La constancia del mar Capítulo 1
6%

Capítulo 1

Mershaw Cottage, diez años después.

Myriam sonrió mientras observaba a sus pequeños sobrinos corretear por el jardín entre risas, grititos y cabriolas disparatadas.

De vez en cuando, adornaba todo ese pintoresco y bullicioso espectáculo una pelota que se escapaba oportunamente de su trayectoria para acabar demasiado cerca de donde Myriam permanecía sentada, bajo la sombra de un manzano.

Obediente y feliz, Myriam devolvía la pelota a los pequeños, consciente de que, más pronto que tarde, el juguete regresaría a ella, y así sucesivamente hasta que los chiquillos se agotaran o se aburrieran de tal actividad, puesto que la amorosa tía estaba más que dispuesta a seguirles el juego hasta la extenuación.

Embelesada con la feliz escena y con el bucólico escenario del que formaban parte, suspiró de forma lenta y prolongada, hasta rematar el suspiro con una sonrisa radiante que elevó sus pómulos e hizo brillar de dicha su verde iris.

El sol de finales de agosto descendía sobre la campiña con una tibieza deliciosa. Ornaba a sus generosos rayos una agradable brisa que mecía dulcemente la hierba y agitaba los cabellos castaños de la muchacha.

En volandas de dicha brisa, llegaban hasta ella los aromas de la hierbabuena que crecía a lo largo del jardín o la madreselva que se desplegaba sobre el vallado que cerraba la propiedad; también se escuchaba con facilidad el cántico de los pajarillos que se escondían entre los numerosos macizos en flor.

Su hermano mayor, David, banquero de profesión, había llegado de visita esa misma mañana acompañado por su prolífica familia y, aunque su llegada siempre acababa perturbando de algún modo la quietud de los Everglott, Myriam agradecía íntimamente esos pequeños retazos de alboroto y diversión.

Se había acostumbrado a la rutina del campo y a la convivencia sosegada con su anciano padre, un pastor que tras enviudar apenas salía de casa si no era para asistir a los oficios o realizar paseos cortos por el jardín.

Aunque sus dos hermanas menores proporcionaban de vez en cuando algún inocente sobresalto, y la camaradería con su hermano Connor, dos años mayor que ella, suponía un bastión inefable, resultaba de agradecer alguna pequeña improvisación en su día a día, protagonizada esa vez por la vitalidad y la loca pasión de los primeros años.

De ese modo, sus cuatro sobrinos, cuyas edades oscilaban entre los dos años del más pequeño y los ocho del mayor, suponían para la aletargada tía un soplo de aire fresco.

Mientras se prolongara la visita de David y familia, esperaba de corazón que permanecieran con ellos al menos durante un mes completo, cada día supondría una nueva ilusión, un pequeño pero estimado cambio en la rutina diaria.

Cerró los ojos un instante e inspiró en profundidad, deleitándose con las fragancias de las aromáticas que le traspasaron los sentidos y le hicieron vibrar el alma. Una sonrisa apacible estiró sus labios y ensanchó su rostro en una expresión de dicha absoluta.

Esa era, sin duda alguna, la vida que había elegido.

Una vida tranquila, familiar, amparada en la seguridad de su casa y en los afectos fraternos.

No necesitaba nada más, ni tampoco otro tipo de afecto diferente.

El pasado verano había rechazado la proposición de matrimonio de ese oficial tan amable –Harry Spencer se llamaba–, cuando la milicia se instaló en Smallton.

A pesar del buen corazón que dejaba entrever el oficial Spencer; pese, también, a su notable apostura, a su cuidado bigote y a lo bien que le sentaba la casaca roja; Myriam jamás albergó dudas acerca de la que había de ser su respuesta.

Había amado una sola vez en la vida. De una forma tan intensa y devota que acabó asumiendo la certeza de no poder volver a amar jamás con la misma intensidad. De todos modos, ¿qué sentido tendría hacerlo de nuevo? ¿Qué era el amor, después de todo?

Amar implicaba sufrir, implicaba dolor tarde o temprano y –¡por su vida!– no estaba ya dispuesta a volver a padecer un sufrimiento semejante al que había experimentado diez años atrás.

—¡Tía Myriam, devuélvenos la pelota!

La voz cantarina de su sobrino mayor reclamó en la distancia su atención, devolviéndola al presente.

Sin duda, agradeció regresar, porque tornar a aquellos fatídicos tiempos no solo resultaba una absoluta pérdida de tiempo, sino que, en el fondo, sabía que reavivaba la herida del corazón que ella se empeñaba en hacer cicatrizar a la fuerza.

Abrió los ojos, la sonrisa regresó a su rostro y, tras levantarse de un salto, acudió en busca de la pelota que permanecía apenas unos pasos delante de ella.

—¡Voy!

* * *

—Los consientes demasiado —la regañó sin demasiado entusiasmo David, mientras la familia al completo permanecía reunida en la sala de estar, tomando el té y compartiendo una agradable tertulia vespertina.

Myriam dirigió una mirada a los niños, que se entretenían en un ángulo de la habitación jugando con figuritas de madera, tumbados con abandono en el suelo y por completo ajenos a la conversación de los adultos.

—¡Oh, no digas eso, te lo ruego! —protestó—. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que se escucharon risas y correteos de niños en esta casa?

David compuso una expresión pensativa. Desde las pasadas Navidades no habían visitado Mershaw Cottage, por lo que habían transcurrido ya demasiados meses, en realidad.

—Últimamente, solo se oyen las protestas y las quejas de Nancy y Molly, me temo.

—Esas palabras provocaron la sonrisa en todos los presentes, excepto en las aludidas, que permanecían, como era habitual, encerradas en su alcoba, perfectamente ocupadas en renovar sus sombreros de alambre o en coser lazos a los vestidos.

Tampoco se inmutaron los niños, que no prestaban atención a nada de lo que se decía en la sala—.

Vuestras visitas suponen un agradable aliciente a nuestra rutina, querido David —continuó Myriam—.

Como bien sabes, por aquí no hay demasiado que hacer, ni mucho con lo que entretenerse.

—Dirigió una mirada agradecida a Connor, que se sentaba a su lado en el tresillo—.

Por fortuna, Connor y yo acostumbramos a pasear a diario y, de ese modo, logramos concedernos un cierto entretenimiento; además, los Harrison y los Watson nos suelen invitar a tomar el té o a cenar con ellos; otras veces nosotros les devolvemos la visita…

—¿No suelen celebrarse bailes en Smallton?

—preguntó Anne, la esposa de David—. En mi Merryton natal, a estas alturas de la estación, ya habríamos disfrutado de más de media docena de bailes.

—La mujer compuso una expresión soñadora—.

¡Adoro los bailes públicos, campestres, de caza…

! Oh, ¡qué maravilloso disfrute proporcionan!

—De vez en cuando sucede, querida Anne —admitió Myriam, indulgente con la emoción de su cuñada—, aunque no tan a menudo como nos gustaría.

—Es una lástima, porque Myriam es una bailarina excelente —apuntó Connor—; sin duda, la mejor de todo el condado.

Myriam inclinó la cabeza, ligeramente encarnada por el halago, mientras esbozaba una sonrisa plagada de gratitud.

—Exageras, hermano…

—¡En absoluto! —aportó David con una gran sonrisa.

Se dirigió a su esposa—: Mi querida Anne, recuerdo que, de jovencita, nuestra Myriam estaba bastante solicitada y solía bailar durante toda la noche.

Algunos muchachos, de hecho, debían esperar sus buenos minutos para encontrarla libre y poder bailar con ella.

No tenían la culpa, por supuesto, de que hubiera preferidos dispuestos a monopolizarla durante un par de bailes consecutivos…

Ese señalamiento, aunque inofensivo y carente de intención, provocó que la mente de todos –excepto la de Anne, que permanecía ajena a la situación y no disponía de recuerdos comunes de semejante antigüedad– retrocediera de forma inmediata en el tiempo; tal retroceso implicó unos segundos de aplastante silencio y miradas inclinadas.

También, por supuesto, de un claro sentimiento de culpabilidad en quien había, sin pretenderlo, regresado con su comentario el pasado al presente.

Pero Myriam se recompuso de inmediato, tras alejar de su cabeza cualquier posible recuerdo que se atreviera a perturbarla y, sonrisa en ristre, cambió por completo de tema:

—Tengo veintisiete años y, espero, mucha vida por delante, así que, David, os ruego a ti y a Anne que me permitáis ser la tía consentidora y adorada que deseo ser para mis queridos sobrinos. Nada me apetece más que quererlos con auténtica devoción y ser correspondida de algún modo.

—Por supuesto, querida —concedió Anne, que profesaba un sincero afecto por su sensata y cariñosa cuñada—. Los chiquillos te adoran, eso por descontado. ¡Ni te imaginas la alegría que mostraron cuando les dijimos que vendríamos a ver al abuelito y a todas sus tías!

—Y a su tío, espero… —apuntó Connor, risueño.

—Y a su tío, por supuesto —aceptó Anne, devolviéndole la sonrisa—, aunque debo confesar que el primer nombre que mencionaron en medio de su explosiva efusividad fue el de la tía Myriam.

—No podía ser de otra forma —aprobó Connor, atrapando la mano de su hermana bajo la suya en un gesto cariñoso.

—Tienes un don para los niños, Myriam querida —intervino David—. Sin duda serías una madre excelente para tus propios hijos.

David se silenció en el acto, consciente una vez más de lo inoportuno de su observación. Quiso enmendarse, pero, seguramente, con su siguiente apunte fracasaría de manera estrepitosa:

—Es una pena que… la vida no…

De verdad ruborizado al percatarse de su constante desatino y torpeza, miró a su esposa con expresión atormentada, rogando un auxilio silencioso.

Myriam fue consciente del apurado intercambio entre el matrimonio, como lo era cada vez que comentarios de ese tipo –poco habituales en realidad, pero no por eso inexistentes– surgían durante las conversaciones.

David no había pretendido en modo alguno lastimarla con sus palabras, eso lo sabía a ciencia cierta, pero la incomodidad se encontraba ahí, del mismo modo que lo hacían las negras sombras del pasado, esas que al parecer jamás acabarían de disiparse.

—Estoy segura de que Myriam siempre tiene algo que hacer por aquí y mil cosas en las que ocuparse —añadió Anne, tratando de salvar la situación.

Su esposo, quien, si contara en ese instante con una tralla a mano, no dudaría en fustigarse, agradeció la intervención de Anne con una mirada cálida y trató él mismo de llenar el silencio con un carraspeo forzado, una sonrisa más forzada todavía y un comentario insustancial:

—Bueno, parece que esta tarde es más que posible que llueva…

Myriam se llevó la taza de té a los labios, agradecida incluso del leve tintineo que produjo el plato al reunirse después con el pocillo. Cualquier sonido resultaría aceptable con tal de rasgar la pesada losa que de pronto parecía haber descendido sobre ellos.

Connor, imbuido en el silencio que provocaban sus propias cavilaciones, hubo de percatarse de la tensión imperante y, por supuesto, también de la incomodidad de su hermana. Siempre lo hacía, de hecho.

En la última década, se había erigido como una especie de escudero para Myriam, porque, de alguna forma, se sentía culpable –o, al menos, partícipe involuntario– de la desdicha acontecida diez años atrás.

La misma desdicha que cambió de forma fulminante la vida de Myriam y que la orilló, por propia imposición, a la condición de resignada solterona.

Por eso, no dudó en intervenir en favor de la joven, aunque sus palabras en el fondo encerraran una inevitable tristeza en lugar de la determinación que pretendían transmitir.

—En efecto, Anne, el hermano soltero en la casa, medio cojo y siempre necesitado de la compañía y el buen consejo de una hermana sensata y juiciosa, sumado a dos hermanas jóvenes prestas al encaprichamiento y al disparate continuo mantienen, me temo, a nuestra querida Myri perfectamente ocupada.

Myriam dirigió a su hermano una mirada agradecida al tiempo que sonreía con levedad.

David se incorporó de inmediato para acercarse a su hermana y, acto seguido, inclinarse hacia ella, tomarla de la mano y depositar un beso en el dorso. Sus ojos se encontraron con los de Myriam a diferente altura.

—Por supuesto, Myriam querida, nada en Mershaw Cottage sería lo mismo sin ti. Eres un miembro inefable de esta familia; y todos te adoramos.

Anne se levantó detrás de su esposo para acercarse a Myriam, inclinarse hacia ella y rodearla en un abrazo cariñoso. Con eso, pretendía secundar las palabras de David y el cariño infinito que todos profesaban a una muchacha tan dulce y merecedora de afecto como era Myriam.

El señor Everglott emitió de pronto un sonoro ronquido que sorprendió a todos, porque ninguno había percibido el instante preciso en el que el anciano había sucumbido al sueño en su sillón favorito, lo que provocó risitas disimuladas entre los presentes.

Y eso sirvió sin duda para aligerar definitivamente el momento y disipar cualquier atisbo de tensión o incomodidad que pudiera haberse instalado en la sala minutos antes.