La coleccionista de insectos Capítulo 18
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Capítulo 18

Regresiones

El hombre de los papeles vivía encima de un taller cerrado, en una calle corta que olía a suciedad.

Iska lo había visto por primera vez mientras seguía a la gente de Leask, antes de la cafetería.

Los otros iban y venían. A ese hombre le llevaban las cosas: sobres, cajas pequeñas, rectángulos de luz envueltos en un trapo.

En su mundo, los secretos vivían dentro de una cabeza, y bastaba con cortarla.

Aquí los secretos se guardaban en objetos, y los objetos necesitaban un guardián.

El hombre de los papeles era el guardián.

Leask le mostró una imagen suya haciendo algo que los humanos de este mundo no podían hacer, y unas marcas de sus dedos sacadas de una botella.

Si esas cosas seguían existiendo, dormían cerca de ese hombre.

Los ejecutores del clan Harrak lo aprendían pronto: lo que no quieres que se pierda, lo escondes donde duermes.

Había caminado toda la mañana, desde la taberna hasta la parte de la ciudad donde la gente de Leask guardaba sus secretos.

A mediodía compró comida con las monedas que le quedaban y comió de pie, en un callejón, vigilando las dos salidas por pura costumbre.

Aflojó la goma de la lata lo justo para comprobar que los tres escarabajos seguían vivos y volvió a cerrarla.

Después buscó el taller. Le llevó tres intentos volver a dar con la calle porque las calles de este mundo se parecían todas.

El hombre regresó al oscurecer, solo, con una bolsa de comida. Encendió una luz arriba y luego otra. Iska comprobó las ventanas. La de atrás tenía reja. La del baño, no.

No pensó en la guerrera. Llevaba todo el día sin pensar en ella porque lo que había hecho, según el Código de su clan, era imperdonable.

Cuando se apagó la última luz, cruzó la calle.

***

Durban pasó todo el día sentada en una de las mesas de la taberna, con las luces apagadas, escuchando el tráfico como única distracción. Un par de veces subió al piso de arriba, aunque bajó de inmediato porque la cama deshecha le producía demasiado dolor.

Tait regresó a media mañana con dos bolsas de comida y una carpeta bajo el brazo.

—¿Iska? —preguntó desde la puerta.

—Se ha ido.

—Me cago en la puta, joder —masculló entre dientes, dejando las bolsas sobre la barra—. Si la pillan estamos muertas. Bueno, tú ya casi lo estás, Sinclair ha empezado a repartir tus casos como si estuvieses de baja. No te vas a creer lo que he conseguido —añadió, señalando hacia la carpeta.

Esa carpeta era el hilo del dinero. Trabajaron sobre una de las mesas de la taberna toda la tarde, sin apenas hablar.

El depósito de Hartley había empezado a moverse: pagos pequeños desde tres cuentas pantalla, alquileres cortos, material sin descripción en las facturas.

Durban fue subrayando fechas. Aparecieron reservas de hotel en el centro de Edimburgo, pagadas por adelantado desde una de las cuentas, y las fechas empezaron a cuadrar. La última semana del Festival.

—Joder —suspiró Tait—. Va a hacerlo en la clausura con los jardines llenos y las cámaras de medio mundo retransmitiendo. Y justo este año han vuelto los fuegos artificiales y el concierto de cierre. No podía pedir un mejor escenario.

—¿Y los hoteles?

—Para los compradores. —Le costó terminar la frase—. Vienen a ver la función en directo.

***

El hombre de los papeles se despertó con el filo de un cuchillo en la garganta.

No gritó. Abrió los ojos, miró al cajón de la mesilla y decidió no intentarlo.

A Iska le pareció una decisión sensata: él habría muerto y ella se habría quedado sin la información que buscaba.

Le ató las muñecas a la espalda con su propio cinturón, los tobillos con el cable de una lámpara, y le sentó en una silla del cuarto en el que guardaba las cosas.

—Sé quién eres —dijo el hombre—. Me llamo Tulloch, trabajo en el archivo de la policía. Podemos llegar a un acuerdo.

—No busco acuerdos —gruñó Iska.

—Escúchame. Lo que sea que te haya ofrecido Leask por matarme, yo puedo ofrecerte más y...

—Las marcas de mis dedos. ¿Dónde están? —le cortó Iska.

En vista de que el hombre se había quedado callado, acercó otra silla y se sentó frente a él, con el cuchillo sobre la rodilla.

—Mira, en mi mundo esto se hace con hierro candente. O arrancando las uñas. O con espinas en los ojos, esa es mi opción favorita. No he traído hierro ni espinas —añadió, cogiendo su mano y apoyando el filo del cuchillo bajo la uña del dedo índice.

No comprendía por qué, pero en ese instante sí pensó en la guerrera. Imaginó la cara de decepción que habría puesto solo por arrancar unas cuantas uñas.

Dudó un momento, pero el hombre habló de todos modos. Lo hizo deprisa, muy asustado, sin que hiciese falta hacerle daño.

—El original está ahí —dijo nervioso—. En esa caja negra, la pequeña, la del cajón. Leask no tiene ninguna copia, te lo juro. Mira, no sé si me crees, pero eso es lo único que me mantiene con vida, ¿lo entiendes?

—El hombre de la cafetería me lo enseñó —insistió Iska—. Lo llevaba en uno de esos rectángulos de luz. Se lo guardó en el bolsillo.

—Se lo envié yo esa misma mañana, pero todos los archivos digitales que envío están preparados para borrarse ellos solos a las pocas horas.

Lo hago así siempre. De ese modo no pueden robarse, ni perderse, ni acabar delante de un juez.

Y Leask lo prefiere así: él tampoco quiere llevar encima nada que le pueda incriminar, bastante tiene ya si un día le pillan.

En su teléfono nunca hay nada. Por eso sigo vivo, yo guardo la información importante.

Te estoy diciendo la verdad porque es lo único que tengo, te lo juro, no me hagas daño —suplicó mientras varias lágrimas corrían por sus mejillas.

Aquello Iska sí lo entendió sin esfuerzo. En su mundo los secretos también se borraban solos cuando quien los recordaba se moría.

El hombre de los papeles fue señalando con la barbilla el material que había sobre ella. La mitad de las cosas no las entendía, pero las cogió de todos modos. Habló también de Leask, del ataque durante la clausura del Festival y de unos hombres que habían pagado mucho dinero para verlo en directo.

***

Durban se percató del coche al atardecer, al fondo de la calle. Gris, con hombres dentro que no comían, ni fumaban, ni miraban el teléfono.

—Estamos jodidas —murmuró.

El móvil sonó a continuación. Era un número oculto y puso el manos libres para que Tait lo escuchase.

—Ese coche que acabas de ver es nuestro —dijo la voz de Fairlie—.

Solo lo voy a decir una vez. No van a entrar.

No pueden: cualquier operación que llame la atención deja ver una agencia que teóricamente no existe y una instalación secreta.

Si esto sale a la luz, perdemos todos, porque los ciudadanos no se tomarán bien el secuestro de una refugiada protegida por la policía.

La situación se está resolviendo sola a vuestro favor.

Los de arriba han hecho las cuentas; si vosotras tumbáis a Leask, ellos se olvidan de vuestra amiga.

Matan dos pájaros de un tiro, tienen al culpable de los ataques y entierran el pequeño inconveniente de que esa mujer pueda ser de verdad algo más que una refugiada.

—¿Y si no aceptamos el trato? —preguntó Durban.

—Ni siquiera te lo plantees —amenazó mientras se escuchaba el viento contra el micrófono—. Os dejan correr, pero estáis vigiladas todo el tiempo. Ah, y yo no os he llamado —les recordó antes de colgar.

La inspectora caminó de nuevo hasta la ventana y observó el coche gris un buen rato.

—Joder, veinte años en la policía y mi primera escolta me la pone una agencia que no existe —bromeó.

***

Bajo la casa del hombre de los papeles, en el taller, había un bidón con un líquido que olía fuerte.

Iska lo bajó todo: la caja negra del cajón, las dos piezas de plástico, las carpetas que el hombre había ido señalando una por una. Lo amontonó sobre el suelo de cemento, lejos de las paredes, lo roció con el líquido y le prendió fuego.

El papel ardió enseguida. El plástico tardó un poco más. Iska esperó de pie, removiendo el montón con una barra de metal, hasta que no quedó nada que se pudiese utilizar.

A continuación, subió. El hombre seguía atado a la silla, sollozando.

—Puedo serte útil. No me mates —suplicó—. Sé cosas que...

—Ya me las has dicho —cortó Iska, jugando con su cuchillo de manera amenazante—. Ibas a comprar tu vida con lo que había en esa caja. Ya no tienes nada con qué comprarla. Buena suerte con Leask.

El hombre empezó a entenderlo, pero cuando quiso suplicar de nuevo, Iska ya había desaparecido y él seguía atado a una silla.

***

Lina la esperaba en su despacho, con las persianas bajadas.

—Antes de seguir con todo esto —dijo Durban—, piensa bien si quieres escucharlo, porque hay cosas que, cuando las sabes, ya no tienen vuelta atrás.

—Creo que ya no hay vuelta atrás de todos modos —suspiró la abogada.

Y se lo contó todo. El asalto a la instalación secreta donde retenían a Iska. Cómo habían entrado con la cara tapada y quemado las pruebas, la fuga. El posible ataque durante la clausura del Festival.

—Te vas a pasar toda tu vida en la cárcel —suspiró Lina, tapándose la boca con ambas manos.

—Todavía no te he contado que Iska ha desaparecido y no tengo ni idea de dónde está —añadió, alzando las cejas.

—Madre mía —resopló—. Mira, el habeas corpus ya no tiene sentido. Esa mujer está fugada, no retenida y de paso nos meteríamos en problemas. Hace falta otra cosa.

—Hace cuatro años intenté proteger a una testigo rumana —confesó Durban, bajando el tono de voz—. Confió en mí porque le prometí que el sistema la protegería. El sistema me falló y apareció muerta en un portal. Se llamaba Mirela Stancu. Ahora, el sistema está fallando de nuevo.

—A tu testigo la mató ser invisible —dijo Lina—. Con Iska intentaron algo parecido y se la llevaron sin orden ni abogado. Pero ahora se lo voy a poner mucho más difícil, porque va a existir. En todas partes.

—No sé qué quieres decir —protestó la inspectora.

—Una periodista amiga mía con su historia de verdad, no toda esa mierda de que viene de otro mundo, claro.

Su historia real. Una refugiada bajo protección policial detenida por una agencia que nadie quiere nombrar.

No lo publicamos todavía, solo si la detienen de nuevo.

La solicitud de asilo ya está en marcha, eso la fija en el sistema y hace más difícil que pueda desaparecer.

—Es que ya ha desaparecido, aunque por voluntad propia —le recordó Gillian Durban.

—Volverá.

—No sé por qué estás tan segura.

—Porque he representado a mucha gente que lo había perdido todo en sus lugares de origen y todos regresan al último sitio en el que alguien les trató como personas.

No sé qué ha ocurrido entre vosotras dos, ni quiero saberlo, pero volverá.

Tú solo ocúpate de estar en un lugar donde te pueda encontrar.