Capítulo 4
Al día siguiente salió a pasear ella sola.
David y Connor se habían quedado en casa para recibir al carpintero que debía encargarse de reparar las vigas afectadas de carcoma de la buhardilla.
Desde hacía un par de años, su padre había delegado por completo responsabilidades y preocupaciones en el hijo varón que permanecía en la vivienda familiar. De ese modo, Connor había pasado a convertirse en el hombre de la casa, compartiendo potestad con el anciano patriarca.
Por su parte, Myriam había asumido la administración del hogar, por lo que, entre su hermano y ella, llevaban Mershaw Cottage con absoluta diligencia.
Siempre había mucho que hacer para el buen gobierno de una casa, así que Myriam siempre permanecía entretenida, lo cual resultaba de agradecer.
Detestaría tener que encontrarse ociosa en su día a día; aparte de que su carácter activo y práctico no lo hubiera tolerado, tampoco habría resultado óptimo para su bienestar emocional.
Asimismo, Myriam solía ayudar a su padre con los sermones dominicales, asunto que la entretenía bastante y que resultaba agradable, porque le permitía compartir unas horas de cercanía e intimidad con el anciano pastor.
Juntos recordaban momentos felices de la niñez de Myriam, cuando su madre todavía se encontraba presente y la casa permanecía llena de risas y anécdotas entrañables.
En ocasiones, leían los sermones de Fordyce a la quietud de la tarde o los pasajes de la biblia favoritos de su padre.
Esa tarde, su cuñada Anne se encontraba ocupada con los niños y, por supuesto, Myriam no se sentía tan desesperada como para pedirles a Nancy y a Molly que la acompañaran.
No quería pasarse todo el trayecto escuchando hablar acerca de lazos, encajes, borlas o plumas con los que confeccionar adornos y arreglar vestidos o sobre tal o cual muchacho del pueblo que hubiera dado en la flor de dedicar una mirada más prolongada de lo prudente a cualquiera de esas dos alborotadoras.
Por lo tanto, pasear ella sola en la hora pensativa y lánguida del atardecer resultó una opción de lo más acertada.
Además, tenía mucho en lo que pensar y muchas consignas que organizar en su cabeza.
En primer lugar, debía recomponerse, debía aprestarse para lo que estuviera por venir y no volver a flaquear como la pasada noche.
Resultaba totalmente inaceptable a esas alturas.
Segundo, debía mantener a raya los recuerdos del pasado y las emociones inapropiadas, poco prácticas e inservibles, esas que había aprendido a desterrar, a sepultar e ignorar, y no concederles ni un ápice de supremacía en su presente.
La Myriam de veintisiete años ya no era la misma a la que habían roto el corazón con diecisiete.
Había padecido mucho, demasiado para una sola vida, y, desde luego, le había supuesto muchas tempestades poder alcanzar la calma que imperaba actualmente en su existencia como para desbaratar todo a causa de un exceso de sentimiento.
Suspiró con la mirada y el corazón elevados al cielo.
—Se acabó, Myriam, ya basta de sobre pensar… —murmuró al aire. De hecho, decidió no pensar más y dedicarse a disfrutar del paseo.
La temperatura era agradable, el sol había descendido y los pajarillos gorjeaban anunciando el fin de otro día más.
Al pasear sola, podía detenerse cuando quisiera sin preocuparse por aburrir a sus acompañantes.
De ese modo, se concedía apreciar mejor los aromas de las flores silvestres, o entretenerse escuchando el canto melódico entre el follaje, u observar los requiebros nerviosos de alguna ardilla en los lindes del camino.
Caminó sin rumbo, despacio, sin reloj, siguiendo la senda habitual que ya habían trazado mil veces sus pies; ni siquiera se había detenido a buscar un itinerario distinto.
Por lo que se encontraba presente cuando vio llegar el carruaje.
Por fortuna, había sido suficientemente juiciosa para guardar distancia y permanecer fuera de la propiedad.
¡Nunca se le habría ocurrido traspasar el vallado de madera, santo Dios! Gracias a semejante precaución, pudo ocultarse tras un desgarbado sauco en flor que crecía pegado a la valla, justo a tiempo para no ser descubierta.
Ser descubierta habría supuesto una gran humillación.
Aunque el hecho de ser consciente de sí misma, agachada y escondida tras las ramas del arbusto a la entrada de la propiedad supuso vergüenza suficiente.
El coche que acababa de detenerse frente a la casa del anciano Bailey era un landó ligero y de elegante línea cuyas ventanillas permanecían veladas por cortinas oscuras que protegían la privacidad de los ocupantes.
Myriam continuó agachada, escudriñando en la distancia.
Sabía que no era correcto permanecer allí, especialmente dadas las circunstancias –sus circunstancias–, pero una extraña necesidad la obligaba a continuar escondida, curioseando.
Vio abrirse la portilla y descender del interior una figura masculina. No pudo distinguir los rasgos ni la identidad del recién llegado porque permaneció en casi todo momento de espaldas a su posición; no obstante, algo al verlo hizo saltar de inmediato todas las alarmas en su interior.
El hombre vestía un elegante redingote azul oscuro que destacaba la amplitud de sus hombros y asentaba a la perfección en su figura alta, atlética y fornida; pantalones beige, botas hessian negras y sombrero de copa.
Además, portaba en su mano derecha un regio bastón con empuñadura plateada que, comprendió, actuaba como mero adorno masculino.
Un leve jadeo huyó de sus labios al comprender que, lo más probable, era que aquel desconocido fuera…él.
Marcus Bailey.
Otro jadeo siguió inmediatamente al primero en tanto, de forma sistemática, trataba de ocultarse con mayor empeño tras el frondoso ramaje del sauco.
Ciertamente, no lo recordaba vistiendo con tanta formalidad o elegancia; durante su estadía estival en el campo, acostumbraba a ataviarse con sencillez y prendas simples, pero tenía que reconocer que había pasado mucho tiempo y que ya no era un estudiante de Derecho, tampoco un muchacho de veintidós años, sino un abogado, seguramente, y teniendo en cuenta su valía, uno triunfador y plagado de méritos.
Nancy había dicho que era muy rico, así que debía de haber llegado al culmen de su carrera.
Apartó a un lado la rama que se desplegaba ante su rostro y que le impedía observar con mayor detenimiento.
Había ganado en apostura y corpulencia, porque aquel muchacho alto y desgarbado de antaño se había convertido, si en verdad se trataba de ese que sus ojos le mostraban ahora, en un hombre hecho y derecho, de formidable exterior y evidente corpulencia.
Habían transcurrido diez años.
Diez largos años.
Los dos habían cambiado.
Algún sonido debió de hacer mientras trataba de mantenerse oculta o, tal vez, se tratara del universo deseoso de darle una lección por su malsana curiosidad, pero, en un momento dado, el recién llegado se volvió de pronto para otear en su dirección.
—¡Santo Dios bendito!
Myriam no pudo evitar el hipido que le sobrevino, consecuencia del sobresalto de intuirse descubierta, no obstante fue capaz, en medio de la turbación, de recomponerse a tiempo para girar sobre sus talones y escabullirse ligera, agarrando la falda con ambas manos para procurarse mayor agilidad.
Mientras corría con tal empeño que parecía que la persiguieran los mismísimos demonios del averno, sentía el corazón golpeando con furia en su pecho y la sangre pulsando en sus sienes y atronándole la cabeza hasta el punto de ensordecerla.
El rostro ardía en llamas y la respiración apurada quemaba en los pulmones.
En ningún momento volvió la vista atrás.
* * *
No fue capaz de definir sus sentimientos y emociones cuando descendió la escalerilla del landó con la mirada siempre puesta en la casa.
No podía creer estar allí otra vez después de tanto tiempo.
Jamás había pensado en volver, ciertamente.
La casa permanecía tal y como la recordaba.
Un poco más descolorido el ladrillo rojo de la fachada, quizá; mucho más asilvestrada la hiedra que ahora cubría parte de la pared frontal; y bastante salpicado de musgo y líquenes el tejado de pizarra a dos aguas.
Visiblemente derruida parte de la chimenea, debería hacer llamar a alguien para arreglarla cuanto antes.
Por lo demás, sus recuerdos del lugar permanecían intactos, lo que en un principio no supo si resultaría algo positivo o nefasto, después de todo.
Quiso comprobar si también el jardín seguía conservando su distribución y si los árboles que rodeaban la propiedad habrían crecido, también si la panorámica desde el patio seguía incluyendo buena parte de la ondulante campiña, cuando un leve movimiento de color captó de pronto su atención.
Una mujer le había estado observando, oculta detrás del viejo sauco que desplegaba las ramas sobre el vallado de la finca.
No podría identificarla, desde luego, puesto que, nada más ser descubierta, esa persona huyó corriendo en sentido contrario.
Solo atinó a distinguir un vestido liviano de manga larga y color beige que se escabullía entre los tonos verde y ocre del paisaje. La propietaria del atuendo sencillo coronaba su cabeza con una cabellera castaña recogida en un rodete alto.
Y no vio nada más.
¿Podría ser…?
Meneó la cabeza en negación, avergonzado ante semejante ocurrencia.
¡Por supuesto que no!
Ella ni siquiera continuaría residiendo en Smallton a esas alturas. Seguramente, se habría casado ya y formado su hogar en alguna otra parte.
Sería lo más lógico.
Había de tratarse de alguna vecina chismosa, una que nada más distinguir el carruaje se había escabullido a la carrera para hacer llegar a sus comadres, cuanto antes, el último y más fresco cotilleo.
Esbozó una sonrisa sarcástica al ser consciente de tal certeza y saberse por un tiempo el centro de todas las murmuraciones; sabía que era lo que tocaba al trasladarse a una zona rural con escasa población.
La sonrisa trocó de inmediato en un rictus extraño y desasosegado al reconocer haber estimado en un algún momento la primera posibilidad.
Que fuera ella…
—Eres un gran necio, Marcus…
Por fortuna, la aparición de un sirviente que acudió para hacerse cargo del equipaje lo devolvió al presente, lo que le evitó seguir pensando en lo que no debería ni siquiera pensar.