La Colisión Perfecta (Universidad Pine Barren 4) Capítulo 21
51%

Capítulo 21

veintiuno

MAYA

Por supuesto que me tenía que tocar la puta planta de pediatría para mi última rotación.

Y hoy, me dan ganas de dejar la enfermería por completo.

—¿Maya? —La voz de Ethan es apenas un susurro, su manita fría en la mía a pesar de las tres mantas térmicas que le hemos apilado encima—. ¿Te vas a quedar?

La pregunta me destroza, pero mantengo la voz firme y cálida, como me han enseñado.

—Claro que sí, cariño. No me voy a ir a ningún lado.

Su madre, Rebecca, está sentada al otro lado, con los dedos temblorosos mientras le acaricia el pelo, o lo que queda de él después de meses de quimio que al final no sirvió de nada. No ha dejado de tocarlo en la última hora, como si solo con las manos pudiera anclarlo a este mundo.

Su padre, Marcus, está de pie al pie de la cama, con cara de piedra y en silencio, pero puedo ver cómo aprieta la mandíbula para contener el grito que quiere escapar. Como si sintiera que mostrar un solo instante de debilidad abriría la compuerta de lágrimas que lleva semanas conteniendo.

La respiración de Ethan ha cambiado a ese ritmo particular que he aprendido a reconocer: superficial, irregular, con pausas cada vez más largas entre cada inhalación.

El estertor agónico, lo llaman en los libros de texto.

Pero los libros de texto no te preparan para cómo suena cuando viene de un niño de siete años que la semana pasada te contaba sus planes de ser paleontólogo de dinosaurios.

—Las máquinas —dice Rebecca de pronto, con la voz quebrada—. ¿Se pueden... se pueden apagar las alarmas? No quiero que lo último...

No puede terminar la frase, así que simplemente asiento y estiro la mano libre para silenciar los monitores.

La repentina ausencia de pitidos es como una respiración contenida, como si el mundo entero se hubiera detenido a presenciar este momento imposible.

En el silencio, la respiración trabajosa de Ethan se convierte en el único sonido, cada exhalación un poco más suave que la anterior.

—Cuéntame... —Los ojos de Ethan se abren con un aleteo, buscando los míos con esfuerzo—. ¿Cuéntame otra vez lo de los ángeles?

Se me cierra la garganta. La semana pasada, cuando sus padres habían salido de la habitación a hablar con el médico, me preguntó si morir dolía.

Me inventé una historia sobre ángeles que vienen a llevarse a los niños enfermos a un lugar donde nada duele, donde pueden correr y jugar sin cansarse.

No del todo profesional, lo sé, pero que le den a lo profesional cuando un niño moribundo necesita consuelo más que verdad.

—Ya están aquí —susurro, logrando que no se me quiebre la voz—. Están esperando justo ahí afuera, y han traído las alas más suaves para envolverte.

Una sombra de sonrisa le toca los labios agrietados.

—¿Me van... a dejar llevar... a Mr. Bones?

Mr. Bones, el T-Rex de peluche que no ha abandonado su cama desde que ingresó.

—Claro que sí —digo—. A los ángeles les encantan los dinosaurios.

Rebecca suelta un sonido que es mitad risa, mitad sollozo, y hunde la cara en el hombro de Ethan.

Marcus por fin se mueve, rodea la cama para poner una mano en la espalda de su esposa, con los hombros temblándole.

Ha sido toda una roca, y verlo hace que mi mente salte a Maine apoyándome en O'Neil's. ..

—Te quiero, mami —exhala Ethan, interrumpiendo mis pensamientos, cada palabra un esfuerzo monumental—. Te quiero... papi.

—Te queremos muchísimo, mi amor —logra decir Rebecca—. Eres nuestro niño perfecto y valiente.

La pausa entre sus respiraciones se alarga.

Veinte segundos. Treinta.

Se le cierran los ojos.

Sus dedos en los míos se han quedado completamente laxos.

—Está bien —me descubro diciendo, aunque no sé si le hablo a Ethan o a sus padres o a mí misma—. Está bien soltar. Tu mamá y tu papá van a estar bien.

La mentira me quema la garganta. No van a estar bien. Nunca van a volver a estar bien. Pero a veces las mentiras son la única misericordia que nos queda por ofrecer. Y me da algo que hacer mientras veo a esta familia romperse sin culpa alguna, haciéndome añorar aún más a la mía.

¿Les importaría siquiera una mierda si yo fuera la que estuviera en esta cama?

El pensamiento es totalmente inapropiado, así que lo destierro, justo cuando el alarido desgarrador de Rebecca me atraviesa un instante después.

Es un sonido tan primitivo y roto que siento como si me estuviera desgarrando algo dentro del pecho.

Marcus se desploma en la silla, su fachada de piedra desmoronándose mientras extiende las manos hacia el cuerpo inmóvil de su hijo.

Retiro la mano de la de Ethan con cuidado, poniéndome de pie sobre piernas que siento desconectadas de mi cuerpo.

Ahora vienen los procedimientos: hora del fallecimiento que anotar, papeleo que completar, un médico al que notificar.

Pero primero me inclino y le coloco a Mr. Bones con cuidado bajo el brazo, asegurándome de que el dinosaurio quede bien pegado a su pequeño cuerpo.

—Tomaos todo el tiempo que necesitéis —les digo a sus padres, aunque las palabras resultan inadecuadas, insultantes en su vacío.

¿Qué tiempo sería jamás suficiente?

Llego al pasillo antes de que las piernas amenacen con fallarme.

La pared está fría contra mi espalda cuando me recuesto en ella.

Siento el pecho demasiado apretado, como si las costillas se me hubieran contraído alrededor de los pulmones.

Las luces fluorescentes se difuminan mientras las lágrimas que me niego a dejar caer me arden detrás de los ojos.

Siete años. Tenía siete putos años.

El pasillo está misericordiosamente vacío, el resto de la planta siguiendo su ritmo de caos controlado.

En algún lugar, otro niño llora porque quiere irse a casa.

En algún lugar, otro padre recibe buenas noticias.

En algún lugar, otra enfermera le sostiene otra manita a otro niño y le miente sobre ángeles.

Cierro los ojos, tratando de respirar a pesar del dolor que amenaza con romperme la compostura profesional de par en par, mezclado con rabia: contra el mundo, por no haber encontrado todavía una cura; contra Dios, por llevarse a este niño del mundo; y contra mis padres, por pensar que mi profesión es inferior o trivial y repudiarme por ella.

Pues que les den.

Porque siento que estoy haciendo el trabajo más importante del mundo.

Y le he dado una parte de mí todos los días.

En la oscuridad detrás de mis párpados, veo la cara de Ethan de la semana pasada, animada y brillante mientras me explicaba la diferencia entre un Triceratops y un Styracosaurus. Veo su sonrisa mellada cuando le pasé un vasito de pudín extra a escondidas. Veo...

—Enfermera Hayes.

La voz del Dr. Harrison me corta la espiral como un bisturí.

Abro los ojos y lo encuentro ahí parado, con la bata blanca impecable, la expresión tallada en hielo.

Evalúa mi estado —hombros temblando ligeramente, ojos enrojecidos, la viva estampa del derrumbe emocional antiprofesional— y sus labios se curvan en una mueca de desprecio.

—Recompóngase.

Las palabras caen como una bofetada. Lo miro fijamente, esperando algo más, algún reconocimiento de lo que acaba de pasar en esa habitación.

Alguna señal de que un niño acaba de morir, de que unos padres acaban de ver su mundo destrozado, de que quizás, solo quizás, está bien sentir algo al respecto.

En cambio, decide que ahora es buen momento para un sermón.

—La pérdida es parte del trabajo. Si se desmorona cada vez que un paciente entra en paro, no va a durar ni un año.

—Tenía siete años —logro decir, con la voz apenas por encima de un susurro, aunque sé que no le va a cambiar la opinión.

—Y mañana habrá uno de seis, o de ocho, o un bebé. —Su tono es clínico y distante, como si estuviéramos hablando de resultados de laboratorio en vez de niños muertos—. La familia necesita profesionales ahora mismo, no más dolientes, así que su indulgencia emocional no le sirve a nadie.

Indulgencia emocional. Las palabras hacen eco de la voz de mi padre con tanta perfección que casi miro alrededor para ver si se ha materializado en el pasillo.

—Lávese la cara y vuelva al trabajo —continúa Harrison, ya dándose la vuelta—. Hay pacientes vivos que necesitan atención.

Sus pasos resuenan por el pasillo, cada uno una condena.

Me quedo congelada, su juicio resonándome en los oídos como una sentencia de muerte para todo lo que creía que me hacía buena en este trabajo.

La empatía que llevé a la cabecera de Ethan, la humanidad que les ofrecí a sus padres, las lágrimas que amenazan con caer.

Al parecer, no son fortalezas.

Son debilidades.

Defectos que corregir.

Fallos que esconder.

Justo como siempre dijo mamá.

Las lágrimas contra las que he estado luchando finalmente ganan.

Necesito tres intentos para abrir la puerta del departamento porque las manos no me dejan de temblar. Las luces fluorescentes del pasillo se difuminan a través de lágrimas que me niego a dejar caer aquí, donde alguien podría verme. Por fin logro meter la llave, girarla y entrar a trompicones.

Silencio.

Del tipo que presiona contra los tímpanos como si estuviera bajo el agua. Ningún ESPN a todo volumen en la sala. Ningún sonido de Maine cantando desafinado en la ducha. Ningún olor a grasa de Pizza Plus pegado a su camiseta de trabajo. Ninguna presencia reconfortante de él.

Solo nada.

Debería sentir alivio. Necesito el espacio para desmoronarme sin audiencia.

Pero hay algo raro en el vacío.

Recompóngase, resuena la voz del Dr. Harrison en mi cráneo.

Solo que ya no estoy en el trabajo. Estoy en casa.

Aunque vete tú a saber qué mierda significa eso cuando mi casa es un lugar que comparto con alguien a quien ni siquiera puedo decirle que estoy enamorada de él, en un departamento por el que tengo que luchar y arañar porque mis padres me cortaron el grifo, estudiando para una carrera que ellos creen que está por debajo de mí.

No, mi mente me envuelve en un abrazo mental. Por debajo de ellos.

Dejo caer el bolso junto a la puerta, y aterriza con un golpe sordo que parece resonar para siempre.

El sonido de la respiración de Ethan —ese estertor horrible y entrecortado— sigue reproduciéndose en bucle en mi cabeza.

Todavía siento el frío de sus dedos aflojándose en los míos y todavía veo la cara de Rebecca desmoronándose al darse cuenta de que su bebé se había ido.

La familia necesita profesionales ahora mismo, no más dolientes.

Mis piernas me llevan hacia la cocina en piloto automático. Necesito agua. O vino. O algo más fuerte. Algo que me lave el sabor a muerte de la boca, que queme la imagen del dinosaurio de peluche de un niño de siete años metido bajo su brazo inmóvil.

Pero un trago del bourbon de mierda de Maine no me hace nada.

Quizás lo que necesito es apoyo. Un abrazo y un hombro sobre el que llorar. Así que saco el teléfono, con el pulgar flotando sobre el contacto de Sophie. Vendría, me abrazaría mientras lloro y me diría que Harrison es un cabrón sin corazón y que sentir cosas me hace humana.

Pero entonces me lo imagino: Sophie corriendo para acá, probablemente arrastrando a Mike con ella porque ahora son inseparables, Mike mandándole un mensaje a Maine, y Maine acortando su turno o su entrenamiento para venir a casa con esa mirada de preocupación que últimamente se le ha ido colando en los ojos cuando me mira.

No, no puedo.

Mi pulgar se desliza hacia arriba hasta el chat grupal de mi familia. El último mensaje sigue siendo el mío, ahí plantado como un monumento a mi estupidez:

Pensando en vosotros.

Confirmaciones de lectura activadas.

Sin respuesta.

Se me escapa una risa amarga. ¿Qué les diría siquiera?

Hola, mamá, hola, papá, hoy se murió un niño, y le sostuve la mano, y ahora mi supervisor piensa que soy demasiado emocional para este trabajo, igual que vosotros siempre dijisteis que yo era demasiado desordenada para nuestra familia.

¡Espero que os lo hayáis pasado genial en la boda a la que no queríais que fuera!

Probablemente le darían la razón a Harrison y me dirían que esto es lo que me gano por elegir una profesión tan indigna.

Por tirar a la basura el legado Hayes para limpiar narices y sostener manos.

Por revolcarme en la mugre y el desorden con gente de verdad, en vez de jugar a ser Dios como cirujana o abogada litigante.

Que les den.

El pensamiento llega afilado y violento, atravesando el dolor. Ya no tienen derecho a juzgarme. Ya no tienen derecho a hacerme sentir pequeña por preocuparme, por sentir, por ser humana. Ellos tomaron su decisión cuando me dieron la espalda y cuando decidieron que no merecía su amor.

Con la muerte de Ethan, siento que algo más murió: cualquier última esperanza que me quedaba de reconciliarme con ellos.

Porque ahora me doy cuenta de que no quiero su amor si viene con condiciones.

No quiero su aprobación si significa matar las partes de mí que sienten demasiado, que se entregan demasiado, que aman demasiado.

La revelación debería ser liberadora.

En cambio, es lo que finalmente me rompe.

Las rodillas me golpean el suelo de la cocina con fuerza suficiente para dejarme un moratón.

El armario está frío contra mi espalda mientras me deslizo por él, el uniforme sanitario enganchándose en el tirador del cajón de abajo.

El primer sollozo se me arranca como algo desgarrándose de mi pecho: feo, crudo, animal.

Me presiono las palmas contra los ojos, pero no detiene las lágrimas. Vienen en oleadas. Por Ethan, que quería ser paleontólogo. Por Rebecca y Marcus, que nunca van a volver a estar bien. Por todos los niños a los que Harrison no quiere que consuele porque al parecer eso me hace poco profesional.

Me enrosco sobre mí misma, los brazos alrededor de las rodillas, haciéndome lo más pequeña posible.

Como si me comprimiera lo suficiente, pudiera desaparecer del todo.

Simplemente dejar de existir. Se acabó Maya la decepción.

Se acabó Maya la fracasada. Se acabó Maya la que siente demasiado y lo demuestra todo mal.

Los sollozos me sacuden el cuerpo entero, violentos y descontrolados.

Esto no es llorar bonito. Esto no es una sola lágrima deslizándose con gracia por mi mejilla.

Esto es llorar feo, desordenado, roto. Del tipo que te hincha la cara y te hace moquear y te deja el pecho agitado por el esfuerzo de seguir respirando.

Pero no hay nadie aquí para verlo.