La Colisión Perfecta (Universidad Pine Barren 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

siete

MAINE

Veintisiete pasos hasta mi cama.

Veintisiete pasos antes de poder dejar de fingir que no estoy completamente jodido.

Ya no estoy en la ruina, como antes. Pero igual de jodido.

La puerta de mi departamento chilla en las bisagras cuando la empujo con el hombro, con el cuerpo marinado en la colonia insignia de Pizza Plus —ajo, queso, pepperoni y el tufo particular del salario mínimo— y los pies latiéndome después de ocho horas haciendo pizzas.

El aire del departamento trae algo agradable y limpio que hace que mi propia peste me florezca en las fosas nasales.

Las velas de Maya otra vez, o su difusor, o su perfume…

La mujer es básicamente una fábrica de fragancias andante, y no me extraña que necesite a alguien que le ayude a pagar el alquiler con toda la mierda en la que se gasta el dinero.

Pero ese es su problema, no el mío, mientras cargue con su mitad de las facturas.

Cuando entro, la sala está ahogada en sombras salvo por la luz que sangra de la pantalla del portátil de Maya sobre la mesa del comedor.

Antes de que Maya se mudara, me desplomaba donde ganara la gravedad.

El departamento era el único sitio donde Maine Hamilton, Alivio Cómico y Estrella del Hockey, podía por fin apagarse.

Ahora es solo otro escenario, y mi crítica más dura tiene asiento en primera fila.

Me quito las zapatillas a tirones, porque ella ha dejado clara su postura sobre llevar zapatos dentro de casa mediante una escalada progresiva: miradas de desaprobación, carraspeos intencionados, y finalmente una nota adhesiva rosa chillón con lo que podría haber sido una cara triste o un símbolo de riesgo biológico.

Y entonces la veo.

Vuelve de la cocina, me dedica el más mínimo gesto de saludo con la cabeza y se sienta frente a su portátil.

Mis ojos la siguen todo el rato, y mi agotamiento se evapora de golpe, convertido en una claridad cristalina.

Incluso en su estado más relajado, haciendo trabajos a altas horas de la noche, es sexo con patas.

Lleva una camiseta de tirantes gris, fina como el papel, con los tirantes negros del sostén cortando líneas oscuras sobre hombros pálidos.

Los shorts de dormir se le suben un poco más por los muslos con cada microajuste, regalándome un espectáculo.

Y su pelo está recogido en un moño caótico, atravesado por un bolígrafo.

Mi garganta alcanza condiciones desérticas, y la visión se me va derecha a la polla. Y lo peor es que ni siquiera lo está intentando. Esto no es un modelito de fiesta con tacones de fóllame y labial depredador. Esto es Maya estudiando a medianoche, en modo ahorro de energía.

Me doy cuenta de que llevo congelado en la puerta mirándola justo cuando ella levanta la vista hacia mí.

Su mirada sostiene la mía un instante más allá de lo casual, más allá del saludo entre compañeros de piso, hasta un territorio que me oprime el pecho.

Apuesto a que lo ve todo: el estrés detrás de mi fanfarronería, la atracción abrasadora que escondo.

Bueno, que intento esconder.

—¿Gran noche en la oficina? —Su voz corta la distancia, fría, y hay algo bajo el sarcasmo, algo que nota que llego más tarde de lo habitual.

—Viviendo el sueño. —Las palabras me salen ásperas—. Una pizza grande de pepperoni a la vez.

Me dedica un medio asentimiento, ya girándose hacia su pantalla, despachándome con la misma eficiencia con la que procesaría un pedido a domicilio. El bolígrafo queda atrapado entre sus dientes cuando se lo lleva a la boca, y tengo que apretar la mandíbula para no emitir ningún sonido.

Me retiro hacia mi habitación, la puerta se abre de par en par, y entonces lo veo.

Justo en el centro de mi almohada, colocado con precisión patológica: el plato que abandoné en el fregadero esta mañana, ahora irradiando una limpieza agresiva. La cerámica devuelve la luz como una acusación, y una nota adhesiva rosa chillón lo corona:

¿Se perdió de camino a casa?

La rabia me inunda el sistema, instantánea e inútil, porque esto es la última de las microagresiones de ida y vuelta que compartimos desde que se mudó.

Intenté darle la bienvenida, limpié su habitación y le di libertad para llenarla —y el resto del departamento— como necesitara para sentirse acogida.

Pero no para de cruzar la línea.

Ha sincronizado sus duchas maratonianas con mi horario de entrenamientos con una precisión admirable.

Ha «optimizado» la cocina convirtiéndola en algún sistema de organización nórdico que seguramente requiere certificación.

Ha impuesto su dominio sobre el olor del departamento entero, y ahora va a por la vista.

Sus mierdas —objetos decorativos, plantas— están ahora por todas putas partes.

Así que yo sigo empujándola en silencio de vuelta al otro lado de la línea.

Una bolsa de hockey dejada aquí, un plato en el fregadero allá. Es infantil, pero es la única rebelión posible en la guerra fría entre nosotros, porque la realidad es que no me puedo permitir que la guerra se caliente. Su parte del alquiler marca la diferencia entre sobrevivir y ahogarme.

La nota se arruga en mi puño y la energía me zumba por dentro —frustración y agotamiento y la presión fantasma de su mirada—, y necesito quemarla antes de hacer alguna estupidez.

Algo como volver ahí fuera hecho una furia, decirle lo que esos shorts me están provocando, y decirle que se lleve sus putas velas…

Y quizá preguntarle si le apetece follar antes de irse.

Pero no lo hago, porque la necesito. Y si la confrontara, podría acabar admitiendo que calculo el momento de mi batido de proteínas en función de cuándo sale de la ducha y va a prepararse el café.

O que me siento como un crío emocionado cuando baja la guardia y casi se le escapa una sonrisa con mis chistes estúpidos.

Así que, en vez de eso, hago lo que hago siempre que tengo energía que quemar y ninguna fiesta que dirigir.

Mi camiseta de trabajo cae al suelo, manchada de grasa, y la barra de dominadas acecha en el marco de mi puerta como un reto constante.

Al menos la barra no deja notas pasivo-agresivas ni hace que mi departamento huela a promesas que no me puedo permitir.

Me impulso hacia arriba, los dedos mordiendo el metal, y tiro.

Una. Dos. Tres.

Los hombros me chillan de inmediato: un dolor limpio que entiendo.

Cuatro. Cinco. Seis.

Lo jodido es esto: tengo un doctorado en leer a las mujeres. Después de tres minutos del Método Maine Hamilton, suelen estar riéndose y dándome su número. Pero Maya está hecha de otros materiales, que me devuelven mis patrañas y me hacen sentir un poco idiota.

Siete. Ocho. Nueve.

Aunque unas pocas veces lo he clavado. Un chiste en el momento justo o una réplica ingeniosa. Y cuando se ríe… bueno, no voy a soltar una cursilada tipo «es como ángeles cantando», pero cuando se ríe de verdad —no esa exhalación quirúrgica, sino la auténtica— es desordenada y preciosa.

Diez. Once. Doce.

Oigo su silla arañar la madera, pero no le doy importancia, hasta que literalmente la huelo acercarse, su aroma cortando a través de mi marinada post-turno. Se materializa en mi visión periférica, deteniéndose justo fuera del umbral de mi dormitorio como si respetara las reglas de los vampiros.

Y entonces, observa.

Trece. Catorce. Quince.

No digo nada. Ni siquiera reconozco que está ahí. Si quiere espectáculo, estoy encantado de ofrecerle algo digno de un anuncio de los Marines, con la esperanza de darle algo de la frustración y la atracción que yo llevo sintiendo durante días.

Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho.

—¿Pavoneándote para un público de una, Hamilton?

Su comentario hace que mi piel, ya recalentada, arda aún más, pero me concentro en mantener la forma impecable: pecho a la barra, extensión completa, descenso controlado. Lo último que necesito es que piense que me ha descolocado, pero mientras intento cargar una réplica, cometo un error crítico.

Le sostengo la mirada.

Y ahí está.

Durante medio latido, quizá menos, algo más se filtra a través de su expresión.

La sonrisa burlona se mantiene en su sitio, pero sus ojos la traicionan, recorriendo mi pecho con precisión de misil teledirigido.

Se detienen en mis abdominales, donde el sudor se acumula en los surcos, y se demoran en la V donde el pantalón deportivo apenas se agarra a los huesos de la cadera.

Luego suben de golpe, pero no antes de que vea lo que había en ellos.

Deseo.

En bruto, sin filtro, enterrado a toda prisa.

La revelación me golpea como un palazo en los pulmones. Maya Hayes —el objeto inamovible frente a mi farsa imparable— acaba de inventariarme como si estuviera en el menú. Y de repente, lo que creía que era una chispa de atracción en un solo sentido es ahora un incendio en ambas direcciones.

Eso me remata. Mi concentración se hace añicos y mi ritmo se disuelve.

Mi palma derecha, de repente resbaladiza como hielo negro, pierde el agarre por completo.

La gravedad me reclama y me desplomo: rodillas cediendo, mano izquierda arañando desesperada el marco de la puerta para evitar una catástrofe total, y mi culo se estampa contra el suelo.

Levanta una ceja, su sentido de la victoria claro en esa sonrisa afilada.

—Muy comprometido con ese aterrizaje —dice—. Puntos por creatividad.

Abro la boca para soltar alguna chulada y recuperar mi dignidad, pero no tengo nada.

Maine Hamilton, que nunca ha conocido un silencio que no pudiera llenar ni un listo al que no pudiera ganarle, está sentado de culo en el suelo con el sudor enfriándose hasta convertirse en vergüenza y oliendo a ajo.

—Bueno, sí. —Me pongo de pie, intentando rescatar algo de dignidad de este accidente de tráfico—. Hay que darle al público lo que quiere.

Es una réplica de mierda, y los dos lo sabemos.

—El público. —Saborea las palabras, las deja suspendidas; su silencio me dice lo que piensa de mi devolución—. Una sola: yo.

Da un paso más cerca. El pasillo se contrae.

Tiene que inclinar la cara hacia arriba para mantener el contacto visual —le saco más de treinta centímetros—, pero de alguna manera sigue ganando este combate de alturas.

Puedo olerla, y esa maldita combinación de sostén y camiseta de tirantes intenta arrastrarme la mirada hacia su escote como un rayo tractor.

Joder.

Ni en mi dormitorio puedo escapar de ella.

—Te dejaste un trozo en tu… entusiasta… actuación de limpieza de antes —dice—. Hay salpicaduras de marinara de hace cinco días.

Un segundo me está follando con la mirada, y al siguiente me está criticando mi higiene alimentaria.

—Mañana —consigo decir, con algo parecido a una voz firme—. Palabra de scout.

—Tú nunca fuiste scout. —Otra sonrisa burlona—. Los scouts tienen disciplina. Constancia. La capacidad de completar dominadas sin necesitar atención médica.

La artillería coqueta da justo en el blanco.

—Ay. —Me llevo una mano al pecho—. Mi frágil ego.

—Nada frágil en ti. —Le echa un vistazo a mi pecho y se va a su habitación.

La física se convierte en mi enemiga mientras esos shorts libran una guerra contra la cobertura de su culo con cada paso.

Si son veintisiete pasos de la puerta de entrada a mi habitación, los cinco que ella da desde mi puerta hasta la suya son la cosa más jodidamente sexy que he visto en mi vida.

Y entonces su puerta se cierra con un clic tan definitivo como un punto y aparte.

Me quedo respirando como si hubiera corrido suicidas, la piel electrificada, el aire todavía drogado con su aroma.

Mi agotamiento ha ardido como una chispa en una habitación llena de pólvora, y mi polla muestra un interés inequívoco en los acontecimientos recientes, lo cual es espectacular considerando que comparto pared con la responsable.

Agarro el plato acusador y voy a la cocina, donde su portátil hiberna pero su presencia persiste: una taza de té a medio beber colocada con precisión matemática, tres resaltadores dispuestos con pulcritud y un libro de texto de enfermería desplegado en la página en la que estuviera.

El conjunto grita no molestar .

Así que, naturalmente, molesto, porque vivo con alguien que trata la agresividad pasiva como un deporte de competición.

Ella lleva la cuenta, y voy perdiendo, lo cual es inaceptable.

Porque si hay algo que Maine Hamilton no hace es perder con elegancia, y si hay algo que sí hace es subir la apuesta constantemente.

Es solo un empujoncito. Nada catastrófico, nada que vaya a interrumpir su estudio o arruinar sus apuntes, porque no soy un completo imbécil.

Pero disfruto enormemente intercambiando la tapa del resaltador verde con la del naranja, y luego rotándolos justo lo suficiente para romper su perfecta disposición en paralelo.

¿Y cuando le adelanto el marcapáginas tres capítulos?

La satisfacción mezquina sabe mejor que un gol de la victoria.

Hecho eso, meto el plato en el armario de un golpe, con una sonrisa en la cara, reviviendo esa mirada. Esa astilla de tiempo en la que su control se resbaló y entreví… ¿qué? ¿El mismo deseo inconveniente que lleva comiéndome las defensas desde que invadió mi espacio?

La posibilidad se me asienta en las tripas.

Porque aquí está el chiste espectacular: estoy encadenado.

Su dinero del alquiler es mi soporte vital.

Y si esto se complica más allá del tira y afloja pasivo-agresivo…

Joder, cuando se complique, porque esa mirada prometía complicaciones con interés compuesto, no puedo ejecutar mi estrategia de salida habitual y desaparecer sin más.

Estoy esposado financieramente a una mujer que acaba de hacerme olvidar mi nombre con dos segundos de atención con la guardia baja.

Pero hay más en ella que eso. Veo el agotamiento que intenta ocultar, el miedo que siente desde que sus padres le cortaron el grifo (ella no me lo ha contado, pero Mike sí…), y los momentos con la guardia baja que son grietas en su fachada de fiestera indomable, de potra salvaje.

Y cada grieta en su perfección solo la hace más fascinante.

Pero ese es el problema. No es solo una compañera de piso o un medio para un fin. Es una fuerza que ha desestabilizado por completo mi equilibrio, y no tengo ni idea de cómo recuperarlo. Y lo más aterrador es cuánto quiero volver a ver esa mirada hambrienta en ella.

Y cuánto quiero ser la razón de que su control se fracture.