La coleccionista de insectos Capítulo 23
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Capítulo 23

La llave y la correa

El coche gris se detuvo frente a su casa a media mañana. Gillian Durban lo vio desde la ventana de la cocina y fue a vestirse antes de que llamaran a la puerta.

No le enseñaron ninguna identificación y ella tampoco la pidió. Sabía bien de dónde venían. El trayecto fue el mismo de la otra vez y se pararon en el mismo edificio sin distintivo. Cuando entró en la sala, el que parecía estar al mando ya estaba sentado. Delante de él había una carpeta cerrada.

Durban se sentó y nadie le ofreció café ni agua.

—El expediente de asuntos internos se ha resuelto esta semana —anunció el hombre—. Fuera del cuerpo. No habrá proceso, ni vista, ni mención de nada de esto. La versión oficial no cambia: Leask estaba solo cuando le detuvimos en la cafetería.

—¿Fuera del cuerpo? —repitió la inspectora.

Veinte años de carrera se acababan de ir a la mierda en un abrir y cerrar de ojos.

El hombre apoyó la mano sobre la carpeta sin abrirla.

—Nos vendría bien, de vez en cuando, alguien que sepa tomar decisiones difíciles y arriesgar si es necesario. Es un puesto de consultoría externa. Discreto y muy bien pagado —propuso, alzando las cejas.

—¿Y si digo que no?

El hombre no contestó, simplemente abrió la carpeta, giró la primera hoja lo justo para que Durban pudiese leerla y la cerró de nuevo. Era el informe sobre el estatus de Iska como refugiada.

—No se la puede deportar a ningún país al ser apátrida, pero necesita un trabajo y a nosotros nos viene excepcionalmente bien alguien como ella.

El único problema es que necesita supervisión y no confía en nadie salvo en una persona —murmuró, abriendo una mano hacia Durban como ofreciéndole la solución.

—Y yo soy esa supervisión —suspiró.

—Os llegará un contrato de servicios de una empresa que no os sonará de nada. Figuraréis ambas como consultoras.

—¿Consultoras de qué?

—De lo que haga falta.

Durban prefirió no seguir preguntando.

—¿Y si Iska no quiere?

—Con este trabajo, su permiso se revisa siempre a favor —explicó el hombre—. Como ya dije, es un trabajo discreto, lo ideal para ella. Tiene una intuición especial para saber cómo piensa la gente muy peligrosa. Lo de bien pagado supongo que le da igual.

***

Sinclair la esperaba en la acera de enfrente, mal aparcado.

—Sube. Te llevo a casa —le ofreció.

Condujo un rato en silencio, con las dos manos en el volante, y parecía más viejo que la última vez que le había visto.

—Lo siento mucho, Gillian. Sabes que no ha sido decisión mía.

Supongo que esa gente estaba muy interesada en que trabajases para ellos.

Por cierto, ha llegado lo de Leask —añadió—.

Se lo va a tragar todo. Con lo que soltó delante de la psiquiatra, la Fiscalía ha retirado el acuerdo y va a por todos los cargos. Se pudrirá dentro.

Durban miró por la ventanilla. La ciudad seguía en pie, habían evitado por los pelos el mayor atentado de la historia y casi nadie sabría nunca cómo o gracias a quién se había logrado.

Cuando pararon delante de su casa, Sinclair abrió la guantera y sacó un paquete estrecho, envuelto en plástico, sin ninguna etiqueta.

—Iska nunca estuvo detenida —dijo—, así que esto nunca estuvo en ningún depósito de pruebas. No quiero saber qué haces con ello.

Durban solo asintió y se guardó el paquete.

—¿Me habrías creído? —preguntó ya con la mano en la puerta—. Si te lo hubiese contado el primer día. Todo. ¿Me habrías creído?

Sinclair tardó en responder.

—No, no te habría creído. Y, aunque ya no tenga ninguna importancia, creo que has hecho un trabajo excelente.

Ahora, baja del coche, anda, y si me cruzo contigo, espero que sea en un bar o en un partido de rugby.

No quiero saber nada de la agencia esa para la que ahora trabajas —agregó antes de despedirse.

***

Tait ya estaba dentro de la taberna, con una bolsa de hojas frescas sobre la barra.

El terrario ocupaba una de las mesas. Durban cambió el agua y removió el musgo sin pensarlo, como cada día. Los tres escarabajos se apartaron de sus dedos sin prisa. Ya la conocían.

—¿Lo sabes ya? —preguntó Tait—. Ha ganado. Puede quedarse.

—Lo sé.

—¿Quién te lo ha dicho? —insistió.

Durban no contestó, tan solo dejó escapar un largo soplido.

—Ya —dijo—. A mí también me han llamado los del coche gris. Consultoría, lo llaman. Les he dicho que sí.

—¿Les has dicho que sí? —se sorprendió la inspectora.

—Joder, Gillian, no os voy a dejar a vosotras dos solas ahí dentro —bromeó—. Por cierto, Sandison ya ha escrito el informe médico de Iska. Si un día alguien comprueba, se morirá de aburrimiento antes de descubrir nada.

Por la ventana, al fondo de la calle, la vieron acercarse.

—Al menos esta vez no viene por los tejados —anunció Tait, cogiendo la chaqueta—. Me voy a casa, necesito dormir y vosotras dos necesitáis estar a solas. Sería muy incómodo escuchar vuestros gemidos desde aquí abajo.

Se cruzaron en la puerta. Tait le dijo algo que Durban no llegó a oír e Iska respondió que no con la cabeza.

Después entró y cerró sin hacer ruido. Llevaba una ropa que Durban no le había visto nunca y el pelo más corto.

—Sabía que estarías aquí —dijo.

—Llevo un buen tiempo viniendo a cuidar de tus escarabajos —admitió, haciendo un gesto hacia el terrario.

Iska miró el musgo, el agua limpia, la bolsa de hojas sobre la barra. No dijo nada, pero se quedó un rato con los dedos apoyados en el cristal.

—Esto es tuyo, por cierto, pero es mejor que no lo lleves por la calle; no es del todo legal —le advirtió, entregándole el paquete con el cuchillo.

Iska comprobó el filo con el pulgar y lo guardó en su ropa de todos modos.

—¿Qué precio has pagado tú? —preguntó.

—Ya no soy policía.

—¿Era un precio justo?

—Sí, supongo que sí —anunció Durban.

Iska no dijo nada. Nunca se le habían dado bien las palabras, así que la besó.

—Tengo un regalo para ti —añadió la inspectora, sacando de una bolsa un libro grande con la tapa dura—. Lo vi en una librería y no pude resistirme. Es una guía de los escarabajos de Escocia. Están todos. Así aprenderás cómo son y sus nombres, no solo los de estos tres.

Iska lo abrió sobre la barra y fue pasando las páginas muy despacio, maravillada con cada una de las fotos. De pronto se detuvo, giró el libro hacia Durban y señaló primero la fotografía y, a continuación, el terrario.

—Es este —anunció.

Durban asintió sonriendo y sacó la llave del bolsillo, dejándola sobre la barra, junto a la guía. Iska la miró sin tocarla.

—Es de mi casa —dijo.

Iska la cogió y la hizo girar entre los dedos.

—Si alguien me la roba, podrá entrar.

—Ya lo sé.

—¿Y me la das de todos modos?

—Sí, porque me gustaría que te quedases a vivir conmigo —susurró, colocando las manos en su cintura para besarla de nuevo.