La coleccionista de insectos Capítulo 14
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Capítulo 14

El error intermedio

Iska se presentaba cada mañana en el edificio gris.

Habitualmente, una mujer tras un cristal la miraba con cara de aburrimiento, comprobaba que seguía siendo la misma y apuntaba la hora en un cuaderno.

Nadie le pedía nada más, ni que dejase algo en prenda.

Solo que volviese al día siguiente a repetir lo mismo.

Lo pensó muchas veces. Quizá debía dejar de hacerlo y marcharse de una vez.

En Zaldrakor, a nadie le pedirían que se presentase en el mismo lugar sin motivo alguno.

Había empezado a firmar con una cruz, porque los dibujos que representaban su nombre le daban mucho trabajo y carecían de un sentido lógico, y la mujer tras el cristal le sonreía como si la cruz significase algo.

Más tarde, al salir, se compraba una de esas botellas de agua oscura con burbujas.

De todas las cosas que fabricaba este mundo, que eran muchísimas, aquella era, sin lugar a dudas, la mejor. Dulce, fría, con un mordisco que subía por la nariz. A partir de ese día, compró una por la mañana y otra por la noche. Era su único gasto.

Todo lo apuntaban. Ese era el hábito del nuevo mundo que menos comprendía, la necesidad de escribir todo lo que ocurría. Quedaba escrito en papeles que guardaban en cajones, o dentro de máquinas que tenían sobre las mesas.

En Zaldrakor no se escribía nada porque nadie recordaba ya cómo escribir.

La memoria era el único lugar donde se guardaba la información.

El problema era que moría con su dueño si antes no se lo transmitías a otra persona.

Eso tenía sus partes buenas, porque era fácil acabar con información clave o secretos peligrosos.

Tan solo tenías que matar a quien los recordaba.

A Iska le pareció una imprudencia enorme dejarlo todo por escrito.

Sabía desde hacía días que alguien la seguía. La vigilaban desde lejos. Lo notaba, aunque no lo pudiese ver. Cualquiera que hubiese sobrevivido treinta inviernos en su mundo podría hacerlo.

No se lo dijo a la guerrera. En Zaldrakor, cuando descubres que un cazador te ronda, no pides ayuda. Eliges tú el terreno para la pelea. Así que Iska esperó, con paciencia y curiosidad, a ver qué quería. Y el cazador, en vez de seguir escondido, se dejó ver.

Le encontró al otro lado del cristal de un local con ventanas grandes que daban a la calle, de esos donde vendían las botellas oscuras que tanto le gustaban y el agua caliente marrón que bebía Durban.

A aquella hora estaba casi vacío, pero el cazador había elegido la mesa más expuesta, para que viese bien que estaba allí.

Dudó un instante. Aquello tenía toda la pinta de ser una trampa. Luego pensó que el cazador o era muy estúpido o muy sabio. La tercera opción era que estuviese desesperado por hacer un trato o entregarle algún tipo de información. Así que entró.

Se sentó frente a él. El hombre tendría casi el doble de sus inviernos, el pelo corto y gris, las manos quietas sobre la mesa, demostrando que no iba a usar un arma.

Había peleado en varias guerras, de eso estaba segura. Mandaba a otros y estaba acostumbrado a que le obedeciesen.

—Stuart Leask —se presentó, mirándola a los ojos.

Durante varios días, cuando llegó a este mundo, Iska había seguido a un ejecutor por los tejados sin saber a quién servía. Ahora tenía el nombre de quien mandaba en ese clan.

—Te he visto trabajar —añadió Leask—. En el piso franco, la otra noche. El hombre al que desarmaste era uno de los mejores de mi equipo, y tú te encargaste de él en un abrir y cerrar de ojos.

A continuación, hizo un gesto con las manos para indicarle que no pretendía sacar un arma y le mostró uno de los rectángulos de luz que todo el mundo llevaba. Allí aparecía borrosa su imagen y todo lo que había ocurrido.

—Es de mis cámaras. La policía no tiene este vídeo —explicó el hombre.

Aquello Iska sí lo entendió. Había visto esos rectángulos guardar imágenes por toda la ciudad.

—Nadie se mueve así. Y hay más —dijo Leask mientras guardaba el rectángulo de luz en el bolsillo del pantalón—.

Cuando la policía te detuvo, te tomaron las huellas de los dedos.

Quedaron en un archivo del Estado, y no se parecen a las de nadie.

Nosotros también conseguimos tus huellas de una botella de agua que tiraste en un parque.

De aquello Iska entendió la mitad. La primera noche que pasó en la celda, una máquina había parpadeado tres veces sobre sus dedos sin funcionar.

Más tarde, el hombre mayor que cuidó de sus escarabajos le había apretado los dedos sobre tinta azul.

No supo entonces para qué servía. Seguía sin saberlo, pero lo que sí sabía ahora era que aquello estaba guardado en algún lugar.

—Y aquí viene lo mejor —continuó Leask—.

Alguien con una placa trató de esconder esas huellas para salvarte.

No sé si lo sabes, pero saltarse así las reglas es un delito muy grave.

Mira, no pretendo destruirte. Todo lo contrario: sería un desperdicio.

Pero si tiro de ese hilo, de pronto gente muy arriba se interesará mucho por ti.

Y tu amiga la inspectora acabará en serios problemas.

Iska no cambió de postura, pero algunas piezas empezaban a encajar.

Lo que comprendía ahora no tenía nada que ver con máquinas ni con tinta. Era algo más sencillo. La guerrera la había protegido en secreto, había hecho desaparecer aquel peligro sin decírselo y sin pedirle nada a cambio.

Recordaba también la botella. Aquel día que fueron a comprar ropa y se encontró con un perro pequeño al que le costaba respirar. Lo que no comprendía era cómo una botella tirada podía convertirse en un peligro.

—¿Qué quieres? —preguntó Iska.

Era la pregunta de siempre. Si alguien te ofrecía información importante tú le preguntabas qué quería a cambio. Eso no cambiaba ni en su mundo ni en este, al menos con alguien que había combatido en batallas.

—Que veas lo que yo veo —murmuró, señalando hacia la calle con la barbilla.

Iska observó a las presas mientras paseaban pegadas a sus rectángulos de luz, sin mirar a los tejados, sin ni siquiera mirarse entre ellas, ajenas a cualquier peligro.

—Esta civilización se va a la mierda, sé que tú también te das cuenta. Lo que pretendo es acelerar el proceso, buscar el detonante que nos lleve a una nueva sociedad —le explicó.

Lo que decía ese hombre, Iska lo había pensado muchas veces, sobre todo durante sus primeros días. Era un mundo blando e ingenuo. Demasiado fácil de romper. Algo que seguramente no duraría mucho. Ese hombre también lo veía y quizá otros como él.

La diferencia era que a ella empezaba poco a poco a gustarle; un escarabajo que subía por su bota sin miedo, la bella mariposa que volaba de flor en flor con sus alas de colores, el perro pequeño que le lamió la mano… la mujer que la ayudaba.

—Llevo observándote desde la noche en que la policía te detuvo —susurró Leask, inclinándose hacia ella—.

Mi mejor hombre volvió con un corte en el costado y una historia que no me creí: que una mujer había salido de la nada, se había movido más rápido que él y le había hecho preguntas a un moribundo mientras se desangraba.

Desde aquella noche lo tuve claro. En esta ciudad había alguien más que sabía leer lo que tenía delante. Tú.

—¿Y los que te compran? —preguntó Iska—. He escuchado las conversaciones de las guerreras. Alguien te paga. ¿Ellos también ven lo que tú ves? ¿También ellos quieren destruir este mundo?

Leask puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—No, los que compran, como tú dices, solo quieren una herramienta. Ellos son parte del sistema, de hecho, la raíz del problema. Cuando todo caiga, ellos caerán también, pero de momento me son muy útiles porque pagan bien y yo necesito dinero para financiar mi causa. Son tan solo aliados temporales.

Aquel hombre vendía muertes, Iska lo había visto muchas veces en su mundo, pero este buscaba un objetivo muy diferente.

—No te ofrezco dinero —añadió—. A ti te ofrezco algo mucho más importante; ser protagonista desde dentro mientras hacemos caer el sistema.

Iska lo meditó unos instantes. Delante tenía una amenaza contra ella y contra la única persona que la había estado protegiendo. Las amenazas se eliminan en el momento en que aparecen.

Podía matarle en menos tiempo del que él tardaría en entender lo que ocurría. En Zaldrakor ni siquiera lo habría dudado. Habría existido tan solo el ataque y después el silencio.

Le miró la garganta. Las manos abiertas sobre la mesa, la vena del cuello, la distancia exacta entre ellos. Un movimiento rápido.

Pero el hombre de la mesa era solo una parte de la amenaza y el problema era la manía que tenía ese mundo de apuntarlo todo. Matarle no borraba las huellas ni la imagen en el rectángulo de luz. Aquí, una muerte no lo borraba todo.

Matar a un hombre en esta ciudad, a plena luz, dejando un cadáver sobre una mesa, era, en el fondo, darle la razón.

Y era romper lo único de ese nuevo mundo que Iska había empezado a querer.

La guerrera perseguía a los hombres que hacían justo eso.

Matar a Leask a la manera de Zaldrakor destruía todo por lo que la guerrera luchaba.

No hizo nada.

Solo se levantó de la mesa.

—¿Ya está? —protestó Leask algo confuso—. ¿No me das una respuesta?

—Te la estoy dando —respondió Iska—. Sigues vivo.

Aquella tarde se reunió con Durban y Tait en el edificio donde tenían las celdas. Sobre la mesa, dos vasos de agua caliente oscura y una de esas bebidas marrones con burbujas que tanto le gustaban. Ellas hablaban de algo sobre dinero que no entendía. Iska no abrió la boca.

Miró a la guerrera. La que la había protegido sin cobrarle nada. La que dos noches atrás se había quedado a un palmo de besar antes de que la estúpida máquina de metal se pusiese a hablar.

Las ganas de tumbarla sobre aquella mesa y besarla eran ahora más fuertes. Y luego pensó en la información que Leask le había dado.

Se terminó su botella oscura y se levantó antes de que acabasen de hablar.

—¿Te vas? —preguntó la guerrera.

—Estoy cansada —respondió Iska.

Era la primera mentira que le contaba.