La constancia del mar Prólogo
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La constancia del mar

La constancia del mar

Por Elizabeth Bowman

© inepub.com

Prólogo

Mershaw Cottage, Smallton,

Primero, fue consciente del intenso picor in crescendo detrás de los párpados; después, percibió el grosor de las lágrimas que ya le velaban los ojos y danzaban intrépidas en el arco oscuro de las pestañas.

El papel vitela, sostenido a media altura bajo la luz titilante de la palmatoria, temblaba entre sus dedos del mismo modo que lo hacía la trémula flama.

De ese modo, con la mirada velada por las lágrimas y el pulso poco confiable, leyó en su cabeza:

“Señorita Everglott…”

Ese comienzo extraño, por formal y displicente, azuzó un repentino ejército de hormigas en su estómago y alertó sus sentidos.

“¿Señorita Everglott?” ¿Desde cuándo era “señorita Everglott” para él cuando siempre había sido Myriam o, incluso, Myri?

Con el corazón en un puño, el estómago en revolución y la carta oscilando en su mano incierta, continuó deslizando la mirada por las líneas que parecían no pretender otra cosa más que lastimar su corazón:

Estas letras, que han de ser las últimas que usted reciba de mí, soportan la responsabilidad de anoticiarla del estado real de mis afectos, y de lo diferentes que son estos hoy en día con respecto a lo que fueron en el pasado…

Tragó saliva para deshacer el nudo seco y apretado que atoraba su garganta.

Una, dos y hasta tres veces.

Pero el nudo continuaba allí, duro e inamovible.

Esas no parecían las mismas letras, ni tampoco parecían haber sido escritas con el mismo sentimiento que las de hermosa y varonil caligrafía que componían el grueso atado de cartas guardadas como el más valioso de los tesoros en el fondo de su bureau .

Escaso el aliento, consciente del nefasto abismo al que ambicionaban orillarla las líneas oscuras, continuó leyendo, aunque no fue capaz ya de centrarse ni de distinguir los trazos con nitidez.

Tan solo breves retales de verbo, palpitantes e hirientes, acudían a su magín para resonar una y otra vez a modo de martirizante eco:

Lamento comunicarle que mis afectos han sido trasladados a otra parte y, a estas alturas, pertenecen por completo a otro corazón,

Jadeó, se sentía al borde del desmayo mientras su corazón –el corazón que no mencionaba la carta– golpeaba con furia la carcasa ósea que lo abrigaba.

Ya no eran simples letras palpitando sobre el papel, sino que era él, él en persona quien hablaba desde la distancia, apuñalando su sensibilidad, su alma y su ser entero al expresarse de ese modo.

Una lágrima, una sola en realidad, abandonó el lecho que la acunaba para deslizarse rauda y descarada por la mejilla hasta morir en la comisura temblorosa del labio.

Dejó caer la mano a un costado del lecho, con la carta todavía entre los dedos, mientras la otra mano acudía a la frente para tratar de aliviar el repentino sudor frío que la perlaba.

La mirada permanecía fija e inmóvil en la pared mientras un frío acerado ascendía por los pies para asentarse en el lugar donde el corazón, último vestigio de vida en ese sayo desvanecido, golpeaba con saña.

¿En qué momento había sucedido? ¿En qué momento sus afectos habían sido trasladados a otra parte?

Cierto que había transcurrido algo más de medio año desde su última carta, pero ella, ingenuamente, atribuyó semejante abandono a los exigentes estudios de Derecho en Eton, consolada por la certeza de que pronto se licenciaría y regresaría para pedir su mano en matrimonio, tal y como habían proyectado.

Tal y como habían proyectado…

Una náusea repentina le embistió las entrañas, lo que la obligó a doblegarse sobre sí misma y arrojar a un lado todo el contenido de su estómago, que le quemó la garganta con la violencia del magma al explotar hacia el exterior a través de la apertura volcánica.

Ella misma se dejó caer, incapaz ya de sostenerse sentada, resbalando por el colchón hasta terminar en el suelo.

Las lágrimas, consecuencia del violento esfuerzo, se entremezclaron con las provocadas por el terrible sufrimiento que asolaba su alma, mientras su cuerpo entero se arqueaba entre estertores a causa del terrible dolor que lo acometía.

Esa carta, esas letras, esa certeza: suponían el fin de su vida, de sus ilusiones y de cualquier esperanza fraguada durante tantos años de espera y devoción.

Arrodillada en el suelo de tabla, con los brazos ejerciendo de apoyo a ambos lados del cuerpo y la cabeza hundida entre los hombros, convulsionando en llanto y miseria, asumió que jamás hasta entonces habría pensado que su vida podría terminar con apenas diecisiete años.