La constancia del mar Capítulo 3 #2
19%

Capítulo 3 #2

En ese momento, tan solo tenía ganas de golpear algo o a alguien en realidad para tratar de apartar de sí la tormenta de emociones que lo devastaba por dentro.

—Bueno… —rugió, tratando en vano de serenarse—. Bueno, no me parece para nada justo, David. —Cerró las manos en puños y golpeó con el derecho la repisa de madera. —. ¡No es justo en absoluto, diablos!

David encajó la mandíbula mientras un profundo ceño le sombreaba la mirada.

—Puede que no —concedió el mayor—. Seguramente estés en lo cierto y no lo sea, hermano, pero es algo totalmente lícito.

Connor se llevó el puño a los labios y trató de contener la rabia mordiendo de forma simulada los nudillos.

—Marcus es el heredero del viejo Bailey —continuó David—. Por lo tanto, está en su derecho a regresar y tomar posesión de la casa; lo sabes tan bien como yo lo sé.

—¿Y por qué querría regresar ahora? —estalló Connor—. ¿Qué sentido tendría? ¿No hay lugares mejores en los que asentarse que Smallton? Un abogado rico y exitoso, ¿qué diablos viene a hacer a un pueblo olvidado de la mano de Dios como este?

David resopló.

—Para eso carezco de respuesta, hermano…

—¡Porque no existe respuesta posible, ni aceptable, por más lícito que resulte todo esto! ¡Precisamente Smallton! ¡Que agarre toda su maldita fortuna y se instale en Londres o en el fin del mundo si quiere! —Una mirada furiosa cintiló en sus pupilas—. ¡Pero lo más lejos posible de aquí, santo Dios!

Connor jadeó su frustración y sopesó estrellar de nuevo el puño contra la repisa de la chimenea.

Finalmente, la cordura se impuso y se limitó a frenar el puño en el aire, estirar los dedos para liberarlos de la tensión que los crispaba y llevarse la mano a la abundante cabellera ondulada para deslizar los dedos entre los mechones castaños en un vano intento de liberación.

Se sentía indignado, rabioso y colérico por partes iguales. Llevado de los cien mil demonios del averno se concedió unos instantes para tratar de dominarse, pero la dureza in crescendo de su ceño evidenciaba lo truculentos que eran sus pensamientos y lo complicado que sería alcanzar la contención.

Había tenido bastante tiempo para macerar en privado sus emociones como para acallarlas o ignorarlas en ese punto, después de haber descubierto esa misma tarde la noticia.

Regresar a Smallton, regresar al lugar donde había empezado y terminado todo… ¡Semejante descaro! ¡Tamaño despropósito!

—Ella no lo soportará —dijo al fin y entre dientes.

David lo miró de forma sesgada y se concedió también unos minutos para la reflexión; en su caso, además, para vaciar de golpe su copa de brandy.

—Ha pasado mucho tiempo —apuntó—. Myriam es fuerte, su corazón es fuerte y ya no es una chiquilla.

—¡Claro que es fuerte! Pero no lo soportará por más que se haya convertido en una mujer hecha y derecha —repitió Connor, imbuido en cavilaciones cargadas de certezas.

Y no había certeza más absoluta que la que ahora transmitían sus labios.

Acompañó las palabras con el movimiento de negación de la cabeza—.

¿Y él? ¡Él! Se presentará en Smallton después de todos estos años, como si nada hubiera sucedido.

Sonriente, altivo… Es más que probable que le acompañen una esposa y una recua de hijos. ¡Jesús Cristo, ella no lo soportará!

Compuso una mueca de fastidio ante semejante verdad.

Diez años habían transcurrido. Ciertamente, la posibilidad de que Marcus Bailey hubiera encauzado su vida era tan firme como aceptable.

Y despreciable.

Al fin y al cabo, a esas alturas, sería un letrado de treinta y dos años, un hombre en la flor de la vida y en el culmen de su profesión.

Rico, se había dicho. ¡Por supuesto, no podía ser de otra forma!

Por otro lado, si se tenía en cuenta la penosa justificación que le había ofrecido por carta a Myriam diez años antes, era más que probable que ya fuera un hombre felizmente casado con una esposa devota que besara el terreno que él pisaba.

Myriam, en cambio, había permanecido soltera. Aunque en absoluto sucedió eso por falta de oportunidades, sino por imposición propia, a su hermano no le parecía justo que una muchacha tan bonita, dulce y sensata como ella se condenara a sí misma a la soledad por culpa de una mala experiencia.

Y de un cobarde.

—¿Crees que, llegado el momento, deberíamos hacerle una visita? —tanteó David—. Solo por si acaso…

Los años y la vida familiar lo habían vuelto más sosegado que su hermano Connor, guardiamarina licenciado en plena juventud a causa de una lesión.

Aunque era consciente de que en el caso de Connor no solo intermediaba su carácter apasionado o la camaradería que había fraguado con Myriam gracias a sus caracteres afines o al roce diario, consecuencia de haber sido retirado de la vida militar y regresar al hogar familiar años atrás, en el caso de Connor, pesaba especialmente el sentimiento de culpa que cargaba sobre los hombros porque, de algún modo, ellos dos se habían conocido gracias a él.

—Espero sinceramente que sea juicioso y mantenga la distancia —siseó Connor, manos de nuevo cerradas en puños—. De lo contrario, no será precisamente una visita lo que obtendrá de mí. Podré estar cojo, hermano, pero mis puños todavía funcionan bien.