Capítulo 10
diez
MAINE
Así que mi plan brillante es seducir a mi compañera de piso por una apuesta que no me puedo permitir perder.
Este podría ser el mejor, o el peor, episodio del Show de Maine de la historia.
El agua de la ducha todavía me gotea del pelo mientras reviso mi reflejo una última vez, repasando mi lista mental. Duchado. Listo. Recién afeitado. Listo. Colonia aplicada con toda la sutileza de un hombre desesperado intentando enmascarar el olor a fracaso. Listo.
Ahora a ver si logro encandilar a Maya, que me mira como si fuera un programa de televisión diurna que se olvidó de apagar.
Me he liado con un montón de tías que de verdad querían la experiencia completa Maine Hamilton. Todo encanto superficial, sin montaje necesario. Pero Maya me cala y lo encuentra vagamente entretenido, con suerte, como ver al perro de otra persona persiguiéndose la cola.
Después de vestirme, salgo del baño a la sala, donde Maya ha colonizado el sofá. Tiene los libros de medicina apilados a su alrededor como si se estuviera preparando para una guerra de asedio contra la ignorancia, y está tan absorta en uno de ellos que ni siquiera levanta la vista hacia mí.
Pero yo la miro a ella.
Dios , cómo la miro.
El sol de la tarde se cuela en diagonal por nuestra ventana más o menos limpia —obra suya, obviamente— tiñéndole de ámbar las puntas del pelo negro. Tiene la costumbre de doblar una pierna debajo de ella cuando estudia, con el pie libre marcando ritmos de una música que solo ella oye.
Como siempre, el pequeño movimiento me atrae la mirada hacia su tobillo desnudo asomando bajo los vaqueros remangados, los huesos delicados, que parecen imposiblemente frágiles para alguien que les dice a hombres hechos y derechos dónde meterse sus opiniones. Y mientras ella...
¡Joder! , me grita mi cerebro. ¿Desde cuándo tienes un fetiche con los tobillos?
Me acerco y me despliego en el sofá con la gracia calculada de alguien que ha practicado este movimiento frente al espejo (dos veces), dejando que mi muslo se apoye contra el suyo.
Nada agresivo, solo... geográficamente inevitable.
Ella no se aparta, pero su pie se frena a medio golpeteo como un disco que salta, el resaltador suspendido en el aire.
—¿Qué quieres, Maine? —suspira sin levantar siquiera la vista del libro, aunque le pone el capuchón al resaltador.
—¿Estudiando mucho o mucho estu...? —Las palabras se me escapan antes de que mi cerebro pueda intervenir—. Joder, haz como que no he dicho eso...
La comisura de su boca tiembla, luchando contra una sonrisa.
—Demasiado tarde. Ese chiste es terminal; lo dice aquí mismo en la página treinta y tres...
Me río, de verdad, no porque me intimide ni porque esté intentando ganar una apuesta.
—Mierda, ¿cuánto me queda?
—Segundos. —Todavía no ha levantado la vista, pero le pillo cómo se le entrecierran los ojos con risa contenida—. La única cura es el cese inmediato de los juegos de palabras espantosos.
—Pero entonces, ¿cómo me comunicaría? —Sonrío—. Es como pedirme que juegue al hockey sin palo.
Una media sonrisa.
—Mejor todavía...
Me inclino hacia ella, lo bastante cerca para que le llegue toda la experiencia de la colonia de doce dólares. A grandes males, grandes remedios.
—Además, solo estoy estableciendo un nivel base de pésimo. Todo lo que venga después va a parecer Shakespeare, ya verás.
Eso me gana la Mirada Diagnóstica Maya Hayes completa, esa que te hace sentir que está catalogando tus constantes vitales y las encuentra deficientes.
Sus ojos oscuros recorren desde la mancha húmeda donde mi pelo gotea sobre el cuello de la camiseta, hasta donde mi mano descansa sobre mi muslo, los dedos tamborileando con energía nerviosa a centímetros de su rodilla.
—Solo intento averiguar qué pretendes aquí, Maine.
—Su voz tiene ese tono particular que he aprendido que significa peligro, el equivalente vocal de un bisturí, listo para diseccionar cualquier chorrada que venga a continuación—.
Llevamos semanas dando vueltas el uno alrededor del otro.
Bromas, ojo por ojo, incluso algo de coqueteo, así que. ..
—Podríamos llamarlo muchas cosas... —Ejecuto la clásica maniobra del brazo-por-detrás-del-sofá, y las puntas de mis dedos encuentran los extremos de su pelo, tanteando—. ¿Vínculo entre compañeros de estudio? ¿Maine consiguiendo que Maya baje la guardia antes de atacar? Quién sabe.
—¿Qué tal «Maine tiene un episodio neurológico y yo estoy intentando memorizar las vías de conducción cardíaca»?
Ella se mantiene firme verbalmente, pero no se ha apartado del contacto de muslo contra muslo ni de la mano en su pelo.
Ni se ha refugiado en su habitación como hace la mayoría de las veces cuando se harta de mis gilipolleces.
En cambio, su pie se ha quedado completamente quieto, y hay tensión en su postura.
Como un jugador esperando el saque.
—Mira, ese es tu problema. —Señalo su fortaleza de libros, inyectándome confianza como si fuera una sustancia dopante—. Te complicas demasiado con el corazón. A veces hay que confiar en el ritmo... sentir el flujo... entrar un poco en la zona.
Su risa le estalla de dentro, mitad resoplido, mitad carcajada, y es música.
Cuando se ríe de verdad, no la versión calculada que despliega en las fiestas, sino la auténtica, se le transforma toda la cara. Se le cierran los ojos en forma de media luna, se le arruga la nariz, y hay un diminuto jadeo al final que probablemente odiaría saber que tiene.
—¿Acabas de usar la fisiología cardíaca como preliminares? —dice—. De todas las gilipolleces que he oído de todos los tíos, esa es nueva.
Joder, ¿tengo una oportunidad aquí? ¿Ya?
De repente, el miedo a soltar un dinero que no tengo es reemplazado por la emoción de ganar un dinero que me vendría muy bien.
Y, bueno, la idea de acostarme con Maya, que tampoco estaría mal.
Sería como un extra en metálico por follar para liberar la tensión que lleva semanas acumulándose en nuestra convivencia.
—Soy el primero en muchas cosas —digo, probando la frase.
—Oh, cariño. —Se gira completamente hacia mí, su rodilla presionando la mía con una intención tan deliberada como una carga, los ojos chispeando con algo que me seca la boca—. Vas a tener que hacerlo mucho mejor que eso. Esto no es una groupie del hockey en una fiesta post-partido.
Un momento crepita entre nosotros como un relámpago, porque en los últimos diez segundos los dos hemos declarado que la atracción entre nosotros está en juego.
Ha estado ahí sin palabras durante semanas, coqueteos y miradas de reojo, pero ahora está sobre la mesa.
Y no son solo palabras. Es la forma en que está inclinada hacia mí, la cabeza ladeada, los labios carnosos entreabiertos. ..
Interés. Genuino interés de joder-esto-está-pasando-de-verdad.
Reto aceptado.
El pulso se me dispara como si estuviera en muerte súbita.
Es ahora. Meter el gol o comer hielo.
—Podría ayudarte a estudiar. —Alargo la mano hacia su libro, deliberadamente torpe para que nuestras manos choquen sobre los diagramas anatómicos—. Eh, perdona, yo...
Sus dedos se deslizan entre los míos como agua buscando grietas, piel cálida como la fiebre y suave.
—¿Te está dando un ictus? ¿Te reviso las pupilas?
Su mano se queda enredada con la mía, su pulgar dibujando pequeños círculos ahora, cada rotación enviando señales directas a las partes más meridionales de mi anatomía, para las que su libro de texto seguramente tiene nombres clínicos, pero la mayoría de mis compañeros de hockey tienen nombres mucho más ordinarios.
Excepto Kellerman. Puto empollón.
Ella continúa, mirándome a los ojos.
—Pupilas normales, aunque el paciente padece una enfermedad crónica de meter la pata. Bastante mayor para saber qué hace, bastante joven para...
Tres golpes rápidos.
Pausa.
Dos más.
Cada músculo de mi cuerpo se bloquea como si me hubieran estampado contra las vallas.
Ahora no. No cuando por fin parece que estoy llegando a algún sitio.
Ese golpeteo lleva grabado a fuego en mi cerebro desde que tenía quince años: el código especial de mamá de cuando comprobaba si estaba dormido antes de salir corriendo al hospital con Chloe.
Solo que ya no tengo quince, y ellos nunca pasan «por aquí sin más».
La gasolina cuesta un dinero que no tienen, así que si han venido en coche. ..
Algo va mal.
—¿Esperabas a alguien? —pregunta Maya, todavía algo coqueta, sin detectar el cambio de ambiente.
Pero yo ya me estoy moviendo, las piernas en piloto automático como memoria muscular de una jugada que nunca quise aprender, y cuando abro la puerta me encuentro con el espectáculo completo de variedades del desastre Hamilton. Parpadeo unas cuantas veces, sin saber muy bien qué decirles.
Mamá se aferra a su bolso, el mismo de las rebajas de Target, agrietándose, que lleva manteniendo con vida cinco años a base de pegamento y oraciones.
Papá mira la hora en el Timex barato de cojones que le compré hace años.
Y Chloe, mi hermanita que dejó de ser pequeña la primera vez que preguntó si se iba a morir, bueno. ..
Bueno, joder, parece la muerte recalentada en el microondas.
Chloe se desploma contra el marco de la puerta, porque estar de pie es simplemente otra cosa más que intenta matarla. Su piel con tinte grisáceo dice que el oxígeno es un lujo que sus pulmones no se pueden permitir, y las ojeras han evolucionado de sombras a moratones en toda regla.
—Hola, campeón —dice mi padre, y puedo notar que está calculando gastos de gasolina y jornales perdidos—. Chloe ha tenido una mañana dura. Pensamos que quizá un cambio de aires...
Traducción: estamos a un mal día del colapso total y tú eres el único cuidador de respiro que no cobra.