Capítulo 3
Se sentó en el borde de la revuelta cama, agotada de dar vueltas en el lecho cuando no había conseguido hacer otra cosa más que revolverse, sudar y pelearse con las sábanas desde que se había acostado horas atrás.
Sus ojos se habían mantenido abiertos de par en par; con la mente en ebullición, propiciada por la incómoda vigilia y el hervidero de pensamientos atropellados y turbulentos cargaban su cabeza.
Apoyadas ambas manos en el borde del colchón y afianzadas a cada lado de los muslos, deslizó la mirada por la alcoba que permanecía sumida en los claroscuros de la madrugada sin sentirse capaz de detenerla en ningún punto concreto.
Tan solo buscaba alivio a sus desvelos y descanso para sus ojos, pero nada conseguía atrapar su atención hasta el punto de interesarla y evadirla.
Inhaló profundo por la nariz y cerró los ojos un instante. La oscuridad que apreció detrás de los párpados la hizo estremecer, porque esa oscuridad insondable procedía sin duda de los abismos de su ser y resultaba más terrorífica que la que imperaba en el exterior.
Se obligó a abrir los ojos de inmediato para devolver una mirada ciega a la alcoba en penumbra.
—No puede ser cierto… —susurró—. No puede serlo…
En la atmósfera sonó lánguido el eco de un suspiro trémulo, casi un sollozo.
¿Debía conceder crédito a lo que había oído esa misma tarde de boca de sus propias hermanas?
Por fuerza, había de ser verdad pues lo había dicho Nancy, porque Nancy en los chismorreos era como la reina Carlota en el palacio de Kew.
Y si el apunte venía secundado por la opinión de las Fisher, ya no había margen a error.
Entonces, ¿la gran casa de ladrillo del anciano Bailey volvería a estar habitada?
Las manos corrieron a enlazarse sobre el regazo para retorcerse con frenesí, entrelazando dedos y apretando nudillos hasta que la sangre dejó de circular por su interior.
¿Después de tantos años de silencio volvería a descubrir vida en ese lugar cada vez que se paseara por el sendero que la rodeaba?
¿Volverían a manar con fuerza los recuerdos que, durante tantos años, había empujado hacia las profundidades de su memoria en un intento de ahogarlos?
—No es justo, no lo es…
¿Decían que el nuevo propietario era un pariente del anterior?
El señor Bailey era un anciano solterón muy rico, su único familiar conocido era su sobrino-nieto.
Su único familiar, su único heredero era él.
—¿Por qué tiene que ser así? ¿No merezco acaso un atisbo de paz después de toda la tempestad ya vivida?
Nancy había mencionado que era abogado.
Y muy rico, por más señas.
Demasiadas coincidencias como para ser obviadas.
Las manos se retorcieron con mayor empeño hasta infringirse dolor en los dedos firmemente apretados, al punto de clavarse las uñas en el dorso.
¿Un abogado que viajaba desde Berkside?
Berkside…
¡Cómo reconocía el nombre de ese condado, pese a no haberlo visitado jamás! Aunque, en realidad, era como si lo hubiera visitado ya mil veces. Al menos, había viajado hasta allí mentalmente cada larga noche de desvelos y esperanzas, con cada carta, con cada letra…
Un nuevo suspiro escapó de los labios entreabiertos para fluir en la atmósfera queda de la alcoba. ¡Había enviado tantas cartas a esa dirección cuando escribía a Eton! ¡Había recibido tantas otras con ese mismo remite!
—¿Qué sentido tiene? ¿Por qué había él de regresar aquí?
Una sonrisa lánguida estiró con brevedad los labios de Myriam. Una sonrisa trémula, involuntaria, que jamás alcanzaría la mirada y que podría traducirse como un rictus de tormento.
Finalmente se había licenciado.
Lo había conseguido.
Ella jamás lo había puesto en duda.
Era un hombre inteligente, perseverante y cabal. Siempre lo había sido.
Pero no constante. No constante.
Al menos en lo que a ella concernía.
Así lo había demostrado.
No constante.
Se dejó caer lentamente hacia atrás para que el peso de su propio cuerpo hiciera el resto. De ese modo, acabó tumbada boca arriba sobre el colchón, con la mirada fija e inamovible en el tableado del techo.
No quería pensar en nada, pero, en realidad, no podía evitar pensar en todo a la vez y recordarlo todo.
En un vano intento de expulsar todos esos recuerdos de su cabeza, cerró los ojos y apretó fuerte los párpados hasta ver chiribitas en la negrura.
Cuando los abrió de nuevo, trató de concentrarse en los nudos que formaba la madera en algunos tablones, como si procurara buscarles forma en su magín, pero incluso ese empeño la remontó a tiempos pretéritos que solo hacían daño al ser evocados.
Permanecía tumbada boca arriba, pero en esa ocasión sobre la hierba, y no observaba tablón alguno ni techos en penumbra.
La luz del sol se derramaba sobre ella con absoluta impiedad, por lo que solo la mano abierta dispuesta en lo alto para cubrirle el rostro y proporcionarle sombra la salvaba de sufrir ceguera lumínica.
El cielo azul era infinito, brillante y hermoso como un tapiz de terciopelo. Ni una sola nube empañaba su vivacidad.
El tiempo parecía haberse detenido, el mundo entero había dejado de girar: tan solo el canto pulsante de los grillos escondidos en alguna parte a su alrededor concedía realismo y continuidad a una acuarela tan idílica.
Tan perfecta.
Solo el paso del tiempo le demostraría después que jamás podría haberlo sido más.
Myriam sonrió al cielo azul.
Era divertido guiñar primero un ojo y luego el otro, intercalándolos con rapidez, para descubrir el sol situado en diferentes puntos: a un lado primero y después al otro lado de la palma extendida.
Bailaba, el sol bailaba en el cielo. Jugaba con ella.
Una aureola dorada brillaba formando el contorno de los dedos. Ella se entretenía separándolos despacio para que los rayos se deslizaran entre las cinco falanges y aterrizaran en su cara. Después volvía a cerrarlos, y el sol desaparecía tras la pequeña mano de nieve.
Al cabo de un rato, se cansó del juego, así que ladeó el rostro hacia la derecha y descubrió el hermoso rostro masculino vuelto hacia ella, junto con aquella penetrante mirada oscura, insondable como un abismo, anclada en una pupila de jade.
Le sonreía.
Los rubores acudieron de inmediato a su rostro, aunque, como hacía tanto sol y tantísimo calor, siempre podría achacar la coloración fulminante al clima en lugar de a la certeza de saberse observada por un hombre tan magnífico.
—¿Qué miras? —le preguntó mansamente, perdida una vez más y por siempre en la profundidad de aquellos ojos que la enamoraban desde niña.
—A la criatura más bonita que podría existir bajo el firmamento —dijo él.
Los colores escarcharon con mayor viveza los pómulos de Myriam. ¿Podría ser más feliz?
Seguramente no.
Entonces, él ladeó completamente el cuerpo hacia ella, apoyado sobre un codo pero conservando, no obstante, la posición tumbada. Su mirada oscura refulgía bajo el sol de la tarde como dos obsidianas bajo un inclemente fulgor dorado.
—¿Serías tan amable de hacer algo por mí, Myri?
Ella lo miró con gesto interrogante. Tenía quince años, estaba loca por él, haría lo que fuera por él; aunque él poco pudiera necesitar, en realidad, de una muchacha como ella, apenas la hija de un humilde pastor.
—Claro… Pero, ¿qué podría hacer yo por ti?
Él sonrió de forma enigmática.
—Mucho. Más de lo que piensas —dijo al fin, sonrisa en ristre—. Deseo una promesa tuya. —Myriam abrió mucho los ojos, sorprendida—. Solo eso: una promesa, Myriam.
—¿Qué quieres que te prometa?
—Promete que me esperarás. —Un jadeo huyó de los labios femeninos, entremezclado con una sonrisa trémula.
¿Era lo que ella pensaba? Lo era, sin duda—.
Prométeme que me esperarás hasta que termine mis estudios en la universidad y pueda regresar a Smallton a pedir tu mano.
—Marcus la miró con fijeza—. ¿Puedes hacerlo?
¿Puedes prometerme eso, Myriam Everglott?
Por respuesta, se limitó a cabecear en asentimiento muy, muy despacio. En realidad porque ni siquiera podría hablar, aunque quisiera hacerlo.
Él sonrió en amplitud; su mirada refulgía como ascuas al fuego.
—Desde este momento, estamos prometidos, señorita Myriam Everglott. Yo regresaré en unos años, cuando termine la carrera, para pedir tu mano en matrimonio.
Acto seguido se alzó un poco más para inclinarse sobre el rostro femenino y depositar un beso suave, dulce y lento sobre los vibrantes labios de fresa.
Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza como si no quisiera escapar nunca del recuerdo de esa tarde, aunque el techo de su habitación se obstinaba en mostrarle lo contrario.
Sus labios permanecían desabrigados y solitarios, aunque albergaban el recuerdo de aquellos otros labios que tantas veces los habían besado.
Recordaba perfectamente su textura, su tibieza, la dulzura que los envolvía y el estremecimiento que recorría su cuerpo cada vez que bebía de ellos…
Solo entonces y tras la dolorosa evocación fue consciente de la lágrima solitaria que se fugó entre las pestañas para deslizarse por el rostro y morir contra las sábanas.
Tras esa desvergonzada primera lágrima, se sucedieron un par más –y otra, y otra– hasta que las lágrimas aisladas se convirtieron en un llanto a esas alturas ingobernable.
Un gemido bajito huyó de entre los labios para ser sofocado de inmediato contra la almohada que ella misma aferró con el propósito de silenciar tanta angustia que pulsaba por ser liberada.
—¡No puedes permitirlo, Myriam! —gruñó contra la almohada—. ¡No puedes consentir que los sentimientos del pasado se antepongan a la cordura! ¡Nunca más!
De ese modo, en la quietud de la alcoba, la oscuridad se convirtió en único testigo de un dolor latente que jamás había desaparecido del todo, pero que debía ser silenciado por la supervivencia de la propia Myriam.
* * *
—¿Qué opinas de todo esto, Connor?
El aludido vació de un solo trago el contenido de su copa de brandy para dejarla a continuación sobre la repisa de la chimenea en la que se apoyaba con indolencia.
¿Que qué opinaba? ¡Estaba que se lo llevaban los demonios, cómo no!