Capítulo 3 · Las llaves de todas las puertas
Catorce meses antes
Nuria subía los jueves a la casa de la cuesta con la argolla de las llaves en el bolsillo del saco y recorría la casa de abajo hacia arriba, como se revisa un saldo: primero el corredor, con las baldosas francesas que fregaba dos veces, porque una sola vez era para las casas de la gente; después el pasillo, con los cuartos que se usaban; y al fondo del pasillo, las puertas dobles, que se limpiaban por un lado.
La casa de la cuesta tenía dos partes desde el duelo, y solo una respiraba.
Nuria le pasaba el trapo al marco de las puertas dobles por el lado de acá, y el trapo volvía limpio al balde, porque el polvo de esa puerta caía hacia adentro, hacia el volumen de aire que nadie abría.
Del otro lado estaban el dormitorio grande, la sala de arriba con las cajas del duelo y el baño de los padres, con las toallas todavía colgadas de la última semana buena.
Nuria las había guardado ella misma, dobladas en tres, el mes del entierro, y en quince años no había vuelto a tocar el picaporte del otro lado.
Conocía de memoria el contenido de esa mitad de la casa como conocía de memoria el cajón más grande de la cooperativa, y por eso sabía que no había nada allá arriba que la casa necesitara para vivir: había papeles, ropa que nadie iba a volver a usar y una cantidad de silencio que no cabía en cajas, aunque las cajas estuvieran rotuladas.
Las llaves de todas las puertas las tenía ella.
No por acuerdo, porque en esa familia no había acuerdos escritos sino costumbres con fecha de origen: la costumbre había empezado el mes del duelo, cuando Nuria cerró la mitad de arriba de la casa y se quedó con la argolla, y nadie discutió nada.
Su mamá tampoco. A Carmen Vega le alcanzaba con la parte de abajo: el corredor, la cocina, el cuarto pequeño del fondo, que entonces era el cuarto de las visitas y que esa semana iba a ser el cuarto de la señorita.
Que la casa tuviera llaves y que las llaves las tuviera una sola persona era una forma de cariño con forma de control, y Nuria había dejado de averiguar cuál de las dos era.
La silla seguía en la cocina. Desarmada, apoyada contra la pared del fogón, con las patas hacia arriba y el asiento de bruces, como un mueble que la casa había decidido guardar sin preguntarle a nadie.
Nuria la había desarmado con el destornillador del cajón, una tarde en que la casa estaba llena de gente que no sabía qué hacer con las manos, y no recordaba haber explicado por qué, porque nadie preguntó.
Limpiaba alrededor, como había limpiado quince años de jueves, con el mismo respeto con que se limpia alrededor de una tumba en el patio: sin tocarla y sin quitarla.
La fregona pasaba a dos dedos de las patas de arriba.
Un forastero habría preguntado por esa silla el primer día.
Esta familia llevaba quince años sin preguntar.
Esa era la regla de la casa, y Nuria la administraba sin haberla escrito nunca: en esta casa nadie pregunta, para no tener que contestar.
Había funcionado quince años: nadie se había ido por una pregunta.
La prueba era el inventario de lo que nadie había preguntado: la silla, las puertas dobles, la semana entera de la que nadie nombró nunca a Tomás, la contestadora que subió al desván después del velorio y nunca volvió a bajar.
Nuria llevaba ese inventario con la exactitud de los contadores, que es la única manera de llevar lo que no se puede mirar: anotado, fechado y guardado en un lugar del cuerpo donde no estorbe el trabajo.
Ese jueves era distinto, porque el lunes venía la notaría.
Belmonte subía a las diez, con el portafolio que cierra con dos broches y una escribiente joven que no hablaba, para levantar el poder de venta de la casa; y una casa no recibe a una notaría como recibe a la planchadora del pueblo: una notaría mira los rincones con otro vocabulario.
Nuria había traído del pueblo dos fundas de trapos limpios, la cera para las baldosas del corredor y la lista: qué se abría, qué se mostraba, qué se dejaba para después.
La lista era su manera de caminar hacia el lunes sin darle la espalda al resto de la semana.
Antes de irse probó la llave de la sala de arriba: la metió en la cerradura, la giró media vuelta, sin abrir, y la sacó limpia; que el lunes no la sorprendiera una cerradura protestona.
Al final arregló el cuarto del fondo, que era el cuarto de las visitas y que el sábado iba a tener una visita de las que no se van el domingo: la niña de Tomás.
La familia la conocía por las fotos que Tomás mandaba cada tanto desde ciudades con nombres de pocas sílabas, una muchacha de cara limpia, diecisiete años, cinco mudanzas arriba de ella.
Venía con el papá para la firma y se quedaba una temporada, según lo hablado por teléfono, que era la única manera en que esa familia hablaba de las cosas nuevas.
Nuria sacudió el colchón al sol del corredor, puso sábanas blancas del ropero de abajo y pensó, con el algodón en las manos, que la muchacha iba a dormir en la casa sin saber que la casa tenía dos mitades.
Ese cuarto había sido suyo, de niña, cuando la casa todavía era de una sola parte; dejó las sábanas bien tirantes y pensó que las camas de las casas viejas saben más de uno que uno mismo. Las casas se enseñan.
Al cerrar las puertas dobles, en la segunda vuelta de la llave, le vino lo de siempre, que no buscaba y no había podido desterrar: su mamá de pie al lado de su cama, aquella madrugada, a la una y cuarto, con la linterna en la mano y el pelo peinado, con horquillas, como para salir a una parte que no era de madrugada.
Nuria no le había puesto nunca una pregunta a ese recuerdo.
Lo guardaba donde lo guardaba, que no era un cajón sino un lugar del estómago, entre las cosas que se dejan de contar para que el saldo cierre, y siguió con la lista.
Su mamá estaba en la cocina, como todos los jueves a esa hora, pelando un bolso de ejotes con la puerta del patio abierta para la luz.
El café de las cuatro ya estaba en la jarra de peltre y las dos tazas puestas, una frente a la otra, sin azúcar la de la mamá y con dos cucharadas la de la hija, porque en quince años de jueves cada una sabía el azúcar de la otra.
Hablaron de la fiesta del pueblo, del precio del maíz y de una vecina que se operaba.
—La señorita llega el sábado —dijo Carmen, hacia el café, y era la primera vez que la nombraba.
—El sábado —repitió Nuria, y las dos miraron el café, que era donde esa familia miraba cuando no quería mirarse.
De la venta, nada: quedaba para el lunes, en la voz de la notaria, que era una voz con casillas y por lo tanto segura.
Al irse, ya de noche, con la llovizna empezando sobre el zinc, Nuria dejó la argolla de las llaves sobre la mesa de la cocina, junto a la lista del lunes, donde su mamá la iba a ver a la hora del café.
Ninguna de las dos dijo para qué. En la lista, última línea, estaba lo que la notaría iba a pedir y que Nuria venía postergando con la aritmética de los plazos: tasación de la casa; y para tasar había que despejar; y lo primero que exigía despejar era el desván.
El desván no tenía otra entrada que la sala de arriba.
La casa de dos partes iba a tener que abrirse por la costura, delante de todos, con quince años de adentro cayendo hacia afuera.
Nuria cerró la puerta del corredor y bajó la cuesta detrás del camión 2 de su hermano, que bajaba al pueblo con su olor a diésel quedándose un rato después del ruido, pensando que las llaves, al final, también habían sido una manera de llevar la cuenta.