Capítulo 4 · Las toallas
Catorce meses antes
Llovía todo el camino de la terminal a la cuesta, una lluvia pareja que no pedía paraguas sino paciencia, y el carro de alquiler olía a diésel y a aire acondicionado de mucho uso.
Lucía llevaba la cuenta de las casas por dentro del vidrio empañado: casas de bloque sin pintar, casas pintadas de dos colores, casas con jardín y perro.
Iba a la casa número dieciocho de su vida, por lo bajo, y a la primera abuela conocida.
Su papá viajaba callado al lado del chofer, con el codo en la ventana y la cara de los días de firma, que ella conocía de memoria: sonrisa para afuera, mandíbula apretada por dentro.
En la radio, un locutor daba lluvia para toda la semana, con la alegría de los locutores de los pueblos cafeteros.
El carro se detuvo donde terminaba el asfalto, como si el contrato no cubriera el lastre, y Tomás pagó con un billete nuevo, de los que se sacan doblados del bolsillo de adelante.
Lucía bajó con la maleta en las dos manos, porque nadie le había dicho aún que en esa casa las cosas se llevan de a una mano y la otra se guarda para la puerta.
La casa de la cuesta era blanca y quieta, con el corredor de baldosas francesas brillando de lluvia y una cocina que olía a café tostado y a papel con humedad, y a Lucía le pareció más grande que todas las casas donde había vivido, aunque después entendió que no era más grande: era más ordenada.
El carro de alquiler se dio la vuelta en el último plano del lastre y bajó solo, y la casa se quedó con las dos personas que le acababan de llegar.
Carmen abrió antes de que tocaran. Pequeña, derecha, blusa de botones de nácar, el pelo blanco recogido con horquillas; miró a su nieta de zapatos a cara, dos segundos, sin sonrisa y sin frialdad, con la mirada de las maestras que califican sin lápiz.
Lucía había ensayado tres saludos en el carro, uno formal, uno cariñoso y uno neutro, y no llegó a usar ninguno, porque su abuela habló primero.
—Pásela —dijo. Tomás habló durante tres minutos seguidos: el viaje, la carretera, lo que había cambiado el pueblo, lo que no; la lluvia de este año, el precio de las cosas, un cargador que había olvidado en la pensión de la terminal.
Carmen escuchó con la cabeza ligeramente inclinada, como se escucha una lección que ya se sabe de memoria, sin interrumpir una sola vez.
Lucía conocía ese habla de su papá: se ponía así delante de los porteros de los hoteles, de los cobradores de las tiendas y de la gente que podía hacerle una pregunta.
Cuando el hijo buscó aire, la madre ya estaba en el corredor, caminando, y hubo que seguirla.
—El baño del corredor —decía, señalando con la mano de marcar el cuaderno—. Las toallas están en el clóset. La de los ganchos azules es suya. El jabón se cambia los sábados, porque el jabón también se cansa.
No dijo bienvenida. No dijo qué gusto. Mostró dónde estaban las toallas, con el número de ganchos y el día del jabón.
La maleta se quedó parada en el corredor, porque Lucía no sabía aún dónde se dejaba, y nadie la movió esa tarde.
En las casas anteriores de Lucía nadie había dicho nunca dónde se guardaba nada: las cosas estaban donde la vida de cada uno las iba dejando, y la casa entera era una pregunta que se contestaba sola, mal.
Aquí era al revés: cada cosa tenía un sitio dicho en voz alta, ganchos azules, sábados, y Lucía entendió mucho después que eso era exactamente el idioma: en esta familia el afecto no se declara, se instruye.
A ella, que había vivido de mudanzas y de contestaciones a medias, la instrucción le pareció primero frialdad; era lo contrario: era que la contaran.
Después, cuando Carmen trajo el café, Lucía se paró para ayudar: —¿Le ayudo?
—Si quiere. Y el si quiere resultó ser el sí de esa casa.
Antes de la cena, Lucía usó el baño del corredor y pudo ver el clóset que su abuela le había dicho: las toallas de la casa colgaban en hilera, por ganchos, las azules delante, las de alambre más atrás, y al fondo una toalla vieja, de un azul ya lavado a fuerza de sábados, que nadie usaba y nadie quitaba.
En la cara interna de la puerta colgaba un calendario de la cooperativa del año en curso, con los domingos marcados a lápiz.
El jabón del lavamanos era nuevo, de esos que se cambian los sábados.
Lucía entendió que la casa tenía horarios por dentro, como las terminales donde siempre había vivido al lado, y que la toalla de los ganchos azules era su primer horario: el primero en cualquier parte que era suyo.
En la cocina, apoyada contra la pared del fogón, había una silla desmontada, con las patas hacia arriba y el asiento de bruces, como un mueble que la casa había decidido guardar sin preguntarle a nadie.
Lucía la miró lo suficiente para que Carmen se diera cuenta de que la miraba, y Carmen pasó de largo, trayendo el café, y la silla siguió allí, sin explicación, durante toda la visita que siguió.
Al fondo del pasillo, después, había unas puertas dobles que nadie abrió ese día; tenían la llave puesta del lado de afuera, y Lucía, que leía las casas como leía los cuadernos ajenos, anotó las dos cosas sin entenderlas: una silla que se guarda y una puerta que se cierra por afuera.
—La cena es a las seis —dijo Carmen al final, desde la puerta de la cocina, ya doblada hacia adentro de la casa—. El cuarto del fondo es de la señorita.
La señorita. Su nieta, de diecisiete años, cinco ciudades y ninguna abuela conocida, era la señorita.
Tomás hizo como que no lo había oído y Lucía hizo como que no lo había entendido, y ninguno de los dos se engañó del todo.
La cena fue a las seis, con mantel, con servilletas planchadas, con tres platos servidos por una mujer que no volvió a decir una palabra que no fuera necesaria: el fríjol de la olla, el maíz tierno de la vecina que lo vendía, y a mitad de la cena Tomás dijo: —Está bueno el fríjol.
—El fríjol está hecho —dijo Carmen, y siguió sirviendo; y esa fue la bienvenida: exacta, caliente, a las seis en punto.
Después de la cena, la casa empezó a apagarse por partes, como un pueblo.
Tomás se fue a la pensión de la terminal con su maleta liviana y su promesa de volver temprano, y el carro de alquiler bajó la cuesta con el ruido del diésel quedándose quieto muy arriba, en el silencio.
Lucía oyó a su abuela cerrar la puerta del patio, dar dos vueltas a algo, caminar despacio por el corredor, los pasos de una persona que sabe exactamente cuántos pasos hay, y apagar la última luz, la de la cocina, como se cierra un cuaderno.
La lluvia siguió un rato sobre el zinc y después se fue, también ella, sin avisar.
La casa quedó con dos respiraciones: la de Lucía en el cuarto del fondo y la otra, la de la mitad que no se usaba, del otro lado de las puertas dobles, que no respiraba y sin embargo se oía.
Del lado de acá, el gotero del corredor contaba las gotas contra la baldosa, con la paciencia de las cosas que llevan años contando lo mismo.
Lucía abrió la maleta esa misma noche, y fue la primera vez en mucho tiempo que la abría sin la prisa de la mudanza siguiente.
Colgó las pocas perchas en el ropero del cuarto del fondo, dobló lo que se dobla, y al final, porque el día le había dejado una instrucción por hacer, fue hasta el clóset del corredor, encontró las toallas y colgó la suya en el gancho azul.
El gancho era de lata pintada y la toalla quedó torcida, y ella la enderezó, y ahí quedó: la primera cosa suya que esa casa aceptaba en una pared.
Se durmió con la lluvia volviendo a empezar, mansa, sobre el zinc.
Contó las casas donde había dormido, como contaba todas las noches, y a la quinta se quedó dormida; la maleta, esa noche, se quedó deshecha, como duermen las maletas cuando han llegado.