba completamente en contra de semejante decisión.
Myriam apreció la respuesta por el rabillo del ojo. Su expresión no varió ni un ápice.
—¿Asistiremos a ese baile? —se atrevió a preguntar, tanteándola.
Myriam se tomó unos segundos antes de responder. Segundos en los que simplemente sus oídos se embotaron, impidiéndole oír más allá de los latidos de su propio corazón o del pulsar de la sangre en las sienes.
Ese instante de evasión fue breve, aunque infinito en su conciencia, porque, al cabo de unas cuantas palpitaciones, se devolvió al presente y volvió el rostro hacia Connor para dedicarle una sonrisa de conmiseración.
—Yo no, por supuesto. —La sonrisa se amplió ligeramente—. Aunque me temo que tú deberás escoltar a tus hermanas pequeñas. Están deseosas por asistir y bailar hasta caer rendidas. —Ladeó el rostro con conmiseración—. O hasta dejarte a ti en ridículo. Lo que sea que suceda primero.