La coleccionista de insectos Capítulo 16
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Capítulo 16

La certeza

Iska entendía las reglas de la nueva prisión. Ya no era tan diferente al lugar de donde venía.

Le sacaban sangre. Le sujetaban los brazos y las piernas con correas. Tras semanas en un mundo que le regalaba la comida, con gente que le pedía perdón por chocar con ella en la calle, ese sitio por fin mostraba su verdadera cara.

Estaba más decepcionada que furiosa. Había empezado a creerse que de verdad podía existir un mundo mejor.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. En aquella sala sin ventanas la luz no cambiaba nunca, así que medía el tiempo por los turnos, igual que había hecho en la celda cinco. Aunque los guardianes de este lugar eran mucho mejores que los de la comisaría.

Cuatro veces habían llenado tubos con su sangre.

También le habían cortado un trozo pequeño de piel del hombro y lo habían guardado en un frasco.

Iska podía haber matado a varios de los hombres que fueron a detenerla, pero había más esperando con esas armas que mordían con un trueno.

Además, las fuerzas se guardan para cuando las posibilidades de fuga son más altas.

De todos modos, maldijo en su idioma por no haberse escapado durante el tiempo que nadie la vigilaba.

Siempre le hacían las mismas preguntas: quién era el hombre con el que se había reunido y quién la protegía dentro de la policía.

Iska no decía nada. De momento nadie le había puesto un hierro candente en la piel ni le había arrancado las uñas.

Tampoco le habían clavado espinas en los ojos como se hacía en su mundo cuando querían obtener información.

No pensaba vender a la guerrera, aunque la torturasen.

Ahora sabía que la había intentado proteger.

Con Leask era otra historia, si ganaba algo, no tenía problema en decir su nombre.

De pronto, escuchó una puerta.

Más tarde un golpe.

Después, pasos que se dirigían hacia donde ella estaba.

La luz murió.

Iska despertó los músculos por si había que luchar y esperó.

La puerta se abrió y entraron dos personas vestidas de negro, con la cara tapada y uno de esos tubos que emitían luz.

—Soy yo, tranquila —escuchó.

La guerrera le cortó las correas con un cuchillo corto. Le costó varios intentos, tanto que para las piernas fue la propia Iska la que cogió el cuchillo para seguir cortando. Detrás de ellas, Tait vigilaba el pasillo.

—¿Puedes caminar? —preguntó la guerrera.

—Puedo correr.

—Con que puedas andar nos llega.

El pasillo estaba vacío y cruzaron dos puertas que alguien había dejado abiertas.

En la tercera salió un guardián.

Era joven, y rápido, y estaba armado. Iska hizo los cálculos: la garganta, el silencio, salir de allí. Luego se acordó de las estúpidas reglas de los guerreros de este mundo. Vivos. Aquí se les dejaba siempre vivos.

Dejó escapar un bufido de frustración. Matar era rápido y fácil, pero no matar era mucho más difícil.

Le rompió la muñeca para desarmarle y le durmió contra el suelo con el codo. Le había costado más tiempo del necesario y una herida en el costado que no debería estar ahí si le hubiese partido el cuello desde el principio.

La guerrera la miraba con la cara blanca.

—Está vivo —dijo Iska, por si era eso lo que le preocupaba.

Salieron por el lado de la nave pequeña, la de la puerta azul.

En el suelo, estaba una bolsa con su ropa y los escarabajos.

Alguien la había dejado allí, con las asas hacia arriba.

A Iska le hubiese gustado saber quién fue para poder agradecérselo, incluso estaba dispuesta a cazar para él si hacía falta.

Tait estaba muy entretenida depositando los tubos de sangre, el trozo de piel y un montón de papeles en un recipiente de metal. A continuación, roció por encima un líquido y le prendió fuego.

A Iska le pareció justo. En Zaldrakor, lo que el enemigo no debe tener, se quema.

***

La máquina de metal corrió mucho tiempo con las luces apagadas, y eso era extraño porque por las noches siempre las encendían. Iska iba tumbada en la parte de atrás, y la guerrera, a su lado, le apretaba la herida con las dos manos.

Iska había hecho eso una vez con un moribundo, para que no se fuese antes de darle toda la información.

Esta no era una herida que pudiese matarla, tan solo necesitaba sellarla con un metal al rojo vivo sobre la piel para que dejase de sangrar.

Dolía, pero lo había hecho antes. Quizá Durban no entendía de heridas.

La llevaron a una taberna cerrada, en una calle donde no había nadie a esas horas.

De las paredes colgaban fotografías de guerreros embarrados peleándose por algo que parecía una especie de huevo gigante.

Había también varias prendas de ropa de color azul colgadas, seguramente el estandarte de algún clan enemigo.

—¿Ganasteis esa batalla? —preguntó, señalando con la barbilla.

—No, perdimos —admitió la guerrera con cara triste.

—¿Muchos muertos? —insistió Iska.

Durban y Tait se miraron extrañadas.

—Es rugby, no hay muertos, es… es solo un deporte —le explicaron.

Iska no lo entendió, quiso preguntar de qué especie de pájaro o reptil era el huevo por el que se estaban peleando, sin duda sería un animal muy grande, pero Tait intentaba cerrar la herida con una aguja fina e hilo.

—Es más rápido con fuego —protestó, pero el hilo ya estaba dentro de su piel.

Más tarde, le pusieron una venda en el costado y la llevaron a una cama que había en la parte de arriba de la taberna.

***

Despertó con la luz gris del amanecer y con la guerrera dormida en una silla a su lado.

Tait se acercó con otra venda y un ungüento al que llamó con un nombre que Iska no conocía.

—No puede ser —murmuró cuando quitó el vendaje del día anterior. A continuación, llamó a la guerrera.

Iska observó la herida por si había empeorado, pero ya estaba casi cerrada. Una línea fina y plateada le cruzaba el costado, todavía tierna, del color que habían tenido las otras cicatrices de su cuerpo cuando fueron jóvenes.

—¿Siempre te curas así de rápido?

—En mi mundo, el que no se cura rápido no llega a viejo —explicó Iska sin entender lo que querían preguntarle.

Durban no dijo nada. Había cogido el vendaje sucio, lo tenía en las manos y no lo soltaba. Tan solo miraba la línea rosada sin tocarla, muy quieta, con los labios entreabiertos.

—Hasta esta noche —dijo por fin—, una parte de mí seguía pensando que estabas loca. Y yo mucho más, porque me estaba jugando la carrera por creer a una refugiada que decía venir de otra dimensión.

—¿Y ahora?

La guerrera no respondió con palabras.

La besó.

No fue como Iska había pensado que sería; eso se lo imaginó muchas veces antes de dormir, de muchos modos diferentes que siempre acababan con ellas desnudas haciendo el amor.

Esto fue distinto, casi con cuidado, como si quisiera darle tiempo a arrepentirse.

En su mundo las cosas se hacían más rápido, y un beso no se quedaba nunca solo en un beso; o seguías o sacabas un cuchillo, aunque tampoco le importó.