La Colisión Perfecta (Universidad Pine Barren 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

nueve

MAYA

Mi manual de prácticas clínicas bien podría ser los abdominales de Maine, con lo mucho que estoy consiguiendo estudiar.

El recuerdo me golpea a traición: el agua deslizándose por su pecho, acumulándose en esa línea criminal donde empieza la toalla, la flexión de músculos cuando se pasó los dedos por el pelo mojado y dorado. Mi bolígrafo ataca la ficha con saña personal al pensarlo, porque me está afectando.

Buenos días, bro. Dos palabras. Eso fue todo lo que hizo falta para marcar territorio y que Tyler saliera corriendo como si le hubieran prendido fuego a sus Sperrys.

Punto: Maine.

Pero yo le había devuelto el golpe, ¿no?

Salí llevando solo la camiseta robada de Maine, con el dobladillo jugando un peligroso cucú con el decoro. Y después convertí el consumo de fruta en una clase magistral de felación, trabajándome esa fresa como si estuviera haciendo una audición para un canal de madrugada.

¿La respuesta?

Una mandíbula tensa y un reajuste de vaqueros que gritaban «alerta de empalme inesperado».

Punto: Maya.

Mis muslos se aprietan bajo la mesa, una traición corporal que me niego a reconocer mientras vuelvo al manual.

Regulación del gasto cardíaco... hilarante, teniendo en cuenta que mi corazón se revoluciona al máximo cada vez que pienso en nuestra convivencia, que es a la vez necesaria (el dinero. ..) y embriagadora (todo lo demás...).

Estamos atrapados en este juego psicosexual a ver quién se raja primero, cada mañana una nueva escalada en nuestra guerra de desgaste.

Sus dominadas sin camiseta. Esos pantalones deportivos grises que violan varios artículos de la Convención de Ginebra.

La forma en que sale de la ducha con esa toalla sostenida por una oración y leyes de la física que no comprendo.

Mi represalia: yoga ejecutado con intención maliciosa, rutina de cuidado facial nocturna en seda que se pega como un susurro a donde la gravedad dicte, y reorganizarle el estante de la ducha solo para imaginarlo tanteando a ciegas, mojado, maldiciendo mi nombre de formas que me hacen cosquillear la columna.

Es...

—...tiene que ser tan intenso vivir con Maine.

La voz de una de mis compañeras de estudio corta mi montaje mental clasificado X, y la realidad se reimpone: el zumbido de los fluorescentes, el clic-clac de teclas del pánico de última hora desde todas las direcciones, y mi grupo de estudio mirándome con expresiones que van de la preocupación a la sed apenas disimulada.

Sophie va directo a la yugular.

—O sea, ¿con la fama que tiene? ¡Seguro que necesitas un portero de discoteca solo para llegar a tu puerta!

Zorra , la fulmino con la mirada, pero las dos sabemos que no va en serio, porque sonríe de lado.

Las demás asienten con la cabeza en compasión sincronizada. Jenny aferra su resaltador con la intensidad de alguien que ya tiene preparado su discurso de aceptación del Nobel. Priya se ajusta las gafas de terapeuta pretenciosa —de carey, cómo no— con la expresión que lleva meses perfeccionando.

—Tiene que ser muy difícil —arrulla Priya—. Navegar ese tipo de... energía masculina depredadora en tu propio espacio seguro.

Mi columna se endereza de golpe con fuerza suficiente para que la silla chirríe en protesta.

Me ven como un corderito indefenso mientras el gran lobo feroz del hockey ronda nuestro territorio compartido.

La suposición me quema, porque deberían saber —todos deberían saber— que yo soy la dueña de cualquier territorio que piso.

Bueno, excepto la casa de mi infancia.

—Idiotas adorables —digo, las palabras destilando miel con cianuro—. Tenéis la cadena alimenticia al revés.

Me inclino hacia delante, dejándoles entrever lo que se han perdido —la depredadora escondida bajo uniforme sanitario y estrés— y la luz del techo capta mi brillo de labios cuando enseño los dientes.

—Maine no está cazando nada —digo, mientras los ojos de Jenny se abren tanto que casi puedo ver su cerebro recalibrándose—. El tipo anuncia sus intenciones con la sutileza que esperaría de un jugador de hockey. Es básicamente una paloma cachonda pavoneándose por unas migajas.

El café de Sophie se congela a medio camino de su boca, como si acabara de darse cuenta del peligro de que las demás se burlen de mí.

—Maya, no creo que...

Priya la interrumpe, revelando el duende del cotilleo que se esconde bajo su fachada de indiferencia:

—Espera, ¿estás diciendo que... él intenta llamar tu atención?

—Desesperadamente. —La palabra rueda por mi lengua como champán de victoria—. Todos esos músculos, toda esa energía de la tengo enorme ... me desea más que al aire.

El cambio de atmósfera golpea como un colocón por contacto. Pero bajo su deleite escandalizado, lo detecto: su duda, ese destello de venga ya que enciende mis neuronas competitivas, y me doy cuenta de que hay una oportunidad de canalizar toda la incertidumbre que siento con Maine a mi favor.

—Podría tenerlo en mi cama antes de que acabe el día —digo, reclinándome en la silla y cruzándome de brazos—. Demasiado fácil.

—Demasiado fácil con creces —se ríe Jenny—. Es Maine Hamilton, por el amor de Dios. Cualquiera de nosotras podría tenerlo en la cama antes de que acabe el día.

Las chicas se ríen, llamando la atención de las mesas cercanas, y no puedo decir que Jenny se equivoque.

Maine tiene una reputación, y ahora he visto las pruebas que la confirman.

Una chica cada pocas noches, y más si quisiera, todo el campus básicamente su colección personal de Pokémon. Pero hay algo que no hace.

—Amor —la confianza recubre cada sílaba como armadura de diseñador—. Me desea tanto que podría tenerlo enamorado de mí para los finales.

El silencio cae como si alguien hubiera cortado el sonido en posproducción. Hasta el ruido blanco de la biblioteca parece entrecortarse. El guante cae entre nosotras con estrépito, imposible de ignorar. Mi pulso monta una rave en la garganta, pero mantengo la expresión lisa como el mármol.

—Maya, eso es... —Jenny busca las palabras—. Es uno de los mayores mujeriegos del campus; ten cuidado de que no acabe jugando contigo.

La compasión de Jenny golpea como una bofetada a mano abierta.

Mi columna se bloquea contra el plástico barato mientras, alrededor de nuestra mesa apretada, tres caras se transforman en máscaras idénticas de lástima mezclada con preocupación.

Y, como siempre, ese cóctel particular de emociones hace que mi piel se tensa hasta adherirse al músculo.

Y el hecho de que llegue tan poco después de que mis padres me desestabilizaran. ..

Pues...

Digamos que me siento un poco vulnerable...

...lo cual es probablemente la mitad de la razón por la que me pone tanto el tira y afloja con Maine.

¿Pero esto? Esto es inaceptable.

Pobre Maya. Pobre corderito. Compartiendo paredes con el lobo más infame del campus.

La estrella del hockey, el rey de la comedia, el evaporador de bragas.

La suposición se propaga por mi torrente sanguíneo y siento una quemazón familiar: la de cada cena familiar donde mis logros se ganaban asentimientos distraídos mientras los de mis hermanos merecían Dom Pérignon, y cada vez que mis padres me decían por qué no podía o no debía en lugar de debía o podía.

Ven vulnerabilidad. Ven presa.

Y eso no va a pasar.

¿La idea de que alguien pueda jugar conmigo, especialmente Maine? ¡Ja!

—Final del semestre —digo—. Me dice que me quiere, o algo equivalente, o cruzo el campus corriendo desnuda.

El café de Sophie se suspende a medio sorbo, su expresión preocupada congelada en tiempo real. El resaltador rosa chicle de Jenny queda suspendido en el aire, olvidado. Priya mira a las demás, intentando averiguar si bromeo y tomar el pulso del grupo, y luego simplemente se queda mirándome.

Es la situación y las apuestas combinándose en una explosión.

Y es glorioso.

La voz de Sophie se quiebra.

—Maya, eso... A Maine no le van las relaciones.

—E-xac-to. —Mi sonrisa se afila—. Lo que hace que ganar sea tan delicioso.

Jenny juguetea ahora con sus uñas acrílicas de farmacia.

—Pero ¿y si pierdes...?

Sonrío.

—Cuando gane, las mismas apuestas para vosotras tres. Una carrera desnudas por el campus.

La sangre se les drena de la cara en horror sincronizado, pura mortificación por triplicado.

La magnitud se asienta pesada, definitiva y aséptica.

Esto trasciende a Maine. Esto va de poder, de demostrar que no necesito el dinero ni la aprobación de mis padres, y desde luego no necesito que mis amigas crean que soy una víctima.

Pero es más que eso, incluso yo lo admito (¡solo para mis adentros!).

Se trata de ponerle apuestas a mi guerra fría con Maine —encontrar una razón para convertirla en caliente— porque la tensión actual me tiene incapaz de pensar, incapaz de estudiar, incapaz de hacer nada sin que sus estúpidos (deliciosos) abdominales me crucen la mente.

Es lujuria canalizada con un propósito.

Es contener la fisión nuclear para bien, antes de que me destruya.

—¿Trato? —Mi mano se extiende sobre la mesa, firme como una sutura.

Apilan sus manos temblorosas sobre la mía: la de Jenny helada, la de Priya resbaladiza de ansiedad, y la de Sophie con el peso de alguien que me ha sujetado el pelo durante intoxicaciones de tequila, que sabe exactamente hasta dónde soy capaz de llevar cualquier cosa, y que sabe que no hay quien escape a la gravedad de Maya.

—Trato —susurran.

Me reclino, inundada por una satisfacción cálida como la morfina, mientras ellas vuelven a estudiar.

Pero por más que estudien, no llegarán a ver su punto ciego: los hombres como Maine funcionan con un código tan predecible que podrías publicarlo en los libros de texto, y yo perfeccioné su programación hace años.

El hombre ya me quiere y no lo sabe.

Y estas chicas han perdido tan estrepitosamente que ya podrían ir sacándose las tetas.

Mi teléfono vibra. Es mi madre:

Tu hermana se graduó primera de su promoción en Harvard Med. Quizá quieras llamarla.

Quizá quiera responder que te jodan , pero no lo hago.

Es solo otro recordatorio de que, en mi familia, soy la marginada.

La oveja negra. Algunos lo verían como una tragedia, pero lo he convertido en mi identidad, y por eso que las chicas me tengan lástima y asuman que soy la víctima me escoció tanto.

Y por eso quiero reclamar mi espacio —mi estatus— con ellas y con Maine.

Porque con mi familia...

Bueno, ahí no hay vuelta atrás.

—Señoritas —me levanto con gracia coreografiada—. Si me disculpáis, tengo un infarto que provocar.

Sus caras atónitas siguen mi salida de la biblioteca, y me aseguro de añadir un contoneo extra de caderas porque la confianza es mitad actuación, mitad delirio.

Mis botas anuncian cada paso con autoridad, perturbando a todos los demás en la biblioteca y atrayendo cada par de ojos masculinos —y algunos femeninos— a mi culo.

Cada zancada es eléctrica.

La apuesta se me inyecta directo en las venas. Maine Hamilton cree que conoce el juego —pura testosterona y necesidad obvia— pero el juego ha cambiado. Ahora hay apuestas, y todavía no ha registrado que cada movimiento ha sido trazado, diagnosticado y prescrito.

Que a Maya Hayes no la juega nadie.

Ella juega.

Y nunca pierde.