La constancia del mar Capítulo 5
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Capítulo 5

Myriam y Anne Everglott paseaban por el jardín trasero del cottage , imbuidas en un apacible silencio mientras disfrutaban de la mutua compañía.

Myriam sostenía en el brazo un pequeño cesto de mimbre en el que iba recolectando flores con las que ornamentar algunos de los jarrones de la vivienda.

Al inicio del paseo, atraparon su atención unas espigas de lavanda, que cortó con cuidado e incluyó de inmediato en la cesta; algunos pasos más adelante se sintió inclinada por pequeñas caléndulas que llenarían de color la casa: también fueron incluidas.

Continuaron caminando. Esa vez, los lirios de agua amarillos fueron llamados a engrosar el contenido fragante y colorido de la cesta.

Anne observaba a su cuñada de soslayo cada pocos pasos, porque, de algún modo, la había encontrado distinta esa mañana. No sabría definir qué había de extraño o diferente en el comportamiento de Myriam, pero sabía a ciencia cierta que no era la misma de siempre.

Ya el día anterior la había notado ciertamente taciturna y lánguida, aunque no supo encontrar un motivo real para eso; no obstante, se decantó por un posible desarreglo estacional, tal vez los primeros indicios de un pequeño resfriado.

Los cambios de temperatura, el pesado calor estival y alguna insignificante corriente en la casa podían causar estragos en cualquiera.

No había dispuesto de tiempo a solas con ella para interesarse, dado que los niños habían acaparado toda su atención y, si no acaparaban la suya, lo harían con la de su querida y adorada tía; por eso, agradeció ese instante en la mañana para caminar con ella y concederse mutua compañía.

Siempre resultaba una delicia pasar tiempo con Myriam: una muchacha dulce, inteligente y de agradable conversación.

—¿Te encuentras bien, querida? —se atrevió a preguntar al cabo de un rato, mientras Myriam permanecía ocupada cortando un par de calas silvestres con su tijerita de poda.

La aludida le concedió una mirada afectuosa, seguida de una sonrisa leve.

—Perfectamente, querida Anne —respondió. No dijo nada más, se limitó a acomodar los tallos en la cesta para evitar que se aplastaran unos a otros.

—¿Estás segura? —insistió—. No sé, te noto… distraída.

Myriam inhaló profundamente por la nariz antes de sonreír de nuevo. No quería preocupar a su cuñada, ni a nadie, con sus emociones privadas, en especial, cuando, a esas alturas de la vida, no debería haber ya cabida para ellas.

¿Acaso era una chiquilla para perder los nervios, y el sueño, con absurdeces sin sentido? No, ya no lo era.

Ahora era una mujer adulta, una de mente asentada y corazón templado, alejada de las locas pasiones de la juventud y de la ingenuidad que acompaña cada paso dado en la senda de la vida.

—Es posible que me encuentre un poco cansada, eso es todo —admitió al fin.

Esa revelación, que trataba de restar importancia al asunto, consiguió precisamente el efecto contrario en Anne, puesto que, en todo el tiempo transcurrido desde que conocía a Myriam, podía jactarse de que era bastante, jamás la había escuchado quejarse o siquiera manifestar ni el más mínimo signo de agotamiento físico.

Siempre había sido una muchacha vital, activa y diligente, pese a que ya no era una jovencita: a sus veintisiete años, se presentaba como una mujer en la flor de la vida.

No obstante, y contra todo buen juicio, sabía a ciencia cierta que, en muchos círculos, la calificaban despectivamente como solterona.

Myriam no era una niña, pero tampoco podía considerarse una mujer mayor y, por lo que Anne sabía, nunca le habían faltado pretendientes.

David jamás le había explicado el porqué de su empeño en permanecer soltera cuando incluso el año anterior había recibido una última propuesta de matrimonio.

Era bonita. Su rostro de luna llena, de pómulos altos y frente despejada, habitualmente risueño y sin marcas de edad todavía, reflejaba la bondad y la nobleza de su corazón.

El cabello castaño y rizoso al natural, peinado con la raya al centro, enmarcaba el agraciado rostro con caracolillos cortos y apretados que rozaban apenas los pómulos.

Ojos ligeramente rasgados, cejas largas y bien perfiladas, nariz correcta y labios pequeños y carnosos, formaban en su conjunto una bonita composición.

Su figura, si bien no demasiado alta, se dotaba de formas voluptuosas allí donde deberían encontrarse, convirtiéndola en una mujer muy agradable de contemplar.

No era de extrañar que, cada tanto, surgiera algún admirador; lo que resultaba de lo más incompresible era que la joven no hubiera accedido a ofrecer una respuesta positiva a ninguno.

—Tal vez, deberías tomar durante unos días unas cucharaditas de bálsamo de Gilead —propuso Anne.

Era consciente de que algo sucedía con su cuñada y, aunque estaba segura de que el bálsamo aconsejado, pese a tratarse de una cura universal, no serviría de mucho en el caso de Myriam, tampoco deseaba importunarla con preguntas cuando ella no se sentía presta a compartir sus desvelos.

Esperaría y estaría disponible para cuando ella la necesitara, pero jamás se convertiría en una sombra inoportuna—.

Creo que te iría bien para elevar el ánimo si es cansancio lo que te atormenta.

Myriam sonrió con amabilidad.

—No debes preocuparte, Anne —aseguró—. Con un poco de descanso y unas buenas cucharadas de miel en mi té, será más que suficiente.

Anne palmeó con cariño el antebrazo de la joven y asintió con una sonrisa.

—Me preocupo porque te quiero, querida, y no deseo verte decaída, sea por la causa que sea.

Sin profundizar más en el asunto, sabedora de que Myriam agradecería su discreción, se dispusieron ambas a regresar al cottage para realizar diferentes arreglos con las flores que habían recolectado, cuando un pequeño gran alboroto en la distancia las obligó a detener sus pasos.

Nancy y Molly acababan de traspasar la cancilla de la propiedad y se dirigían a la casa a plena carrera, con muy poco decoro y sin comportarse en absoluto como se esperaría de dos señoritas –o tan siquiera de dos seres mínimamente civilizados–; sujetaba cada cual la falda con una mano hasta dejar a la vista las pantorrillas y, con la otra mano, aseguraba cada una el bonete sobre la cabeza.

Las lazadas desanudadas ondeando hacia atrás y el modo despreocupado en el que asomaban las medias blancas bajo el gurruño que formaba la falda apresada evidenciaban tanto el desatino de las jóvenes como lo urgente del regreso.

En un momento dado y debido al ímpetu de la carrera, Molly trastabilló y hasta amagó con caerse de bruces en medio del camino de tierra. Por fortuna, se recompuso a tiempo, enderezándose mediante unas zancadas muy poco femeninas, para continuar corriendo como si le fuera la vida en ello.

—¿Qué fuego pretenderán apagar esas dos corriendo de semejante forma? —Anne no pudo evitar sonreír después de emitir semejante comentario.

Myriam, que permanecía de pie a su lado observando el proceder de sus hermanas menores, agitó la cabeza en negación: una vez más desaprobaba su comportamiento.

—No lo sé —suspiró resignada—, pero estoy segura de que el incendio debe de ser tremendo a juzgar por la prisa y los modales. ¡Perdón! ¿He dicho modales? —Esa vez el suspiro fui sustituido por un resoplido conformista—. Me temo que ninguna de esas dos sabe lo que esa palabra significa,

Anne palmeó de nuevo el antebrazo de la joven en un intento de confortarla.

—Paciencia, Myriam querida, son jóvenes y descocadas; en algún momento han de sentar cabeza, ya lo verás.

Myriam elevó ambas cejas con escepticismo.

—Es probable, aunque me preocupa el lugar que elijan para asentarla, porque igual a ellas ha de ser quien preste atención a semejantes insensatas. —De nuevo suspiró, resignada—. ¿Crees que debemos ir ahora?

Anne se encogió de hombros en medio de una carcajada.

—No nos quedará más remedio que atestiguar tarde o temprano lo que sea que las haya desasosegado de tal forma. Mejor antes y de primera mano, ¿no te parece?

* * *

—¡Ha sucedido, padre! —exclamó Nancy, tan encarnada como una amapola al sol—. ¡Ha sucedido!

El anciano permanecía tan absolutamente tranquilo en su sillón favorito como lo había estado durante las últimas horas, mientras sus dos hijos varones le ofrecían conversación, escoltado el grupo por los juegos de los nietos, que se entretenían bajo el ventanal haciendo papiroflexia con las enormes hojas de alguna gaceta antigua.

—¿Qué cosa, hija mía? —Suspiró larga y resignadamente el anciano—. ¿Nuestras gallinas han dejado de poner huevos? ¿O es que acaso el zorro se ha llevado alguno de los gansos?

Myriam, que acababa de traspasar el umbral con el brazo enlazado al de su cuñada, no pudo evitar esbozar una sonrisa traviesa, que disimuló replegando los labios al interior de la boca y desviando la mirada hacia Anne, quien también se mostró risueña ante las ocurrencias del bonachón anciano.

—¡Oh, padre! —protestó Molly haciendo un mohín—. ¿A quién podrían interesarle las gallinas o los gansos?

—A nuestros estómagos, sin ir más lejos —intervino Connor, ceja derecha enarcada—. Incluidos los vuestros, supongo.

—¡Connor, santo Dios, no seas aguafiestas! —apuntó Nancy, indignada ante la escasa atención recibida—. Hay cosas mucho más importantes en las que pensar que en los animales del corral.

—Eso ya me lo dirás cuando la cocinera te presente cualquier noche un guiso a base de cintas o encajes, pequeña necia.

Nancy puso los ojos en blanco y resopló, agotada ante la ignorancia social de toda su familia. Airosa, se volvió hacia su progenitor, dispuesta a ignorar apuntes que no pasaran por el aro de su vanidad.

—Padre —replicó, dirigiéndose de nuevo al anciano—, ¡por fin, han puesto fecha para el baile de bienvenida a nuestro vecino más reciente! ¡Las Fisher nos lo acaban de confirmar!

David miró a Connor, que, a continuación, dirigió una mirada inquieta a Myriam, quien, a su vez, percibió la mirada y la curiosidad de Anne asentadas en su persona.