La constancia del mar Capítulo 2
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Capítulo 2

Al día siguiente, aprovechando que los pequeños hacían la siesta diaria, que el matrimonio formado por David y Anne permanecía reunido con el señor Everglott en la biblioteca y que las chicas habían ido al pueblo a comprar lazos y encajes, Connor y Myriam decidieron salir a dar el paseo cotidiano.

En la medida de lo posible, cada cual deseaba mantener sus costumbres habituales porque era justo que todos se concedieran tiempo para la privacidad y el esparcimiento, más allá de los instantes comunes que tendrían que compartir durante la visita de sus familiares.

La tarde agasajaba a los caminantes con un clima excepcional, propicio para disfrutar de una jornada al aire libre; Myriam estaba más que dispuesta, esa vez y siempre, a disfrutar de un par de horas de extravío sensorial.

Un cielo límpido e impecablemente azul se extendía infinito sobre las cabezas de los hermanos mientras el sol derramaba su esplendor sin encontrar obstáculo alguno a su generosidad lumínica sobre el manto verde y ondulante que conformaba la campiña despejada.

Tan solo algunos toscos vallados de madera pretendían marcar confines en la vastísima colcha remendada de diferentes tonos verdosos; a lo lejos, algunos rebaños dispersos pincelaban la acuarela de manchones blancos y ocupaban la atmosfera con balidos roncos.

La brisa suave que mecía las espadañas, las salicarias floridas y las hierbas altas conseguía que la temperatura resultara tolerable, a pesar de la impetuosidad del astro rey.

Como de costumbre, los dos hermanos realizaron el primer tramo del paseo en silencio, respetando los pensamientos del otro, sin duda avivados por la inspiración que crecía y bullía de forma inevitable en un entorno tan idílico.

No obstante, cuando llegaron a las primeras casas del pueblo, algo captó de inmediato la atención de ambos.

La gran casa de ladrillo rojo y tejado de pizarra que había permanecido clausurada durante los últimos nueve años mostraba ahora las ventanas abiertas de par en par en un apurado intento de ventilación.

Considerable trasiego de sirvientes en el patio –ora sacudiendo alfombras, ora desplazando mobiliario o aireando cortinajes– imponía movimiento a un lugar que había permanecido desolado y solitario desde la muerte del anciano señor Bailey.

Myriam paró en seco en mitad del camino. Su corazón se paró también unos segundos, imitando los pasos de la perpleja caminante.

Connor y ella paseaban por allí a diario, pero, en su cabeza, hacía años que aquella casa simplemente había dejado de existir.

Como todo lo que le concernía a ese edificio.

Una especie de burbuja o de velo atemporal la había ocultado durante los últimos diez años, eliminándola del campo visual de la joven, condenándola a su indiferencia más absoluta e incluso desterrándola de su memoria.

Pero ahora, en medio de todo aquel trasiego repentino, entre tanta vida descubierta de nuevo en su patio delantero, la casa parecía haberse desprendido del velo que la ocultaba para asomar, enhiesta y desafiante, a un costado del camino.

A la cabeza de Myriam acudieron de inmediato, sin que pudiera evitarlo, imágenes de otro tiempo.

Imágenes de aquella casa, de aquel entorno, de dos almas…

Dos chiquillos correteaban entonces por el jardín, persiguiéndose entre risas.

Eran muy jóvenes, sin duda alguna.

La niña llevaba su cabello castaño suelto, plagado de bucles, que le ondeaban en cascada por la espalda. Un vestido azul con pechera de encaje flotaba entre los rosales y los macizos de lavanda espigada. Las risas, como los ruidosos abejorros, cascabeleaban también entre las flores.

Tras ella corría un muchacho, en apariencia mayor que ella, bastante más alto y desgarbado.

El pantalón de tiro alto, el chaleco perfectamente abrochado y las amplias mangas de la camisa le concedían una apariencia que cabalgaba entre la pubertad y el principio de la anhelada adultez.

—¡Detente, Myriam! —gritó él, ligeramente retrasado en la persecución—. ¡Detente te digo!

—¿O qué si no lo hago? —preguntó también a los gritos la niña sin mirar atrás.

—¡Verás cuando te atrape!

—¡Tendrás que correr mucho más, Bailey, para conseguirlo! ¡Eres demasiado mayor y para nada tan veloz como yo!

—¿Cómo te atreves? ¡Párate de una buena vez!

—¡Te falta mucho para ser capaz de alcanzarme!

Pero, finalmente, tras un requiebro, la alcanzó.

La sujetó por el talle; la alzó en el aire en un giro imposible. Se lanzó al suelo con ella, anteponiéndose a sí mismo a modo de escudo para protegerla de la caída.

La niña quedó tumbada sobre él, los dos jadeantes tras el ejercicio reciente, risueños y mirándose a los ojos fijamente. Existía todo un universo encerrado en aquellas miradas enlazadas.

—Te atrapé —musitó él bajo su rostro—. Ahora deberás disculparte.

Myriam jadeó una risotada incrédula.

—¿Disculparme? ¿Por qué? ¿A son de qué?

—Por decir que soy demasiado mayor —espetó él componiendo una expresión perfectamente seria—. Solo te llevo cinco años, Myri Everglott.

Ella alzó ambas cejas.

—¡Cinco años es mucho! Eres tan mayor como mi hermano Connor, y él ya está en la Marina; ¡fíjate qué viejo eres!

—¡Yo exijo una disculpa en firme, señorita…!

—O si no, ¿qué? —lo retó ella—. Que tengas mucho dinero no significa que todos debamos reclinarnos ante ti, Marcus Bailey.

Él frunció el ceño.

—Yo no tengo dinero, es el señor Bailey quien lo tiene.

—¡Oh, pobrecito entonces el señorito Bailey! —Rio ella, aprovechando la confianza que profesaba hacia aquel muchacho para burlarse de él—. ¿Te he disgustado mucho por llamarte “viejo”? ¿O tal vez por llamarte “lento”?

Por respuesta, él incorporó levemente la cabeza para depositar un casto beso en los labios de la niña.

Myriam se revolvió, espantada, y se levantó de un salto. Él no la retuvo. Fingió limpiarse los labios con la manga de su vestido.

—¡Se lo diré a Connor! —lo amenazó mientras se alejaba corriendo.

Pero nunca se lo dijo, por supuesto, porque ese beso inocente, fugaz y robado, fue lo más bonito que había experimentado a sus doce años.

Un nervioso parpadeo devolvió a Myriam al presente.

Ya no había ni rastro de aquellos dos niños correteando felices por el jardín de la casa de ladrillo, tan solo media docena de sirvientes perfectamente afanados en su labor.

Miró a su hermano de soslayo para encontrarlo igualmente concentrado en lo que acontecía ante sus ojos.

Connor se mostraba ceñudo, apretaba mandíbula como una prensa e incluso un músculo palpitaba en su mejilla; seguramente, se encontraba tan desconcertado como ella misma.

Qué estaría pensando era algo que tan solo podía saber él.

—¿Crees que… la habrán alquilado? —preguntó Myriam a media voz, con la mirada puesta en la gran casa.

—Es posible —apuntó Connor, que consideraba de forma privada la otra alternativa posible, mucho menos aceptable.

Pero, ¿improbable? Dios no lo quisiera.

Myriam jadeó. Con un único cabeceo y una sonrisa trémula, concedió veracidad a la opinión de su hermano. Tal vez la hubieran alquilado.

—Deberíamos regresar —sugirió con cierta precipitación—. Tanto papá como David y Anne nos estarán esperando para tomar el té.

—Claro…

Sin intercambiar ningún otro comentario, conscientes ambos de que la expectativa de un paseo delicioso se había truncado de repente, los hermanos se volvieron a un tiempo para regresar sobre sus pasos.

Durante buena parte del trayecto de vuelta al cottage familiar, Myriam caminó con la cabeza volteada hacia un lado del camino, al tiempo que fingía entretenerse con la contemplación de la naturaleza o concedía la atención que merecía el canto de los pajarillos.

No obstante, nada de todo lo que la fascinó al inicio del paseo fue capaz de tentarla o entretenerla en ese punto, puesto que su cabeza permanecía ocupada con recuerdos de otros tiempos y con suposiciones que provocaban un molesto aleteo en su estómago y cierto temblor en las rodillas.

Ajeno a lo que fuera que estuviera pensando Myriam en esos momentos –teniendo en cuenta, además, las circunstancias y la sensibilidad de su hermana, por fuerza tenía que estar pensando en algo…

o en alguien–, Connor permanecía enredado en sus propios pensamientos, tan intrincados y tan opresivos como las hiedras trepadoras.

¿Se habría en verdad alquilado la casa del anciano Bailey?

La otra posibilidad, mucho más terrible y desafortunada, era que él regresara.

¿Y si lo hacía? ¿Y si regresaba? ¿Y si había decidido trasladarse a Smallton con su propia familia?

Esa sería una decisión terriblemente desafortunada, desde luego, pero debía reconocer que no se trataba de algo en lo que no hubiera pensado a lo largo de toda una década.

Si él regresaba a Smallton, por más fuerte que fuese Myriam, que sin duda lo era, no estaba seguro de que pudiera soportarlo.

La había visto sufrir tantísimo por su culpa. Por su vida que no deseaba que un sufrimiento similar volviera a repetirse.

* * *

Antes incluso de traspasar la cancilla del cottage fueron conscientes de que sus hermanas habían regresado a casa.

Las exclamaciones alborotadas de las chiquillas se escuchaban desde el exterior por encima de cualquier otra voz, evidenciando así que ambas muchachas, de trece y quince años respectivamente, habían monopolizado por completo la conversación.

Tal circunstancia solía acontecer siempre y cada vez en lo que a Nancy y Molly respectaba.

En todo momento, trataban de imponer sus pensamientos por encima de los del resto de la humanidad y, en cuanto sentían que tenían algo que compartir con la familia, no se detenían ni escuchaban a nadie más sin antes haber desenrollado del todo su propio carrete dialéctico.

Y ese carrete, Myriam bien lo sabía, a menudo se componía de auténticos disparates, muy poco juicio junto a grandes dosis de egocentrismo y vanidad.

Nada más cruzar el umbral, ambos hermanos se encontraron con la temida escena. La familia, sin los niños, permanecía reunida en la sala de estar. David y Anne ocupaban respectivos asientos a ambos lados del anciano Everglott, mientras las muchachas se habían establecido de pie en mitad del salón.