La Colisión Perfecta (Universidad Pine Barren 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

quince

MAYA

—Tienes el pelo como si te acabaran de follar.

La observación de Sophie me atraviesa la resaca como un bisturí.

Hago una pausa a mitad de un sorbo de café, la taza de cerámica caliente contra mis palmas, y resisto el impulso de alisar lo que seguro es un desastre absoluto de mechones negros enredados.

Porque esta mañana quiero llevar el desastre que tengo en la cabeza como un trofeo.

—Así fue —respondo, dejando que una sonrisa lenta y satisfecha me curve los labios—. A fondo.

El departamento de Sophie es todo lo que el mío no es ahora mismo: suelos limpios, superficies ordenadas y un olor que no es a cerveza y sudor.

Es un santuario de responsabilidad adulta, el tipo de lugar que habita la gente con pareja y con su mierda bajo control.

Donde la gente no se acuesta con su compañero de piso emocionalmente complicado porque él tuvo un mal día y porque yo me sentía sola.

Aunque esa última parte no pienso contársela.

—Bueno. —Sophie recoge las piernas debajo de ella en el otro extremo del sofá, la taza acunada entre las manos. Lleva su uniforme de sábado por la mañana: mallas y una sudadera enorme de Pine Barren Hockey que es de Mike—. ¿Me lo vas a contar o tengo que sacártelo a la fuerza?

—No hay nada que sacar. —Doy otro sorbo al café, ganando tiempo para organizar mis pensamientos en algo presentable—. Maine y yo nos acostamos. Fue divertido.

Las palabras salen exactamente como las ensayé.

Casuales. Seguras. El mismo tono que usaría para hablar de probar un restaurante nuevo o de comprarse unos zapatos.

Pero, en el fondo, no estoy segura de que sean ciertas.

Porque por mucho que lleve las últimas horas diciéndome que fue algo transaccional, no consigo quitarme de la cabeza la imagen de él con Chloe, ni lo bien que se sintió tenerlo dentro de mí, conectados, volándole la cabeza mientras alguien por fin cuidaba de él.

Las cejas de Sophie se elevan de forma casi imperceptible.

—Divertido —repite, y la palabra queda suspendida en el aire entre nosotras como un desafío.

—Sí, divertido. —Sonrío con suficiencia—. Ya sabes, eso que hace la gente cuando no le da mil vueltas a todo.

No pica. Se queda ahí sentada con esos ojos marrones que todo lo saben y su postura perfecta, esperando.

Odio cuando hace esto. El silencio se estira, lleno solo del sonido lejano de la ducha de Mike y del tic-tac del reloj de su cocina.

Bien. Si quiere detalles, le daré detalles. La versión censurada.

—Mira, fue exactamente lo que esperaba. —Dejo la taza en el posavasos de la mesa de centro, porque Sophie es de las que tiene posavasos—. Maine está buenísimo, es bueno en la cama y, lo más importante, entiende las reglas. Sin ataduras, sin complicaciones.

La mentira sale suave como la seda. No menciono cómo cedió el control por completo, dejándome tomar lo que necesitaba.

No menciono lo distinto que parecía sin su careta de animador, en carne viva y agotado y dolorosamente real.

Y desde luego no menciono cómo dijo mi nombre como si fuera una oración cuando se corrió.

Porque nada de eso importa.

Lo que importa es la narrativa, la historia que le cuento a Sophie y a mí misma.

Esa en la que tengo el control absoluto.

—Sin sentimientos —añado para mayor énfasis, y las palabras me saben a tiza—. Solo sexo bueno y sin complicaciones.

La expresión de Sophie no cambia, pero algo se mueve en sus ojos. Preocupación, quizá. O, peor, lástima.

—Maya…

—¿Qué? —La actitud defensiva en mi voz me sorprende hasta a mí—. No me mires así. Sé lo que hago.

—Seguro que sí. —Da un sorbo medido a su café—. Solo me pregunto si Maine sabe lo que estás haciendo.

Un fogonazo de calor me cruza el pecho, rápido y furioso.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Nada. Solo… —Se encoge de hombros, el gesto demasiado medido para ser casual—. La forma en que te miraba anoche no parecía casual.

Los recuerdos me golpean antes de que pueda detenerlos. Recuerdo pillar a Maine mirándome durante la noche. El hambre en sus ojos había sido real, desesperada, teñida de algo que iba más allá del simple deseo, como si yo fuera algo valioso y precioso.

Aparto la imagen de un empujón.

—Está salido con todas las tías del campus.

—Si tú lo dices.

Dios, odio cuando hace eso. La réplica escueta que lo dice todo sin decir nada. Ese no juzgar que juzga más duro que cualquier sermón. Porque es la única otra persona en el mundo que sabe toda la mierda con mi familia, y cómo su rechazo ha alimentado cada una de mis rebeliones.

Agarro la taza otra vez, necesitando algo que hacer con las manos.

—Confía en mí, Soph. Sé exactamente lo que es esto. Maine es un mujeriego, yo no busco nada serio y él desde luego que no, así que los dos nos desahogamos después de unas copas de más. Es perfecto.

—Perfecto —repite como un eco, y ahí está otra vez: esa nota de escepticismo que me da ganas de tirar algo.

—Sí, perfecto. Él no se va a volver pegajoso, yo no me voy a encariñar, y podemos coexistir sin que la tensión sexual lo haga todo raro. —Me recuesto contra los cojines, proyectando una confianza que no termino de sentir—. Sinceramente, probablemente deberíamos haberlo hecho hace semanas.

Sophie se queda callada un buen rato, estudiándome con esos ojos demasiado perceptivos.

Casi puedo ver cómo giran los engranajes en su cabeza, sopesando si insistir o dejarlo pasar.

Una parte de mí espera que insista, pero otra está aterrorizada de que lo haga, porque la verdad es que no sé qué fue lo de anoche.

Sé lo que se suponía que era: una recuperación de poder tras el rechazo de mi familia, un jódete al universo que intentó hacerme sentir pequeña, y algo de consuelo para él después de darme cuenta de que el mundo entero le quita a este chico y nunca le da, tanto que lo ha convertido en todo su personaje.

Y funcionó, más o menos.

Tomar el control, hacer que Maine suplicara, sentir su cuerpo rendirse al mío… fue exactamente la validación que yo necesitaba, y exactamente el cuidado y la ternura que él necesitaba, y exactamente el orgasmo explosivo que ambos necesitábamos después de un semestre duro y semanas de coqueteo.

Pero hubo otros momentos. Silenciosos, de esos que no sé cómo clasificar.

Cómo, después, en esos minutos somnolientos antes de que me retirara a mi habitación, me atrajo hacia su pecho.

Sin posesividad, sin exigencias. Solo… abrazándome.

Como si necesitara el contacto tanto como el sexo.

Y yo me lo bebí como una gata con su plato de leche, porque nadie me ha abrazado así nunca.

—¿Y cuál es el plan ahora? —pregunta Sophie, atravesando mis pensamientos en espiral.

—Somos compañeros de piso que de vez en cuando se acuestan cuando les apetece. Sin drama, sin expectativas. —Saco el móvil, su peso familiar en la mano—. De hecho, debería poner algunas reglas básicas. Asegurarme de que estamos de acuerdo.

—Reglas básicas —murmura Sophie.

La pantalla del móvil brilla en la suave luz matutina de su departamento. Miro el campo de mensaje vacío, los pulgares suspendidos sobre el teclado. Lo que quiero decir y lo que probablemente debería decir son dos idiomas completamente distintos.

Lo que quiero escribirle:

Lo de anoche fue increíble. La forma en que me hiciste sentir conectada, cómo dejaste que cuidara de ti… se sintió como algo más que solo sexo. ¿Tú también lo sentiste?

Lo que debería escribirle:

Buena noche la de ayer. ¿Repetimos esta noche?

Ninguno me convence. El primero es demasiado honesto, demasiado vulnerable, y Maya Hayes no va de vulnerable. El segundo se arriesga a continuar algo peligroso, como aceptar volver a entrar en un incendio del que acabas de escapar.

Sentimientos que no sé manejar.

Momentos que difuminan la línea entre necesidad física y deseo emocional.

Joder.

Por esto exactamente no me van las complicaciones.

—Le estás dando demasiadas vueltas —observa Sophie, y me doy cuenta de que llevo un minuto entero mirando el móvil sin escribir nada.

—No le estoy dando vueltas. Estoy intentando averiguar cómo comunicarme con un ser que solo entiende palabras de una sílaba…

—Claro. —Deja su taza vacía en la mesita auxiliar—. ¿Puedo preguntarte algo, Maya?

Me tenso. Cuando Sophie dice «¿puedo preguntarte algo?», la pregunta nunca es simple.

—Depende de qué sea.

—¿Por qué Maine?

La pregunta me pilla desprevenida.

—¿Qué quieres decir?

—O sea, podrías tener a cualquier tío del campus.

Literalmente a cualquier tío. Entonces, ¿por qué tu ruidoso, complicado y económicamente dependiente compañero de piso con el que llevas semanas en un pulso sexual?

—Sonríe con sorna—. ¿Es que te encanta el drama?

¿O que por fin has encontrado la horma de tu zapato?

La horma de mi zapato.

Por cómo lo dice, todo se reduce a la actuación. El Show de Maine y la Potra Salvaje.

Pero ella no sabe que, cuando se apagan las luces, sí siento una conexión.

La horma de mi zapato. Él necesita desesperadamente que alguien cuide de él por una vez, que le diga que no necesita estar bien todo el tiempo.

Y yo necesito a alguien que me acepte tal como soy —que me quiera tal como soy—, aunque eso sea caótico y complicado.

Y la corriente subterránea de atracción abrasadora y piques constantes tampoco viene mal.

Lo vi en su peor momento y quise hacer que se sintiera mejor. Me estaba ahogando en el rechazo de mi familia y una soledad que me calaba hasta los huesos, y él me ayudó a recordar que valgo algo. Es la única persona que ha estado a mi altura, que me ha retado y me ha hecho esforzarme.

Pero no digo nada de eso. En cambio, sonrío.

—Porque está bueno, y cuando estoy con él, siento que por fin estoy jugando contra alguien de mi liga —miento—. Y, a pesar de todos sus otros defectos, Maine Hamilton desde luego sabe lo que hace en la cama.

Sophie emite un sonido neutro que sugiere que no se está tragando lo que le vendo. Pero antes de que pueda indagar más, me salva Mike saliendo de su habitación con el pelo todavía húmedo de la ducha, los ojos de Sophie siguiéndolo y su cara iluminándose.

—Buenos días, señoritas —dice, yendo directo a la cafetera—. ¿Cómo va la situación de resaca?

—Manejable —respondo, agradecida por la interrupción.

—Bien. —Nos mira alternativamente, percibiendo claramente la tensión pero con la inteligencia suficiente para no comentarla—. ¿Seguimos con lo del brunch, Soph?

—Sí, deberíamos salir pronto —dice Sophie, pero sus ojos se quedan en mí—. ¿Vienes?

Niego con la cabeza.

—No puedo. Tengo que prepararme para las prácticas clínicas —miento, otra vez, porque no estoy segura de que mi endeble historia sobre Maine y yo aguante más escrutinio.

Y porque no estoy lista para tener esas conversaciones, ni siquiera en mi cabeza.

—Vale. —Se levanta, estirándose—. Pero vamos a hablar más de esto después.

Le levanto el dedo medio con una sonrisa que dice yo también te quiero, zorra, y ella se ríe. Por esto Sophie es mi mejor amiga: sabe cuándo presionar y cuándo dejarme en paz. Pero Mike trasteando en la cocina me da la cobertura que necesito para componer mi mensaje por fin.

Miro la pantalla, canalizando cada gramo del control que intento desesperadamente mantener. Nada de mensajitos dulces de la mañana después. Sin mencionar el drama de su familia ni el de mi familia ni la forma en que se desmoronó en mis brazos. Solo una directiva pura y sin complicaciones.

Esta noche. 21:00. No llegues tarde.

Le doy a enviar antes de poder pensármelo dos veces. El mensaje se entrega al instante, y meto el móvil en el bolsillo antes de empezar a obsesionarme con las confirmaciones de lectura.

—Debería irme —anuncio, levantándome de golpe—. Gracias por el café y por la zona libre de juicios.

—¿Quién dijo que era libre de juicios? —resopla Sophie, pero me abraza de todas formas, fuerte y cálida y comprensiva—. Solo ten cuidado, ¿vale?

—Siempre lo tengo.

Es otra mentira, pero ambas fingimos que no lo es.

La caminata de vuelta a mi departamento —nuestro departamento— dura doce minutos. Lo sé porque cuento cada paso, intentando averiguar qué diré y cómo actuar si Maine está ahí. ¿Casual? ¿Distante? ¿Fingir que no pasó nada hasta las nueve de la noche, cuando lo convoque a mi cama otra vez?

Pero cuando abro nuestra puerta y entro en el departamento que todavía huele vagamente a la fiesta de anoche y a lo que hicimos después, no puedo quitarme la sensación de que algo fundamental ha cambiado.

No está en casa, pero llena la habitación —y mis pensamientos— de formas que no lo hacía hace veinticuatro horas.

La sala está exactamente como la dejamos. Hay vasos rojos en cada superficie, la chaqueta olvidada de alguien sobre el sofá, y el residuo pegajoso de bebidas derramadas en la mesa de centro: todo evidencia del caos que orquesté para hacerlo sentir mejor.

Dios, ¿cuándo me convertí en alguien que organiza fiestas para animar a chicos con ojos tristes?

Debería limpiar. Ser productiva. Concentrarme en lo que sea menos en él.

Pero incluso mientras agarro una bolsa de basura y empiezo a recoger envases vacíos, la mirada cómplice de Sophie me persigue.

Ve demasiado, entiende demasiado, y sabe que mis muros cuidadosamente construidos no son tan sólidos como finjo.

Pero tienen que serlo.

Porque la alternativa —sentir algo por Maine— no es una opción.

No cuando mi familia acaba de recordarme que la inversión emocional es un lujo que no puedo permitirme. No cuando ser vulnerable significa arriesgarme al rechazo de alguien que realmente importa. Así que, en cambio, lo mantendremos casual, el límite establecido.

De vuelta al control. De vuelta a la seguridad.