Capítulo 17
Lo que se hace sin pedir nada a cambio
Durban se apartó un poco, lo justo para verle la cara, y esperó.
Llevaba semanas convertida en una delincuente.
Había falsificado informes y mentido a todas las agencias del Reino Unido.
Esa misma noche había entrado con la cara tapada en una instalación del Estado.
Lo había hecho por una mujer a la que nadie creía. Ahora, todo merecía la pena.
Iska la miró extrañada.
—¿Qué ocurre? ¿Te arrepientes? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
La inspectora sonrió y ladeó la cabeza. Abajo, en la taberna vacía, se escuchaban los pasos de Tait. Había bajado a vigilar la calle y no parecía tener prisa por subir.
—Me voy a casa, necesito dormir y quemar la ropa que utilizamos esta noche —gritó desde abajo y Durban se lo agradeció en silencio.
Los puntos había que quitarlos. La piel se había cerrado y el hilo ya no sujetaba nada. Iska se sentó en el borde de la cama y levantó el brazo sin que se lo pidiera.
La inspectora cortó los nudos con unas tijeras diminutas del botiquín y fue tirando, uno a uno, de los hilos. Salían limpios. Debajo quedó una cicatriz todavía tierna.
—Tait cose muy despacio —protestó Iska—. Con fuego es mucho más rápido.
—Aquí no cerramos a nadie con fuego —le explicó.
—Ya lo sé. Aquí lo hacéis todo muy lento.
Por la tarde, con la habitación en penumbra, ambas se tumbaron en la cama.
—El hombre de la cafetería. Deberías saber lo que le di —murmuró de pronto Iska.
—Solo si quieres contármelo.
—Seguir con vida. Eso fue todo lo que le di. Dijo que tenía una huella mía guardada y que, si tiraba de ese hilo, la que caías eras tú.
Durban asintió lentamente.
—Fui yo quien escondió esa huella. La enterré donde creí que nadie la iba a buscar, pero me equivoqué en esa última parte.
—También me lo dijo. Tú me escondiste a mí y yo te escondí a ti de vuelta. Es lo justo.
No dijo nada más, simplemente se giró, se colocó sobre el cuerpo de la inspectora y empezó a desabrocharle los pantalones, intentando colar la mano entre sus piernas mientras la besaba.
Durban sujetó su cara con las dos manos y la frenó.
—Despacio, fiera —susurró sonriendo.
—¿Por qué?
—Porque se hace así. ¿Tú no has oído hablar de los preliminares?
—No sé de lo que hablas. En mi mundo nadie hace esto despacio. Si tienes ganas, lo haces. Ya está. Puedes morir al día siguiente.
—Es mejor hacerlo despacio.
—Es mejor hacerlo despacio —repitió Iska entre susurros, dejando que Durban marcase el ritmo.
Se dejó besar con calma, de un modo casi pasivo, muy diferente a lo que estaba acostumbrada. Tan solo acariciaba el pelo de la inspectora, subiendo los brazos para que le quitase la camiseta. Muy atenta, como si estuviese aprendiendo una habilidad nueva.
Su piel estaba fría, eso fue lo primero que Durban notó al acariciarla. Una cosa era verlo escrito en un informe, y otra muy distinta sentirlo en su vientre, en los pechos bajo sus manos o en sus muslos al quitarle el pantalón.
—Estás helada —susurró contra su cuello mientras la besaba.
—Tú eres fuego —respondió Iska, bajando la voz—. Tu cuerpo arde.
Durban había fantaseado muchas veces con la piel desnuda de Iska sin saber si algún día se haría realidad, pero superaba todas sus expectativas.
Acarició su cuello con la yema de los dedos, sintiendo el pulso lento y constante bajo la piel fría.
Luego bajó hacia la clavícula, besándola con suavidad.
Lo hizo muy despacio, casi a cámara lenta, y el suave gemido que se escapó de la boca de Iska le pareció lo más maravilloso del mundo.
Separó con la rodilla sus piernas, frotando el muslo contra su sexo al tiempo que acariciaba sus pechos y arrancaba nuevos gemidos de su boca.
De pronto, Iska tiró de la cola de caballo de la inspectora, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.
—Chupa —ordenó, colocando dos dedos junto a sus labios.
Solo los rozó, sin presionar. Durban sonrió y dejó escapar un pequeño soplido, a continuación, metió los dedos en la boca y los chupó muy lento mientras ella suspiraba con fuerza.
Cuando retiró los dedos, los hizo resbalar por el cuello de la inspectora, siguiendo hacia abajo el camino de la yugular.
Mordió con suavidad. Más abajo del cuello, en la clavícula y a Durban se le cortó la respiración. Iska lo notó y se detuvo ahí, en ese punto exacto, hasta que la inspectora arqueó la espalda pidiendo más.
Lo repitió. Alternando suaves besos y pequeños mordiscos, bajando poco a poco hasta sus pechos.
Cuando Durban coló una mano entre sus piernas, Iska sujetó su muñeca y negó.
—No. Yo decido cuándo. Dijiste que en este mundo se hace despacio.
A la inspectora se le escapó una pequeña carcajada, pero no le dio tiempo a decir nada porque Iska la hizo girar, colocándola de espaldas sobre el colchón y subiéndose sobre ella.
Sujetó sus muñecas contra la cama, aunque lo hizo con suavidad, para inmovilizarla mientras la besaba. Aquellas manos que podían romper huesos casi sin esfuerzo eran ahora delicadas.
Durban se dejó hacer. La presión firme pero contenida en sus muñecas, el peso de Iska sobre su cuerpo, su respiración en la mejilla.
Esa mezcla de fuerza y delicadeza era hipnótica; la contención consciente, como si estuviese aprendiendo a no romper nada.
Iska recorrió su cuello con los labios, luego la clavícula, y cada caricia parecía una promesa.
La inspectora cerró los ojos, aunque la lengua de Iska en uno de sus pezones la hizo arquear la espalda y lanzar la cabeza hacia atrás. Iska la sostuvo por la nuca, reclamando el control, y aun así, Durban sabía que podía detenerlo todo con una sola palabra si quería.
Pero esa dualidad era algo casi fascinante. Las manos firmes en sus muñecas se aflojaban cuando se deshacía entre gemidos, era una mezcla entre libertad y rendición. Cuando Iska bajó más, dejando besos y mordiscos en su vientre, Durban perdió la noción de dónde se encontraba.
Iska soltó las muñecas y le separó los muslos con la rodilla.
Durban abrió los ojos y se encontró con su mirada, como si estuviese aguardando una orden silenciosa. La inspectora hizo un gesto casi imperceptible.
Sintió entonces la primera caricia de la lengua de Iska, más fría de lo que estaba acostumbrada y lenta, muy lenta, y el contacto hizo vibrar todo su cuerpo.
Cerró los dedos en la sábana, y se dio cuenta de que Iska estudiaba cada reacción de su cuerpo: cada sobresalto, cada espasmo leve o la tensión en los muslos.
Alternaba trazos amplios y círculos pequeños, rehuyendo la prisa.
Cada vez que Durban temblaba y trataba de llevar las caderas hacia ella, Iska la sujetaba con fuerza, obligándola a someterse a la cadencia que estaba imponiendo.
Lo hacía con una paciencia infinita, llevándola al límite y retrocediendo, dosificando el placer que recibía.
Cuando al fin le permitió llegar al orgasmo, la inspectora se deshizo en un temblor lento, profundo, sin aire, con los besos de Iska marcando cada espasmo de placer.
Pero no se detuvo mucho tiempo. Se deslizó hacia arriba, buscando sus labios y besándola como si pretendiese reclamar alguna promesa que tenían pendiente.
Durban la abrazó con fuerza y, sin dejar de besarla, frotó su muslo contra el sexo de Iska.
Se buscaron entre caricias, piel con piel, sexo contra sexo, moviéndose juntas en un vaivén húmedo.
Ahora era Durban la que marcaba el ritmo, la guiaba con movimientos leves, sintiendo el empuje de los muslos de Iska, su deseo transformándose en algo casi feroz.
No había palabras, solo el sonido de sus cuerpos y un placer que crecía hasta hacerse casi insoportable.
El ritmo se incrementó hasta volverse desordenado. Las dos respiraban con dificultad y el mundo se redujo al peso de un cuerpo contra el otro, al roce insistente, a la presión que se acumulaba entre ellas.
Cuando el clímax llegó, lo hizo casi al mismo tiempo: un estremecimiento profundo, compartido, que las dejó abrazadas y sin fuerzas.
Durante unos segundos no existió nada más.
Luego Iska se desplomó sobre la inspectora, con la frente apoyada en su hombro. Durban le acarició el pelo y besó su sien, su mejilla, la línea de la mandíbula. Poco a poco, el calor de una y el frío de la otra comenzaron a equilibrarse en la penumbra.
Más tarde, mientras los dedos de la inspectora se deslizaban por la nueva cicatriz en su costado, Iska se tensó de pronto.
—No —protestó—. Esa cicatriz no, las demás puedes tocarlas. Esa no.
Durban se detuvo. La miró a los ojos y asintió sin preguntar cuál era la razón.
***
La inspectora se despertó con la primera luz de la mañana y se estiró con pereza.
Iska ya estaba en pie, desnuda, moviéndose por el cuarto sin hacer ruido. Se acercó a la ventana y apartó dos dedos de cortina para mirar la calle.
—Vuelve a la cama. No hay nadie —le aseguró.
Se quedaron un rato en silencio y, de repente, Iska abandonó la ventana para sentarse en el extremo de la cama.
—Dime una cosa. Las huellas del primer día que nos conocimos. Las de verdad, las que aquel hombre mayor sacó al presionar mis dedos sobre un papel. ¿Dónde están? ¿Las has destruido? —preguntó sin mirarla.
—Están en una caja fuerte. En el despacho que tengo en mi casa —admitió.
—¿Las conservas?
—Sí —suspiró.
Iska asintió muy despacio.
—¿El resto de cosas que me hicieron? ¿Todo lo que apuntaron? ¿Las imágenes sobre mí?
—Todo.
Iska se volvió hacia ella y tenía una mirada extraña.
—Cuando el hombre de la cafetería me dijo que las habías escondido en ese archivo o como lo llaméis, me pareció un regalo —dijo muy bajo y luego hizo una larga pausa, como si estuviese eligiendo bien las palabras—. Esto es otra cosa. No las destruiste, las escondiste para ti.
—No podía destruirlas. —Durban se sentó con la espalda pegada al cabecero, buscando una explicación para justificar haber conservado algo tan peligroso—. Supongo que en el fondo quería creer que lo que contabas era verdad y eso era la prueba.
—¿Las mirabas? —insistió Iska—. Cuando estabas sola. ¿Las sacabas de la caja y las mirabas?
Durban no respondió. Lo había hecho: había abierto la caja fuerte de madrugada varias veces, sin ninguna necesidad, solo para tener aquellas pruebas delante y ser la única persona en este mundo que lo sabía.
La primera vez le dio vergüenza y se juró a sí misma que las destruiría, pero nunca lo hizo.
Iska se levantó de la cama y comenzó a vestirse.
—No me protegías —murmuró mientras se ponía los pantalones—. Me guardabas para ti, como una posesión. En mi mundo no hay posesiones.
—Escucha, yo…
No la escuchó, terminó de vestirse, cogió la lata con sus escarabajos, ajustando bien la goma del pelo alrededor de la tapa para que no se abriese y se dirigió a la puerta.
—En Zaldrakor, a los que quieren poseer a otras personas se les llama con una palabra horrible. No tenéis esa palabra aquí y es una suerte para vosotros —dijo, bajando por las escaleras hacia la taberna.
—Es peligroso ahí fuera, habrá gente buscándote —gritó la inspectora.
Pero, abajo, la puerta ya se había cerrado casi en silencio.