Capítulo 2 #2
El paquete de estraza donde guardaban sus recientes adquisiciones había sido olvidado sobre la repisa de la chimenea porque, al parecer, algo más importante ocupaba la atención de ambas, exigiendo todo y más de su juvenil entusiasmo.
Myriam y Connor se incluyeron en la escena situándose con discreción por detrás de los espectadores más aventajados.
Ambicionaban mantenerse al margen cuanto fuera posible.
Lo que resultaría inevitable, por supuesto, sería tener que escuchar lo que las dos muchachas pretendían transmitir con exacerbada algarabía e inevitable gesticulación.
—¡Nos lo han confirmado las hermanas Fisher en la tienda del señor Spoock! —exclamaba Nancy, encarnada por la emoción—. ¡Así que es una información más que verídica, si tenemos en cuenta lo chismosas que son esas Fisher!
Myriam puso los ojos en blanco y torció los labios en una sonrisa irónica. Sin duda en lo que a chicas Fisher y Everglott respectaba, se habían juntado el hambre con las ganas de comer. No había chismorreo en todo Smallton del que cualquiera de ellas no fuera conocedora.
David intercambió una mirada rápida con Connor que no pasó desapercibida para Myriam, aunque ninguno de los recién llegados había tomado conciencia aún del contenido de la información proporcionada por las muchachas, por lo que Connor regresó a su hermano una expresión de absoluto desconocimiento.
—¿Estáis seguras de ello? —preguntó David, más serio de lo habitual—. Concedo tan poca fiabilidad a esas Fisher como podría concedérosla a vosotras.
Connor inclinó la cabeza para disimular una risita.
Nancy, la más voluntariosa y eterna líder del inseparable dúo, alzó la barbilla, desafiante.
No pensaba amedrentarse ante las pullas de su hermano mayor, un vejestorio que nada sabía de la juventud ni de la realidad del mundo actual.
—¡Pues deberías! —sentenció altanera—. ¡Has de saber que la hermana de su cocinera ha sido contratada para servir en la casa! ¡Es más que probable que el propietario se instale en un par de días a lo sumo!
—¿No es maravilloso, padre? —intervino Molly, arrodillándose de pronto a los pies de su anciano progenitor—.
¡Nuevos vecinos! ¡Qué alegría! ¿Se da cuenta usted de lo que eso significa?
—Ante el gesto interrogante del anciano, la chiquilla continuó—.
¡Que celebrarán un baile de bienvenida! ¡Es lo que siempre se suele hacer!
¡Un baile por fin. después de tanto tiempo! ¡Ya ni recuerdo la fecha del último!
De nuevo David miró a Connor con intensidad y este, al parecer, debió de comprender por fin la intencionalidad de su mirada, porque se cuadró de golpe en tanto fruncía el ceño con sincera preocupación.
—¿No es cierto que esa casa llevaba deshabitada mucho tiempo, padre? —preguntó Nancy, aportando una pizca de templanza al disparatado monólogo mantenido hasta entonces—. Casi me atrevo a decir que toda la vida; siempre la recuerdo así, triste y cerrada…
El anciano no respondió. Se limitó a mirar, sin ver, durante unos segundos a su bulliciosa hija para, a continuación, volver la cabeza hacia arriba y dirigir a Myriam, situada tras el respaldo de su sillón, una mirada preñada de silenciosa angustia.
—¿Y han dicho algo más? —intervino Connor, imitando la expresión seria del hermano mayor.
—No, nada más —respondió Molly—, porque entonces todas decidimos de inmediato que debíamos comprar cintas y encajes para adornar nuestros vestidos. No podemos arriesgarnos a que se celebre un baile así de repente sin estar preparadas.
—Por supuesto —concedió Connor—, en esta vida, siempre existen prioridades y donde se encuentre la posibilidad de adquirir una cascada de adornos con la que ornar la vanidad de jovencitas carentes de sesera, que quede atrás todo lo demás.
Las muchachas ignoraron tanto el señalamiento como el tonillo en el que era ofrecido.
En realidad, solían hacerlo de continuo: oídos sordos a cualquier atisbo de censura, barbilla en alto y un pie por delante del otro hacia la senda de su airosa voluntad y empecinamiento.
Nancy tomó a Molly de la mano para ayudarla a incorporarse, estaba claro que no tenían ya mucho más que revelar y sí mucho en qué ocuparse, porque, tal y como aseguraba Connor, existían prioridades a las que atender.
Debían coser lazos y encajes a sus mejores vestidos; elaborar adornos para el pelo y borlas para los zapatos, antes de que se anunciara el esperado baile.
No obstante, antes de recogerse a su alcoba común, Nancy se volvió hacia el silencioso público que –era consciente de eso– ambas habían dejado absortos en la salita. Le encantaba sentirse protagonista, de modo que no podía desperdiciar la oportunidad de serlo una vez más.
—Solo mencionaron que el nuevo propietario es un pariente del anterior, un abogado muy muy rico que viaja desde el condado de Berkside. —Sin más, girando con efectismo sobre sí misma para concederle mayor énfasis a su retirada, Nancy abandonó la habitación, seguida de su inseparable hermana menor.
Cómo recibieron semejante información los allí presentes obedece a la compostura de cada cual, pero el modo en el que la recibió Myriam en particular resultó brutal.
Sintió primero que le faltaba el aire y, por lo tanto, se vio obligada a boquear, para concederse al menos la dignidad de disimular el gesto llevándose una mano al estómago y la otra a los trémulos labios.
Después, notó cómo las rodillas se doblegaban y perdían fuerza, como si se hubieran tornado de pronto de mantequilla y no pudieran soportar el peso con el que cargaban.
Al instante, sintió la ausencia de sangre en el cuerpo, esa lividez ingrata que se desplegó veloz desde los pies hasta el nacimiento del cabello, como si vistiera a su cuerpo de una molesta y dolorosa piel de gallina.
Por último, fue consciente de la repentina náusea que le desgarró en dos el estómago.
No pudo soportar por más tiempo semejante padecimiento –aunque toda esa calamidad sucedió, en realidad, en tan solo unos pocos segundos–, por lo que, sin mediar palabra ––ninguna palabra podría salir de su boca sin verse obligada a arrojar tras ella el contenido de su estómago– abandonó la sala con paso precipitado, tratando de alejar de la vista de los allí presentes tanto su turbación como lo mucho que la afectaba lo que sus hermanas menores acababan de referir a la familia.