La coleccionista de insectos Capítulo 22
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Capítulo 22

La apátrida

A Iska la llevaron a una madriguera muy grande que estaba llena de gente que esperaba papeles.

Le dieron una cama en un cuarto con otras dos mujeres, una tarjeta con su cara y un papel cubierto de signos que no sabía leer.

Lina le explicó el primer día que el papel decía que podía quedarse allí mientras ella también esperaba sus papeles.

Iska no preguntó qué decían esos papeles que esperaba, porque a esas alturas ya había aprendido que, en este mundo, cada persona existía dos veces, una en su cuerpo y otra en muchos papeles.

Y lo peor de todo era que si algo pasaba, los papeles siempre mandaban.

Las dos mujeres del cuarto hablaban entre ellas en un idioma que tampoco era el de este lugar y dormían de cara a la puerta.

También venían de una guerra. Eso Iska lo entendió sin necesidad de comprender las palabras.

Los hombres dormían separados en otro pasillo e Iska pensó que eso evitaba muchos problemas.

La comida llegaba tres veces al día, en bandejas, sacada de esas bolsas frías que luego calentaban.

Olía mal, pero era abundante y nadie tenía que pelear por ella.

En el pasillo había un tablón con papeles de muchos colores que Iska no sabía leer, pero cada mañana había gente buscando su nombre durante mucho rato.

Algunas mujeres lo encontraban, otras no.

Así que lo buscaban de nuevo al día siguiente.

Un día, una mujer encontró su nombre en el tablón. Leyó el papel varias veces para estar segura, se sentó en el suelo y estuvo mucho rato llorando con la cara entre las manos. Nadie le preguntó nada. Iska no supo si encontrar tu nombre era bueno o malo. Daba igual, porque tampoco lo buscaba.

La espera no le costaba trabajo. En su mundo, un ejecutor podía pasar días sin moverse de un lugar, esperando a una presa. Lo difícil era no saber qué estaba esperando.

El mordisco del arma en el brazo se había cerrado hacía tiempo, Sandison había hecho un buen trabajo y solo quedaba la cicatriz. Lo que más echaba de menos eran sus escarabajos. También el cuchillo, pero sabía matar sin él en caso de que fuese necesario.

Había querido creer a la inspectora y no había peleado por su libertad en aquella cafetería. Desde entonces, nadie había venido a buscarla, solo Lina la visitaba a veces.

La defensora le explicó lo que iba a ocurrir.

—Habrá una entrevista —dijo—. Un funcionario de Interior escuchará tu historia. No decide él solo: escribe un informe y otros deciden con él. Si dicen que no, pelearemos delante de un tribunal, pero prefiero no llegar ahí.

—¿Un duelo?

—No, no, solo palabras y papeles.

—¿Y si decide que no puedo quedarme?

Lina tardó un poco en contestar.

—Para echarte de este país tienen que enviarte a otro y nadie sabe de dónde vienes, así que eso es un punto a tu favor.

En Zaldrakor, cuando un clan discutía si podías quedarte, debías demostrar que eras útil de algún modo.

Aquí no importaba. Algunos de los hombres que estaban en aquella madriguera habían sido soldados, eso lo tenía claro, pero la mayor parte de la gente no parecía servir de mucho en una batalla.

Quizá eran curanderas o tenían otras habilidades.

Una vez se lo preguntó a Lina, pero solo sonrió y puso los ojos en blanco.

—Cuando te pregunten cómo llegaste a Escocia dices que no lo recuerdas. Mucha gente dice que no lo recuerda, así que nadie va a extrañarse. También tienes que decir que no sabes de qué país vienes.

—Lo recuerdo todo.

—Vale, tú hazme caso por favor —insistió la defensora—.

No recuerdas ni cómo llegaste a Edimburgo ni el país del que procedes.

Solo tienes que decir eso y que huyes de una guerra.

No sé quién ni por qué, pero este expediente avanza demasiado rápido y estas cosas no funcionan así.

Alguien de arriba está moviendo hilos, así que no me compliques tú las cosas.

***

La sala era pequeña. Iska había imaginado un templo con columnas donde se reunían los ancianos, pero solo estaban ella, su defensora y un hombre de unos cuarenta inviernos.

Le preguntaron si necesitaba un traductor y Lina dijo que no. Era una verdad a medias: Iska entendía casi todas las frases, pero dentro de esas frases había a veces palabras agujero por las que se escapaba el sentido.

El hombre le pidió que dijese su nombre.

—Iska Harrak.

—¿País de nacimiento?

—Zaldrakor.

La defensora dejó escapar un soplido y escondió el rostro entre las manos.

Iska no mentía, así que lo contó todo. El clan Harrak. Su oficio como ejecutora. La explosión y luego el despertar en un parque de este mundo.

El hombre dejó de escribir a la mitad y miró a la defensora.

En un momento dado, la interrumpió y simplemente le preguntó si tenía alguna enfermedad.

—Yo no enfermo —respondió sin más.

En ese instante, Lina pidió permiso para hablar y estuvo un rato usando frases muy largas que Iska solo entendía a medias.

Dijo que su clienta huía de una guerra y que tenía un trauma severo por todo lo que había vivido.

Al finalizar, preguntó al hombre de los cuarenta inviernos a qué país pensaba devolverla si no aceptaban su petición de asilo.

Iska comprendió que su defensora no contaba toda la verdad, pero no protestó. Ella ya había contado su historia entera, lo que ese hombre hiciese después con ella era cosa de este mundo, no suya. Ella había seguido el Código del clan Harrak.

—A efectos legales —respondió el hombre—, la solicitante es apátrida.

Iska no conocía esa palabra, así que preguntó a Lina.

—Que no te reclama ningún reino —le explicó la defensora en voz muy baja.

Luego, el hombre leyó en voz alta una decisión llena de palabras agujero. Iska no entendió casi nada, pero la defensora le apretó la rodilla por debajo de la mesa y sonreía, así que supuso que eran buenas noticias.

A continuación, le pidieron que firmara. Dibujó su cruz, la de siempre, y nadie le pidió nada más.

***

En el pasillo, Lina se lo tradujo a su manera.

—Puedes quedarte —dijo muy contenta—. No es algo permanente, se revisará cada cierto tiempo, pero nadie te expulsará, podrás trabajar y durante un tiempo recibirás algunas ayudas del Estado.

Iska asintió lentamente con la cabeza.

—Menos mal que ese hombre no te ha creído —añadió la defensora en voz baja—. A mis padres tampoco les creyeron cuando llegaron. La diferencia es que a ti no creerte acaba de salvarte.

—¿Qué precio has pagado tú? —preguntó Iska de pronto.

—¿Qué? ¿Por qué crees que he pagado un precio?

—Los pactos sin precio van contra el Código. Y tú llevas mucho tiempo peleando por mí.

Lina se colgó la cartera del hombro antes de contestar.

—Cuando mis padres llegaron a este país como refugiados, tuvieron un abogado que luchó por ellos. Ya está pagado —respondió Lina, con los ojos humedecidos.

—Si tienes algún enemigo que quieras eliminar, puedo hacerlo por ti. Es mi trabajo —añadió Iska muy seria.

Lina se quedó mirándola un rato. Empezaba a pensar que no era una broma.

—Pero puedes pagarme de otra manera. Si algún día te cruzas con alguien que acaba de llegar de una guerra, siéntate un rato a hablar con esa persona, que note que alguien la escucha. Nada más.

Iska lo pensó un rato. Era un precio extraño, aunque muy barato. En cualquier caso, un precio era un precio, así que aceptó porque era lo que exigía el Código.

***

Tait esperaba fuera, apoyada en una máquina de metal, con las manos en los bolsillos.

—Ya es una de los nuestros, ¿te lo puedes creer? —dijo al verla bajar la escalera—. ¿Qué tal ahí dentro? ¿Te han dado ya el pasaporte y la oveja?

—No me han dado ninguna oveja. Solo un papel —respondió Iska extrañada.

Lina suspiró mientras Tait le abría la puerta del coche.

—No le hagas caso. Es un chiste malo: en las Tierras Altas hay más ovejas que personas, por eso lo dice. Por cierto, tus escarabajos siguen en la taberna. Vivos, los hemos estado cuidando todo este tiempo. Incluso ahora están en un terrario. ¿Te llevo?

—Conozco el terreno hasta la taberna, prefiero ir caminando —le aseguró.

Tait sonrió, se metió dentro, y la máquina de metal se alejó calle abajo.

Iska caminó hacia la taberna. En un cruce, el hombre rojo brillaba al otro lado. No se divisaba ninguna máquina de metal en ningún sentido; la calle estaba vacía y habría podido cruzarla sin que nadie la viese.

Esperó a que apareciese el hombre verde de todos modos.