Capítulo 20
La clausura del Festival
Cuatro días más tarde, la mesa grande de la taberna estaba cubierta de papeles.
Iska no entendía los signos, pero sí los dibujos. Un mapa era un territorio de caza tanto en este mundo como en el suyo. Se imaginaba las calles como barrancos y los jardines de Edimburgo como un valle largo y estrecho. De ese modo, era muy fácil memorizarlo.
—A la presa no se la persigue por el valle, se la espera en el agua, cuando vaya a beber. Si yo tuviese que hacer el máximo de daño, colocaría arqueros aquí, aquí y aquí —informó, señalando con el dedo.
—Tiene sentido —admitió Tait—, y la clausura es mañana. Fuegos artificiales, media ciudad metida dentro de esos jardines y la otra media mirando desde la calle. Si no detenemos a Leask, el Festival se convertirá en una masacre.
—¿Y Tulloch? ¿Se sabe algo? —preguntó Durban.
—Desaparecido. No ha vuelto al archivo ni a su casa. Se rumorea que está vivo, pero se ha escondido de todos —dijo Tait, torciendo el gesto—. Me cago en la puta, Tulloch. Le presté un montón de veces el cargador del móvil.
—En estos momentos Leask va a ciegas —murmuró Iska—. Su guardián ha desaparecido y no sabe por qué, pero no puede parar porque los compradores ya están aquí.
—Hay otra cosa que debes saber —añadió la inspectora, volviéndose hacia Iska—. Los de la agencia que te detuvo, no van a ayudarnos ni a estorbarnos. Nos dejan hacer. Han hecho una propuesta. Si detenemos a Leask, se olvidan de ti. Destruirán lo que ellos tienen y no quedará ya nada.
Iska asintió con la cabeza. En su mundo también había clanes grandes que dejaban cazar a los pequeños para no mancharse las manos. Lo que no dijo fue que esos clanes grandes no siempre respetaban el Código.
—¿Cuántos cazadores crees que tendrá Leask dentro de los jardines? —preguntó.
—Seis, siete. Varios de ellos estarán casi seguro en esas posiciones que has dicho. Quizá ocho, si colocan a alguien en la colina —calculó Tait.
—¿Puedo matar a alguno? Sería mucho más fácil y rápido.
—¡No! —gritaron las dos policías casi al unísono.
Iska chasqueó la lengua.
—El de la colina me preocupa —prosiguió Tait—.
Si yo fuese Leask, pondría un tirador con un arma larga.
Empezaría el ataque desde allí, esa sería mi señal y, en medio del caos, los demás terminarían la masacre cazando a los que huyen.
El problema es que es imposible subir sin que el tirador te vea desde arriba.
—Yo sí puedo —aseguró Iska.
Tait desvió la mirada hacia la inspectora.
—Está bien, tú te encargas del francotirador. Vivo —advirtió Durban—. Me da igual cómo lo hagas, pero le quiero vivo.
***
La lata se quedó en la taberna, cerrada con la goma para evitar que los escarabajos saliesen, encima de la barra. Una ejecutora no lleva carga extra a una caza, aunque pese poco.
Al llegar al Festival, a Iska se le revolvió el estómago.
Olía demasiado a comida, y en este mundo apenas comían frutas o carne cocinada sobre el fuego.
La compraban en bolsas que estaban muy frías y luego la calentaban.
Olía mal y sabía mucho peor que la de Zaldrakor.
Los jardines estaban llenos de gente y el castillo se recortaba contra el cielo.
A Iska le encantaba ese castillo, sería una fortaleza inexpugnable en su mundo.
En los edificios altos frente a los jardines había ventanas iluminadas. Seguramente desde ahí miraban los compradores. Iska recordó las peleas a muerte en los fosos, allí también había gente que pagaba por ver morir a otros.
Cuando el primer trueno estalló sobre el castillo, toda la ciudad levantó la cabeza a la vez. El cielo se llenó de flores de luz y el valle entero gritó de alegría. Era el mejor momento para cazar, cuando todos estaban distraídos.
Mientras empezaba a subir, encontró a un hombre al que reconoció. Le había visto llevar cosas al de los papeles. Estaba muy quieto, con una mano en el bolsillo de la chaqueta, seguramente vigilando. Iska le durmió contra la hierba de un solo golpe antes de que él se diese cuenta de lo que ocurría.
Después continuó subiendo por la ladera oscura, lejos del camino.
La colina tenía torres y columnas de piedra, también un templo que alguien dejó a medio construir.
Buen terreno para la caza: sombras largas, viento, y un cielo que estallaba cada pocos latidos y obligaba a todos los ojos a mirar hacia arriba.
Al llegar a la cima, se quitó las botas y las dejó entre las piedras. La hierba estaba fría y mojada. Mejor: los pies descalzos no hacen ruido y el frío nunca le había molestado.
Encontró al tirador donde ella misma se habría colocado si supiese usar una de esas armas de este mundo: tumbado tras un borde de piedra, vestido de negro, apuntando al valle. Respiraba despacio, al ritmo de los truenos. Era bueno.
En su mundo, a los arqueros se los alimentaba bien y nadie les daba la espalda, ni siquiera los ejecutores.
Iska le rodeó en contra del viento para que no le llegase su olor, igual que hacía en Zaldrakor, y avanzó solo cuando el cielo estallaba.
A cinco pasos, el hombre giró la cabeza.
No perdió el tiempo con el arma larga. Rodó por el suelo y sacó una pequeña que mordió el brazo de Iska.
Su trueno se perdió entre los otros truenos de luz en el cielo.
Siguió adelante, porque en una batalla pararse era morir.
Le golpeó la mano contra la piedra hasta que el arma cayó ladera abajo.
El arquero le buscó los ojos con los pulgares, igual que hacían en su mundo; peleaba sin miedo, pero era lento.
Iska le rompió la rodilla de una patada y le dejó de espaldas contra la piedra, con el cuchillo en la garganta.
El hombre dejó de pelear. Sabía lo que venía a continuación. Cerró los ojos y esperó.
Iska pensó que un guerrero así merecía el honor de morir en batalla. Era rápido y fácil. Un corte en la garganta y todo se acabaría, pero le había prometido a Durban que no mataría a nadie.
—Levanta —ordenó.
El hombre abrió los ojos sin entender nada.
—Pero… tú no eres de la policía —masculló en un acento extraño. Quizá provenía de un clan lejano.
Le hizo bajar la colina cojeando mientras el cielo seguía estallando con sus flores de colores y sus truenos.
El brazo le sangraba por delante y por detrás y ya no le obedecía del todo.
De vez en cuando, el arquero la miraba de reojo, como calculando sus posibilidades, e Iska le enseñaba el cuchillo.
Abajo, junto a la verja, esperaba un hombre sin pelo y con un cigarrillo apagado entre los dedos. El mismo que la había llevado a aquel edificio donde le sacaron la sangre.
—Yo me encargo a partir de ahora, Iska —dijo, ordenando a sus ayudantes que detuviesen al arquero.
A continuación, miró la manga empapada de sangre.
—¿Tienes a alguien de confianza que te cure eso? Es mejor que no vayas a un hospital. Harán preguntas.
Iska recordó a la doctora Sandison y asintió. Apenas le dolía, había tenido heridas mucho peores, pero era ya su segunda cicatriz en este mundo.
En los jardines, el fuego del cielo se apagó con un último trueno, mucho más largo y ruidoso que los anteriores. Todo el mundo suspiró un largo “Aaaah” y aplaudió durante mucho rato sin enterarse de nada.
De camino a la taberna, Iska se encontró con una mujer con una caja de esas con las que recaudaban dinero sin amenazar a nadie.
Llevaba un chaleco de un color chillón, como la que había visto hacía muchos días.
Se detuvo frente a ella y fue metiendo por la pequeña ranura las monedas que le quedaban, también uno de esos papeles de colores que utilizaban como dinero y que ella no había usado nunca.
La mujer le sonrió y le dio las gracias.
***
A la mañana siguiente el café de la calle grande, frente a los jardines, tenía todas las mesas llenas.
Leask estaba sentado al fondo, de espaldas a la pared con las manos alrededor de una taza.
Durban se sentó frente a él. Tait se quedó de pie. Iska, por su parte, eligió el lado de la ventana porque desde allí se veía la calle entera.
—Se acabó, Leask —dijo la inspectora.
—No tienes ni idea de lo que dices. Siempre tengo gente vigilándome. Si hago una señal, esto se convierte en una carnicería. ¿Es eso lo que quieres, Durban? —preguntó con arrogancia.
—Por mí puedes hacer esa señal cuando quieras. Tu tirador de la colina pasó la noche en una sala de interrogatorios de antiterrorismo y decidió ser razonable. Por eso no dio la señal.
Leask miró hacia la calle. Frente a la parada, dos guerreros de la ley se llevaban a un hombre de chaqueta verde, uno por cada brazo.
Más allá, otro se dejaba poner las esposas contra una furgoneta, sin ruido.
Una mujer pasó junto a ellos empujando un carrito y ni siquiera volvió la cabeza.
Los hombres de Leask fueron cayendo así, uno a uno, en una calle repleta de gente que siguió con su vida como si no pasara nada.
Iska leyó la derrota en su rostro.
Dos guerreros de la ley entraron en la cafetería y le levantaron de la silla. Uno recitó unas frases muy largas que Iska no entendió y se lo llevaron. Las personas del café apenas miraron un rato y siguieron con sus desayunos.
A continuación, les tocó a ellas.
Fairlie entró con las esposas ya en la mano y en su cara había un gesto extraño. Venía acompañado de varios guerreros de la ley, esta vez de uniforme.
Iska buscó el cuchillo bajo la ropa. Conocía esas ataduras de metal.
También al hombre sin pelo y, sobre todo, el edificio del que venía: la sala donde la luz no cambiaba nunca, las correas de cuero en los brazos y en las piernas, los tubos de sangre.
Esta vez iba a pelear, ya no se dejaría engañar.
Los tres hombres estarían muertos antes de que pudiesen llevársela.
—Iska —dijo la inspectora, bajando la voz—. Tranquila, no hagas ninguna tontería. Esto no va contigo. No voy a dejar que te lleven al sitio de la otra vez. Mírame.
Durban ofreció sus muñecas y el metal se cerró sobre ellas. No intentó escapar. Eran tres contra tres, una pelea fácil y, en cambio, se rendía sin luchar.
—Iska, por favor, haz lo que te digo —insistió.
Sacó el cuchillo muy despacio para que nadie se pudiese asustar, y lo dejó sobre la mesa. Uno de los guerreros lo envolvió en un paño y lo metió en una bolsa.
En su mundo nadie se rendía; si lo hacías, ya estabas muerto y morir en batalla era más rápido y con más honor. Ofreció las muñecas de todos modos porque confiaba en la guerrera.
Fuera esperaban tres máquinas de metal, una para cada una.
Antes de que la esposaran, Tait colocó una mano en el hombro de Durban sin decir nada hasta que se la llevaron.