Capítulo 14
catorce
MAINE
La conciencia vuelve como una resaca: lenta, espesa, acompañada de un latido sordo detrás de las sienes que no tiene nada que ver con el alcohol.
Me duele el cuerpo de formas que son familiares (entrenamiento de hockey) y de formas que, desde luego, no lo son (lo que coño nos hicimos Maya y yo hace unas horas). La satisfacción es profunda, vibra dentro de mis huesos de una manera que me dan ganas de estirarme como un gato al sol.
Por primera vez en semanas —joder, en meses— estoy tranquilo y relajado.
Solo que no puedo moverme, porque Maya está desparramada sobre mi pecho como si fuera de su propiedad. Todavía es de noche —o, más exactamente, las primeras horas de la madrugada—, pero debimos de quedarnos dormidos después de habernos follado hasta perder la cabeza.
¿Y ahora?
Su pelo oscuro se extiende sobre mi piel en una maraña sedosa que me hace cosquillas con cada respiración. Tiene una pierna enredada con la mía, el muslo apretado íntimamente contra una parte de mí que está muy interesada en repetir la función apenas unas horas después de haber terminado.
Debería sentirme victorioso. Triunfante. Como si acabara de meter el gol de la victoria en la prórroga contra nuestro mayor rival. Pero no es para nada lo que siento. Porque lo único en lo que puedo concentrarme ahora mismo es en la mujer que me está usando como su almohada personal.
Dormida, Maya parece distinta. Más suave. Los bordes afilados que suelen blindarla se han suavizado, dejando algo vulnerable y dolorosamente hermoso. Un mechón de pelo le ha caído sobre la mejilla, y me pican los dedos por colocárselo detrás de la oreja.
¿Pero qué mierda?
Se supone que esto no funciona así. A mí los sentimientos no me van.
No me entran instintos protectores con mujeres a las que estoy intentando seducir por dinero.
Y sin embargo aquí estoy, luchando contra las ganas demenciales de acercarla más, de construir una fortaleza de mantas a nuestro alrededor y de mandar al mundo a la mierda durante las próximas doce horas.
Quizá más.
Porque estuvo ahí cuando necesitaba que alguien estuviera, y probablemente sea la primera persona de la que puedo decir eso.
La sensación pesa en el estómago. Es diferente.
Complicada. Enredada con atracción y rivalidad y el recuerdo de cómo ella tomó el control anoche, cómo hizo que me sintiera cuidado.
No solo me folló. Me cuidó. Y yo se lo permití.
No, más que eso. Lo necesitaba. Lo ansiaba como el oxígeno.
Después de ayer —después de que mis padres me endosaran a Chloe como si fuera equipaje y no su hija, después de quedarme ahí siendo el buen hijo mientras ellos me trataban como un mueble— estaba hueco.
Vacío. Y después Maya volvió a llenarme de la única forma que sabe, con una fiesta épica y… bueno…
Lo que coño fuera aquello que vino después.
Por una vez, no tuve que ser el Show de Maine.
No tuve que soltar chistes ni sacar músculo ni fingir que todo estaba bien mientras me ahogaba en tierra firme.
Pude simplemente… ser. Roto y agotado y desesperadamente agradecido por la forma en que ella tomó el mando de mi cuerpo, mi atención y mi puta rendición total.
El recuerdo me aprieta el pecho. La forma en que me miró como si fuera algo que valía la pena conquistar.
La intensidad concentrada con la que recorrió cada centímetro de mí con las manos y la boca.
El poder en sus ojos cuando me clavó las muñecas contra el colchón y tomó lo que quería —lo que los dos necesitábamos.
Joder. Joder.
Y ahí es cuando la otra realidad se estrella contra mí como un slapshot en la cara.
La apuesta.
Cien dólares a cada tipo que la aceptó. Dinero que no puedo permitirme perder si no la llevo hasta el final. Dinero que ahora está ligado a esta mujer que babea un poco sobre mi pecho de una forma que debería darme asco pero que de algún modo resulta jodidamente entrañable.
Las caras de los chicos me cruzan la mente: la sonrisa descarada de Rook, la mirada cómplice de Mike, el coro de risas cuando acepté la apuesta. Creen que esto es un juego. Creen que Maine contra Maya es un choque de titanes del campus. No tienen ni idea de que ella es…
¿Qué? ¿Qué es?
Peligrosa, aporta mi cerebro, tan servicial.
Es peligrosa de cojones en formas que no tienen nada que ver con su reputación de fiestera y todo que ver con cómo me hace sentir.
Como si importara más allá de mi capacidad para hacer reír a la gente o meter goles.
Como si valiera más que mi utilidad o mi capacidad de ser el compañero que no necesita nada a cambio.
Nadie me había hecho sentir así antes.
La ironía sabe amarga. Aquí estoy, viviendo algo que podría ser real, y todo está construido sobre una mentira. Una apuesta estúpida y desesperada. No puedo echarme atrás —los chicos me cobrarían la deuda de inmediato—, pero seguir adelante es como tragar cristales rotos.
Necesito distancia. Necesito aclararme la cabeza antes de que terminemos durmiendo juntos toda la noche.
Así que, moviéndome con cuidado, me deslizo de debajo de ella, y mi cuerpo lamenta la pérdida de su calor en el segundo en que nos separamos.
Hace un sonido de protesta pero no se despierta, solo se hunde más en el hueco que dejé.
Agarro unos pantalones deportivos del suelo y me los pongo con movimientos deliberadamente silenciosos. Entonces lo noto.
—Joder —murmuro.
Mi cuarto parece la escena de un crimen, con la evidencia de lo nuestro allá donde mire. Las sábanas retorcidas y medio arrancadas del colchón. Arañazos en la espalda que escuecen cuando la tela me los roza. El olor persistente a sexo, tan denso que podría ahogarme en él.
Debería abrir una ventana. Ventilar. Limpiar. Darme una ducha.
Distanciarme.
En lugar de eso, me quedo ahí de pie como un idiota, viéndola dormir.
Se ha apoderado de toda mi almohada, abrazándola contra el pecho. La sábana le ha resbalado hasta la cintura, revelando los pechos de los que no me cansaba pero no tenía permiso para tocar, y la constelación de marcas tenues que le dejé en el hombro con los dientes.
Céntrate, Hamilton, ruge mi mente. Deja de ser tan puto blando.
Pero hasta mientras lo pienso, sé que me estoy mintiendo.
Esto dejó de ser simple en el momento en que se sentó a mi lado en el suelo ayer.
El momento en que me vio en mi peor momento y no salió corriendo.
No juzgó. Simplemente… se quedó. Y después me dio una cura para el vacío que me estaba devorando vivo.
Me obligo a darme la vuelta, a apoyarme contra el marco de la puerta y a practicar mi máscara en el reflejo del espejo colgado detrás de la puerta. Sonrisa fácil. Hombros relajados. Postura despreocupada que dice: «Soy demasiado guay para que me importe nada, y menos los sentimientos».
Es la misma máscara que llevo puesta desde hace años, pero hoy me queda mal.
Como un disfraz que encogió al lavarlo.
Detrás de mí, la cama cruje. Se está despertando. Es el momento. El momento de restablecer los límites. De recordarnos a los dos qué es esto y, más importante, qué no es. Me doy la vuelta, con la máscara puesta como una armadura, y la observo estirarse con una gracia que me hace volver a desearla.
Sus ojos encuentran los míos, oscuros y perceptivos incluso a través de la bruma del sueño y probablemente su propia resaca. No parece avergonzada ni incómoda. No se lanza a buscar la ropa ni inventa excusas. Solo me observa con la misma intensidad que me deshizo anoche.
—Bueno —arrastro las palabras, forzando la voz a ese tono bajo y burlón que normalmente me sale tan natural—, parece que sobreviví a mi primera noche con la potra salvaje.
Las palabras son perfectas. La ejecución, impecable.
La mezcla exacta de encanto arrogante y distancia casual.
Es una frase diseñada para marcar el tono, para recordarnos a los dos que esto es un acuerdo, no una relación.
Que anoche fue divertido pero, al final, no significó nada.
Que soy Maine, que trata el sexo como un deporte recreativo.
Pero las palabras son una traición a algo que ni siquiera puedo nombrar, incluso mientras ella se apoya en un codo, la sábana resbalando más abajo, y tengo que apartar la mirada porque verla así —despeinada y satisfecha y llevando mis marcas— le está haciendo cosas a mi cerebro que no me puedo permitir.
—¿Sobreviviste? —Su voz es ronca de sueño, divertida—. Por lo que recuerdo, al final estabas suplicando.
El calor me inunda la cara porque tiene razón.
Supliqué. Sin vergüenza. Desesperadamente.
Y lo haría otra vez sin pensarlo. Si todo no estuviera tan jodido, y si no me sintiera tan jodidamente atrapado por la apuesta que hice porque no pude admitir ante los chicos ni por un maldito segundo que podría estar sintiéndome vulnerable.
—Yo no suplico —miento—. Negocio estratégicamente.
Se ríe.
—¿Así es como lo llamamos ahora?
Las bromas son territorio seguro. Terreno conocido donde podemos fingir que anoche fue solo otra ronda en nuestra guerra interminable en lugar de…
lo que sea que realmente fue. Pero incluso mientras intercambiamos pullas, no puedo quitarme la sensación de que todo ha cambiado.
De que el juego al que hemos estado jugando tiene reglas nuevas que no entiendo.
—¿Quieres dormir aquí esta noche? —digo, en un tono que deja claro que no quiero eso.
Se incorpora del todo, sin molestarse con la sábana, y me regala una vista que desbarata lo que me queda de función cerebral superior. Pero no es solo su cuerpo lo que me afecta, aunque joder, eso de por sí ya es devastador. Es la confianza. La ausencia total de incomodidad.
La forma en que se adueña de su espacio en mi cama como si perteneciera ahí.
Como si su lugar fuera conmigo.
No. Joder, no. Esto no es eso.
—Debería irme —dice—. A menos que vayas a hacerme el desayuno cuando nos despertemos de verdad.
—Tengo cereal —logro decir—. De los que tienen malvaviscos.
—Mi héroe —dice con sequedad, por fin moviéndose a recoger su ropa desperdigada—. Pero me gradué de los Cap'n Crunch hace unas décadas…
Debería apartar la vista. Darle privacidad. En lugar de eso, miro como un hambriento frente a un bufé mientras se mueve por mi cuarto, completamente cómoda en su desnudez. Encuentra sus bragas debajo de mi escritorio, el sostén colgando de la silla. Se pone ambos y no se molesta con el vestido.
Sí. Hemos entrado en la era de Maya-cómoda-en-ropa-interior-delante-de-mí.
Y con un conjunto tan pequeño, es un espectáculo.
—¿Estás bien? —pregunta, cruzando el cuarto hasta quedar frente a mí—. Pareces… estreñido.
Me doy cuenta de que me he quedado mirándola, y su broma me arranca una risa de verdad, sin defensas.
—Solo pensando.
—Territorio peligroso para ti —me pincha, pero hay algo suave en sus ojos—. Gracias por anoche. Creo que lo necesitabas después de un día difícil.
Las palabras son casuales, pero la forma en que las dice, la mirada rápida por encima del hombro antes de desaparecer por el pasillo hacia su cuarto, me hace pensar que podrían significar algo más.
Pero mientras observo el vaivén de su culo y lucho contra las ganas abrumadoras de ir detrás de ella, me doy cuenta de que estoy jodido.
Lo inteligente sería cortar esto de raíz.
Crear distancia. Tratarla como a cualquier otro polvo: amigable pero desapegado, divertido pero al final olvidable.
Pero cuando oigo la ducha encenderse al fondo del pasillo, cuando la imagino bajo el chorro sin nada encima más que agua y las marcas que le dejé en la piel…
Sí. Estoy completa, total e irrevocablemente jodido.