Capítulo 19
Es tuyo
Esa noche, Durban no consiguió dormir. Decidió quedarse en la taberna por si Iska regresaba. Al amanecer, se asomó a la ventana y el coche gris seguía allí, así que optó por marcharse a recoger unas cosas en su casa.
En cuanto se puso en marcha, el coche gris arrancó detrás de ella y ya no se movió del retrovisor. Ni siquiera se molestó en disimular. Mantuvo la misma distancia durante todo el trayecto, y cuando aparcó frente a su apartamento se detuvo veinte metros más atrás.
Nadie bajó.
No encendió las luces de la casa, simplemente entró en el despacho, abrió la caja fuerte y sacó los documentos que había guardado. Lo metió todo en su bolso y dejó escapar un largo soplido.
Solo esperaba que Lina tuviese razón y ver de nuevo a Iska.
Condujo de vuelta a la taberna más rápido de lo que sería razonable, con el coche gris tras ella.
Cuando uno de los semáforos se puso en rojo, miró por el retrovisor y uno de los hombres la observaba sin ninguna expresión.
Al llegar, aparcaron en el mismo hueco del fondo de la calle y los hombres de dentro siguieron sin comer, sin fumar y sin mirar el teléfono. Solo observando.
—Buenos días a vosotros también —masculló entre dientes, cerrando con fuerza la puerta de la taberna.
Por algún motivo, le gustaba la soledad de aquel lugar en agosto, cuando el dueño le dejaba las llaves durante quince días para irse de vacaciones.
Decidió acercarse a la barra, necesitaba algo más fuerte que una cerveza, quizá un whisky.
Al darse la vuelta, el vaso estalló contra el suelo.
—¡Joder! —gritó, llevando la mano derecha hasta el lugar en el que normalmente estaría su arma—. Casi me matas del susto. ¿Cómo coño has entrado?
Iska estaba sentada en una de las mesas, mirándola en la penumbra, con la lata abierta y los escarabajos explorando.
—He venido por los tejados. No quería que los hombres de la máquina de metal me viesen entrar —explicó mientras señalaba hacia la calle con la barbilla—. La ventana pequeña del baño no cierra bien. Una madriguera que no es fácil de defender no es una buena madriguera, deberías cambiarla.
—Ni siquiera te oí entrar —suspiró, todavía con la respiración acelerada.
—¿Quieres que me encargue de esos hombres? —preguntó Iska como si fuese lo más natural del mundo.
Durban se acercó a ella y la abrazó sin decir nada. Iska se tensó un instante, pero se relajó enseguida y también la abrazó.
—Te he echado de menos —admitió la inspectora, apoyando su frente sobre la de Iska y acariciando su pómulo con el pulgar.
—¿Estás triste?
—¿Lo dices por las lágrimas? No, estoy contenta. Pensé que nunca te volvería a ver. En este mundo también se llora de alegría —explicó.
—Es un mundo extraño, me cuesta comprenderlo —confesó Iska con una sonrisa.
De pronto, se quedó pensativa e hizo un gesto como si acabase de recordar algo.
—Lo he traído para ti. Es una ofrenda de paz —dijo, sacando una botella.
—¿Una Coca-Cola?
—Es para ti. La compré esta mañana con mis monedas.
Estaba caliente, pero a Gillian Durban le pareció el mejor regalo que había recibido en mucho tiempo.
—Encontré al hombre de los papeles —murmuró Iska—. El que guardaba las marcas de mis dedos y mi imagen. Le cacé ayer por la noche.
—Espera, ¿qué quieres decir con que le cazaste? —preguntó la inspectora, aunque no estaba segura de si quería escuchar la respuesta.
—Entré en su madriguera, le até a una silla y me lo contó todo sin necesidad de arrancarle las uñas. Después, quemé todo lo que hablaba de mí.
—¿Y él? Por favor, no me digas que le mataste —susurró Durban, llevándose una mano a la boca.
—No, no, está vivo. Al menos lo estaba cuando me marché. Quizá ahora ya no, porque no tiene nada que proteja su vida. Trabajaba para el de la cafetería.
—¿Para Leask?
—Sí, ese.
—Iska, en este mundo es fácil hacer copias digitales. Me dijiste que Leask tenía un vídeo tuyo, quizá tenga también copia del informe y…
—No —cortó de pronto—. Los archivos que ese hombre envía se borran solos. Trabaja siempre así. En el teléfono de Leask nunca hay nada.
—¿Y tú le creíste?
—Las personas que lloran mientras suplican por su vida no mienten bien. Dijo la verdad.
—¿Sabes su nombre? —insistió la inspectora.
—Me dijo su nombre para comprarme. Se llama Tulloch, me contó que trabajaba en el archivo de la policía y que podía darme información y dinero. Yo no quiero ninguna de las dos cosas.
Durban empezó a comprender.
—Hijo de puta —murmuró—. Teníamos un topo dentro de la propia policía.
—Me contó algo más, un ataque durante el Festival, con los jardines llenos de gente y compradores que han pagado muchas monedas para verlo.
Durban asintió, subió al piso de arriba y bajó con su bolso.
—Yo también tengo algo para ti —dijo, sacando la carpeta con el expediente de Iska y poniéndola sobre la mesa—. Es tuyo. Siento haberme quedado con ello, de verdad.
Iska pasó el pulgar por la primera hoja, por las marcas de tinta azul que le sacaron cuando apretaron sus dedos contra el papel.
—En mi mundo, lo que no quieres que el enemigo tenga, se quema —murmuró—. O se entrega a un guardián. Tú eres la guardiana de esos secretos —añadió, devolviéndole la carpeta a Durban.
Cuando la luz empezó a bajar, subieron al piso de arriba. La cama seguía deshecha. Iska se descalzó, puso la lata sobre la sábana y dejó sitio para que saliesen los escarabajos. La inspectora se tumbó detrás de ella, pegada a su cuerpo, y le apartó el pelo del cuello para besarlo.
Iska se quedó dormida.
***
Alguien llamó a la puerta al anochecer e Iska esperó escondida en las sombras con su cuchillo.
—Me cago en la puta —dijo Tait al verla, dejando unas bolsas en el suelo—. Has vuelto y estás viva.
—No muero fácil. Lo han intentado muchas veces —explicó Iska sin entender el comentario.
—Antes de que me mates… —prosiguió Tait—. Traigo compañía y fue ella quien se empeñó en venir. Lo entenderás cuando veas lo que trae.
La doctora Sandison entró con un maletín y la chaqueta abrochada hasta arriba.
—¿Sabes que nos sigue una agencia secreta del gobierno y traes a la forense? ¿Te has vuelto loca? —protestó Durban.
—Gillian, cállate un momento, porque no estás en la cárcel gracias a mí. Al menos, todavía no lo estás —interrumpió Sandison—. Detecté tu manipulación hace semanas, y eso me hace cómplice a mí también.
La forense sacó dos informes del maletín y los dejó sobre la mesa, uno junto al otro. Durban no necesitaba leerlos para saber de qué se trataba. No entendía por qué aquella comprobación de las pruebas salió limpia. Pensó que había sido suerte. Ahora sabía lo que había ocurrido.
—Lo que hay en tu sangre es el descubrimiento más grande de la historia de la medicina, o más bien de la humanidad —dijo muy seria, señalando a Iska con el dedo índice—.
Pero sé lo que este mundo hace con lo que no entiende.
Si lo entrego, no te espera un juez. Te espera un laboratorio, una jaula y un número.
Y no pienso ser yo quien le haga eso a ninguna persona.
—¿Qué pides a cambio? —preguntó Iska.
—Nada, no quiero nada —se apresuró a decir la forense.
Iska la miró extrañada.
—En mi mundo, los pactos sin entregar nada a cambio van contra el Código de nuestro clan. Si recibo de ti un regalo, debo ofrecerte algo. ¿Tienes algún enemigo que quieras eliminar?
—Iska, es mejor que no vayas diciendo ese tipo de cosas, aunque no sea en serio… o quizá sí —bromeó Tait.
—Entonces el precio lo pongo yo —concluyó Iska—. Eres una persona curiosa. Te propongo que puedas estudiar mi sangre y lo que necesites mientras no me dañe y yo dé mi consentimiento.
—No te puedo pedir eso, Iska —le aseguró Sandison, bajando el tono de voz.
—Pero yo te lo doy. Es el Código. No puedo recibir un bien sin entregar algo a cambio.
Pero también debo poner condiciones. Lo que descubras me lo cuentas a mí, con palabras que yo entienda.
Vendrás tú donde yo diga, no pisaré tu territorio sin una de ellas delante —añadió, señalando a Durban y a Tait—.
Por último, esto es solo para que lo vean tus ojos; si se lo enseñas a alguien más, el trato muere ese día y tú también, junto a ese alguien más. ¿Aceptas?
—Vale, vale —concedió la forense, alzando las manos—. De todos modos, es conveniente hacer un informe que admita que algunos de tus parámetros se salen de la normalidad. En algún momento tendrás que ir a un médico si te pones enferma y necesitaremos una explicación bien razonada que puedas mostrar.
—Yo no enfermo, pero me parece bien —admitió Iska.