Capítulo 15
Tres tazas que nadie bebe
Cuando Durban subió a la segunda planta a las ocho y diez, la tarjeta no abrió la puerta. La lucecita pasó de verde a roja y se quedó en ese color. Lo intentó dos veces más, sabía que esas cerraduras tenían algunos fallos o quizá era la tarjeta que se había dañado.
Tait llegó corriendo por el pasillo, totalmente pálida.
—Se han llevado a Iska —anunció, tratando de recuperar la respiración—. Hace dos horas. Han ido a buscarla a su pensión en Marchmont.
—¿Quién se la ha llevado? ¿Los de arriba?
—Ahí está el problema —suspiró Tait.
Se sentaron en un rincón del comedor, lejos de las cámaras del techo, con dos cafés de máquina que ninguna de las dos tocó. Tait lo contó lo mejor que pudo.
—A las seis menos cuarto, tres coches sin distintivo se plantaron en la puerta de la pensión.
Según me dijo el propio Petrie, no eran del MI5, o eso creía.
Iban de paisano y llevaban acreditaciones de alguna agencia del Estado que no había visto nunca.
Se llevaron todas sus cosas, incluida la lata con los escarabajos.
—¿Dónde la tienen?
—En ningún sitio —susurró Tait, inclinándose sobre la mesa—. He mirado en custodia y en el sistema. No hay hoja de detención, ni número. Nada. Oficialmente no existe.
Durban lo intentó de todos modos. Llamó a custodia central, a la sala de partes, a un número de enlace que sonó varias veces y se cortó solo. La detención de Iska no aparecía en ningún registro.
No entendía nada. Ese procedimiento se saltaba todas las normas legales, incluso si consideraban a Iska un problema de seguridad nacional. Y eso le heló la sangre.
—No es cosa del MI5, Gillian, esto es otra gente —insistió Tait.
Subió otra vez a la segunda planta y esta vez aporreó la puerta, porque ahora sabía por qué no funcionaba su tarjeta. Tardaron en abrir y fue el propio Sinclair quien lo hizo.
—No tengo nada que decirte, Gillian —gruñó.
—Han detenido a una refugiada que estaba bajo nuestra protección sin orden.
—No es nuestra. Ya no. Nada de esto es nuestro. Te cubrí hasta donde pude, pero ahora es demasiado grande para nosotros. Déjalo estar y reza para que se contenten con ella y no nos arrastre detrás.
Lina Sabbagh, la abogada que llevaba el caso de inmigración de Iska, la llamó a mediodía. Las palabras le salían atropelladas de pura rabia, prácticamente de dos en dos.
—Me han tenido una hora en un mostrador, Gillian. Una puta hora. No me confirman si la tienen o no la tienen. Repiten “seguridad nacional” como si fuese un mantra, sin dar ninguna información que me pueda servir.
—¿Has sacado algo?
—Un contacto me ha dado unas instalaciones militares fuera de la ciudad. Estoy redactando un habeas corpus y pienso plantarme allí en cuanto lo acabe.
—Lina —suspiró la inspectora Durban, haciendo una pausa—. Recuerdas lo que dice esa mujer, ¿verdad? De dónde dice que viene.
—Me da igual de dónde dice que viene. No me creo una palabra de esa parte.
Si alguien en una agencia del gobierno se lo cree, debería hacérselo mirar.
Lo que sí veo es el modo en que se comporta.
Viene de una guerra, lo he visto cientos de veces, Gill.
El país me importa una mierda, pero la guerra de la que ha salido es real, esté donde esté.
Y a una refugiada que huye de una guerra se la protege, no se la detiene en secreto.
Colgó antes de que Durban le diese las gracias y la inspectora apretó el teléfono contra el pecho. Pensaba que la abogada soltaría el caso en cuanto tuviese la oportunidad. En cambio, peleaba a muerte por una mujer cuya historia parecía un delirio.
***
El edificio al que se dirigía quedaba al oeste, pasado el aeropuerto, en un polígono industrial viejo de naves grises.
Un lugar perfecto para esconder las cosas que no quieres que vean.
Tardó cuarenta minutos en llegar y otros diez en encontrarlo, porque en el mapa ese sitio figuraba como un almacén de material de carreteras y en la puerta no había ningún cartel.
Lo primero que no cuadraba con un almacén eran la valla y los hombres con ropa de calle vigilando la entrada con un pinganillo, gafas de sol y corte de pelo militar.
No le permitieron el paso a pesar de que enseñó la placa. Veinte minutos más tarde, salió un hombre por una puerta lateral y encendió un cigarrillo.
—Inspectora Durban. Soy el capitán Fairlie, el enlace —saludó, acercándose a ella muy despacio.
—¿Enlace de qué?
—De esto —dijo con calma mientras hacía un gesto en el aire que abarcaba las instalaciones—. No deberíamos estar hablando y desde luego, no deberías estar aquí. Ni siquiera sé cómo has localizado esta dirección —añadió.
—Eso no importa. Os habéis llevado a una refugiada que estaba bajo mi custodia. Sin orden de detención ni abogado —protestó, cruzando de manera instintiva los brazos sobre el pecho.
—Lo sé —reconoció dando una larga calada y apagando a continuación el cigarrillo en el suelo—. La estamos tratando lo mejor que podemos, dadas las circunstancias.
—¿Puedo verla?
El hombre que decía que era el enlace dejó escapar un largo suspiro y la llevó hasta la puerta lateral.
No la dejó entrar, solo señaló con el dedo hacia una sala al final de un pasillo estrecho.
Allí estaba Iska, sentada en una silla de metal, vestida solo con una bata de papel, los antebrazos sujetos con correas de cuero al igual que las piernas.
Dos personas con trajes de protección biológica que les cubrían todo el cuerpo le sacaban sangre.
Un tercero le pegaba electrodos al pecho y miraba en una pantalla líneas que subían y bajaban. Iska no se defendía, permanecía quieta.
—¿Qué es esto? —protestó Durban.
—Una detención, desde luego que no —admitió Fairlie, encogiéndose de hombros—. Yo diría que es más bien una disección, solo que intentan que siga con vida tras las pruebas. Yo solo cumplo órdenes.
—¿Por qué le hacen esto? —fue lo único que se le ocurrió preguntar.
—Llegó un paquete anónimo hace un par de noches.
Un vídeo en el que desarmaba a un peligroso delincuente a una velocidad de vértigo, unas huellas que no casan con nada humano y que curiosamente alguien dejó huérfanas en el registro central.
Ese tipo de cosas. Y quien lo envió tenía los suficientes contactos como para que alguien muy arriba quisiera comprobar si era cierto.
A Gillian Durban se le heló la sangre. Toda la situación estaba muy por encima de lo que ella podía controlar.
—Y el problema es que había otro vídeo en el que se la ve entrando en una cafetería para reunirse con alguien muy peligroso; Stuart Leask, supongo que el nombre te suena, ya que está relacionado con los atentados durante el Festival.
Así que esto es un caso de Seguridad Nacional, mezclado con algo más que prefiero que no sea verdad —añadió.
Durban repasó la situación casi sin querer. La reunión en comisaría en la que Iska estuvo muy callada al día siguiente de la redada. Aquella en la que se había marchado antes de tiempo. Había estado sentada con el hombre al que toda la policía de Edimburgo perseguía y no le había dicho nada.
—¿Ha contado algo ahí dentro? —preguntó con miedo.
—No —murmuró Fairlie, negando lentamente con la cabeza—.
No ha dicho ni una sola palabra. Ni sobre su origen ni sobre el hombre con el que se vio en la cafetería o el motivo de la reunión.
Nada. Y antes de que me preguntes, no van a torturarla, o eso creo, al menos.
Por cierto, tampoco dio tu nombre —añadió el enlace, alzando las cejas como una advertencia.
Podía haber dado nombres para intentar salvarse y podía haberla hundido en el proceso. En cambio, eligió callar para protegerla, incluso atada a una silla mientras le hacían todo tipo de pruebas.
—Tengo que volver dentro —dijo Fairlie—.
Escucha, hay una puerta azul en la zona norte de la nave.
A las cinco de la mañana hay cambio de turno y solo se queda un hombre.
Esa puerta lleva directamente al laboratorio donde tienen a Iska.
A partir de ahí, lo que hagas con esa información es cosa tuya.
Si te pillan, seguramente se considerará traición y yo no te he visto nunca.
La inspectora le miró confusa.
—¿Por qué me ayudas?
—Porque quiero mirarme al espejo cada mañana y saber que sigo siendo una persona —respondió sin más, entrando en la nave y cerrando la puerta.
***
De madrugada, Tait sacó tres tazas del armario y preparó el té.
—No podemos esperar a que presentes el habeas corpus, para cuando decidan algo, quizá ya no esté con vida —masculló la inspectora entre dientes mientras dibujaba de memoria el plano del almacén.
—¿Esa información es fiable? —preguntó Tait—. ¿Cómo sabes que no es una trampa?
—Es todo lo que tenemos —admitió Durban, encogiéndose de hombros.
Tait no insistió. Estudió el dibujo un buen rato; la valla, la barrera, la puerta azul.
—Voy contigo —dijo sin dudar.
La abogada puso los ojos en blanco.
—Yo no quiero saber nada de esto. El lunes a las nueve presento el habeas corpus. Pase lo que pase entre medias, yo no sé nada ni estuve aquí con vosotras. —Luego hizo una pausa antes de marcharse, sin volverse del todo—. Sacadla de ahí, por favor —agregó.
Cuando se fue, el té se enfriaba en tres tazas que nadie iba a beber.