Capítulo 21
Nadie le cree
Gillian Durban conocía el procedimiento desde el otro lado del mostrador. El sargento le pidió el cinturón, los cordones y el reloj sin ni siquiera mirarla a la cara.
—¿Dónde está la mujer que detuvieron conmigo? —preguntó.
El sargento siguió escribiendo.
—¿Y la sargento Tait?
—Una firma aquí, por favor —fue toda la respuesta que recibió.
Durban no protestó porque el sargento no tenía la culpa de nada. Las órdenes venían de mucho más arriba. Alguien había decidido que no supiese nada de nadie durante un tiempo para meter presión.
—Típico. De puta madre —murmuró la inspectora, y firmó donde le dijeron.
Ya en la celda, le trajeron la cena en una bandeja de plástico y durmió a ratos, de cara a la pared.
Pensó en Iska, que también estaría en otra celda, preguntando por ella sin obtener ninguna respuesta.
En la cafetería le había prometido que no la llevarían al laboratorio donde la habían retenido la otra vez.
Lo hizo para evitar una masacre, porque vio en sus ojos que estaba a punto de sacar el cuchillo y cortar el cuello de tres policías, pero era consciente de que esa promesa no dependía de ella.
En algún momento de la noche, una mujer, dos celdas más allá, se puso a cantar una vieja canción, desafinando, hasta que alguien le gritó que se callase.
Nadie la interrogó.
Al día siguiente le ofrecieron llamar a un abogado y les dijo que todavía no. El agente que le trajo el café de la mañana era muy joven, recién salido de la academia, y estaba nervioso. Durban le dio las gracias y él se marchó muy rápido.
Al segundo día, llegaron una mujer y un hombre sin uniforme y le devolvieron sus cosas sin dar ninguna explicación.
La sacaron de la comisaría sin firmar nada y la metieron en un coche gris con el que cruzaron la ciudad.
La inspectora memorizó el recorrido por costumbre de su oficio, hasta que se pararon frente a un edificio sin ningún distintivo.
Cuando la llevaron a una sala que no tenía ventanas, ya no hizo falta que le explicasen nada más.
***
Se sorprendió al ver a Sinclair, aunque tenía cara de pocos amigos. Al resto no los conocía.
—Esta conversación no está teniendo lugar —dijo el que parecía estar al mando.
Durban alzó las cejas, pero no dijo nada.
—Si esa mujer sale a la luz, será un auténtico caos —murmuró a continuación.
La inspectora asintió lentamente con la cabeza, aunque desconocía las implicaciones de esa frase, y el tono de voz no le gustó nada.
—Leask será acusado de conspiración para cometer asesinato en espacio público —informó el hombre—. Se libra de todo lo demás a cambio de no mencionar a Iska Harrak. El sumario que llegará al tribunal va a ser muy aburrido y en unos años estará en la calle.
—¿Y el francotirador? —preguntó Durban.
—No hay ningún francotirador.
—¿Está vivo?
—Si hubiese uno, estaría vivo —confirmó el hombre al mando—. Pero no hay ninguno.
—¿Dónde está Iska? —insistió la inspectora, aunque tenía dudas de si obtendría una respuesta.
—En custodia ordinaria, esperando a que se resuelva el expediente de asilo para refugiados que presentó su abogada. A nosotros no nos interesa mientras mantenga un perfil bajo. Si la detienen, lo sabremos casi de inmediato y ahí empezarán los problemas.
—No vuelve a esa instalación, ¿verdad? Nunca.
—No nos interesa —repitió el hombre—. Nadie va a ir a buscarla. No porque yo lo prometa, sino porque no conviene que se sepa que esa mujer existe. Si fuese por mí, la solución, ahora que está en custodia, sería fácil, pero alguien arriba no quiere ese tipo de solución, así que asumimos el riesgo.
—Queda lo del registro central de huellas —les recordó Sinclair.
—Se purga esta semana. Por completo. Nunca entró en el sistema ni fue detenida.
—¿Y mi gente? —preguntó Sinclair, algo nervioso porque sabía que estaba en una reunión a un nivel muy superior al que estaba acostumbrado—. ¿La sargento Tait y la inspectora Durban?
—Asuntos internos de su comisaría —murmuró la persona al mando—. Por nuestra parte, todo esto no ha ocurrido. Leask estaba solo cuando le detuvimos.
Sinclair miró de reojo a Durban y ella se encogió de hombros de nuevo. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a ese tipo de operaciones.
Antes de dar la reunión por terminada, una mujer entró en la sala con una bolsa y se la entregó a la inspectora.
—Esto estaba en la taberna cuando la registramos —dijo sin más.
Durban abrió la bolsa con prisas. Toda la información sobre Iska continuaba allí.
Y con eso dieron por terminada la reunión. Nadie estrechó ninguna mano ni firmó ningún papel. Sinclair gruñó algo que podía ser un gracias y las puertas se fueron abriendo solas hasta llegar a la calle.
—Estás suspendida —le comunicó Sinclair cuando se subieron al coche—. Hasta que terminemos el expediente de asuntos internos. No me hagas pasar por esto nunca más en tu vida —añadió—. Estoy ya muy viejo para estas cosas.
—¿Dónde está Tait? —cortó la inspectora.
—La acaban de dejar en su casa.
A Gillian Durban la soltaron esa misma tarde, sin cargos y sin ninguna explicación adicional.
Dos días más tarde, las huellas de Iska habían desaparecido del archivo nacional y Sandison le dijo que el expediente tampoco existía ya en la comisaría, incluido el informe forense que ella misma había modificado.
***
Leask declaró una semana más tarde. Sinclair citó a la inspectora Durban en el tribunal sin decirle para qué lo hacía. Entraron por una puerta lateral que llevaba a una sala pequeña con un monitor encendido y dos sillas.
—Mira —fue todo lo que dijo, señalando con la barbilla.
En la pantalla se veía una sala de vistas sin público.
Leask estaba sentado entre dos funcionarios, vestido con un buen traje hecho a medida y parecía tranquilo.
Al fin y al cabo, se había garantizado un trato muy ventajoso por su silencio.
Su abogada tomaba notas sentada a la izquierda.
Frente a ellos, el fiscal era un hombre mayor, seguramente a punto de jubilarse, que hablaba poco y lento.
Durante los primeros veinte minutos, Leask fue el acusado más ordenado que Durban había visto en toda su carrera. Les dio nombres y fechas, la estructura de las empresas offshore, los años en el ejército. Ni una palabra de más. Estaba cumpliendo su parte del trato y lo hacía muy bien.
Cuando el fiscal le preguntó por la mañana de su detención en la cafetería, Leask se balanceó un poco hacia atrás en la silla.
—Antes de eso quiero que conste una cosa —anunció sin levantar la voz—. Esa mujer a la que la policía protege no es humana. Viene de otro mundo y existen pruebas: huellas en el registro central, una grabación. Con un simple análisis de ADN descubrirán la verdad.
—Acaba de romper el trato —masculló entre dientes Durban sin apartar los ojos del monitor.
En la pantalla, la abogada puso los ojos en blanco y dejó de escribir.
—Compruébenlo —insistió Leask—. Compruébenlo y después hablamos de esa mañana en la cafetería.
No había nada que comprobar porque a esas alturas las huellas ya no estaban en ningún archivo, tampoco había rastros de la detención de Iska y no se podía acceder a ninguna grabación. Pero el único que parecía no saberlo era Leask.
El fiscal ordenó sus papeles sin ninguna prisa y pidió un receso de quince minutos sin inmutarse por las nuevas declaraciones.
Cuando regresaron, había tres personas nuevas en la sala.
Dos hombres de traje gris y una mujer que se presentó como psiquiatra.
A Leask le cambió la cara por primera vez al comprender la situación.
Aun así, continuó hablando y dio todo tipo de detalles. Su declaración era cierta, pero nadie tomaba ya notas, solo la psiquiatra. Cuanto más precisa era su verdad, más se complicaban las cosas para él.
—Es mejor que regresemos a la mañana de su detención, señor Leask —ordenó el fiscal.
Ninguna de las verdades que había dicho había servido para nada.
Durban esperaba sentir alivio, pero no hubo ninguno.
Sinclair apagó el monitor antes de que terminase la sesión.
—Ya has visto lo que había que ver —murmuró, haciendo una seña para que abandonasen la sala.